Cuando los niños se subían a los árboles
22.11.08 @ 18:01:59. Archivado en CULTURA
“¡Qué raros son los niños hoy! No patean latas, ven las piedras iguales, no se bañan en ríos, no descubren al caballo que habita los palos de escoba y elevarse por los aires no parece ser su prioridad.”
De niño, una montaña, un río, un balón o un amigo eran el significado de la vida. Cada mañana era un día para estrenar, para mirar los resultados del experimento de los bichos en el frasco y darle manivela al invento que giraba con la única función de que girara. El desayuno, grande o no, era siempre perfecto y rápido, había que exprimir el tiempo y sacarle hasta la última gota de aventuras. El agua de la ducha era gruesa, pesada, helada y poderosa y cada rayo de sol que entraba por los ventanales era un compinche para correr con él hacia la calle.
Las mamás barrían las casas, las vacas producían la leche, los pesebres eran mundos y las frutas venían colgadas de los árboles. Las canciones salían de radios grandes y tenían letra, y mientras alistábamos los lazos, las navajas, los frascos y los planos nos palpitaba el corazón y nos pintaba de rojo los cachetes. Y zarpábamos en nuestra barca hechiza, con las rodillas peladas y los pantalones cortos a descubrir Américas y a pillar maleantes.
Hoy, la búsqueda del siempre huidizo control remoto puede ser la aventura más legendaria que los niños afronten en el día. Con humor de ogro se despiertan, se buscan y quizá se encuentran en el escarpado territorio de su pelo, sus piercing y sus cables, se abastecen directamente de la caja de hojuelas, eructan, se rascan y se quejan. Solo si hay agua caliente pasan por el baño y luego, aún en toalla, ponen en funcionamiento uno a uno los aparatos indispensables para su subsistencia en esta tierra, ipod, Xbox, teléfono móvil y computador. Revisan con desesperación de posesos su correo electrónico y constatan quién está en el Messenger. Actualizan su Facebook, destrozan el idioma para comunicarse por el chat y toman algún refresco necesario.
Algunos, los más responsables estudiantes, copian y pegan la tarea en Word y se la envían al profesor mientras esperan que cargue el video de Youtube del adolescente suicida o de la necropsia. Dependiendo del grupo, cultura, subcultura o lo que sea, se peinan, despeinan, cortan, lloran, fuman, dicen, ocultan, gritan… y luego se reúnen para hablar de lo que hasta hace unos minutos discutían en la red.
Ya no desean tener perros si no son de batería, siempre se quieren ir pero no saben el destino, no argumentan, balbucean, todo los destroza y nada los contenta, no ofrecen nada pero lo quieren todo.
Y, por supuesto, olvidaron, o mejor, nunca supieron, la relación fantástica, derivada de la propia vida, que existe entre ellos y los árboles. Algunos saben que son seres vivos y que podrían ser verdes, y que hay gente que los tumba para hacer tablas de skate. Pero lo esencial es que fueron inventados para que los niños suban a ellos a soñar, por eso vienen con formas de castillos, casas, aviones, fuertes, sillas, cocinitas, caballos, automóviles y mil posibilidades al parecer invisibles para los chicos del presente.
Desde un árbol mi hermano y yo jugamos a ser una pandilla justiciera con antifaz de llanero solitario y un palo de escoba como espada, construimos una casa desde donde se veía el pueblo, era un lugar protector y secreto, quizá a la vista de todos pero, definitivamente, un espacio maravilloso, aún vívido, que evoco con nostalgia cada vez que mi hija, absorta, se pierde en un universo cuadrado que tiene clave y perfil.
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