El alma del haiku

Aware

25.02.12 | 12:00. Archivado en Onitsura, Clásico, haiku de lo sagrado

Kare-ashi ya
Naniwa irie no
sazaranami

枯葦や難波入江のさざら浪

Los juncos secos:
El suave ondular de las olas
de la ensenada de Naniwa

Lo sagrado nos llega a través del haiku como esos momentos del desenvolverse de la existencia que nos obligan a reconocerlos, a claudicar ante ellos. No hay objetividad en qué sea lo sagrado; lo sagrado es cualquier cosa que se nos muestre a cada uno de nosotros como tal, completo, sin fisuras, como una fuerte impresión a la que no podemos permanecer ajenos; impresión que en japonés se llama aware:

Kare-ashi ya
Naniwa irie no
sazaranami

枯葦や難波入江のさざら浪 ONITSURA

Los juncos secos:
El suave ondular de las olas
de la ensenada de Naniwa

Así, sin más, este haiku compuesto de tres nombres comunes, un nombre propio, un adjetivo y dos partículas, forma una red de palabras en las que queda atrapado “lo sagrado”.

En absoluto es un poema en honor a un lugar llamado Naniwa. Pero el lugar es el marco que contiene el suceso; por eso es importante que hablemos de un lugar en concreto. No es una ensenada en abstracto ni una ensenada cualquiera, tiene nombre propio, porque todo en la realidad lo tiene; y el poeta en este caso lo conoce. El nombre propio de las cosas es su carta de naturaleza en el mundo de lo trascendente, aunque nosotros no tengamos siempre por qué saberlo. Pero si existe es que tiene nombre. Y el poeta quiere conocer el nombre de toda cosa porque quiere impregnarse de su existencia, de la plenitud de su existencia que llega hasta el nombre que la nombra.

Es mucho más que un poema que hable de los juncos secos de una ensenada bañados por las olas. Y lo es por cómo Onitsura ha conseguido aislar un suceso normal, cotidiano, resaltarlo del resto de todo lo que lo rodea usando para ello unas cuantas palabras, y hacérnoslo llegar: “las olas bañan los juncos, los juncos están secos, así es el mundo, esto sucedió, yo estaba allí, de esto me di cuenta”. La existencia de las cosas, el suceder de los eventos es lo sagrado. Y el poeta, el que toma nota de lo que ocurre, el que da fe de todo lo que hay, el notario mal pagado de la existencia.


La luz

23.02.12 | 12:00. Archivado en Bashô, Clásico, haiku de lo sagrado

Ara tôto
aoba wakaba no
hi no hikari

あらとうと青葉若葉の日の光

¡Oh! ¡Qué divina!
La luz del sol
entre las tiernas hojas verdes

Tras la exposición de qué entiende el japonés por “sagrado” y cómo el haiku lo llega a contener, nos internamos por las moradas en que esta sacralidad se materializa en algunos aspectos de la Naturaleza. Una relación completa de todos ellos se tratarán de modo exhaustivo en nuestro libro Repertorios de asombros del haiku. Pero ahora ocupémonos del principal de ellos: la luz. Son, por tanto, las que siguen, moradas de luz:

Ara tôto
aoba wakaba no
hi no hikari

あらとうと青葉若葉の日の光 BASHÔ

¡Oh! ¡Qué divina!
La luz del sol
entre las tiernas hojas verdes

El comentario que hace a este haiku Nakano Kôji, de la Universidad Nacional de estudios shintoístas, es el siguiente:

La luz filtrándose a través de las tiernas hojas verdes es un espectáculo que conmovería a cualquiera, pero sólo Bashô tuvo la ocurrencia de calificarlo de “divino”. El uso de esta palabra enriquece a las hojas con un significado casi cósmico, religioso. No tiene nada que ver (como insisten los estudiosos de la Literatura) con un “tributo” rendido por Bashô a la mañana en el santuario Tôshôgu, donde fue compuesto el poema. Es simplemente el poema más bello sobre hojas tiernas escrito en lengua japonesa. Incluso hoy día, cuando vemos las hojas nuevas pensamos en estos versos y, al hacerlo, se intensifica nuestra admiración por la fuerza con que brotan en primavera

Para nosotros, occidentales, extrañados o recelosos de que lo divino no sea una realidad personal, este haiku de Bashô, tras posarse en nuestra alma con la suavidad con que lo hacen las motas de polvo atravesadas por un rayo de sol, estalla en nuestro interior y nos propulsa hacia un universo de lo sagrado completamente distinto, un universo donde el “yo” no llega nunca a entronizarse con la forma de Dios.

A veces, muy pocas veces, un occidental ha dicho algo parecido, siempre influido por Oriente, sólo cuando dejó de ser operativa la Inquisición que perseguía a los panteístas como “spinozianos”, que era como decir “endemoniados”. Por ejemplo, el poeta belga Charles van Lerberghe escribía:

Comme Dieu rayonne aujourd'hui
Comme il exulte, comme il fleurit
Parmi ces roses et ces fruits!

¡Cómo relumbra hoy Dios
Cómo exulta, Cómo florece
Por entre esas rosas y esos frutos!


Sol vida

Hi no hikari suitareba
sukoshi ugoku ha yo

日の光吸ひ足ればすこし動く葉よ

Oh hoja que te mueves un poco
en cuanto absorbes
los rayos del sol…

La luz en sí misma es una manifestación divina, como hemos visto. Y, a su vez, se relaciona en la mentalidad arcaica japonesa con otras tres manifestaciones primordiales de lo divino en el mundo: el movimiento, la sexualidad y la fuerza.

En el siguiente haiku de Santôka, el autor, rescata el más primitivo sentir del japonés, poniendo de manifiesto la relación "sol-movimiento":

Hi no hikari suitareba
sukoshi ugoku ha yo

日の光吸ひ足ればすこし動く葉よ SANTÔKA

Oh hoja que te mueves un poco
en cuanto absorbes
los rayos del sol…

Otra audaz relación ontológica detectada por el haijin es la que conforma "sol-sexualidad". La sexualidad como efervecencia de vida, como ansia de perpetuación en la vida:

Shakuyaku no
zui no wakitatsu
hinata kana

芍薬の蘂の湧きたつ日向哉 TAIGI

¡Los pistilos de las peonias
levantados, excitados
a la luz del sol!

Y, por último, la fuerza; la relación “sol-fuerza”. La luz y el calor del astro rey hace fuertes a las criaturas. Escribe un niño japonés con esa intuición que tal vez a muchos adultos ya nos haya abandonado:
Himawari ga
hikari o atsume
tsuyoku naru  

ひまわりがひかりをあつめつよくなる WAKARAN

El girasol
acumulando luz
consigue hacerse fuerte


Muerte

21.02.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Contemporaneo, haiku de lo sagrado

Kiri hito-ha
hi atarinagara
ochinikeri

桐一葉日当たりながら落ちにけり

Una hoja de paulonia
mientras le daba el sol
cayó

El primer haiku de este capítulo –“La naturaleza luminosa del misterio”- trató de la luz entre las hojas, como ese algo que las llena de vida divina. Nos planteamos ahora la posibilidad de que eso no baste; de que ni siquiera lo divino sea suficiente para garantizarnos la eternidad. Porque la muerte es nuestra naturaleza más íntima, y lo divino eterno no está condenado en nosotros a cadena perpetua. Véase la perplejidad con la que el haijin certifica la muerte de algo mientras recibe los rayos del sol:

Kiri hito-ha
hi atarinagara
ochinikeri

桐一葉日当たりながら落ちにけり KYOSHI

Una hoja de paulonia
mientras le daba el sol
cayó

Incluso el lector menos familiarizado con las resonancias culturales japonesas será capaz de adivinar en este haiku un algo inquietante. Más todavía, si sabemos que para el japonés la realidad sagrada primordial, Amaterasu, la diosa originaria del panteón Shinto, es el sol, cuya principal manifestación sobre el mundo es la luz que se traduce en vida. Como ya hemos visto, para el japonés tradicional, como para cualquier hombre elemental, donde hay luz hay vida. No por casualidad los objetos sagrados del Shinto –el espejo, la joya y la espada- son los capaces de reflejar la luz. Japón es una apariencia de civilización tecnológica sobre un corazón nacional extraordinariamente arcaico al que todavía afecta lo que brilla, lo que vive o lo que se mueve, como les sucede a los aborígenes. Japón entra muy tarde en la Historia, en el siglo VI después de Cristo, y vive su decurso histórico relativamente aislado del resto del mundo por su carácter insular y la decisión ocasional de cerrar el país al exterior, siempre tratando de crear una fuerte identidad nacional. La tradición en Japón es su secreto para la supervivencia. Y dentro de esta tradición se conservan virginalmente los asombros mismos del hombre “prehistórico” que cantó en el Manyô-shû a la Naturaleza. De este Manyô-shû surgió con los siglos el haiku. Así, gracias al haiku, se produce el milagro –maravilloso anacronismo- de que podamos contar en nuestro mundo actual –tecnológico, artificial, deshumanizado- con asombros ancestrales del ser humano como el que tiene el hombre natural por lo que relumbra, por poner de ejemplo el caso que ahora nos ocupa.

¿En dónde reside la fuerza de este haiku de Kyoshi cuando se lee desde la cultura nipona? En que se nos habla de una hoja que, mientras está siendo bañada por la luz, cae y muere. La luz está indisociablemente vinculada a la vida, porque la luz supone calor de vida. Pero esa hoja en concreto ha caído muerta, sin lugar a dudas, ante los ojos del poeta, mientras le estaba dando el sol, mientras estaba siendo irrigada en vida. Hay una pregunta silenciada al final de este haiku para el que sepa leerlo entrelíneas; esa pregunta es un “¿por qué?” que el poeta no se atreve a verbalizar. Pero ahí está el haiku en forma de enigma, en forma de mazazo, de refutación a la religiosidad del Shinto. Una religiosidad que sólo entendió que la existencia se componía de vida, pretendiendo ignorar la muerte, como si la muerte hubiera en algún momento dejado de ser, no ya parte de la vida, sino esa parte que nunca se ausenta de ella.


Comer luz

20.02.12 | 12:00. Archivado en Santôka, Contemporaneo, haiku de lo sagrado

Hinata mabushiku
meshi bakari no
meshi o

ひなたまぶしく飯ばかりの飯を

Relumbrante a la luz del sol
mi comida:
arroz hervido sin más

La luz del sol es para los japoneses la materialización misma del misterio de lo sagrado en la existencia. Una sacralidad que, no sólo puede admirarse, sino que en el haiku de los más atrevidos poetas puede incluso “comerse”:

Hinata mabushiku
meshi bakari no
meshi o

ひなたまぶしく飯ばかりの飯を SANTÔKA

Relumbrante a la luz del sol
mi comida:
arroz hervido sin más

Como ya hemos dicho en alguna ocasión, el “haiku de lo sagrado” tiene lo que en Flamenco se llama “pellizco”. Si uno no tiene capacidad de recibirlo será prácticamente inútil que trate de explicársele aludiendo, en este caso, a los rayos del sol, al arroz blanco, al arroz solo, sin más ingredientes, que come un hombre en soledad, con plena consciencia de lo que hace, al hecho de “estar comiendo luz” de un vagabundo con una vida completamente arruinada. Las argumentaciones siempre pueden encontrarse y quizá seducir, más que demostrarse, pero lo difícil es reblandecer el corazón para que reciba el pellizco sin necesidad de saber nada ni leer nada sobreañadido al haiku.

Comer, en estas condiciones, a plena luz del día, es para Santôka un acto supremo de comunión con lo sagrado:

Ochiba
atatakaku kamishimeru
gohan no hikari

落葉あたたかく噛みしめる御飯のひかり SANTÔKA

Caen las hojas
Mastico cálidamente
la luminosidad de mi arroz hervido

Literalmente, dice: “Hojas caídas / cálidamente / mastico / arroz hervido / brillo de”. Sabemos que atatakai en principio se refiere al momento del día (a pesar de ser otoño) por el relumbrar de los rayos del sol, pero también a la temperatura de la comida y al sentimiento entrañablemente cálido del poeta que está comiendo su arroz en un paisaje de hojas caídas como el que come en un reino que no es de lo humano.


Lo minimo que sucede

19.02.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Clásico, haiku de lo sagrado

Shika no ashi yoromeki
hososhi
kusamomiji

鹿の足よろめき細し草紅葉

Las patas delgadas del ciervo
dan un traspiés
La hierba roja de otoño

Lo que ocurre -sea lo que sea, lo más mínimo que podamos percibir- va a tener en el haiku una importancia trascendental, porque forma parte del desenvolvimiento sagrado del mundo:

Shika no ashi yoromeki
hososhi
kusamomiji

鹿の足よろめき細し草紅葉 HAKU-UN

Las patas delgadas del ciervo
dan un traspiés
La hierba roja de otoño

El tema no puede ser más trivial: un ciervo que da un traspiés en la hierba... Y, ante eso, surge inevitable la pregunta del lector occidental, profano en la materia: “Realmente, ¿tiene esto importancia como para escribir un poema?”.

El alma japonesa no titubea en la respuesta: si un traspiés de un ciervo de patas delgadas no tuviera importancia, la realidad misma se desplomaría. No habría nada capaz de resistir la eliminación de un instante que ya haya sucedido. Nada; ni la puesta de sol, ni la presencia luminosa de la luna en el cielo estrellado, ni la llegada de la primavera, ni la nieve cubriendo los campos…, todo esto se desharía como polvo al viento si un traspiés de un ciervo fuera algo insustancial. El poeta japonés sabe, aunque no lo formule, que cualquier cosa importa porque pertenece al Todo, a la realidad, que no puede ser sino como es, como se va mostrando. La realidad va siendo formada por lo que sucede, y lo que sucede es el resultado de los seres, con sus características propias y la natural interacción entre ellos. Atender a estas naturalezas es el único rito que se nos pide en nuestro camino de “realización”, de transformación de nosotros mismos en la realidad que nos asombra.

¿Qué más puede decirse de un haiku como éste? Las patas delgadas del ciervo / dan un traspiés… / La hierba roja de otoño…

En un primer momento, cuando lo leemos, nos da la impresión de que el ciervo tropieza con el rojo de la hierba (con el color y no con la hierba en sí). Al cabo de algunas lecturas nos abrimos a un nuevo sentido del mismo, según el cual es la belleza de la hierba que en otoño se enrojece la que hace al ciervo andar distraído y dar el traspiés que llamó la atención al poeta. Tras muchas relecturas y, como una nueva dimensión de este haiku, llegamos al ciervo, tal vez un animal nacido unos días antes del encuentro con el poeta, vida frágil todavía en un mundo frágil. Y así viajamos con la imaginación por el territorio posible de este haiku cuando nos encontramos con la muerte. Nos sobrecoge un pensamiento: “Puede ser que el haijin se refiera a las delgadas patas del ciervo porque sea un animal enfermo, famélico, viejo, y, por eso mismo, con los días contados, como el otoño”. Entonces es cuando las interpretaciones anteriores cobran sentido fundiéndose todas en una: un paisaje rojo –espléndido- de otoño, un animal débil por la razón que sea, en peligro de extinción, nos está haciendo un solo gesto –un traspiés- para que lo veamos. Y lo vemos.


Lo sagrado ocurre

18.02.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Clásico, haiku de lo sagrado

Yû-kage ya
nagare ni hitasu
tonbô no o

夕影や流れにひたすとんぼの尾

Su silueta al atardecer:
La libélula moja su cola
en el agua que fluye

Cuando por primera vez nos topamos con el haiku, nos asaltó una pregunta: “¿Qué podría llegar a contener dentro de sí una de estas brevísimas poesías?” La respuesta fue ampliamente desarrollada en nuestro libro El corazón del haiku, y ahora lo resumimos en una frase: el haiku puede contener lo sagrado según la percepción que de ello tiene el Japón tradicional. El haijin reproduce fielmente el mundo para capturar su principio vital, aquello que lo organiza internamente y lo sostiene. Eso que hace que los seres existan y que actúen según lo que les es propio:

Yû-kage ya
nagare ni hitasu
tonbô no o

夕影や流れにひたすとんぼの尾 SHÔHAKU

Su silueta al atardecer:
La libélula moja su cola
en el agua que fluye

Es simplemente el conocido gesto de la puesta de huevos dentro del agua de una libélula. Este haiku nos muestra simplemente una figura de insecto arqueándose en un arroyo al atardecer. Y, sin embargo, y sin embargo…, nos quedamos mudos de que alguien lo haya dicho, de que eso haya sido mencionado. Como si la sola mención de los eventos supusiera su entrada en la eternidad.


Nadie

Hototogisu
kyô ni kagirite
tare mo nashi

時鳥けふに限りて誰もなし

Canta el hototogisu,
precisamente hoy
que no hay nadie

Al encontrarnos al final de este proceso que lleva al haijin a ser pura naturaleza, comprobamos cómo él mismo ha sido excluido de su poesía. El haijin ya no cuenta consigo mismo como una presencia en el lugar. La lógica nos dicta que el poeta que escribe un haiku debe estar presente. Pero lo que él afirma que en la escena “no hay nadie”:

Hototogisu
kyô ni kagirite
tare mo nashi

時鳥けふに限りて誰もなし SHÔHAKU

Canta el hototogisu,
precisamente hoy
que no hay nadie

Por supuesto, también hay un sentimiento de soledad en este tipo de haikus. Pero la soledad siempre anuncia el encuentro con lo sagrado. Si lo que nos ocurre no se puede compartir, y es una experiencia profunda, sólo entonces, de lo más íntimo de nuestro propio corazón emerge una compañía imposible de definir. Cuando lo que presenciamos nos eclipsa, y no hay nadie con quien compartirlo, conviene que nos descalcemos, pues pisamos tierra sagrada. Póngasele el nombre que se le quiera poner, o no se le ponga ninguno, pero sólo una cosa hace que el ser humano olvide su “yo” -aunque sólo sea por unos momentos- y a ésa es a la que está dedicada la mejor parte de la producción del haiku, la del “haiku de lo sagrado”. Una vez que esa realidad trascendente nos ha hecho desaparecer, una vez que llegamos a “ser nadie”, asumimos que el mundo pasa ante nosotros soportando que lo ignoremos. El mundo es aquello que ocurre indiferente a la conciencia que el hombre tenga de él:

Shungyô ya
hito koso shirane
kigi no ame

春曉や人こそ知らね木々の雨 SÔJÔ

El alba de primavera
Los hombres no se dan cuenta
La lluvia en los árboles

En la medida que aquello que sucedió ocurriera para menos gente, la carga de sacralidad de un haiku es mayor. Las cosas suceden más, cuando suceden en completa soledad. El río suena más si nadie lo escucha, y la luciérnaga brilla más reluciente. El mundo que excluye al ser humano, en Japón, es la pura hierofanía. El auténtico camino es el que nadie recorre:

Kono michi ya
yuku hito nashi ni
aki no kure

此道や行く人なしに秋のくれ BASHÔ

Nadie que vaya
por este camino
Crepúsculo de otoño


Silencio

16.02.12 | 12:00. Archivado en Santôka, Contemporaneo, haiku de lo sagrado

Mizu ni sotte
ichinichi
damatte yuku

水にそうていちにちだまつてゆく

Voy bordeando el agua
Todo el día
Sin decir una palabra

¿Y cómo evitarlo? ¿Cómo resistirnos a esa fuerza que nos hace desaparecer dentro de sí en el Todo? Con ruido. Si no queremos que el silencio nos engulla y nos haga ser parte indiferenciada de lo contemplado debemos envolvernos en el ruido y llenarnos el corazón de ruido, ruido, ruido... El camino contrario será el del haijin:

Mizu ni sotte
ichinichi
damatte yuku

水にそうていちにちだまつてゆく SANTÔKA

Voy bordeando el agua
Todo el día
Sin decir una palabra

Deliberadamente, Santôka no resuelve la ambigüedad entre los dos kanjis diferentes de "sou". Es claro que "mizu ni sou" significa “ir por el borde (por la orilla) del agua”, pero si ahora añadimos que un homófono de "sou" significa "acompañar" podremos saborear algo más de lo que le llega al japonés en el original. Aunque no se declare expresamente, hay una sensación de que el poeta y el agua se dan compañía, y mantienen alguna clase de relación. El silencio del haijin es la respuesta a la voz del agua. Así es el diálogo que lo sagrado ha establecido entre ellos.

Otros dos haikus de silencio del mismo autor:

水音といっしょに里へ下りて来た SANTÔKA

Junto con el sonido del agua
voy bajando
a la aldea

いちにち物いはず波音 SANTÔKA

Todo el día
sin decir una palabra
El sonido de las olas


El poeta se define en su haiku

Mizu ni kage aru
tabibito dearu

水に影ある旅人である

En el agua hay un reflejo
Es alguien que va de viaje

¿Y definirse un poeta en su haiku? ¿Podría un haijin decir al mundo cómo se ve a sí mismo y usar para ello el haiku?

Sabemos que, por ejemplo, Bashô escribió:

Tabibito to
waga na yoberu
hatsu-shigure

旅人と我名よばれん初しぐれ BASHÔ

“El viajero”,
así seré llamado
Primer chubasco invernal

Haiku bastante mediocre éste de Bashô que –sin embargo- llevó a Santôka a escribir uno genial:

Mizu ni kage aru
tabibito dearu

水に影ある旅人である SANTÔKA

En el agua hay un reflejo
Es alguien que va de viaje

El reflejo que Santôka ve en agua es -aunque no se diga expresamente- el suyo propio; es él quien va de viaje. Mira su imagen, sin embargo, como la de alguien ajeno. Se ve a sí mismo desde fuera. No se reconoce. Se sorprende de lo que ha llegado a ser con el tiempo: un hombre cuya única identidad es el hecho de estar viajando. Somos lo que hacemos. Habría que repetir tres veces esta última frase, como hacen los árabes, para que se sepa que es verdad. Pero sin tono grandilocuente, sin pesantez, sin gravedad. Fiel a la levedad del haiku que soporta este comentario. Un haiku frágil que comienza con la expresión “un reflejo en el agua” (mizu ni kage aru). Santôka nos está queriendo decir: “Soy sólo un reflejo, una imagen, una forma de agua en el agua”. En este instante, su haiku se dota hábilmente del valor poético que tiene en Japón la imagen, el reflejo, la sombra…, todo aquello que se mueve sin estar vivo. Todo aquello que desafía con su movimiento nuestra torpe clasificación “animado” (que tiene alma) – “inanimado” (que no tiene alma). Un reflejo se mueve y sin embargo decimos de él que no tiene vida, que no está habitado por un alma. En este haiku, Santôka nos hace entender que en esa imagen sobre la superficie del agua está viendo su alma. Que su alma flota sobre el agua.

Y aún hay más. Considerando que la cesura de los versos ha sido un artificio del traductor para no perderse en la pura polisemia, este haiku tiene una mayor profundidad de sentido: Ese hombre que va de viaje, cuya imagen se refleja en el agua, no es uno cualquiera. Es un hombre que oculta un pasado, que viaja para olvidar su memoria de lo vivido. Una primera lectura –convencional- nos hace establecer las cesuras de los versos separando artificialmente kage aru (“hay un reflejo”) de tabibito (“viajero”). Pero no podemos olvidar que en el original los versos no están divididos y que la simple pronunciación de las palabras hace que resuenen unas en otras tiñéndose de sentido aquellas que están más próximas, como si fueran un arco iris de colores que van graduándose lentamente.

Hay, pues, una doble legítima lectura de las palabras kage aru tabibito, ya que kage puede significar tanto “reflejo, imagen” como “sombra”. Sentimos que el viajero de que se nos habla es “un hombre con sombras en su pasado” (kage ga aru hito). Lo que contempla Santôka, como si saliera de sí mismo para verse, es la imagen de alguien que viaja interminablemente arrastrando un lastre: ese pasado que ahora se ve en imagen pesar ingrávido sobre el agua.

En conclusión, esto de definirse a sí mismo un poeta en su haiku…, ¿puede hacerse o no? De hecho, se hace. En ocasiones puntuales poetas muy excepcionales –Shiki, Bashô, Santôka…- lo han hecho. La mayor parte de estas veces, su haiku no podrá considerarse un “haiku de lo sagrado”; pero sí puede llegar a ser un buen haiku, o incluso un haiku magistral. La vida -y el haiku trata precisamente de eso- es incontrolable. De esto nos damos cuenta en seguida.


Nombrar el "yo"

13.02.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Contemporaneo, haiku de lo sagrado

Hebi nigete
ware o mishi me no
kusa ni nokoru

蛇逃げて我を見し眼の草に残る

Huye la serpiente
y esos ojos que me han mirado
se quedan entre la hierba

Hasta aquí podemos comprender lo que el haiku –encargado de articular “lo sagrado” con palabras- puede dar de sí; el margen amplio con que esta poesía cuenta antes de dejar de poder considerarse “haiku de lo sagrado”. Pero, y…¿se puede nombrar el “yo”? ¿Pueden aparecer en el haiku algunas de las palabras japonesas que existen para el pronombre “yo”?

Por ejemplo, en este haiku contemporáneo, el haijin va a hacer referencia a ware (“yo”):

Hebi nigete
ware o mishi me no
kusa ni nokoru

蛇逃げて我を見し眼の草に残る KYOSHI

Huye la serpiente
y esos ojos que me han mirado
se quedan entre la hierba

Los elementos que conforman este haiku dibujan una situación inquietante: unos ojos de serpiente que miran a un hombre fijamente, una serpiente que huye, un peligro al acecho entre la hierba, el miedo… Es un haiku consagrado a una serpiente que pasa ante un hombre deteniéndose por unos instantes. Sorprendidos ambos -el poeta y la serpiente- es a ésta (sea o no la más peligrosa de los dos) a la que sin embargo le toca huir. El poeta siente su tremenda vulnerabilidad y el miedo le hace considerar que ha visto los ojos de la serpiente y que ha sido como si se hubieran impreso en su alma. Kyoshi deja ese paisaje –también él huye, más lentamente, y no obstante con más peso de miedo en su memoria- sabiendo que en algún lugar, oculta entre la hierba, está esa serpiente cuya mirada tiene ahora clavada dentro de su retina. Pero, ¿Y ella: y la serpiente? ¿Sentiría ella también miedo? ¿Se llevaría a su refugio entre la hierba la mirada del hombre clavada en su alma de serpiente? De esto no sabremos nunca nada. El haiku sabe lo que deja pendiente, sabe de la imposibilidad de hacerse con todo lo que había allí mismo, en el «momento haiku», porque la realidad no tiene fondo. Tal vez si percibiéramos todo lo que tenemos en cada momento ahí delante nuestro, reventaríamos.

Por último, detengámonos en el elemento que justifica la selección de este haiku. La inclusión de la palabra ware, “yo”. El poeta existe en este haiku: no sólo lo ha experimentado sino que lo protagoniza. Pero existe gracias al miedo. No es el sentimiento de un “yo que ama”, por ejemplo, casi inaceptable en la sensibilidad del haiku (como ya se ha explicado). No es un “yo pienso esto o lo otro”, completamente inadmisible para el mundo que generó el haiku. Es un “yo” que tiene miedo, con un temor íntimo y universal, en todo caso ancestral, como el del simio del que provenimos al único depredador que es capaz de subir a los árboles más altos: la serpiente. Sin lugar a dudas, cuando el “yo” es parte de la Naturaleza tiene permitida su entrada en el haiku. Y un “yo” paralizado de miedo es el pan cotidiano –a cualquier hora, cualquier día- de todos y cada uno de los seres que viven en la Naturaleza.

El miedo que tengo o el miedo que me tienen. Ambos son asombros legítimos para el “yo”, lugares posibles del haiku:

Waga ikeba
issai no kani
ashi-kakuru

わが行けばいっさいのかに蘆隠る SEISHI

Cuando yo paso,
los cangrejos de golpe
se esconden entre los juncos


Cuando el "yo" no es mío

12.02.12 | 12:00. Archivado en Santôka, Contemporaneo, haiku de lo sagrado

Ikinokotta
karada
kaite iru

生き残つたからだ掻いている

Excepcionalmente, en algunos casos, el tema del haiku es el propio poeta. Si nos preguntasen “¿Cuándo le es lícito a un haijin hablar de sí mismo?”, responderíamos “cuando no sea él quien hable”. De hecho, la mayor cantidad de haikus que podríamos citar en este sentido pertenecen a Santôka, un poeta que en su vagabundeo espiritual ya no pertenece más a sí mismo, sino al Todo. Es el mundo el que habla de sí mismo en Santôka:

Ikinokotta
karada
kaite iru

生き残つたからだ掻いている SANTÔKA

Literalmente, ikinokotta (sin sujeto: “hay alguien que ha sobrevivido; hay alguien que tiene vida de sobra”), karada kaite iru (sin sujeto: “hay alguien que está rascando un cuerpo”). Aunque las traducciones que, lógicamente, hemos de dar en nuestra lengua exigen un sujeto y éste se presume que es el poeta:

He sobrevivido
Mi cuerpo…
lo estoy rascando

La arbitrariedad de las cesuras métricas en japonés y la polisemia de los términos empleados permiten además otras traducciones para este mismo haiku:

Ikinokotta karada
kaite iru

Todavía queda vida en el cuerpo
que estoy rascando

La traducción más convencional de ikinokoru será “sobrevivir”. Pero, en japonés, “sobrevivir” no tiene el cariz heroico que en nuestra lengua, sino más bien un cierto sabor amargo de soledad del que sobrevive a sus seres queridos, al mundo que conoce, a la ternura de la infancia… “Sobrevivir” es haber sido desechado de la memoria. Es no lograr convertirte en recuerdo para nadie. Por eso también sería aceptable la traducción:

Ikinokotta
Karada kaite iru

Me abandonan en la vida…
Y me rasco el cuerpo

Lo importante en este haiku no es “mi soledad” sino “la soledad”, no es “mi supervivencia” sino “la supervivencia”, no es “mi vida” sino “la vida”. La vida que queda, la vida que sobra. “Nada va a ser olvidado”, escribía Walt Whitman. Ni la más mínima de las criaturas. Ni siquiera el más mínimo gesto:

Akikaze no
ishi o hirou

秋風の石を拾う SANTÔKA

Con viento de otoño
recojo una piedra

También éste es un haiku perfecto. Con una sencillez imposible de parangonar, Santôka nos remite al gesto desnudo de intención. Se nos antojaría preguntarnos para qué recogería esa piedra. Tampoco nos ayuda no saber de qué tipo de piedra se trataba. La pregunta del “para qué” debe ser desechada de nuestra mente de una vez por todas. Nadie sabrá nunca para qué recogió Santôka esa piedra, y nadie sabrá nunca para qué nada. Con este haiku se nos está queriendo hacer ver que nuestra vida es un encadenamiento de gestos inocentes. Que somos mucho más naturales de lo que creemos. Hacemos tantas y tantas cosas sin la menor intención que el darnos cuenta nos liberaría de la carga de coherencia y trascendencia que portamos sobre nuestras espaldas. Seamos lo que seamos, aún queda mucha reserva de inocencia en nuestras acciones más automáticas. No somos calculadores impenitentes en busca de resultados a toda costa. Somos gente que a veces se agacha a recoger del suelo una piedra, con viento de otoño, eso sí. El viento, ingrávido, y la piedra, que pesa, juntos en un mismo haiku. La dirección horizontal del viento rota por el gesto vertical de recoger algo del suelo.

La perfección de cada mínima acción humana; el secreto que esconde. Incluso la perfección de la acción recibida, cuando el haijin no es agente sino sujeto paciente:

Hitori de
ka ni kuwarete iru

ひとりで蚊にくはれてゐる SANTÔKA

Estoy solo
Un mosquito me está picando

Esto es sentir el mundo para Santôka: la vida en cámara lenta. “Un mosquito me está picando en este instante. Aquí-ahora. Lo estoy viendo con mis ojos. Pero estoy solo y le dejo hacer...”. Por la razón que sea. Por no poder evitarlo, por no querer evitarlo, por sentir algo, aunque sea escozor, por no sentirse solo, por generosidad hacia otra vida minúscula que necesita una gota de nuestra sangre…, la razón no se nos dice. Únicamente un hecho: de mí en soledad se alimenta un mosquito. Sin la soledad, este haiku no sabría a lo mismo. El mosquito se alimenta de la sangre y de la soledad que hay en ella.


Lunes, 29 de mayo

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