El tiempo nos dará la razón
13.11.06 @ 23:32:06. Archivado en E
Hojeando uno de esos suplementos dedicados a la mujer que regalan los sábados, me encontré con un reportaje interesante. Versaba en torno a la Ley de Igualdad de Género, para quienes no lo sepan harto comprometida porque, si definitivamente entra en vigor en marzo, obligará a las empresas con más de 250 empleados a introducir un 40% de mujeres en sus consejos de administración. Algunos piensan que coarta la libertad empresarial. Otras que la medida prejuzga a la mujer incapaz de lograr uno de esos puestos gracias a su propio esfuerzo. Yo, personalmente, opino ambas cosas a la vez. Y aún más.
Si, como se decía en el mencionado reportaje, en España más de tres millones de mujeres se han incorporado al mercado laboral en los últimos diez años y sólo el 3% son consejeras de grandes empresas –entendiendo como tales las que cotizan en Bolsa-, está claro que la cosa no pinta muy bien pero, ¿de verdad alguien piensa que se arreglará todo con una ley?
Para empezar, está probado que, por desgracia, las leyes no eliminan prejuicios. Y menos en este país, donde en esto no somos different y las mujeres sufrimos con especial intensidad el llamado techo de cristal. Es éste un fenómeno según el cual las trabajadoras de una sociedad lo tienen fácil para conseguir un puesto de base (¿se han fijado en cuantas barrenderas hay?), pero encuentran muchas barreras para crecer laboralmente y alcanzar uno de dirección.
Imaginemos por un momento cómo sería el clima empresarial español si, acostumbrados como estamos a decir que esa o la otra están ahí por enchufe o por haber cedido a según qué favores sexuales –a mí me lo han llegado a decir por tener este blog-, ahora esas jefas fueran impuestas por la citada ley. Pues se puede pronosticar ya mismo: sería sencillamente insoportable.
Machistas y cretinos los contamos ya por cientos en cualquier sector. Sin ir más lejos, recuerdo cómo el otro día una compañera de trabajo –es una chica con carrera universitaria- se quejaba de que los hombres del departamento le hacían coger a ella el teléfono, como si fuera la secretaria. Su indignación creció cuando, dado que está embarazada, uno de sus compañeros -y apostaría el cuello a que tiene menos preparación que ella- se atrevió a preguntarle: “¿De verdad estás segura de querer traer a una niña a este mundo de hombres?”.A tipos así, una ley como la que se propone no haría sino sería darles razones para hablar y, más que de discriminación positiva, estaríamos hablando de un obstáculo añadido a cualquier aspirante a directiva.
Y, al final, una cosa está clara: el tiempo pondrá a cada uno, y también a las mujeres, en su sitio. La que valga, ascenderá a jefa. Precisamente así ocurre en mi departamento, donde la directora es ella y no él. Y, además, puedo dar fe de que se lo ha currado. En la otra cara, descubro que, en el curso de inglés de promoción interna, los jefecillos y jefacillos tienen el nivel básico o medio, mientras que yo tuve que pasar una entrevista en el idioma de Shakespeare para entrar en la empresa. Eso sí, me regocijo al comprobar que, según la prueba de nivel, estoy en el avanzado. Peor para ellos. Algún día se tendrán que jubilar. Y ahí estaremos nosotras, que para entonces ya seremos más de tres millones.
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Elba Díaz
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