Cuando uno se enfrenta a una carta de cócteles, suelen figurar estos usualmente en orden alfabético, por lo que los que empiezan por “a” son los leídos con más frecuencia y los que se retienen con más consistencia en la memoria. Bien es verdad que hay otras presentaciones de las cartas de coctelería, más sabias, en las que los combinados vienen ordenados por sus principales características (dulce/semiseco/seco, trago largo/medio/corto) o incluso por las cualidades que se le atribuyen (digestivo, estimulante, aperitivo, quita resacas). Lo mejor de todo es pedir directamente lo que uno quiere o encomendarse a las manos del barman, cuando se quiere experimentar, es decir, tratar de olvidar coyunturalmente nuestra costumbre, cuando no queremos que se convierta en rutina.
El alfa de la coctelería. Cuando de muy pequeño leía las cartas de los cócteles en cafeterías como California o tantas con nombres americanos que florecieron en los años 50 y 60 y que aún permanecen entre nosotros, retuve con facilidad aquellos primeros nombres. Alaska y Alexander eran los más frecuentes, aunque luego aprendí, ya adulto, a apreciar otros buenos cócteles que también empiezan con la primera letra de nuestro alfabeto: Adonis, Acapulco, Abshinte..., que constituyen algo así como el alfa de la coctelería, que sí que tiene un principio aunque posiblemente no tenga nunca fin. Y en este alfa el Alaska tiene un lugar propio, por su simplicidad, por su sabia combinación de un alcohol básico tan esencial en la coctelería como la ginebra, con un licor complementario emblemático donde los haya, el Chartreause.
Frío, pero no aguado. Es lugar común decir que quien hace bien un Alaska sabe hacer un buen uso de la coctelera: debe quedar frío como el hielo del Estado norteamericano que le da nombre, del que se hace un muy bello recorrido en la película precisamente titulada Alaska, en donde Fraser C. Heston dirige a su padre Charlton Heston y en donde dos hijos arrostran una importante serie de peligros para salvar a su padre, perdido en algún lugar de la blanca península tras un accidente en avioneta.
El Alaska ha de quedar frío pero no aguado, y ahí está la principal dificultad, ya que se trata de la mezcla en una coctelera de dos potentes licorosos, sin zumo ni matizador alguno: el resultado no debe nunca equipararse al agua del río por donde navegan, en una frágil embarcación, los dos hijos del piloto accidentado, en compañía de un simpático cachorro de oso polar. Ha de ser un resultado compacto, potente y gélido, como el preciado metal que buscaba Chaplin en La quimera del oro (The Gold Rush, EE UU, 1925), película que se desarrolla precisamente en ese Estado congelado y atractivo que conocemos como Alaska.
Willy Loman, el personaje protagonista de La muerte de un viajante, el conocido drama de Arthur Miller, quien fue marido de Marilyn Monroe, lamentó toda su vida no haber ido a Alaska de joven, como su hermano que se enriqueció por su arrojo y espíritu emprendedor. Si no quiere ir tan lejos, al menos disfrute de un Alaska en su hogar o en una cafetería americano. Hágalo, no lo lamentará.
¿CÓMO SE HACE?
En coctelera, con unos cubos de hielo duro, verter tres cuartos de ginebra inglesa seca y un cuarto de Chartreause amarillo. Agitar, colar y servir en copa de cóctel previamente enfriada.
· En Estados Unidos a veces se le añaden unas gotas de bitter de naranja.
· Igualmente se puede añadir un poco de jerez seco, especialmente si lo toma como aperitivo.
· La proporción de Chartreause se puede variar al gusto, pero si añade más de la cuenta quedará con facilidad excesivamente dulce.
· Tampoco queda mal exprimir por encima una cáscara de limón finamente cortada.
EL CHARTREUSE, UN SECRETO SECULARMENTE GUARDADO.
En un sitio casi tan frío como Alaska, en medio de los Alpes, los monjes cartujos de la Gran Chartreause elaboraron, ya por el 1600, uno de los licores más emblemáticos que existen: el Chartreause.
Parece que fue el padre Jerome Maubec el creador de la fórmula secreta, que combina unas 130 hierbas y especias, lo que le confiere una tremenda riqueza de aromas y sabores que van evolucionando en el paladar.
Hay de dos tipos: el verde, con 55º, y el amarillo, con 43º, existiendo incluso la costumbre, entre los muy aficionados a este licor, de tomar en una copa las dos variantes mezcladas, lo que constituye un exquisito digestivo, y, evidentemente, un cóctel.
Durante cuatro siglos se ha venido transmitiendo la magistral fórmula, aunque ha cambiado el lugar de elaboración: los cartujos abandonaron los Alpes y acabaron instalados en Tarragona, elaborándose también el licor posteriormente en la localidad francesa de Voison.
Lunes, 28 de mayo
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Juan Luis Recio
Paulino Toribio
Ángel Sáez García
Peio Sánchez Rodríguez
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Julián Moreno Mestre