¿Premonición de una guerra civil virtual?
06.02.06 @ 12:51:29. Archivado en Sueños
Anoche, con una ligera gripe, me quedé dormitando con una conocida tertulia radiofónica. Las palabras se fueron apropiando, poco a poco, de mi inconsciente. Comencé a soñar que…
Me habían encargado el reportaje de mi vida. En la puerta de la Academia de la Historia había aparecido una uña clavada. Nadie sabía de quién era esa uña vieja que sabía latín. Cuando la polémica se apropió de los Medios, un tal Pío “Boa” descubrió que esa uña era de mica moscovita y que por tanto -decía él- sólo podía pertenecer al ex-alcalde de Madrid, Tierno Galván.
Examinada por el CSIC, en medio de una fuerte discusión, la uña declaró que la capital debía ser desasfaltada porque, como en Mayo del 68, debajo de los adoquines estaba la playa.Comenzaron las grandes obras. Cada vez que se arrancaban unos metros de asfalto aparecían muertos. Una y otra vez se levantaba la polémica y se levantaban los muertos. Un espectáculo inenarrable. Iban apareciendo asesinados o reprendidos en los distintos episodios bélicos o de represión de nuestra historia. Madrid, como dijo Dámaso, era una ciudad de un millón de muertos. El mal olor se apoderó de las calles. El aire se enrareció hasta hacerse irrespirable: hasta las radios padecían alitosis. En medio de aquella emergencia la población intentaba salir de la ciudad podrida. La capital, el país, la nación o lo que fuera, acababa entonces en la Plaza Castilla. Las Torres Kio habían sido sustituidas por dos gigantescos titanes mortecinos. Eran José Luis Rodríguez Zapatero y José Antonio Primo de Rivera. Estaban llenos de orificios de bala y se apoyaban el uno en el otro, unidos por un gran lazo azul a modo de cordón umbilical. Tenían los pies de cristal y amenazaban con caerse sobre la gente que salía corriendo por debajo de ellos. Las masas se agolpaban gritando para abandonar la ciudad: un trineo se abrió paso a latigazos. Un hombre con cierto parecido a Cebrián, vestido de Papá Noel, conducía el trineo donde huía de la capital, entre abucheos, la familia de Carlos IV.
(Dejo a los intérpretes del llamado inconsciente colectivo o a los creadores del imaginario político interpretar lo que significa este sueño, del que sólo me siento, nunca mejor dicho, un mero trasmisor).
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Javier Esteban
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