
Kiri hito-ha
hi atarinagara
ochinikeri
桐一葉日当たりながら落ちにけり
Una hoja de paulonia
mientras le daba el sol
cayó
El primer haiku de este capítulo –“La naturaleza luminosa del misterio”- trató de la luz entre las hojas, como ese algo que las llena de vida divina. Nos planteamos ahora la posibilidad de que eso no baste; de que ni siquiera lo divino sea suficiente para garantizarnos la eternidad. Porque la muerte es nuestra naturaleza más íntima, y lo divino eterno no está condenado en nosotros a cadena perpetua. Véase la perplejidad con la que el haijin certifica la muerte de algo mientras recibe los rayos del sol:
Kiri hito-ha
hi atarinagara
ochinikeri
桐一葉日当たりながら落ちにけり KYOSHI
Una hoja de paulonia
mientras le daba el sol
cayó
Incluso el lector menos familiarizado con las resonancias culturales japonesas será capaz de adivinar en este haiku un algo inquietante. Más todavía, si sabemos que para el japonés la realidad sagrada primordial, Amaterasu, la diosa originaria del panteón Shinto, es el sol, cuya principal manifestación sobre el mundo es la luz que se traduce en vida. Como ya hemos visto, para el japonés tradicional, como para cualquier hombre elemental, donde hay luz hay vida. No por casualidad los objetos sagrados del Shinto –el espejo, la joya y la espada- son los capaces de reflejar la luz. Japón es una apariencia de civilización tecnológica sobre un corazón nacional extraordinariamente arcaico al que todavía afecta lo que brilla, lo que vive o lo que se mueve, como les sucede a los aborígenes. Japón entra muy tarde en la Historia, en el siglo VI después de Cristo, y vive su decurso histórico relativamente aislado del resto del mundo por su carácter insular y la decisión ocasional de cerrar el país al exterior, siempre tratando de crear una fuerte identidad nacional. La tradición en Japón es su secreto para la supervivencia. Y dentro de esta tradición se conservan virginalmente los asombros mismos del hombre “prehistórico” que cantó en el Manyô-shû a la Naturaleza. De este Manyô-shû surgió con los siglos el haiku. Así, gracias al haiku, se produce el milagro –maravilloso anacronismo- de que podamos contar en nuestro mundo actual –tecnológico, artificial, deshumanizado- con asombros ancestrales del ser humano como el que tiene el hombre natural por lo que relumbra, por poner de ejemplo el caso que ahora nos ocupa.
¿En dónde reside la fuerza de este haiku de Kyoshi cuando se lee desde la cultura nipona? En que se nos habla de una hoja que, mientras está siendo bañada por la luz, cae y muere. La luz está indisociablemente vinculada a la vida, porque la luz supone calor de vida. Pero esa hoja en concreto ha caído muerta, sin lugar a dudas, ante los ojos del poeta, mientras le estaba dando el sol, mientras estaba siendo irrigada en vida. Hay una pregunta silenciada al final de este haiku para el que sepa leerlo entrelíneas; esa pregunta es un “¿por qué?” que el poeta no se atreve a verbalizar. Pero ahí está el haiku en forma de enigma, en forma de mazazo, de refutación a la religiosidad del Shinto. Una religiosidad que sólo entendió que la existencia se componía de vida, pretendiendo ignorar la muerte, como si la muerte hubiera en algún momento dejado de ser, no ya parte de la vida, sino esa parte que nunca se ausenta de ella.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez