Con profundo dolor, he recibido la lamentable noticia de las agresiones sexuales que ha sufrido una menor, vecina de Isla Cristina, presuntamente efectuadas por otros siete menores, y que ha provocado una fuerte conmoción social. Como pastor de nuestra Diócesis de Huelva, me solidarizo con el dolor de la víctima y sus familiares, así como del resto de familias afectadas en este suceso y de la totalidad de la comunidad isleña, y me siento en la obligación de invitar a una profunda reflexión sobre las causas que están en la raíz de hechos como éstos, que exigen una revisión moral de nuestros modos de conducirnos en la vida y de los referentes educativos que están dejando en nuestros jóvenes esta herencia. La banalización de la sexualidad, la ausencia de valores tales como el respeto, la tolerancia, el afecto ordenado al bien del otro, especialmente ante los más indefensos, no puede traer más que este tipo de resultados del que después nos lamentamos.
Mi mejor amigo en el colegio se llamaba Josué, y era Testigo de Jehová. A los nueve años, hicimos una singular apuesta (un dineral para nuestra ingenua edad): cinco duros (25 pesetas de las de antes), a ver qué Dios era el verdadero, y quién iba a estar en el Cielo. Con el tiempo, aquella apuesta se transformó en una auténtica amistad, que ha perdurado en el tiempo, y que hace pocos meses hemos logrado retomar gracias a las nuevas tecnologías. Afortunadamente, ambos recordamos aquella apuesta, mas con otros ojos: los dos pagaríamos de buen grado esos cinco duros -o su equivalente en euros-, y más, a cambio de vernos felices en la eternidad, más allá de ser o no de los famosos 144.000.
Lunes, 28 de mayo
Jesús Bastante
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez
Carlos Corral