Aitana apenas garabatea sonidos desde su pequeña garganta. No sabe nada del mundo, pero lo observa como una posesa con sus ojos grandes, inquisitoriales, siempre abiertos. No se cansa nunca de mirar. A veces, cuando está entre mis brazos, pienso en qué querrá decirme, mas no la comprendo. Es un bebé, hoy la presentamos ante el Señor y ella no lo entiende. Pero lo mira todo, con ansias de comprender, de sentir cada momento. Como si se le fuera la vida en ello. Y eso que acaba de nacer. Supongo que la felicidad está en esto: en aferrarse a cada momento, intentar vivirlo con tal intensidad que no se escape ninguno de sus efectos, de sus suspiros, de sus tormentas. Hay tanto que aprender, y tan poco tiempo. Sentir, sentir, sentir... Hoy es un día grande, porque Aitana, sin saberlo, se va a sentir amada, acogida y entregada, en cierto modo, a un amor que todo lo abarca, mucho más que sus grandes ojos grises. Algunos de los que podemos hablar, y contarlo, quisiéramos ser como Aitana hoy, y no poder soltar prenda, más allá que algún ruidito perdido, absorbidos como habríamos de estar en la contemplación infinita, donde nada se escape a nuestra mirada. Y es que los niños son lo más parecido a Dios que existe. Y por eso, a veces, sobran las palabras. Y supongo, sólo supongo, que por ahí debe andar la felicidad.
baronrampante@hotmail.es
Sábado, 18 de febrero
Jesús Bastante
Francisco Baena Calvo
Religión Digital
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Juan Antonio Espinosa
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
FCJE
Josemari Lorenzo Amelibia