La religión importa, y mucho, en la campaña electoral de Estados Unidos. Tres de cada cuatro estadounidenses ve necesario que el futuro presidente tenga “fuertes sentimientos religiosos”. John McCain, aspirante republicano a la Casa Blanca, y Barack Obama, su rival demócrata el 4 de noviembre, lo saben. Y por eso no están dispuestos a dejar escapar ni un sólo voto de los 73 millones de católicos del país, la minoría religiosa más importante de EEUU, que en 2004 dio el empujón definitivo al ahora inquilino de la Casa Blanca, George W. Bush, en los estados clave.
Tanto Obama, protestante evangelista, como McCain, protestante anglicano pero que prefiere denominarse cristiano antes que declararse feligrés de una comunidad, lo tienen difícil. Ni uno ni otro terminan de convencer a un sector que no está dispuesto a negociar sus creencias más firmes: el rechazo categórico al aborto y al matrimonio homosexual. Hace tiempo que Obama parte con desventaja. Ni siquiera en la larga batalla con Hillary Clinton logró meterse en el bolsillo a los demócratas de fe católica, que apoyaron a la ex primera dama.
Además, el candidato negro navega entre dos aguas. Obama se declara “religioso y partidario de los derechos del aborto”, una postura demasiado ambigua que no convence a los fieles de la Iglesia de Roma. Por eso, y por una traición histórica, los católicos no terminan de ver al senador por Illinois como su candidato.
Hace 16 años, la dirección del partido impidió a Robert P. Casley, entonces gobernador de Pennsylvania y conocido por sus convicciones provida, dar un discurso en la Convención Nacional. Se le consideraba demasiado radical. Los católicos no lo han olvidado.
Hoy parece que el partido está dispuesto a dar marcha atrás y sopesa invitar al senador Bob Casey, hijo de Robert, a explicar en la Convención de finales de agosto sus posiciones al respecto, que precisamente son las mismas que las su padre.
La importancia de voto católico es tanta que incluso Obama podría elegir a un candidato a vicepresidente que sea conocido por sus postulados católicos. En la lista de posibles números dos figuran el gobernador de Virginia, Tim Kaine, católico que ha hecho de su religión su identidad política, y otros conocidos feligreses como Joseph R. Biden y Christopher J. Dodd.
En el otro bando, John McCain, tampoco lo tiene fácil. El gobernador de Arkansas es protestante anglicano, pero siempre ha defendido que la religión es un asunto privado y ha dejado bien claro en las entrevistas que él es, ante todo, cristiano.
Pero, tal y como están las cosas, podría estar dispuesto a cambiar de opinión en la recta final de campaña. Sabe que no despierta entusiasmo entre los creyentes conservadores, pero también es consciente de que no se puede permitir el lujo de que Obama se meta a los fieles en el bolsillo en cuestiones como la guerra de Irak (que el Vaticano condenó), ayuda a la pobreza, familia o el medio ambiente.
Una encuesta sugiere que si Obama conquista al 10% de los creyentes que suele votar republicano, la balanza se inclinaría a su favor.
Las cosas tampoco están claras entre los evangelistas (protestantes que llevan a cabo la misión de evangelizar). Un sondeo de Pew Forum mostró que el 61% de los evangelistas apoya a McCain, una cifra que se queda por debajo del 69% que apoyó a Bush en 2004. El respaldo a Obama es similar al que obtuvo John Kerry en 2004 (el 25%). La diferencia este año son los indecisos: en 2004 eran el 4%; hoy son el triple, el 12%.
J. Socías (La Gaceta de los Negocios)
baronrampante@hotmail.es
Martes, 29 de mayo
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