Se trata de un verano extraño, con los horarios cambiados y muchas cosas por hacer. Poco descanso. Respecto a lo segundo, ya hablaremos. Sobre lo primero, he de confesar que la culpa la tienen los Juegos Olímpicos. El mayor espectáculo del mundo obliga a levantarse muy temprano, pero ello indefectiblemente no lleva a acostarse antes, lo que se traduce en una ausencia de sueño realmente preocupante. Aunque a veces piensas que estás en un sueño cuando contemplas lecciones magistrales, y no sólo deportivas, como las que ayer nos dieron dos deportistas españoles: Rafael Nadal y Marta Domínguez.
Los de Pekín están siendo unos Juegos espectaculares, tanto por la organización -pese a las "trampas" que han comenzado a reconocer, con cuentagotas, en la ceremonia de inauguración- como por la exhibición de algunas estrellas, como Michael Phelps y sus ocho oros en natación -aunque el séptimo no estuviera muy claro-, Bolt y sus estratosféricos 9,69 en 100 metros (con un cordón desatado y mirando al tendido los últimos treinta metros) o la versión mejorada del "Dream Team" de baloncesto -que el sábado logró bajarnos de la nube, esperemos que hasta la final-. Simplemente espectacular.
Sin embargo, llámenme melancólico, a mí me producen mayor emoción las gestas que no necesariamente culminan con la victoria final. O, para ser más gráficos, lo que ayer sucedió con Marta Domínguez. La palentina, probablemente la mejor atleta española de la historia, renunció a correr en su especialidad (5.000 metros) para afrontar un reto nunca conseguido: ser la primera campeona olímpica de 3.000 obstáculos, prueba hasta la fecha reservada a los hombres. Pues héte aquí que en la penúltima valla, cuando acariciaba la medalla de plata, se pegó un piñazo tremendo contra el suelo, llegando a perder el conocimiento. En una muestra de pundonor, trató de volver a la carrera, pero fue inútil, y volvió a caer, esta vez fuera de pista.
Momentos después, y ante las cámaras de TVE, Marta Domínguez habló con total naturalidad del fatídico resultado de la prueba, "el deporte es así". Sin perder la sonrisa ni buscar excusas baratas. "Me caí y punto", incluso riéndose de su propia desgracia. "Vaya cara que puse... qué vergüenza". En un país acostumbrado a lamer sus propias heridas, que un superclase como Domínguez acepte de tal modo un contratiempo mayúsculo -las próximas Olimpiadas serán dentro de cuatro años, una eternidad para un deportista de élite- resulta un ejemplo a seguir. En la vida hay cosas mucho más importantes. Por ejemplo, vivir. Y, además, la recompensa a nuestros esfuerzos, a veces, está en el mismo camino. No siempre hay que levantar una copa, o colgarse una medalla, para ser un campeón.

Aunque acostumbrarnos a ganar tampoco está mal. Y más cuando el que lo hace es un chico como Rafa Nadal. Un tipo tranquilo, modesto, que durante estos Juegos ha demostrado su talla profesional y humana. Hoy ya es, oficialmente, número 1 de la ATP, y ayer ganó la medalla de oro en tenis. ¿Y qué hizo? Pues agradecérselo a todos los deportistas españoles, a quienes hizo partícipes de su éxito, y a quienes dio las gracias por la acogida demostrada en la Villa Olímpica.
Porque Rafa Nadal, a diferencia de las grandes estrellas mundiales -él lo es- ha vivido en la villa junto al resto de deportistas. Nada de hoteles exclusivos ni tratos de favor: él mismo reconocía que, durante todo el año, de hotel en hotel, de circuito en circuito, pierde la noción de la realidad. Y que vivir en una nube no era bueno.“El ambiente de la Villa me dio una energía extra. Con los compañeros siempre cerca y con otros atletas españoles animándome. No ha sido como es habitual, en un hotel. Todos ellos me dieron gran ayuda, aunque no lo sepan”, afirmó Nadal.
El de Rafa Nadal es el ejemplo del esfuerzo, de no dar una pelota por perdida, de no creerse más que los demás cuando eres incontestablemente el mejor del mundo en tu especialidad. La victoria de la humildad, virtud que falta, y mucho, en nuestro tiempo. Y en nuestra Iglesia.
En otro momento, posiblemente esta semana, les hablaré de las incongruencias de Occidente, que se han visto reflejadas en estas Olimpiadas, dejando pasar flagrantes ataques a los derechos humanos por parte del gigante asiático. Pero hoy, me lo permitirán, tocaba ser optimista. Y saludar a dos héroes del deporte que, además, han demostrado ser personas normales y corrientes. Y es que, como en todo -también en nuestra Iglesia- la normalidad debiera ser la mejor vivencia de la fe. Que para superhombres ya tenemos a Phelps, a Bolt o a Lebron James. Y a los "profetas de calamidades".
baronrampante@hotmail.es
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Por Dios, no, amiga Carmen. Para nada. Al contrario. Feliz fin de verano
Espero que no me incluyas entre "los profetas de calamidades". Pero entre una oda o una elegía, me inclino por lo último. Al menos en cuestión de olimpiadas.
Un saludo veraniego.
Martes, 29 de mayo
Jesús Bastante
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez