Ono irete
ka ni odoroku ya
fuyu-kodachi
斧入れて香に驚くや冬木立
BUSON
Hincando el hacha
me vi sorprendido por el olor
Bosque de invierno
A comparar con este segundo haiku:
Taoraruru
hito ni kaoru ya
ume no hana
手折らるる人に薫るや梅の花
CHIYO-NI
Perfume para aquel
que la corta con su mano
Flor de ciruelo
En el segundo de estos haikus alguien corta una flor, y el árbol, a aquél que le arranca una de sus flores, le regala una exhalación de su perfume. El árbol devuelve bien por mal, según dejó escrito la poetisa en un prescripto al haiku. Aparentemente el primero es lo mismo. Ambos son haikus que expresan la sorpresa del poeta por algo del mundo natural, y por ello nos remitirían al sentido trascendente del asombro que nos produce el olfato. Sin embargo hay un matiz que los diferencia. El primero trata de una acción necesaria para la vida humana –cortar leña- y el segundo no –arrancar una flor-, y esto nos lleva a preguntarnos por la causa que da origen a ambos haikus. El segundo es un haiku de lo que consideran los japoneses “una mujer femenina”, y lo digo con la peor intención, la de denunciar algo de una cultura que premia la idea de que la mujer debe amar al hombre a pesar del daño que éste le cause, si cabe, más todavía cuanto menos sensible sea con ella; y por esto es un haiku retorcido, repensado, cuajado en una idea dolorosa de la vida, de trasfondo machista. (Es clásica la comparación “flor de ciruelo”-“mujer japonesa”). Así, mientras a Chiyo le parece romántico que el mundo (de las mujeres) sea así, en el de Buson se expone un hecho de la Naturaleza sin pudor, sin remordimiento, sin un reproche, sin tampoco generosidades altruistas de la Naturaleza al hombre, porque una madre cuida a sus hijos, pero la Naturaleza no es una madre. O, si lo es, es una madre sin corazón que, a cambio, nos permite arrebatarle lo que necesitamos. La Naturaleza no da nada de grado a quien la destruye, pero igual que uno se aprovecha de su belleza lícitamente, puede otorgarnos algún otro tipo de placer inesperado. “Lo sagrado oriental” no es algo que exista para facilitar la vida de cada uno de los seres individuales más que si estos se adaptan a él y lo hacen vivir en sí mismos. En el Taoísmo –que sirve de trasfondo filosófico del haiku-, la felicidad es la prueba de la santidad de alguien, y, no al contrario (que la santidad tarde o temprano te granjee –en esta u otra vida- la felicidad).
Sábado, 18 de febrero
Francisco Baena Calvo
Religión Digital
Pedro Tarquis
Juan Fernandez Krohn
Angel Moreno
Juan Antonio Espinosa
Asoc. Humanismo sin Credos
Vicente Haya
FCJE
Josemari Lorenzo Amelibia