14.05.08 @ 16:42:36. Archivado en CULTURA

Con el riesgo enorme de morir aplastado por una ciclópea mano de nombre femenino y fuerza de luchador olímpico, me propongo desahogar, por fin, esta animadversión irreconciliable que me producen las feministas “extremas” que, con sus retóricas sociales y políticas se topa uno en cualquier evento.
Habría que aclarar, si hiciera falta, que no es un denuesto contra las mujeres, hermosas, necesarias, superiores; o contra la equidad, los temas de género o las tendencias sexuales; ni mucho menos contra los movimientos feministas que abogan por la reivindicación de los derechos y la inclusión de las mujeres; sino única y llanamente contra ese segmento, cada vez más abundante, de feministas recalcitrantes de las que basta ver un ejemplar para conocer el resto.
La vemos en conferencias sobre derechos humanos, globalización, género, conflicto armado y cuando suenan las notas de la viejísima Nueva Trova Cubana (donde a veces lloran). Parecen vestidas por el mismo sastre: chaqueta de paño y camisa de hombre, bluyín y botas cortas, bufanda y mochila arahuaca. Generalmente usan anteojos, tienen anchas espaldas o pequeños cuerpos, no se pintan las uñas ni se maquillan, usan el cabello muy corto y de lejos (aunque también de cerca), parecen hombres viejos y corvados.
Hablan duro y dicen muchas cosas. Las mismas de siempre. Portadoras de una sensibilidad única si se les toca el tema de los hombres y pueden llegar a ser agresivas en demasía. No se les puede hablar de cocina, platos, oficios domésticos, pareja, actual gobierno (en el periodo que sea), política social o maternidad, porque se derraman en una andanada de improperios que humedecidos por la saliva que suelen expulsar cuando hablan, producen en la pobre víctima un deseo inminente de salir corriendo.
Casi siempre son cultas y pertenecen a grupos sociales, ONG y movimientos políticos. Las más aventajadas defienden en los medios de comunicación y en los estrados los intereses de las mujeres pero maltratan (comprobado) a sus secretarias y empleadas.
Nunca se ven a gusto con un hombre, aunque las que tiene hijos los adoran (un punto para ellas, ¡bien!) y es porque –esto no les va a gustar- generalmente prefieren la compañía, en todo aspecto, de las de su propio sexo, y en la intimidad de su vida secreta dejan de lado demandas de igualdad, identidad y derechos por una caricia cálida de otra mujer (¿y quién no?). Los que sí saben dicen que el lesbianismo, para ellas, es una acción conciente de unir política y vida, y la prueba está en que muchas de ellas se “encuentran” con su deseo lésbico cuando entran a formar parte de los movimientos feministas.
En el trajín de la política, la sociedad y el trabajo desarrollan una forma de pensar que excluye, primero en el discurso y luego en todos los demás ámbitos, a los hombres. Lo malo es que no lo pueden aceptar. Lo malo y lo deshonesto, pues por un lado promulgan libertad, igualdad y muchos bla, bla, bla; y por el otro juegan en el lado oscuro y sueñan (me lo ha dicho alguna) con alguna actriz de la televisión.