Durante las pasadas navidades, hace un año, la sede del obispado católico caldeo de Mosul estalló en mil pedazos. Varias decenas de radicales islamistas entraron en el edificio episcopal, colocando bombas en todas las estancias en represalia por el ataque que el día anterior sufrieron dos mezquitas, al parecer por parte del Ejército estadounidense. Un año más tarde, el recuerdo de los atentados sigue patente en el lugar en forma de escombros y paredes agujereadas: las obras de reconstrucción no han comenzado, y la diócesis ha debido trasladar sus oficinas al otro lado de la ciudad. El rostro del obispo de Mosul, Faraj Rahho, refleja un temor apenas contenido, que se traduce en el sentir de su feligresía. Buena parte de los católicos de la zona -alrededor de 100.000, entre caldeos y asirios- han huido al Kurdistán (donde las milicias kurdas controlan, con la aquiescencia de Estados Unidos, la región), y los que quedan no se atreven ya a participar en celebraciones multitudinarias
Sábado, 18 de febrero
Jesús Bastante
Guillermo Gazanini Espinoza
Josemari Lorenzo Amelibia
Religión Digital
Francisco Baena Calvo
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Juan Antonio Espinosa
Vicente Haya
Asoc. Humanismo sin Credos