Esta vez nos ha tocado de cerca. Todos conocemos amigos, hermanos, vecinos, compañeros... que sufren en primera persona los efectos de la crisis. En realidad, todos lo hacemos, aunque muchos tenemos la inmensa suerte de poder llegar, mal que bien, a fin de mes, y contar con el apoyo de la familia, la gran "empleadora" de los últimos años, el pegamento que aún consigue que la sociedad española no se resquebraje. Ayer conocíamos un dato impactante: por primera vez, en España superábamos los 6 millones de desempleados. Una situación lamentable y para que no encontramos salida, ni más respuestas que más recortes y la sensación de que aunque salgamos de ésta, lo haremos menos libres, menos ricos, menos solidarios.
Llevamos mucho tiempo, demasiado, hablando de "la" Iglesia. De "esa" Iglesia compinchada con el poder, con el dinero, con los secretos. De las declaraciones de "la" Iglesia sobre el preservativo, la moral sexual, los matrimonios gay, la mujer... Se nos hincha a todos la boca a la hora de hablar de "la" Iglesia. Sobre todo a los creyentes. Y ha llegado, creo, la hora de cambiar el paso.
Los Tedax desactivaron ayer un artefacto explosivo en el interior de la catedral de La Almudena. Un instrumento casero, que cualquiera -desgraciadamente- puede fabricar en su casa y que podría haber provocado graves daños de haber explosionado. Por fortuna, el sacerdote Jesús Junquera, que encontró el paquete, avisó con prontitud a la Policía y los expertos en explosivos procedieron a su desactivación. No hubo daños ni víctimas.
El "ministro" de Familia del Vatiano, Vicenzo Paglia, acaba de hacer unas declaraciones avalando el reconocimiento de las parejas de hecho y homosexuales en los respectivos códigos civiles de las naciones. Nada que no se salga de lo normal. Y, sin embargo, unas palabras que abren una puerta nueva al necesario diálogo entre la Iglesia, los divorciados y las parejas gay. Unas declaraciones que, lamentablemente, podrían haber llegado antes. Incluso para la propia Iglesia, que al menos en nuestro país se hubiera ahorrado más de un disgusto. Y tal vez hubiera conseguido una terminología legal más acorde a los deseos de la jerarquía.
Esta semana ha sido muy fructífera desde el punto de vista periodístico. Y en lo personal. He podido asistir a conferencias plenas de vida y Evangelio, como la pronunciada por Felicisimo Martínez durante las jornadas de Teología del Instituto de Pastoral de Madrid; he podido conocer, y entrevistar, a auténticos expertos en su campo (Ana Schlütter, maestra zen y cristiana; Juan Pablo Somiedo, con una visión especialísima acerca de la diplomacia de la Santa Sede y su papel en este mundo global; o Ricardo Pérez, que nos ofrece una visión nueva, optimista y sobre todo, propositiva, del Apocalipsis y los distintos modelos de Iglesia); he podido debatir, y compartir, con representantes de todas las confesiones presentes en nuestro país; y hemos puesto en marcha, a través de RD, nuevos proyectos ilusionantes de los que les daremos cuenta próximamente.
Sor María, la monja imputada en varios casos de robo de bebés, ha fallecido. Murió el martes, la enterraron el miércoles y no supimos nada hasta el jueves. Descanse en paz. Con su muerte, muy probablemente, y si nadie lo remedia, se cerrarán en falso algunos procedimientos judiciales, y algunas verdades no podrán salir a la luz. Una vez más, y esta vez de forma trágica (tanto por la muerte de la religiosa como por la insufrible situación de miles de familias, de miles de hombres y mujeres que vieron cómo se les arrebataban su sueños, sus vidas, sus familias), el silencio se impone. Y con él, la indignidad.
Nací en 1976. No tengo, pues, experiencia directa del Concilio Vaticano II. Como, por otro lado, la gran mayoría de los fieles católicos del mundo. No sentí la emoción por la procesión de las antorchas, el discurso de la Luna o el "pacto de las Catacumbas", aunque mucho he leído, y escuchado, de boca de algunos de sus protagonistas, y de mis padres, que vivieron con ilusión y esperanza lo que muchos denominaron "primavera de la Iglesia".
Cecilia Giménez es una octogenaria, feligresa de la iglesia de Borja, que un buen día vio cómo el "Ecce Homo" de la parroquia estaba absolutamente deteriorado. Ni corta ni perezosa, y al ver cómo nadie hacia nada por evitarlo, se puso manos a la obra y, pincel en mano, y ante la vista de todos, hizo su propia "restauración". Una "chapuza" en toda regla. De buenas intenciones está el infierno lleno, que dicen (aunque ahora quieran llevar a los tribunales a la buena señora).
Acabo de regresar de un viaje a las profundidades de Guatemala, en el interior del lago Atitlán, en un pueblecito que se llama San Juan La Laguna, colaborando con varios proyectos de la Fundación Quetzal. Se trata de una pequeña organización, con sede en Sabadell, que dirige un terremoto de mujer llamada Paquita y a la que debo una suerte de conversaciones sobre la providencia y la presencia de Dios en cualquier rincón del planeta que trataré de no olvidar.
Una de cada diez familias en España tiene a todos sus miembros en el paro. En números absolutos, un total de 1.737.600 de hogares con todos sus integrantes sin trabajo, según la última Encuesta de Población Activa publicada ayer. Una catástrofe en toda regla que a veces se nos olvida en mitad de las cifras macroeconómicas, la prima de riesgo y la empinada cuesta abajo de la Bolsa. Y la Conferencia Episcopal, pertinaz como las agencias de rating, sigue guardando silencio.
Probablemente, alguien, algún día, podrá decir esto al cardenal de Madrid, Antonio María Rouco Varela. Y es que lo que sucedió el pasado viernes en la catedral de La Almudena clama al cielo. La Iglesia, que siempre ha sido refugio de los más desfavorecidos, de aquellos que luchaban por un mundo más justo, contra las iniquidades de los diferentes sistemas, vuelve a mirar hacia otro lado y, lo que es peor, echa a los pores del templo por la fuerza.
En mi reciente novela, "Y resucité de entre los muertos" (Ediciones B), se da un capítulo en el que Jesús visita al sumo sacerdote Caifás. Éste, que duerme con un sable tras escuchar las noticias de la Resurrección, es el único personaje de la novela que se encuentra a Cristo y que, pese a reconocerle, no siente miedo. Simplemente la necesidad de volver a acabar con él. Lamentablemente, hoy, sigue habiendo muchos "Caifás" entre nosotros.
Domingo, 26 de mayo
Jesús Bastante
Juan Jáuregui Castelo
Jose Gallardo Alberni
Josemari Lorenzo Amelibia
Pedro Tarquis
Manuel Mandianes
Asoc. Humanismo sin Credos
Francisco Baena Calvo
Juan Fernandez Krohn
Religión Digital
JC Rodríguez, A Eisman