Un Síndrome de Estocolmo hecho en casa
08.11.07 @ 23:23:43. Archivado en Sociedad

…Me descuidé y regó ese almuerzo, me pegó, me arrastró sobre la comida y dijo que así había quedado más bueno el almuerzo… Yo a la mano de Dios entré, me pegó horriblemente, me dieron 15 días de incapacidad…La policía se lo llevó y le dijo que estaba detenido. Le preguntó: - "Usted por qué le pega a la señora. –Porque me hace dar rabia…” (Sentí que se me desprendía el alma. Juanita Barreto Gama y Yolanda Puyana. INDEPAZ 1996)
Hoy, el término del psicólogo y criminalista Nils Bejerot Síndrome de Estocolmo no habla únicamente de ese estado psicológico en el que la víctima de secuestro se “encariña” con su agresor. También expresa ahora una forma doméstica de este mal, en donde los afectados (especialmente las mujeres) consienten el abuso y la violencia intrafamiliar hasta el extremo de justificarla e inclusive exaltarla
En 1973, -y esto es solo para quienes no lo recuerdan- un grupo de asaltantes se tomó el Sveriges Kreditbanken, en la ciudad de Estocolmo (de allí el nombre, claro) en Suecia. Pues el simple robo del banco se complicó con la llegada de la policía y los delincuentes optaron por tomar como rehenes a tres mujeres y a un hombre. El asunto duró 6 días. Para sorpresa de todos, los secuestrados se opusieron a su rescate y luego de ser liberados defendieron a capa y espada a sus captores. Una de las jóvenes se enamoró de un maleante a pesar de que el trato de los asaltantes no fue el mejor. Ante la cantidad de historias de esta índole, y no solo en Suecia, por supuesto, el término se quedó con nosotros.
El síndrome, que, según Bejerot, se presenta especialmente en personas que han sufrido algún tipo de abuso como la violencia doméstica, los campos de concentración, el incesto, ser prisioneros de guerra y miembros de órdenes o cultos, entre otros, solo se puede llamarse así cuando la víctima se identifica inconscientemente con su agresor (Skurnik).
Actualmente se ha acuñado el término Síndrome de Estocolmo Doméstico y hace referencia al fenómeno de la violencia contra la pareja en donde ella, generalmente, sufre una especie de trastorno de adaptación que la obliga, sin ser consciente de esto, a defender a su agresor, justificándolo por las condiciones de vida, por la cruel sociedad y por cuanta posibilidad exista, llegando inclusive a culparse ella misma por la ofensa que recibe.
Según la Organización Mundial de la Salud, cada 18 segundos una mujer es maltratada en el mundo y una de cada cinco sufre maltrato en su propio hogar. Situación que por razones diversas (cultura, mitos, machismo, miedo, dependencia económica, etc.) muchas de ellas prefieren callar. Sin embargo, y aquí viene lo paradójico, mujeres sin temores, autónomas social y económicamente son incapaces de denunciar a sus abusadores y desean permanecer a su lado (ejemplos abundan de mujeres que se niegan a que sus compañeros sean juzgados por sus agresiones y muchas veces detienen procesos judiciales por miedo a perderlos).
Diversos son los modelos que intentan explicar este fenómeno, desde el de Dutton y Painter (1981) que propone que hechos como el desequilibrio del poder y la intermitencia del trato (a veces bueno, a veces malo, refuerzos y castigos) crean en la mujer un “lazo traumático” que la hace dócil; hasta los de Graham y Rawlings (1991), que, entre otras cosas, dice que es un síndrome que lleva a la mujer a un estado donde disocia el comportamiento de su agresor y niega los hechos violentos sobreestimando los buenos.
Según Andrés Montero Gómez, (Síndrome de adaptación paradójica a la violencia doméstica: una propuesta teórica, 2001) este síndrome podría presentar cuatro etapas. La desencadenante, donde la mujer “descubre” en su compañero a su agresor, vienen la pérdida de la seguridad, el estrés, la depresión. Reorientación. Aquí ella busca nuevos referentes de futuro (perdidos en la primera etapa), intenta reorganizar su pensamiento que está entre “me uní a él –el me agrede” y la autoculpa. En este momento, dice Montero, ella está indefensa y se resiste pasivamente. Afrontamiento. Asume el modelo mental de su compañero y pretende protegerse. Adaptación. Esta última etapa ve a la mujer intentando “echarle la culpa a los otros”. Es aquí donde aparece con letras grandes el famoso Síndrome de Estocolmo Doméstico.
Ante el siempre creciente problema del maltrato doméstico, surge la dificultad de enfrentar primero a las víctimas, para quienes nada pasa y de pasar “está bien”, pues si no son concientes de esta violencia el problema no existe.
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