AUNQUE estamos de capa caída, en estos días alcanza su cenit el hedonismo comercial. La vorágine y el trajín de las fiestas navideñas, es decir, comprando y comprando, que así es como celebramos en Occidente la Natividad del Señor en la Tierra, el nacimiento del Niño Jesús en Belén. Hoy día el planeta del Niño Jesús está sometido a dos fascinaciones, que no dudan en mancharse las manos de sangre humana, a saber: el fanatismo económico-mercantil y el fanatismo sacro del terror, que tienden a separar con el maniqueísmo de Occidente e Islam, sin valorar las metástasis que causa todo fundamentalismo.
Occidente tiene guardada la Estrella de Belén en la NASA (según Wikileaks) y vende en serie la mula, el buey, san José con barba y cayado incluidos, las sayas de la Virgen, y canta villancicos al calor del dinero, que es el gran dios repudiado en las Sagradas Escrituras; el Becerro de Oro que tan seductor ponen en sus escaparates, para menesterosos y pudientes, los grandes almacenes y los grandes centros comerciales. El niño Jesús no estaba en contra de la riqueza, sino de su abuso alienante y deshumanizado.
La Navidad es una fiesta universal en la creencia del dinero que se tiene y se gasta sin pudor. Creyentes y no creyentes celebran las navidades, los creyentes porque no creen en el valor del dinero y por eso lo despilfarran, y los no creyentes porque adoran el valor del dinero y hacen virguerías para obtenerlo y gastarlo, y no mancillar así el espíritu navideño de Occidente. Actualmente la única epifanía y revelación de la Navidad son el marketing y la publicidad. Extraña mixtura de sensaciones y acontecimientos es la fiesta navideña: el sentido trascendental-gastronómico de la Nochebuena, el intrusismo del Tío Sam disfrazado de Papá Noel neoliberal, el paganismo furioso de Nochevieja y Año Nuevo y los Reyes Magos para cerrar la sangría económica; los Reyes de Oriente, que ya deben pasar de traer incienso, mirra y otras resinas aromáticas, a nosotros lo que nos fascina es que le traigan oro, mucho oro al Niño Jesús, que ya nos encargamos nosotros de especular con él, y petróleo, mucho petróleo pérsico.
A Occidente le encanta la Navidad porque pretexta con un tierno bebé, el niñodios, perfecto y calladito, y en su nombre profana su mensaje espiritual y monta una orgía consumista de órdago. No le interesa que el Niño Jesús se haga mayor y revolucionario, vilipendie la codicia y la propiedad privada desmesurada, se rodee de gente indigna y miserable y se dedique a desconcertar al personal marginado y oprimido con frases impertinentes y disparando parábolas mortíferas contra las imposiciones sociales y morales.
A los occidentales civilizados y globalizados sólo nos gusta el Niño Jesús dormidito en el pesebre que está a la venta o con la cruz a cuestas, sin fuerzas, humillado, con el sello de la muerte en el valor de la esperanza y en la revolución de las conciencias, cuando ya no convence, ni subvierte, solamente conmueve. La historia de la humanidad es una locura, una locura sanguinaria a través de la cual hemos hecho algunos progresos interesantes, pero la historia del Niño Jesús es locura mayor. Aquel palestino apátrida; aquel nazareno, poeta practicante del amor. Un judío heterodoxo, profundo y diferente que hablaba de superar el odio y la ambición que nos conducen a destruir a nuestros semejantes. Un judío joven y atrevido que mataron al alimón el Estado Imperial y los sumos sacerdotes hebreos, cómo para salir vivo.
Al Niño Jesús lo intentaron aniquilar y lo consiguieron las dos verdades más colosales y mentirosas de la Historia: el credo político y el dogma religioso. Los dos siniestros fanatismos que siguen matando a niños y a adultos: el fanatismo financiero y económico y el fanatismo sacro del terror. Volvemos al principio de este artículo. He aquí el misterio burdo del Hombre y del Hijo del Hombre. Volvemos a la mediocre revelación de nuestra condición. Es normal que nos atiborremos de mariscos, pata negra y mantecados y nos emborrachemos con cava y licores. No es extraño que el capitalismo, el neoliberalismo, el librecambismo nos narcoticen a base de buen comer y buen beber, total, si las ideas supremas y trascendentes ya estaban prostituidas y vueltas a prostituir. Supongo que el Niño Jesús ya se habrá dado cuenta de que el hombre no es un ente ideológico y ético, sino un animal acomodado y amaestrado por el consumismo y las multinacionales que velan por nuestras borracheras y cólicos nefríticos, que vuelven a casa por Navidad.
Tenemos que celebrar la Navidad con todas nuestras ganas y galas, no podemos defraudar. A los ricos y poderosos de Occidente, Feliz Navidad y que el nuevo año 2011 siga siendo muy próspero. A los miserables y oprimidos del mundo, Feliz Natividad del Señor… Ojalá sea Jesucristo.
(Francis López Guerrero en Diario de Sevilla)
baronrampante@hotmail.es
Lunes, 28 de mayo
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