El presidente de Confer nos ofrece, con el inicio del nuevo curso, una palabra providencial. Se avecinan muchos cambios y movimientos, y habrá que estar atentos a escucharlos, y a saber entenderlos. Un tiempo lleno de proyectos y de esperanzas, de dejar las hogueras aparcadas, y alimentar el fuego del Espíritu con propuestas y con alegría. Va a ser fundamental la alegría en estos meses. Y la escucha. Y también la capacidad para leer entre líneas. Probad a hacerlo con el siguiente artículo, publicado en Vida Nueva
Hay una demanda creciente en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia de ser escuchados. Tendremos que inventar el ministerio de la escucha como un valioso servicio que en este momento preciso podemos ofrecer. Hay excedente de palabras y de ruidos y escasez de oportunidades para escuchar. Estamos agobiados por una prisa irracional que no nos conduce a ninguna parte o, como mucho, a la acera del estrés. Y si no nos escuchamos, entonces tampoco nos miramos; y si no nos miramos, es imposible aprender a amarnos. El Evangelio no quiere verborreas andantes, sino oídos escuchantes. “El que tenga oídos para oír que oiga”
¡Qué distinto sería todo si escucháramos más! Podríamos oír con nitidez el llanto de tantos niños sin oportunidades ni futuro. Las lágrimas silentes de la madre que no sabe qué cocinar porque no tiene nada. El pálpito apenas perceptible del enfermo de sida que dormita tirado sobre una estera en los surcos de África. El estruendo de las explosiones suicidas en Irak a diario… hay mucho que oír para que no nos deshumanicemos a fuerza de pronunciar hermosas palabras. Si escucháramos con el corazón, oiríamos muchas palabras que son pecado. Palabras hirientes como saetas envenenadas sobre los demás. Juicios rápidos y condenas sin abogados. Lo cierto es que, para hacerse oír, a veces hay que callar. A la luz de la Palabra tiene que abrirse paso una comunidad de fe más misericordiosa para que podamos ser creíbles.
En este año donde la Palabra quiere ser protagonista de nuestro caminar eclesial, sería imperdonable que nos faltaran oídos para oírla y corazón para meditarla y amarla. Entre tantas palabras estériles, démosle la palabra a la Palabra.
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Poético pero no verídico.
Barrajón podría empezar aplicándoselo. A ver si escucha más a los católicos que al tintineo del dinero - dinero de todos los españoles - que le da el gobierno a sus colegios concertados. Y los ejemplos que pone están muy bien, pero podría ser un poco más valiente y poner además otros menos políticamente correctos: el dolor de un niño abortado en el vientre de su madre, la tristeza de un anciano enfermo olvidado en un asilo, o el desasosiego de un laico al que un clérigo desprecia por motivos poco cristianos...
No capto el sentido de lo que dice Paz, silencio...., en relación con este artículo sobre el escrito de Barrajón
Dichosos los que escuchan la Palabra de Dios y se la creen!
¿No será que hay bastantes manipuladores, intoxicadores y mentirosos desde los medios de comunicación?
Estos, podrían contribuir a la escucha, dejando de manipular, de intoxicar y de mentir.
Pero no es fácil, porque detrás de tan repugnantes comportamientos, hay sucios intereses materiales a veces unidos con resentimientos, envidias y odios personales.
Bastante ruido mediático emponzoñado con bastantes pasiones negativas.
En la aldea global nos conocemos todos y sabemos dónde le aprieta el zapato a cada uno.
Martes, 29 de mayo
Jesús Bastante
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez