“Le nombro edecán de queimadas, o lo que quiera, pero termine usted con esto”, me dijo don Manuel Fraga, haciéndome depositario del largo cazo de barro cocido y volviendo a la mesa en compañía del a la sazón Presidente de la República Oriental del Uruguay, Luis Alberto Lacalle, quien recibiría en el transcurso de su visita la Medalla de Oro de Galicia.
Era una noche de julio de 1994, las fiestas del Apóstol Santiago revolucionaban la ciudad, y en el restaurante compostelano La Tacita de Juan donde acabábamos de cenar, el fuego azul del aguardiente resplandecía como una estrella más de la ya de por sí estrellada noche, como uno más de los fuegos de artificio que alrededor de la catedral exhibirían con esplendor sus coloridas y estruendosas luces.
Recuerdo ahora la queimada, en estos días cercanos a Halloween, bebida que nos proporciona el encuentro espiritual con el bosque animado, con una realidad paralela donde somos otros, y que es tradición más nuestra que otras que en mayor profusión, y con persistencia, nos invaden.
No usaba ya don Manuel sus famosos guantes para la queimada, regalados seguramente a algún anterior e igualmente insigne invitado, y la tremenda capacidad del recipiente de barro había acabado con su paciencia. Concluí yo la faena, y tomamos todos de aquella queimada con la que se agasajaba al dignatario de uno de los países, que, aunque pequeño en población, más gallegos tradicionalmente cobija. Una queimada rociada finalmente con vino tinto, que, en la opinión del entonces Presidente de la Xunta de Galicia, aporta color y suaviza el fuerte aguardiente de orujo gallego.
De Fraga a fraga. “Que el hombre te ignore, amigo Carballo”, dice Furi (el topo protagonista de la primera película europea realizada íntegramente en animación en tres dimensiones, El bosque animado) a un robusto roble que habita en la fraga gallega de Cecebre donde discurre la acción. La película de Ángel de la Cruz y Manuel Gómez, basada en la famosa novela de Wenceslao Fernández Flórez (que además de un próximo proyecto, ya tuvo una versión para adultos en la cinta de José Luis Cuerda de mismo título de 1987), muestra el pazo de los señores de D´Abondo, y en él a una criada gallega ante el fuego del lar, con un puchero de barro como los utilizados para hacer las queimadas.
“Que el hombre te ignore” es el saludo habitual que utilizan todas las criaturas del bosque para saludarse, con un deseo que muestra el culmen de su felicidad: porque el hombre llega para poner feos postes de teléfonos, para cazar a los topos y hacer un abrigo de piel innovador o para otras muchas desfeitas que rompen la tranquilidad del bosque animado.
Por ello, viendo la infantil película y cómo, por ejemplo, el criado Rosendo se sorprende por la percepción de extraños sucesos en la fraga y en el pazo (“hubiera jurado que era la gata Morriña con un topo luminoso a lomos”, comenta entredientes bajando las escaleras), acaso explicándose lo que cree alucinación por la previa ingesta de queimada, o directamente de aguardiente, corroboré que, como el propio don Manuel defiende, la queimada no se debe elaborar tanto para ahuyentar a los espíritus como para atraerlos, para convocar, en estos días cercanos a Halloween, un mágico encuentro con otras percepciones, con otras realidades que suelen trascender la ramplona ignorancia de los hombres. Mejor que nos ignore el hombre, que no los buenos espíritus.
Ante el recipiente de barro de la queimada, en esos mágicos instantes en donde el fuego ilumina la cara, todo es posible: que nos surja al encuentro un ratón con acento caribeño que vuelve de la emigración y se ha instalado a vivir en un hórreo, que una mosca haga esquí acuático en un plato de caldo gallego, entre patatas y chorizos, que utilice otra una copa de rojo vino como jacuzzi, que Luz cante sobre el amor por una topita, o que una gata pida ración doble de hígado de ternera gallega. La queimada nos proporciona el encuentro espiritual con el bosque animado, con esa realidad paralela en donde uno se permite vivir su otredad y ostentar, ¿por qué no?, el pomposo título de Edecán de Queimadas. Si esto se produce con el mero fuego de la queimada, imagínense lo que ocurre si además nos la bebemos...
PARA HACER UNA QUEIMADA
Los pasos esenciales para hacer una queimada son los siguientes:
1. En un recipiente de barro cocido verter un litro de aguardiente de orujo gallego (en gallego se nombra en femenino, augardente galega), de cien a ciento cincuenta gramos de azúcar, unos granos de café natural y la piel entera y fina de un limón.
2. Recoger un poco de aguardiente con azúcar en el cazo y prender fuego.
3. Con cuidado, tras unos segundos, se acerca el cazo al recipiente de modo que se prenda fuego toda la mezcla.
4. Vaya revolviendo con ayuda del cazo hasta que se disuelva todo el azúcar, y, mejor en un ambiente de penumbra, podrá ver el fuego azulado y la caída de la llama desde el cazo al recipiente principal.
5. En el mismo cazo, vierta un poco más de azúcar, nueva y seca, y colocando el cazo sobre el recipiente mover hasta que el azúcar se convierta en almíbar o caramelo, momento en el que se vierte sobre las llamas.
6. Cuanto más tiempo mantenga quemando el aguardiente, más suave quedará la queimada. La puede apagar soplando, poniendo una tapa por encima o añadiendo al final una copa de vino tinto, lo que dará un poco de color.
7. Tradicionalmente se sirve en pocillos de barro, aunque también puede hacerlo, en pequeñas jarritas de cristal, adornando con una rama de canela.
Algunos trucos
· En vez de azúcar blanca, se puede usar también azúcar morena o miel.
· También queda muy bueno si se añaden otras frutas al preceptivo limón (manzanas troceadas, ciruelas pasas, uvas pasas), canela en rama, etc.
· En vez de incluir la piel de un limón, puede probar, si le gusta el sabor del limón, con un par de limones enteros troceados.
· Es buena idea utilizar unos guantes de cocina para evitar quemarse.
· También ha de tener cuidado con el lugar donde instale el recipiente y las tazas para servir, para que no se prenda fuego con el salto de las llamas.
· No se debe confundir la queimada con el carajillo: a la queimada le basta con unos granos de café. Si quiere tomar un café, hágalo directamente en otra taza.
· Aunque es muy popular, no es imprescindible decir el conjuro (“mouchos, coruxas, sapos e bruxas...”), o puede cambiar la letra a su gusto, sobre todo si pretende hacer una convocatoria a los espíritus más que ahuyentarlos.
ÁLVARO CUNQUEIRO Y LA QUEIMADA.
“La queimada no tiene una tradición más allá de los años sesenta, es un “invento” de Álvaro Cunqueiro”, se comenta hoy día en los chats de Internet. Sea o no cierta esta afirmación, el novelista, poeta y autor dramático nacido en Mondoñedo tenía mucha afición por la cocina y la bebida, hablando en su libro A cociña galega de "las finas y suaves augardentes del Ulla". Su receta para la queimada, escrita de su puño y letra en la Navidad de 1973, era como sigue: “Por cada litro de aguardiente, seis cucharadas de azúcar, la corteza de un limón y una copa de vino tinto. Se deja quemar el aguardiente con el azúcar y la corteza del limón durante unos diez minutos, revolviendo con un cucharón. Se añade el vino tinto. Cinco minutos más de “queimada”. Bébase caliente”.
Lunes, 28 de mayo
Julio César Izquierdo
Carlos Juan Gómez Martín
Juan Luis Recio
Paulino Toribio
Ángel Sáez García
Peio Sánchez Rodríguez
Mª Rosario Aldaz Donamaría
Antonio García Fuentes
José Donís Català
Chris Gonzalez -Mora
José Pómez
Julián Moreno Mestre