El alma del haiku

El haiku de Compasión

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Sabishisa ya
isshaku kiete yuku
hotaru

さびしさや一尺消えて行く螢

Sensación de tristeza:
por espacio de un palmo
una luciérnaga desapareció

En los dos casos del estadio anterior, aquello que hacía padecer al haijin era su exceso de sensibilidad, porque ni la luciérnaga se iba a romper al caerse de la hoja ni la oruga sufría por no convertirse en mariposa. En lo que ahora nos toca analizar, el poeta sí que ha intuido un drama real en aquello que observa. Se tratarán, por tanto, de haikus de Compasión:

Sabishisa ya
isshaku kiete yuku
hotaru

さびしさや一尺消えて行く螢 HOKUSHI

Sensación de tristeza:
por espacio de un palmo
una luciérnaga desapareció

En plena noche nos sentimos acompañados por una luciérnaga... ¡Pocos saben la compañía que puede llegar a dar una luz de una luciérnaga!… Vamos siguiendo con la vista su vuelo luminoso… Pero, de pronto, esa luz se apaga. Cierto, sólo por un poco de tiempo. Pero un poco de oscuridad es ya mucha oscuridad. Así, cuando en seguida vuelve a lucir, no olvidamos que algo ha ocurrido. Fue tan sólo un palmo de sensación de abandono, y sin embargo, fue tan honda que su sinsabor se nos ha instalado dentro. Es el momento de una confesión:

-“He perdido mi mirada durante un palmo y mis ojos se han hundido en la oscuridad que no esperaba”

La oscuridad es el pantano donde se ahoga la mirada. Sabemos que sólo puede haber una razón para esta incomprensible pérdida de luz momentánea: la muerte acecha. Una luz que parpadea anuncia su final. La cercanía de la muerte puede medirse. Un palmo de oscuridad es un palmo de muerte. Ahora compartimos tristeza con la causa de nuestra tristeza.

Y siempre esta sensación de sabishisa puede ir a más:

Meimetsu no
izure kanashiki
hotaru kana

明滅のいづれ悲しき蛍かな BÔSHA

Esas luces parpadeantes…
¡Se aproxima el triste final
de las luciérnagas!

Ya no es una sola luciérnaga en la que parpadea la luz. No es un palmo de luz que se interrumpe en un recorrido luminoso. Es el tiempo de la muerte de las luciérnagas. No se anuncia la muerte de un ser vivo sino una muerte colectiva: la muerte estacional. Un paisaje de vuelos de luciérnagas intermitencias luz-oscuridad. Imposible de seguir los rastros mágicos que la luz dibuja en la negrura de la noche cuando no son trazos constantes. La magia que otrora nos nublara la vista no llega ahora a producirse. Y no podemos hacer nada para evitarlo. No tenemos luz-auxilio nosotros mismos que darle a las criaturas que vuelan con ella. Nosotros, que hemos mirado a las luciérnagas hasta gastarlas, ahora no encontramos el modo de devolverles la luz que nos dieron: somos el invierno del mundo que absorbe la luz allá donde la encuentra. La vida a partir de ahora será dentro.


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