El alma del haiku

Lo minimo que sucede

19.02.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Clásico, haiku de lo sagrado

Shika no ashi yoromeki
hososhi
kusamomiji

鹿の足よろめき細し草紅葉

Las patas delgadas del ciervo
dan un traspiés
La hierba roja de otoño

Lo que ocurre -sea lo que sea, lo más mínimo que podamos percibir- va a tener en el haiku una importancia trascendental, porque forma parte del desenvolvimiento sagrado del mundo:

Shika no ashi yoromeki
hososhi
kusamomiji

鹿の足よろめき細し草紅葉 HAKU-UN

Las patas delgadas del ciervo
dan un traspiés
La hierba roja de otoño

El tema no puede ser más trivial: un ciervo que da un traspiés en la hierba... Y, ante eso, surge inevitable la pregunta del lector occidental, profano en la materia: “Realmente, ¿tiene esto importancia como para escribir un poema?”.

El alma japonesa no titubea en la respuesta: si un traspiés de un ciervo de patas delgadas no tuviera importancia, la realidad misma se desplomaría. No habría nada capaz de resistir la eliminación de un instante que ya haya sucedido. Nada; ni la puesta de sol, ni la presencia luminosa de la luna en el cielo estrellado, ni la llegada de la primavera, ni la nieve cubriendo los campos…, todo esto se desharía como polvo al viento si un traspiés de un ciervo fuera algo insustancial. El poeta japonés sabe, aunque no lo formule, que cualquier cosa importa porque pertenece al Todo, a la realidad, que no puede ser sino como es, como se va mostrando. La realidad va siendo formada por lo que sucede, y lo que sucede es el resultado de los seres, con sus características propias y la natural interacción entre ellos. Atender a estas naturalezas es el único rito que se nos pide en nuestro camino de “realización”, de transformación de nosotros mismos en la realidad que nos asombra.

¿Qué más puede decirse de un haiku como éste? Las patas delgadas del ciervo / dan un traspiés… / La hierba roja de otoño…

En un primer momento, cuando lo leemos, nos da la impresión de que el ciervo tropieza con el rojo de la hierba (con el color y no con la hierba en sí). Al cabo de algunas lecturas nos abrimos a un nuevo sentido del mismo, según el cual es la belleza de la hierba que en otoño se enrojece la que hace al ciervo andar distraído y dar el traspiés que llamó la atención al poeta. Tras muchas relecturas y, como una nueva dimensión de este haiku, llegamos al ciervo, tal vez un animal nacido unos días antes del encuentro con el poeta, vida frágil todavía en un mundo frágil. Y así viajamos con la imaginación por el territorio posible de este haiku cuando nos encontramos con la muerte. Nos sobrecoge un pensamiento: “Puede ser que el haijin se refiera a las delgadas patas del ciervo porque sea un animal enfermo, famélico, viejo, y, por eso mismo, con los días contados, como el otoño”. Entonces es cuando las interpretaciones anteriores cobran sentido fundiéndose todas en una: un paisaje rojo –espléndido- de otoño, un animal débil por la razón que sea, en peligro de extinción, nos está haciendo un solo gesto –un traspiés- para que lo veamos. Y lo vemos.

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