El alma del haiku

Sol vida

Hi no hikari suitareba
sukoshi ugoku ha yo

日の光吸ひ足ればすこし動く葉よ

Oh hoja que te mueves un poco
en cuanto absorbes
los rayos del sol…

La luz en sí misma es una manifestación divina, como hemos visto. Y, a su vez, se relaciona en la mentalidad arcaica japonesa con otras tres manifestaciones primordiales de lo divino en el mundo: el movimiento, la sexualidad y la fuerza.

En el siguiente haiku de Santôka, el autor, rescata el más primitivo sentir del japonés, poniendo de manifiesto la relación "sol-movimiento":

Hi no hikari suitareba
sukoshi ugoku ha yo

日の光吸ひ足ればすこし動く葉よ SANTÔKA

Oh hoja que te mueves un poco
en cuanto absorbes
los rayos del sol…

Otra audaz relación ontológica detectada por el haijin es la que conforma "sol-sexualidad". La sexualidad como efervecencia de vida, como ansia de perpetuación en la vida:

Shakuyaku no
zui no wakitatsu
hinata kana

芍薬の蘂の湧きたつ日向哉 TAIGI

¡Los pistilos de las peonias
levantados, excitados
a la luz del sol!

Y, por último, la fuerza; la relación “sol-fuerza”. La luz y el calor del astro rey hace fuertes a las criaturas. Escribe un niño japonés con esa intuición que tal vez a muchos adultos ya nos haya abandonado:
Himawari ga
hikari o atsume
tsuyoku naru  

ひまわりがひかりをあつめつよくなる WAKARAN

El girasol
acumulando luz
consigue hacerse fuerte


Ausencia de valores

31.01.12 | 12:00. Archivado en Taigi, Clásico, haiku descriptivo

Inu o utsu
ishi no satenashi
fuyu no tsuki

犬を打つ石のさてなし冬の月

Ni una mala piedra
que tirarle al perro…
Luna de invierno

El haiku no estará obligado a representar ninguna clase de valores morales. A veces los orientalistas o los predicadores de las religiones que proceden de Oriente han querido atenazar el haiku dentro de las rígidas reglas de una estética que respondiera al orden de sus propios valores. Pero el haiku es una expresión libre. Nada lo obliga más que su propia ley interna; como le ocurre al fuego o al agua. Véase, por ejemplo, este haiku de Taigi:

Inu o utsu
ishi no satenashi
fuyu no tsuki

犬を打つ石のさてなし冬の月 TAIGI

Ni una mala piedra
que tirarle al perro…
Luna de invierno

En este caso, el poeta, que no es un ente de razón sino un ser humano real, está buscando una piedra que tirarle a un perro que le molesta. Si nos liberamos del punto de vista religioso, nos daremos cuenta de que no es necesariamente un acto de desarmonía pretender hacer callar a un perro que nos incordia en plena noche tirándole una piedra. Sobre todo, con la alta probabilidad que hay de no atinar y hacerle daño, sino simplemente asustarle para que se calle. El poeta para ser parte del Todo tiene que comportarse con naturalidad dentro de él. Cierto autodominio emanado de las normas de la educación social, o de la conciencia de los propios actos que predican las religiones, es legítimo; pero nadie le pide al poeta de haiku la condición de santo. El poeta de haiku no podría sospechar en la vida que serlo le exigiera como coherencia el sacrificio de sí mismo en aras de una idea pseudo-oriental de armonía cósmica. El sí mismo deberá desaparecer a fuerza de placer, a base de dejar entrar el mundo en uno, no dinamitándose en la realidad a la que se pertenece. Hay haikus en los que el poeta desearía talar un árbol para poder ver las lejanas montañas, o se queja de lo ruidosas que son unas cigarras hasta el punto de escribirles un haiku-amenaza, o matando moscas le vienen unas terribles ganas de exterminarlas todas de la faz de la tierra... No estamos ante una sensibilidad blanda que se presente siempre coherente, una propuesta moral concebida en el laboratorio de las ideas, sino de seres humanos que pertenecen plenamente al mundo de lo material, hombres y mujeres que -como norma general- se mueven con delicadeza y respeto por el mundo, como si se lo hubieran permitido usar sin que fuesen a poder considerarlo suyo, pero en el que tampoco están como seres extraños, con “complejo de inferioridad”. Cuando tienen que intervenir, actúan con la misma licencia con que lo hace el resto de la Naturaleza.

En este haiku de Taigi, sin embargo, la luna actúa de freno al nerviosismo irreflexivo del poeta. Partiendo de lo prosaico, de lo extremadamente humano -demasiado humano- de salir a buscar una piedra para ahuyentar a un perro que no le deja conciliar el sueño, el haiku nos lleva a una preciosa luna de invierno, que pasma al poeta y le detiene, y le interroga sin reproches. Va buscando una piedra y encuentra una luna. Y una cosa es tan natural como la otra, sin heroísmos ni falsos méritos.


Fidelidad

21.01.12 | 12:00. Archivado en Buson, Bashô, Taigi, Clásico, haiku de lo sagrado

Kawa sumu ya
ochiba no ue no
mizu go-sun

川澄むや落葉の上の水五寸

El río se trasparenta.
Sobre un fondo de hojas,
una cuarta de agua

El haiku es la fidelidad que debemos a la vida. Es lo que capta la realidad con palabras. No es literatura; no es pensamiento. Es la palabra del ser humano cuando éste es una criatura más de la existencia, una criatura como otra cualquiera con su particular forma de expresión, igual que la rana croa, el caballo relincha o el lobo aúlla. El ser humano hace haiku.

Y para captar la realidad es imprescindible la exactitud:

Kawa sumu ya
ochiba no ue no
mizu go-sun

川澄むや落葉の上の水五寸 TAIGI

El río se trasparenta.
Sobre un fondo de hojas,
una cuarta de agua

El fondo íntimo de este haiku –parece evidente- son las hojas caídas, hojas que pueden verse con toda nitidez en el lecho del río en disposición cuidadosamente desordenada. Para el poeta, en esta ocasión, el agua no es vista como factor del deterioro de las cosas, sino al contrario: esas hojas caídas, en el seno del agua, están en ella como preservadas; todavía más, resaltadas en sus colores y en sus siluetas. Aunque para eso tengan que soportar sobre ellas el peso de “unos quince centímetros de agua” [mizu go-sun, en castellano coloquial, “una cuarta de agua”].

El entendimiento occidental del haiku a veces excluye por incomprensibles algunos excelentes, o bien trata de disfrazar “literariamente” los versos más comprometidos. Un texto en el que se hable de los centímetros de algo para nosotros está más cerca de lo científico que de lo literario (pensando -como hacemos- que el haiku es literatura). Sin embargo, para el japonés entra dentro del prurito de exactitud en reflejar aquello que a uno le ha impresionado. No es en absoluto lo mismo si sobre ese fondo de hojas hay diez, dos metros de agua o una cuarta; la escena cambia, la impresión cambia. Y no hay forma de describirla si no se nos permite determinar los componentes esenciales de lo que nos ha impresionado.

El propio Bashô escribió algún otro haiku con esta misma pretensión de exactitud:

枯芝やややかげろふのニ三寸 BASHÔ

Kareshiba ya
yaya kagerô no
ni-san-sun

Sobre las hierbas secas,
más o menos un palmo
de flamas de calor

Ni-san-zun, “de 6 a 9 centímetros”, traducido por nosotros un poco más relajadamente “más o menos un palmo”. Hasta ahí llega el poeta de haiku, consciente de que sin precisión no se está diciendo nada. La belleza necesita siempre ser concreta.

Veamos, como último ejemplo, ese hokku -primeros tres versos de una secuencia poética encadenada- de un renga que hizo Buson con su discípulo Kitô:

牡丹散て打かさなりぬ二三片 BUSON

Botan chitte
uchikasanarinu
ni-san pen

Se deshoja la peonia
Los pétalos en montoncitos
de dos y de tres


“Contemplar” es “Estar”

12.01.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Buson, Taigi, Clásico

Kure madaki
hoshi no kagayaku
kare-no kana

暮まだき星の輝く枯野かな
BUSON

Temprano anochecer...
Brillan las estrellas...
¡El campo seco!

Convendría saber diferenciar entre lo que son instantáneas tomadas en la Naturaleza y lo que es el haiku que surge del discurrir del tiempo en la Naturaleza. “Lo que he visto” no puede competir en autenticidad, en peso específico, con “a donde he sido llevado por mis sentidos”. La cuestión no era ver sino verlo todo. Transformarnos para llegar a percibirlo todo. Todo al mismo tiempo. Todo mientras está teniendo lugar.

Si hablamos en unos términos equivocados, y para nosotros “contemplar” es algo así como mirar sin descanso, tendremos que decir que después de sentir ya no hay más en este itinerario espiritual del haijin. Sentir, sentir todo el día y toda la noche, sentir aquí y ahora, y perderse en los sentidos, perder el “yo” habiéndose hecho una membrana penetrable por todo lo que a uno lo rodea, siempre que se encuentre en la Naturaleza, ese reino de la inocencia de la que el haijin trata de impregnarse. Y se acabó.

Pero “contemplar” es mucho más que mirar intensamente; contemplar es estar. No sólo “estar”, sino “estar absolutamente”, al ciento por ciento ubicado física, mental, sentimentalmente, en ese espacio; ante las cosas que se ven y ante las que no se ven. Ante las que se nos muestran y las que nos son vedadas. Mirar no sirve; “mirar es estar al margen”, como ha dicho alguien. Esa falsa contemplación -que es sólo mirar- parte de una separación respecto del objeto contemplado, y es un estadio espiritualmente inferior al de no verse como algo diferente en el seno de la Naturaleza.

Escribe Shunzo Sakamaki: “(Antes del siglo VI en Japón) no había palabra para designar la Naturaleza, como realidad aparte y distinta del hombre, algo que podía ser contemplado por el hombre” ; con esta afirmación no está diciendo que antes de ese siglo el hombre japonés no viviera religiosamente en la Naturaleza, al contrario. Cuando el hombre decide adorar algo, está empezando a separarse de ello, comenzando a confundir qué es lo sagrado. Lo que entendemos por “contemplación” se da cuando ya establecemos una separación con el objeto contemplado, y, en este sentido, cuando se ha producido una pérdida de la dimensión trascendente de la vida cotidiana. Espiritualmente hablando, lo que entendemos por “contemplación de la Naturaleza” no debe de ser visto como la meta de la vida interior. Hay algo más auténtico y es no contemplar porque se esté perdido en el objeto de la contemplación. El trabajo de los sentidos debe dar por resultado un errar vagabundo por dentro del objeto de nuestra adoración, y no la institucionalización de esa adoración. Cuando Saigyô se pone delante de la luna a contemplarla decidido, separándola de lo sagrado que haya en todo lo demás, no está haciendo algo substancialmente diferente de lo que hace un fiel cuando va a un templo y allí cumple con un acto de veneración reglada. Cuando lo sagrado se hace previsible, se lo nombra y con él se pacta, hemos perdido la inocencia al relacionarnos con ese centro numénico que nos había despertado a la auténtica vida de las cosas.

Todo acto de contemplación que no surja de una espontánea sensación, no nos resulta verdaderamente sincero y “original”, nacido del origen. Todo acto de contemplación que aisle un objeto tenido por “digno de contemplación” del resto, y ante el que nos forcemos a estar, no nos parece que emane de una auténtica espiritualidad. Un amanecer, un atardecer, la luna y el fenómeno natural más pasmoso pueden dejar al místico-poeta indiferente sin que esto le reste un punto de sensibilidad espiritual. Porque el poeta de haiku de verdad está atento a un conjunto de cosas que se están produciendo al mismo tiempo y sólo cuando la conjunción de todo es perfecta logra su conmoción más íntima. Como cuando, por ejemplo, al pasar por un bosque –como le ocurrió a Buson-, por nada especial, quizá por un silencio (mantenido más de la cuenta) de las hojas de los árboles, el espíritu del haijin se ve interiormente desnudado y se ve transformado por esta fuerte impresión que ignoramos cuánto tiempo puede durar. Lo contrario es forzarse, es no entender de qué se está hablando. Efectivamente, estamos muy lejos de una verdadera contemplación cuando tras mucho tiempo “contemplando” los cerezos nos vemos obligados a escribir:

Nagamu tote
hana ni mo itashi
kubi no hone

ながむとて花にもいたし首の骨
SÔIN

Al contemplarlas intensamente,
aunque sean flores de cerezo,
nos duele el cuello

O cuando nos quejamos de haber mirado demasiado tiempo la inmensidad del mar:

Nagaki hi ya
me no tsukaretaru
umi no ue

長き日や目のつかれたる海の上
TAIGI

Durante todo un largo día:
Mis ojos están agotados
de estar posados sobre el mar

Los dos últimos haikus citados, según nuestro modo de entender, no son haikus de verdadera contemplación. Han dado una vuelta de rosca de más al proverbial amor por la Naturaleza de los japoneses, y nos encontramos de hecho con dos poemas en los que a fin de cuentas la Naturaleza llega a doler o a cansar al que está ante ella fingiendo que está dentro de ella.

El verdadero místico-poeta no es un adorador de puestas de sol, como tampoco de la luna llena, ni del mar, ni de los cerezos… Cada cosa en concreto es poco para su corazón infinito. Porque el verdadero haijin lo adora todo. Es la red invisible tejida por los seres con su mera existencia, y no los seres en sí, lo que le fascina.


El haiku como enigma

12.06.11 | 12:00. Archivado en Taigi, Clásico, A4) Tipos de haikus

Hashimori to katarite
tsuki no
nagori kana

橋守と語りて月の名殘かな
TAIGI

Estaba charlando
con el guarda del puente…
¡La despedida de la luna!

He aquí un haiku con muchas traducciones posibles y distintas. La dificultad reside en los siguientes puntos:

1) Por una parte, no sabemos quién es el sujeto de kataru (charlar). Lo más sensato es que sea el poeta el que habla con el guarda del puente. Aunque, gramaticalmente, podría ser la luna la que conversa con el poeta. Esta segunda interpretación, a nuestro juicio, personificaría innecesariamente a la luna; sería una interpretación extraña y excepcional en la poética del haiku:

La luna y el guarda del puente
Conversación en la noche
Y, por fin, el adiós

Vamos a dejar de lado esta posibilidad, y a quedarnos con el sujeto más convencional: el poeta.

2) Por otra parte, está el nagori. Nagori podría ser el “adiós” del poeta que ha estado hablando toda la noche con el guarda. En ese caso, la cesura métrica debería ser un 9-3-5 sin concesiones: Hashimori to katarite / tsuki no / nagori kana, y una traducción libre del mismo sería:

Charlando con el guarda del puente
una noche con luna
hasta que nos despedimos

Evidentemente, el haiku en este caso perdería una gran parte de su potencial poético. Es más probable que nagori afectase a la luna (tsuki no nagori). Si fuese así, la cesura métrica que con más probabilidad le habría dado el poeta sería la misma (9-3-5), aunque legítimamente pudiera forzarse el haiku en dos versos de 9-8 Hashimori to katarite / tsuki no nagori kana. En cambio, la traducción sí sería muy diferente, y tendría tres variantes:

A) tsuki no nagori, “el adiós a la luna”, puede ser interpretado como la última luna llena del ciclo anual (la última luna de otoño)

B) tsuki no nagori, asimismo puede referirse a la luna a punto de desaparecer al alba

C) Por último, los diccionarios japoneses “de las palabras antiguas” nos hablan incluso de una tercera acepción para ese tsuki no nagori: esa luna que hace dos días fue llena y ahora comienza a dejar de serlo, tomando una forma abombada.

Por tanto, tres nuevas posibilidades. Siempre en traducción libre, para que se entienda mejor la diferencia entre ellas:

Charlando con el guarda del puente,
me despido de la luna llena
hasta el año que viene

De conversación con el guarda del puente
La luna acaba ocultándose
para dar paso al alba

Hablando con el guarda del puente
¡Lo que queda de lo que fue
una luna llena!

Respecto a la clasificación de este haiku, es tan enigmática como su traducción. ¿Querría contarnos el poeta que estuvo toda la noche hablando con el guarda del puente y que acabó viendo cómo la luna “se despedía” de él? ¿Querría tal vez decirnos que la conversación le había impedido contemplar la luna más hermosa del año? ¿O que estuvo toda la noche en compañía de la luna y de su amigo sin que la charla fuera un obstáculo a la contemplación? ¿Se trataba de la última luna llena del otoño, o una luna que va perdiéndose en el horizonte al terminar la noche, o una luna deformada después de haber sido luna llena hace tres días? Casi todo, por tanto, son dudas. Tenemos, no obstante, algunas sospechas de lo que pudo –y no pudo- haber ocurrido. No creemos, por ejemplo, que fuera el guarda el que estuviera a solas con la luna, porque entonces estaríamos forzando a esa luna a hablar (kataru) con el guarda. Tampoco parece que el nagori sea una despedida de los que han estado hablando, sino algo relativo a la luna.

Nos inclinamos a pensar que este haiku resalta la angustia del poeta por el nagori de la luna y que dicho sentimiento se enmarca en un tipo de sensibilidad antigua, de calendario cíclico, donde cada día muere la luna al alba y cada año muere la luna llena tras el 13 de kugatsu (el noveno mes del calendario lunar). Las lunas llenas que habrá hasta el próximo 13 de kugatsu serán pálidas sombras de esta luna. El motivo poético con más pathos de este haiku es la muerte de la luna. Pero no creo que Taigi lo concibiera con tanta fuerza, porque Taigi no es Bashô ni Santôka, sino un maestro especializado en el haiku de jinji [asuntos humanos].

Aprendemos ahora a saborear lo inconcreto, la belleza de lo indefinido, cinco haikus en lugar de uno, la destrucción de la lógica que dicta que una cosa no puede ser su contraria. Traducir haikus es un ejercicio de humildad. Los traductores sólo conocemos con certeza las posibilidades de lo que queda recogido en el haiku. Es decir, la imposibilidad de la certeza.


Estrellas

11.06.11 | 12:00. Archivado en Taigi, Clásico, haiku descriptivo

それぞれの星あらはるゝ寒さかな
TAIGI

Una a una van apareciendo
las estrellas...
¡Qué frío!


Opuestos

07.05.11 | 12:00. Archivado en Taigi, Clásico, haiku de lo sagrado


Shizumareba
nagaruru ashi ya
mizusumashi

しづまれば流るゝ脚や水馬
TAIGI

Cuando el río se amansa
las patas de las arañas de agua
fluyen por su superficie

El orden no impide, más bien al contrario está compuesto por, la alternancia de los opuestos. Textualmente, este haiku dice: “Cuando se tranquiliza / fluir - patas: / mizusumashi”. Se hace necesaria, pues, proyectar sobre él una imaginación capaz de cubrir los excesivos silencios del poema original. El sentido que nos parece más probable es el apuntado en nuestra traducción, pero gramaticalmente habría alguna otra posibilidad legítima de traducción.

¿En qué consiste la dificultad de este haiku? En que se compone de cuatro palabras. Cuatro palabras para describir una escena del mundo natural en la que podemos ver a unos pequeños insectos con aspecto de araña (en realidad son coleópteros) que se deslizan por encima de la superficie en calma del agua. Insectos que fluyen sobre un agua quieta. Estos son los dos polos internos de este haiku. Por una parte la tranquilidad del agua, necesaria para que se puedan ver estos insectos y para que ellos se comporten según su naturaleza, y de otra parte el fluir, en este caso no de agua sino “de insecto”. Shizumaru (“estar en calma”) y nagaruru (“fluir”) son los dos trozos de sílex que al frotarlo hacen saltar la chispa en este haiku.

Hay un “guiño” que hace el autor al lector más curioso en el nombre del insecto. Mizusumashi significa –literalmente- “imita al agua”. Por qué los japoneses cuando quisieron nombrar a este insecto recurrieron al verbo sumasu nos ha dado mucho que pensar: en qué podía este insecto “imitar” al agua. Desde luego, no porque se identifique en su transparencia con el agua como la medusa o algunos pececillos (los shirauo). Creo que la respuesta está en el mismo haiku: en la capacidad de este insecto de “fluir”. Normalmente, el verbo nagareru (arcaico nagaruru) sólo se emplea para el discurrir del agua o las nubes, exactamente como en castellano el verbo “fluir”. Pero en este caso, puede decirse –el poeta lo hace- que estos insectos son «el fluir que tiene el agua... cuando el agua no fluye».

¿Hay algo más? Quizá sí. Siempre lo hay (Aunque no siempre sabemos si estamos acertando con eso más que decimos encontrar en el poema). Podríamos añadir, y tal vez no fuera sacar las cosas de quicio (todavía más conociendo al autor) que este haiku es para el poeta una escena “divertida” de la naturaleza: unos insectos gozando de su ir y venir, como patinando por encima de la superficie del agua. La quietud del agua, tan cara a los hombres del zen, no ha sido respetada por aquellas criaturas que pertenecen a la propia Naturaleza; ésos que no son sus contempladores vocacionales ni tampoco van de visita ocasional, aquellos que –simplemente- son naturaleza. Y hacen con ella lo que les place; y si quieren, hasta rompen su “belleza”. Unos cuantos insectos aprovechan que el agua está como un espejo para hacer su deporte preferido: deslizarse sobre ella.


Naturalidad

25.01.08 | 12:00. Archivado en Taigi, Clásico, haiku de lo sagrado

Contando una mentira,
atajo por medio del templo…
La luna con un halo de niebla

欺いて行きぬけ寺やおぼろ月

Azamuite
yukinuke-dera ya
oboro-zuki

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Martes, 22 de agosto

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