El alma del haiku

Delicadezas del oído I

21.07.11 | 12:00. Archivado en Buson, Bashô, Clásico, haiku de lo sagrado

Furuido ya
ka ni tobu uo no
oto kurashi

古井戸や蚊に飛ぶ魚の音闇し
BUSON

En un viejo pozo,
el sonido oscuro de un pez
que salta para atrapar un mosquito

Más allá de lo bello de un canto de pájaro y del misterio de que esta belleza lo produzca un ser al que muchas veces no conseguimos localizar, más bien conectado con la atención y respeto a lo que ocurre en la Naturaleza, cualquier sonido que se produzca es suficiente para llenar un haiku y el corazón de su autor. No tiene por qué ser un “sonido bello” lo que interese al poeta. Eso diferencia al haiku del waka anterior. Para el poeta de waka sólo merecían ser conservados aquellos aspectos “bellos” del mundo. El haijin considera que el universo todo es un milagro, ya sea sol o excremento de pájaro, canto de cuco o sonido de una vasija que súbitamente se rompe en la noche porque el agua que contenía se congeló:

Kame waruru
yoru no kôri no
nezame kana

瓶割るる夜の氷の寝覚め哉
BASHÔ

Se rompe la jarra…
El hielo de la noche…
¡Despierto del sueño!

Decía Thoreau -y nos recuerda la ingente erudición de Blyth -: “El ruido de las tripas suena tan necesariamente como la música de las esferas”. Para el buscador de sentido no hay sonido irrelevante como no hay ser irrelevante. Cada cosa tiene su razón de ser, cada una de ellas es una guía para el que quiera trascender el mundo hacia dentro.


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