La captación de lo que la armonía demanda en cada instante no necesariamente tiene que ser comprendido ni verbalizado. Los japoneses se comunican a nivel del hara; es lo que llaman el hara-gei, el arte de la comunicación con el hara. Se trata de sassuru, de comunicar en silencio, de que todo nuestro cuerpo hable. "No estar en silencio" en japonés y "molestar" en principio son la misma cosa: urusai. Las palabras confunden. La armonía no precisa palabras. El discurso cansa. Tras un período largo en Japón uno puede escuchar, como le ocurrió al Padre Masiá (del blog http://blogs.periodistadigital.com/vivirypensarenlafrontera.php), una mezcla de reproche y halago en estos términos: “Bien, ya sabe hablar en japonés. Ahora debe aprender a callar en japonés”.
Las palabras en Japón crean una comunicación que -¡tantas veces!- no es más que puro tatemae (“lo que se dice”), cuando “lo que de verdad se siente” (el honne) queda oculto en el fondo del corazón. Por eso la comunicación en Japón es tan difícil. Con los labios se dice que un regalo que haces es una vulgaridad, que la hija de uno es fea o la comida que ofreces es una bazofia, cuando tal vez pienses que es lo contrario. Del equívoco no sólo son víctimas los extranjeros. Japón, como lugar donde todo queda sobreentendido, es el reino de los malos entendidos. Célebre fue el caso de la costosísima encuesta que el Ministerio de Asuntos Religiosos hizo para saber cuántos creyentes había en Japón de las diversas creencias; y, tras el balance final, la conclusión es que eran muchos más millones de "creyentes japoneses" que de "japoneses".
Dicen que, además de los cinco sentidos, los seres humanos estamos dotados de un "sexto sentido"; con ello hacemos referencia a las intuiciones sutiles que a veces tenemos sin que podamos muy bien explicar por qué: una madre siente de pronto que su hijo la necesita o tenemos un mal presentimiento que luego se cumple... En Japón, un país tanto tiempo cerrado a influencias extranjeras donde se han acostumbrado a comprender las cosas sin hablar, el extranjero debe desarrollar un sentido más, el "séptimo sentido": el aun no kokyû, ése que te permite integrarte plenamente en la vida comunitaria. Una de las expresiones más difíciles de usar bien en japonés es yappari, que significa "como todo el mundo sabe...". Porque para saber hay que sentir, y no es fácil llegar a sentir lo que todos sienten. Al menos si no nos hemos desprendido de nuestro "yo" occidental.
En Japón hay que saber "leer el aire", como se dice aquí (kûki yomu). Uno de los insultos más graciosos que hasta hace no mucho se hacían los jóvenes japoneses unos a otros es precisamente este "tú eres un K.Y", un kûki yomenai, uno que no sabe darse cuenta de lo que hay en la atmósfera de una situación. Ahora, sin embargo, kûki yomanaide es lo que tienen escrito las camisetas de los empleados del Macdolnald, y su sentido es "No te comas la cabeza, tú entra y pide". Evidentemente, todo tiende a vulgarizarse.
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Interpretar las intuiciones... ¿Hay algo más difícil?
Quizás, como tú dices, la vida comunitaria facilita ese "despertar de la intuición", de lo escondido, en definitiva, que no deja de ser lo más evidente: lo que nos hace movernos (y amar y odiar), el sentimiento, más que la razón.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez