Más vale tarde que nunca, dirán unos. Otro gesto más, dirán otros. En todo caso, una gran noticia. El próximo 15 de abril, la catedral del Buen Pastor de San Sebastián acogerá una misa, presidida por el obispo, José Ignacio Munilla, por las víctimas del terrorismo de ETA. Después de años de abandono, de falsas equidistancias, de muy poco evangelio por parte de algunos sectores -ojo, no todos, ni mucho menos- de la Iglesia vasca, y en mitad de un proceso esperanzador para todos, el recuerdo de los que murieron por el horror insensato de los asesinos del hacha y la serpiente se hace más necesario que nunca. Sin las víctimas, sin su voz, sin su reconocimiento, no se podrá construir el futuro de un Euskadi en paz y reconciliado. Y la Iglesia vasca debe tener un papel fundamental en la reconstrucción de una sociedad marcada por el odio, la incertidumbre y el miedo durante demasiados años. Durante demasiado tiempo, parte de la Iglesia vasca fue parte del problema. Ahora, y es de justicia señalarlo, puede y debe ser parte de la solución. Enhorabuena a la iniciativa de José Ignacio Munilla.
baronrampante@hotmail.es
(Salvador Capote en Eclesalia).- Como la posición con respecto a la propiedad privada constituye la columna vertebral tanto del sistema socialista como de la doctrina social de la Iglesia Católica, es oportuno repasar este tema en ocasión de la visita a Cuba del Papa Benedicto XVI.
Las reflexiones de los Evangelios de José Antonio Pagola vuelven a PPC. Después del conflicto generado por su "Marcos" (que finalmente publicó Desclé), el teólogo vasco regresa, como ya hiciera con los comentarios a "Mateo", en esta ocasión dedicado al evangelista Lucas, "El Camino abierto por Jesús". "El evangelio de Lucas es probablemente el más atractivo. El primero que hemos de leer para descubrir con gozo a Jesús, el Salvador enviado por Dios «para buscar y salvar lo que estaba perdido». Al mismo tiempo es el más accesible para captar el mensaje de Jesús como Buena Noticia de un Dios compasivo, defensor de los pobres, curador de los enfermos y amigo de pecadores", cuenta la propia editorial. El libro ya está a la venta, para regocijo de todos los que apreciamos la sensibilidad evangélica de los comentarios del teólogo vasco. Que, una vez más, y sin hacer ruido, consigue lo que pretende: que sus palabras puedan ser leídas... y alimenten, y den fruto. Enhorabuena a Pagola, y a PPC.
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Tenía trece años, y regresaba con mi padre de la Vigilia Pascual. Cristo había resucitado, y todos estábamos alegres hasta el infinito. Volvíamos hacia casa y, en el callejón anterior, vimos a un tipo tirado en la calle, sin moverse. Con toda la pinta de haberse pillado una buena kurda hacía poco. Mi padre se paró junto a él, e iba a agacharse para preguntarle qué le ocurría. Nuestro barrio en Getafe era ciertamente peligroso a determinadas horas, así que agarré del brazo a mi padre y le dije que nos fuéramos, que la familia nos esperaba en casa, que teníamos que celebrar la Resurrección.
"No te prometo un gran sueldo pero sí un trabajo fijo". Así arranca el vídeo promocional del Día del Seminario que esta mañana nos ha presentado Isidro Catela en la sede de la Conferencia Episcopal. Hay que reconocer que, como estrategia, resulta interesante y llamativo. Y más en un momento como el actual, en el que la crisis está llevando a la desesperación a muchos, y a la búsqueda de respuestas a las preocupaciones, económicas, morales, físicas y de todo orden y condición. Cabría preguntarse si la de sacerdote es una "profesión", que no debería, sino algo vocacional, y también lo del "trabajo fijo", porque en una sociedad secularizada como la nuestras suena escandaloso. Algo así como "métase usted a cura, que desgrava".
Hace una semana recibí una llamada telefónica amenazante del vicario de Vallecas (es el cura de mando entre el obispo y los curas de parroquias) donde, entre otras cuestiones, afirmaba que una fiesta celebrada en el templo (en este caso la de carnavales) no entra en los fines de la Iglesia.
Durante esta semana me he preguntado, según voy participando en distintas acciones y cosas que ocurren en mi vida, si esas entran en los "fines de la Iglesia". Parece que hablo de un anuncio eclesiástico cuando se próxima la fecha de la declaración de renta. Pero no, no es de esos fines en los que pienso.
Dice un buen amigo que "ser uno mismo no te garantiza la victoria, pero sí al menos la sensación de haberlo dejado todo en el intento". En eso estamos en estos días de Pascua, de preparación, de paso de la Muerte a la Vida. Cuando Dios nos pone pruebas, podemos luchar, rebelarnos, tratar de que Su voluntad coincida con la nuestra... y nos equivocamos. Nuestros planes no suelen coincidir con los de Dios, e incluso cuando lo hacen, bien debemos tener en cuenta que la vida siempre es compartida, y que si ya es difícil conciliar los planes personales con los de Dios, mucho más resulta hacerlo con una pareja, una comunidad, un grupo de amigos, la propia familia. Y sin embargo, nos empeñamos una y otra vez en buscarla por nuestra cuenta, sin medidas, sin protecciones, a todo gas. Y así pasa lo que pasa.
El próximo domingo, el Evangelio nos habla de la "indignación" de Jesús cuando ve a los mercaderes en el Templo. Es probablemente, la única ocasión en que vemos al Nazareno con furia, echando a aquellos que comerciaban en la casa de su Padre. Hoy, como entonces hay muchas razones para sentirnos indignados. También en la Iglesia. Y, como siempre, somos muchos los que pataleamos, nos quejamos... y no hacemos nada. Para criticar, para "indignarse", son suficientes pocas razones. Pero siempre es mejor hacerlo con la fuerza que da el propio ejemplo. Eso es lo que, a diario, hacen millones de personas en todo el mundo, comprometidas (desde la fe o desde otras razones) para hacer de la Tierra un lugar más habitable y pelear contra la injusticia. Eso es lo que ayer planteó el padre Ángel: indignarse, dando el primer paso.
(Gracias a Pedro Miguel Lamet por esta preciosa oración).- Tuve tiempo de acallar el alma
y mirar desde el verso
no dicho
la ensenada tan quieta
que late tras el yo,
para encontrarte a solas
como un negro vacío
lleno de luz sin nombre,
que en el fondo soy solo
esa gran noche abierta y
estrellada.
En un momento en el que las instituciones de la Iglesia están más volcadas que nunca para paliar, en lo posible, la dureza de la crisis económica que nos azota, y con una reforma laboral que amenaza con dejar en la calle a mucha más gente de la que todavía hay, con los comedores sociales atestados, con Cáritas denunciando una y otra vez la injusticia de un sistema que carece de justicia y solidaridad para con los más necesitados, el cardenal de Madrid y presidente de la Conferencia Episcopal, Antonio María Rouco, que por cierto no ha dicho una sola palabra en favor de los parados, de los que sufren la pobreza y la exclusión social, las víctimas reales de esta crisis, no ha tenido otra ocurrencia que ordenar la desautorización de un texto de HOAC y JOC en la que se critica dicha reforma laboral.
Este viernes, a las ocho de la tarde, la parroquia madrileña de Santo Tomás de Villanueva (Leoneses 6, Vallecas) acogerá un encuentro de oración comunitaria, convocado por profesionales de la educación, la salud y los servicios sociales públicos, para protestar por los recortes y contra lo que definen como un "atentado contra la justicia social que proclama el Evangelio". La iniciativa es similar a a las realizadas el pasado año en defensa de la escuela pública. Dice el Evangelio de hoy: "Pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá; porque quien pide recibe, quien busca encuentra y al que llama se le abre...". En ocasiones, cuando nos movemos en crisis, las únicas salidas -legítimas y legitimadas, ojo- son la manifestación o el Parlamento. Y no está mal que los cristianos, también en su implicación política y ciudadana, reivindiquemos el poder de la oración.
baronrampante@hotmail.es
Martes, 21 de mayo
Jesús Bastante
César Luis Caro
Josemari Lorenzo Amelibia
Urbano Sánchez García
Alejandro Córdoba
José Manuel Bernal
Asoc. Humanismo sin Credos
Rufo González Pérez
Francisco Margallo
Francisco Baena Calvo
Julián Moreno Mestre