El alma del haiku

El color del agua

03.11.08 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Clásico, haiku de lo sagrado
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Shiramomo ya
shizuku mo otosu
mizu no iro

白桃や雫もおとす水のいろ
TÔRIN

El melocotón blanco:
Las gotas también dejan caer
el color del agua

Es un haiku difícil y arriesgado. Shizuku (gotas) y mizu (agua) son una peligrosa insistencia. Porque muchas veces las gotas son de agua y el agua cae en forma de gotas. En este caso, dada la dificultad de lo que el autor está queriendo expresar, vamos a dejar que emplee los medios que crea oportuno, insistiendo en lo que estime que deba hacerlo, y juzgaremos sólo al final si ha sido cansino y reiterativo, o ha logrado con éxito su propósito. Nos olvidaremos de las normas que debe cumplir un haiku correcto y sólo tendremos en cuenta si –al final- nos ha quedado, o no, sabor de melocotón en la boca.

Veamos qué nos ha mostrado Tôrin: Del melocotón blanco se derraman unas gotas (shizuku), y esas gotas dejan caer el color del agua (mizu no iro)… El haiku, en general, surge en ese instante en que todos nuestros sentidos, y -a través de ellos- nuestro corazón, se centran en un detalle insignificante como si el universo dependiera de ello. Hemos sido transtornados por “una nada inolvidablemente significativa”, como decía Blyth. Acertadamente, Marina definió el haiku como una estética zoom. El cine ha dado ya buena cuenta de la importancia estética de las percepciones aparentemente más insignificantes. No sólo -y abundantemente- el cine japonés. Incluso el iraní (El color del Paraíso) o el vietnamita (El olor de la papaya verde).

No nos atreveríamos a afirmar con rotundidad que siempre y en todo caso el haiku sea lo que ha despertado en el poeta la atención a lo aparentemente nimio. A veces, el haiku es el resultado de haber intuido una relación entre cosas, o bien una atmósfera sentida de golpe... Pero, evidentemente, son muchas las ocasiones en las que el haijin siente el impacto de algo mínimo gracias a que ha sabido ajustar el zoom de su capacidad perceptiva. Unas páginas antes veíamos entre los niños que se alineaban en la terraza de una escuela de caligrafía a uno de ellos que en sus labios tenía una mancha de tinta, y en otro de los haikus que estudiados había un niño que tras haber estado cazando luciérnagas tenía las puntas de los dedos tiznadas de verde. Es a eso a lo que nos referimos. Éste de Tôrin es otro buen ejemplo: Alguien está comiendo un melocotón –en concreto, un tipo de melocotón japonés que es de un blanco rosáceo-, y, a raíz de ello, se nos propone el fijemos bien el zoom de nuestra percepción; así, podemos ir desde una escena inicial en la que podemos ver a la persona que se come el melocotón a ver únicamente su cara, para finalmente tan sólo enfocar los dientes que están mordiéndolo, y las gotas que la fruta derrama… Una de ellas se detiene antes de caer, titubea, podría escaparse transparente e impune, pero parece querer robar algo del color de la fruta. El color del agua naturalmente trasparente es en ese instante blanco. Una gota de agua ha cambiado su color transparente a color blanco y el universo con todas sus órbitas y planetas se detiene para que lo contemplemos.


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