Ikinokotta
karada
kaite iru
生き残つたからだ掻いている
Excepcionalmente, en algunos casos, el tema del haiku es el propio poeta. Si nos preguntasen “¿Cuándo le es lícito a un haijin hablar de sí mismo?”, responderíamos “cuando no sea él quien hable”. De hecho, la mayor cantidad de haikus que podríamos citar en este sentido pertenecen a Santôka, un poeta que en su vagabundeo espiritual ya no pertenece más a sí mismo, sino al Todo. Es el mundo el que habla de sí mismo en Santôka:
Ikinokotta
karada
kaite iru
生き残つたからだ掻いている SANTÔKA
Literalmente, ikinokotta (sin sujeto: “hay alguien que ha sobrevivido; hay alguien que tiene vida de sobra”), karada kaite iru (sin sujeto: “hay alguien que está rascando un cuerpo”). Aunque las traducciones que, lógicamente, hemos de dar en nuestra lengua exigen un sujeto y éste se presume que es el poeta:
He sobrevivido
Mi cuerpo…
lo estoy rascando
La arbitrariedad de las cesuras métricas en japonés y la polisemia de los términos empleados permiten además otras traducciones para este mismo haiku:
Ikinokotta karada
kaite iru
Todavía queda vida en el cuerpo
que estoy rascando
La traducción más convencional de ikinokoru será “sobrevivir”. Pero, en japonés, “sobrevivir” no tiene el cariz heroico que en nuestra lengua, sino más bien un cierto sabor amargo de soledad del que sobrevive a sus seres queridos, al mundo que conoce, a la ternura de la infancia… “Sobrevivir” es haber sido desechado de la memoria. Es no lograr convertirte en recuerdo para nadie. Por eso también sería aceptable la traducción:
Ikinokotta
Karada kaite iru
Me abandonan en la vida…
Y me rasco el cuerpo
Lo importante en este haiku no es “mi soledad” sino “la soledad”, no es “mi supervivencia” sino “la supervivencia”, no es “mi vida” sino “la vida”. La vida que queda, la vida que sobra. “Nada va a ser olvidado”, escribía Walt Whitman. Ni la más mínima de las criaturas. Ni siquiera el más mínimo gesto:
Akikaze no
ishi o hirou
秋風の石を拾う SANTÔKA
Con viento de otoño
recojo una piedra
También éste es un haiku perfecto. Con una sencillez imposible de parangonar, Santôka nos remite al gesto desnudo de intención. Se nos antojaría preguntarnos para qué recogería esa piedra. Tampoco nos ayuda no saber de qué tipo de piedra se trataba. La pregunta del “para qué” debe ser desechada de nuestra mente de una vez por todas. Nadie sabrá nunca para qué recogió Santôka esa piedra, y nadie sabrá nunca para qué nada. Con este haiku se nos está queriendo hacer ver que nuestra vida es un encadenamiento de gestos inocentes. Que somos mucho más naturales de lo que creemos. Hacemos tantas y tantas cosas sin la menor intención que el darnos cuenta nos liberaría de la carga de coherencia y trascendencia que portamos sobre nuestras espaldas. Seamos lo que seamos, aún queda mucha reserva de inocencia en nuestras acciones más automáticas. No somos calculadores impenitentes en busca de resultados a toda costa. Somos gente que a veces se agacha a recoger del suelo una piedra, con viento de otoño, eso sí. El viento, ingrávido, y la piedra, que pesa, juntos en un mismo haiku. La dirección horizontal del viento rota por el gesto vertical de recoger algo del suelo.
La perfección de cada mínima acción humana; el secreto que esconde. Incluso la perfección de la acción recibida, cuando el haijin no es agente sino sujeto paciente:
Hitori de
ka ni kuwarete iru
ひとりで蚊にくはれてゐる SANTÔKA
Estoy solo
Un mosquito me está picando
Esto es sentir el mundo para Santôka: la vida en cámara lenta. “Un mosquito me está picando en este instante. Aquí-ahora. Lo estoy viendo con mis ojos. Pero estoy solo y le dejo hacer...”. Por la razón que sea. Por no poder evitarlo, por no querer evitarlo, por sentir algo, aunque sea escozor, por no sentirse solo, por generosidad hacia otra vida minúscula que necesita una gota de nuestra sangre…, la razón no se nos dice. Únicamente un hecho: de mí en soledad se alimenta un mosquito. Sin la soledad, este haiku no sabría a lo mismo. El mosquito se alimenta de la sangre y de la soledad que hay en ella.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez