
Tsugumi shishite
hane hiroguru ni
makasetari
鶫死して翅拡ぐるに任せたり
Al morir, el tsugumi
dejó a sus alas
abrirse por última vez
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Sin conocer los matices de la realidad el asombro es una pose. Sin conocer las criaturas del haiku -sus formas, sus colores, sus costumbres…- es imposible que consigamos que vivan en el haiku que escribimos. No podrán estar en él tal como fueron en la realidad si no sabemos cómo fueron en la realidad. El pájaro será una abstracción de pájaro y el árbol una idea de árbol. Decimos que el haiku es un modo de conservar nuestro mundo, pero será difícil de creer en la sinceridad de nuestra intención si no sabemos nada de las criaturas que lo pueblan. Del mismo modo, tampoco seremos capaces de degustar el haiku de cualquier otro haijin. Si, por ejemplo, Seishi nos habla del tsugumi y no sabemos cómo es ese pájaro podemos llegar a estar perdiendo la médula del asombro que se nos quiere comunicar:
Tsugumi shishite
hane hiroguru ni
makasetari
鶫死して翅拡ぐるに任せたり SEISHI
Al morir, el tsugumi
dejó a sus alas
abrirse por última vez
¿Qué sabemos del tsugumi? Sabemos que es un pequeño pájaro de alas rubias, pecho moteado entre blanco y gris, y un lomo grisáceo que llega hasta el entorno del ojo y el plumaje del cráneo. Sabemos que en otoño baja desde las zonas montañosas del norte de Honshu y se dispersa por los lugares donde vive la gente; que a principios del invierno lo encontramos picoteando los frutos caídos por tierra en las montañas tranquilas; y que su carne es sabrosa (porque es un pájaro que se come). Así es el tsugumi, pero si no lo hemos tenido nunca cerca, si no hemos intuido su agudeza a partir de sus rápidos movimientos ni nos ha enternecido esa pinta feroche que le dan sus dos rayas blancas en la cara –como un tocado indio de guerra-, en definitiva, si no hemos visto jamás un tsugumi todo estos serán fríos datos que no nos aportarán nada. Naturalmente, el haiku puede más o menos comprenderse imaginando que lo que se nos cuenta le ocurre a cualquier otro pajarillo que nosotros conozcamos. Pero lo idóneo es situarse en la escena tanto como se pueda. No todos los pájaros despertarían en Seishi la misma impresión, ni tampoco en nosotros. Cuando conocemos el tsugumi estamos más allí. En el momento de la muerte, si es que es un haiku en que se habla de la muerte.
Hemos estado observando al tsugumi en su agonía. Ya puede considerarse un pájaro muerto. Y, entonces, de pronto, surge el haiku: las alas se abren solas. Se trata de la primera acción después de la muerte. Ese tsugumi tras morir ha hecho un movimiento. Se abisma contemplando este hecho el alma japonesa, y con ella nuestra alma. Aware en estado puro. Ahora no importa si la escena es presenciada por alguien que vive en el siglo XX (como Seishi), o en la prehistoria misma de Japón. Porque el corazón del japonés cuando tiene el aware es un corazón prehistórico. En esos momentos, el pragmatismo y la afición tecnológica del japonés desaparecen, y vuelve a ser el primer hombre que vió morir al primer tsugumi. Quizá por eso los japoneses precisan del haiku. Necesitan volver a la prehistoria para descansar de sí mismos.
Volvamos nosotros también al haiku… Ese pájaro está muerto, y sin embargo ha hecho un movimiento. El poeta no lo esperaba y eso quiebra su pequeño mundo de certezas (vivo-móvil, muerto-inerte…). Seishi sabe que un movimiento es objeto de una voluntad. Pero ya sólo hay un cadáver ante él. Los muertos no tienen voluntad; la voluntad tuvo, por tanto, que ser previa a la muerte. En este punto concreto reside el acierto del haiku: en la elección del verbo principal. Makaseru es, en su sentido más primario, “confiar a alguien algo”. La frase hane hiroguru ni makasetari significaría literalmente “confió a sus alas el encargo de abrirse”. Tras la muerte del pájaro, todo el peso de la responsabilidad recae en las alas. Las alas deben abrirse por última vez. Ya sin cielo, sin vuelo. Por apurar la condición de pájaro hasta el final. Makaseru también connota la idea de “permitir actuar a alguien según su instinto”.
Ya está. No hay más explicaciones. Pero sí una duda. Hemos hablado de un tsugumi que encarga a sus alas desplegarse una vez más después de su muerte.... Pero, ¿acaso sabemos cuánto dura la muerte? Si la muerte se contenta con que no haya latido, respiración, movimiento, o si sigue matando mientras haya carne, mientras haya hueso... No sabemos hasta dónde llega la muerte o cuánto dura.
Martes, 29 de mayo
Josemari Lorenzo Amelibia
Manuel Mandianes
Francisco Margallo
José Antonio Pagola
Guillermo Gazanini Espinoza
Juan Fernandez Krohn
Isabel Gómez Acebo
Pedro Tarquis
Asoc. Humanismo sin Credos
Peio Sánchez Rodríguez