El alma del haiku

Concatenación de elementos

03.02.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Clásico, haiku de lo sagrado

Okizama ni
tsuyu furuikeri
kusa no shika

起きざまに露ふるひけり草の鹿 

El ciervo en la hierba
al incorporarse
se sacudió el rocío

El buen haiku es el que es capaz de concatenar elementos en su interior:

Okizama ni
tsuyu furuikeri
kusa no shika

起きざまに露ふるひけり草の鹿  KÔROKU

El ciervo en la hierba
al incorporarse
se sacudió el rocío

Un movimiento de un ciervo que al levantarse del suelo se sacude el rocío, nos exige un haiku. Eso ya lo sabemos. Pero ahora estamos en condiciones de seguir avanzando e ir más lejos. Los elementos rocío-hierba-ciervo están bien conectados entre sí, porque el rocío nos lleva automáticamente a la hierba y la hierba sin dificultad nos hace pensar en alguna clase de herbívoro, por ejemplo, un ciervo. Comprendemos que, en la escena primero, y luego en el haiku, rocío-hierba-ciervo no son tres; son una sola unidad. Así que, por mediación de la hierba, el ciervo acaba vinculado al rocío, es decir, se han encontrado en una misma realidad unificada el frío y el cuerpo; haiku por tanto que aúna en sus tres versos elementos discordantes entre sí. Pero, el ciervo, entonces ¿qué es lo que hace? ¿Cómo reacciona ante ese bellísimo manto cristalino de rocío sobre su piel marrón sobre un fondo de hierba verde? Hace lo que tiene que hacer: se libra de él. Ése es el “momento haiku”. Porque este ciervo es de verdad, y la humedad de que se nos habla en este haiku es de verdad, y la hierba es de verdad, y el rocío que ven los poetas no es el rocío que padece el ciervo.

Mientras estuvo dormido nos permitió verlo unificado con la hierba y su rocío, pero –curiosamente- eso no nos pareció motivo de haiku. Esa escena sólo fue el preludio al haiku que debía escribirse. Asistimos a su despertar, a su negarse a la quietud, desencadenándose de ser una parte inindividuada de un Todo, y esto sí es la entraña del haiku ante el que estamos. El gesto del ciervo de levantarse y desembarazarse del rocío es la vindicación de su “yo”, de su realidad: “Estoy aquí. No soy rocío-hierba-ciervo”. El individuo nos asombra. El Todo que constituye lo real se compone de identidades. No nos sería posible el menor asombro si no atendiésemos al valor de lo individual. El “yo” articula la maravilla, porque es la unidad elemental de organización de la existencia. Kitarô Nishida, el célebre filósofo nipón, afirmaría: “El que no entiende el yo, no entiende a Dios”.

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