El alma del haiku

Cuando el "yo" no es mío

12.02.12 | 12:00. Archivado en Santôka, Contemporaneo, haiku de lo sagrado

Ikinokotta
karada
kaite iru

生き残つたからだ掻いている

Excepcionalmente, en algunos casos, el tema del haiku es el propio poeta. Si nos preguntasen “¿Cuándo le es lícito a un haijin hablar de sí mismo?”, responderíamos “cuando no sea él quien hable”. De hecho, la mayor cantidad de haikus que podríamos citar en este sentido pertenecen a Santôka, un poeta que en su vagabundeo espiritual ya no pertenece más a sí mismo, sino al Todo. Es el mundo el que habla de sí mismo en Santôka:

Ikinokotta
karada
kaite iru

生き残つたからだ掻いている SANTÔKA

Literalmente, ikinokotta (sin sujeto: “hay alguien que ha sobrevivido; hay alguien que tiene vida de sobra”), karada kaite iru (sin sujeto: “hay alguien que está rascando un cuerpo”). Aunque las traducciones que, lógicamente, hemos de dar en nuestra lengua exigen un sujeto y éste se presume que es el poeta:

He sobrevivido
Mi cuerpo…
lo estoy rascando

La arbitrariedad de las cesuras métricas en japonés y la polisemia de los términos empleados permiten además otras traducciones para este mismo haiku:

Ikinokotta karada
kaite iru

Todavía queda vida en el cuerpo
que estoy rascando

La traducción más convencional de ikinokoru será “sobrevivir”. Pero, en japonés, “sobrevivir” no tiene el cariz heroico que en nuestra lengua, sino más bien un cierto sabor amargo de soledad del que sobrevive a sus seres queridos, al mundo que conoce, a la ternura de la infancia… “Sobrevivir” es haber sido desechado de la memoria. Es no lograr convertirte en recuerdo para nadie. Por eso también sería aceptable la traducción:

Ikinokotta
Karada kaite iru

Me abandonan en la vida…
Y me rasco el cuerpo

Lo importante en este haiku no es “mi soledad” sino “la soledad”, no es “mi supervivencia” sino “la supervivencia”, no es “mi vida” sino “la vida”. La vida que queda, la vida que sobra. “Nada va a ser olvidado”, escribía Walt Whitman. Ni la más mínima de las criaturas. Ni siquiera el más mínimo gesto:

Akikaze no
ishi o hirou

秋風の石を拾う SANTÔKA

Con viento de otoño
recojo una piedra

También éste es un haiku perfecto. Con una sencillez imposible de parangonar, Santôka nos remite al gesto desnudo de intención. Se nos antojaría preguntarnos para qué recogería esa piedra. Tampoco nos ayuda no saber de qué tipo de piedra se trataba. La pregunta del “para qué” debe ser desechada de nuestra mente de una vez por todas. Nadie sabrá nunca para qué recogió Santôka esa piedra, y nadie sabrá nunca para qué nada. Con este haiku se nos está queriendo hacer ver que nuestra vida es un encadenamiento de gestos inocentes. Que somos mucho más naturales de lo que creemos. Hacemos tantas y tantas cosas sin la menor intención que el darnos cuenta nos liberaría de la carga de coherencia y trascendencia que portamos sobre nuestras espaldas. Seamos lo que seamos, aún queda mucha reserva de inocencia en nuestras acciones más automáticas. No somos calculadores impenitentes en busca de resultados a toda costa. Somos gente que a veces se agacha a recoger del suelo una piedra, con viento de otoño, eso sí. El viento, ingrávido, y la piedra, que pesa, juntos en un mismo haiku. La dirección horizontal del viento rota por el gesto vertical de recoger algo del suelo.

La perfección de cada mínima acción humana; el secreto que esconde. Incluso la perfección de la acción recibida, cuando el haijin no es agente sino sujeto paciente:

Hitori de
ka ni kuwarete iru

ひとりで蚊にくはれてゐる SANTÔKA

Estoy solo
Un mosquito me está picando

Esto es sentir el mundo para Santôka: la vida en cámara lenta. “Un mosquito me está picando en este instante. Aquí-ahora. Lo estoy viendo con mis ojos. Pero estoy solo y le dejo hacer...”. Por la razón que sea. Por no poder evitarlo, por no querer evitarlo, por sentir algo, aunque sea escozor, por no sentirse solo, por generosidad hacia otra vida minúscula que necesita una gota de nuestra sangre…, la razón no se nos dice. Únicamente un hecho: de mí en soledad se alimenta un mosquito. Sin la soledad, este haiku no sabría a lo mismo. El mosquito se alimenta de la sangre y de la soledad que hay en ella.

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El "yo" entra en escena

11.02.12 | 12:00. Archivado en Poetisas de haiku, Contemporaneo, haiku de compasión

Mushi no tamago o
sodatete itaru
fuyu no shiba

虫の卵を育ててゐたる冬の芝 

Habrá que terminar de incubar
esos huevos de insecto
El invierno en la hierba

Hemos comprendido que un poeta de haiku no es una máquina fotográfica. Un haijin es un corazón que apresa las imágenes que le han transtornado, para bien o para mal. Pero, ¿hasta dónde puede evitar un corazón entrar en la escena que está contemplando cuando ésta precisa de alguien que intervenga y no de alguien que la deje fielmente reflejada?

Nos sorprende, por ejemplo, Nozawa Kanajo escribiendo:

Mushi no tamago o
sodatete itaru
fuyu no shiba

虫の卵を育ててゐたる冬の芝  NOZAWA KANAJO

Habrá que terminar de incubar
esos huevos de insecto
El invierno en la hierba

El invierno se ha anticipado a lo previsto y aún no se han abierto los huevos de insecto cuya puesta Kanajo tenía observada… “Insecto”, así, en general, sin especificar la especie, tanto da si es fascinante como una luciérnaga o sucio como una mosca. Ahora lo importante no es la calidad de la vida que pueda surgir de esos huevos sino el hecho de que esa vida esté a punto de ser abortada. Para ello, la autora usa sin titubear la palabra mushi, que más que un término elegante como “insecto”, significaría “bicho”.

Y la poetisa, súbitamente, de forma inesperada, se mete en el haiku que estaba escribiendo, un haiku que nos hablaba de unos huevos de algún bicho depositados en la hierba que la dura escarcha iba a destruir. Deja la descripción de lo que está viendo e interviene. Se hace parte del paisaje que describía; no, todavía más: se constituye en la protagonista del haiku que tenía intención de escribir sustituyendo el motivo original. Como un fotógrafo de guerra que no quisiera anteponer su foto a socorrer la necesidad ajena, Kanajo rompe su haiku, lo hace inservible para el mundo gélido y perfecto de la belleza literaria convencional. Y nos da a entender que ella misma va a acabar de hacer el trabajo que la Naturaleza no ha querido completar: calentará esos huevitos hasta que eclosionen. Sin saber siquiera qué saldrá de ellos. Formando parte ella misma del misterio de la vida, porque es insólito que una mujer acabe de incubar huevos de insecto…

Tras la aparente simplicidad del haiku que hemos presentado, por consiguiente, se esconden una serie de preguntas que dan al poema perspectiva, profundidad, misterio: ¿Por qué se ha anticipado el invierno? ¿Qué será lo que salga de esos huevos de insecto? ¿Cómo es que la Naturaleza mata a sus propias criaturas? ¿Quién dedicaría su tiempo a incubar huevos de insecto? ¿Cómo es el “yo” de un poeta que logra entrar en su haiku?

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El haiku de Compasión

Sabishisa ya
isshaku kiete yuku
hotaru

さびしさや一尺消えて行く螢

Sensación de tristeza:
por espacio de un palmo
una luciérnaga desapareció

En los dos casos del estadio anterior, aquello que hacía padecer al haijin era su exceso de sensibilidad, porque ni la luciérnaga se iba a romper al caerse de la hoja ni la oruga sufría por no convertirse en mariposa. En lo que ahora nos toca analizar, el poeta sí que ha intuido un drama real en aquello que observa. Se tratarán, por tanto, de haikus de Compasión:

Sabishisa ya
isshaku kiete yuku
hotaru

さびしさや一尺消えて行く螢 HOKUSHI

Sensación de tristeza:
por espacio de un palmo
una luciérnaga desapareció

En plena noche nos sentimos acompañados por una luciérnaga... ¡Pocos saben la compañía que puede llegar a dar una luz de una luciérnaga!… Vamos siguiendo con la vista su vuelo luminoso… Pero, de pronto, esa luz se apaga. Cierto, sólo por un poco de tiempo. Pero un poco de oscuridad es ya mucha oscuridad. Así, cuando en seguida vuelve a lucir, no olvidamos que algo ha ocurrido. Fue tan sólo un palmo de sensación de abandono, y sin embargo, fue tan honda que su sinsabor se nos ha instalado dentro. Es el momento de una confesión:

-“He perdido mi mirada durante un palmo y mis ojos se han hundido en la oscuridad que no esperaba”

La oscuridad es el pantano donde se ahoga la mirada. Sabemos que sólo puede haber una razón para esta incomprensible pérdida de luz momentánea: la muerte acecha. Una luz que parpadea anuncia su final. La cercanía de la muerte puede medirse. Un palmo de oscuridad es un palmo de muerte. Ahora compartimos tristeza con la causa de nuestra tristeza.

Y siempre esta sensación de sabishisa puede ir a más:

Meimetsu no
izure kanashiki
hotaru kana

明滅のいづれ悲しき蛍かな BÔSHA

Esas luces parpadeantes…
¡Se aproxima el triste final
de las luciérnagas!

Ya no es una sola luciérnaga en la que parpadea la luz. No es un palmo de luz que se interrumpe en un recorrido luminoso. Es el tiempo de la muerte de las luciérnagas. No se anuncia la muerte de un ser vivo sino una muerte colectiva: la muerte estacional. Un paisaje de vuelos de luciérnagas intermitencias luz-oscuridad. Imposible de seguir los rastros mágicos que la luz dibuja en la negrura de la noche cuando no son trazos constantes. La magia que otrora nos nublara la vista no llega ahora a producirse. Y no podemos hacer nada para evitarlo. No tenemos luz-auxilio nosotros mismos que darle a las criaturas que vuelan con ella. Nosotros, que hemos mirado a las luciérnagas hasta gastarlas, ahora no encontramos el modo de devolverles la luz que nos dieron: somos el invierno del mundo que absorbe la luz allá donde la encuentra. La vida a partir de ahora será dentro.


El mundo nos afecta

09.02.12 | 12:00. Archivado en Bashô, Clásico, haiku de lo sagrado

Kochô ni mo narade
aki furu
namushi kana

胡蝶にもならで秋経る菜虫哉

El otoño avanza
y la oruga no consigue convertirse
en una mariposa cualquiera

Se trata, por tanto, de que al poeta le importe lo que aparece en su haiku. El mundo no es una excusa para hablar de nosotros mismos. Por lo demás, el hecho de que el haijin esté implicado emocionalmente en la escena que describe no sólo no es un problema sino que es parte constitutiva del acierto de su haiku. Al haijin le afecta aquello de lo que habla. Aunque no por ello le sea legítimo mostrar impúdicamente cuánto le afecta aquello que presencia. No es necesario que el objeto poético que cause nuestro aware sea –como vimos en algún haiku anterior- la agonía de un ser querido. Puede ser sencillamente una oruga que no acaba de convertirse en mariposa:

Kochô ni mo narade
aki furu
namushi kana

胡蝶にもならで秋経る菜虫哉 BASHÔ

El otoño avanza
y la oruga no consigue convertirse
en una mariposa cualquiera

El haijin tiene un corazón que late con fuerza en el “momento del haiku”, no es un frío receptor de estéticas perfectas. Veamos cómo el mismo Bashô se implica emocionalmente en la escena que contempla con un segundo ejemplo:

Kusa no ha o ochiru yori
tobu
hotaru kana

草の葉を落つるより飛ぶ螢哉 BASHÔ

Hasta que no se cae
de la hoja de hierba…
¡no echa a volar la luciérnaga!

El poeta tiene el corazón en vilo. El asombro no es complacencia en lo que presenciamos. Los seres nos importan. Nos hemos involucrado en el destino de las cosas, y éstas dependen -a partir de entonces- de nosotros. Perdemos, con el progreso en la sensibilidad, la cordura del hombre racional, y también su frialdad. Llegamos a pensar, en este caso, que un insecto de luz que se va resbalando se caerá y finalmente se romperá en pedazos. Porque la luz tiene algo de cristal. Y lo que quiera que ocurra a esa criatura de luz va a ser a partir de que llegue al filo de la hoja. Estamos comprobando -porque lo estamos viendo- que una luciérnaga es una luz que anda, pero nadie puede darnos la menor garantía de que pueda volar. Pese a que hemos visto mil luciérnagas antes volando. Nuestro corazón no entiende de probabilidades: esa luz está a punto de caerse de la hoja y eso es todo lo que ahora nos concierne y nos inquieta. Hay un sentimiento de que la caída es la muerte… Pero la luciérnaga alza el vuelo a partir del filo de la hierba. Justo a partir del filo. El filo marca el espacio sin tierra que obliga al vuelo.

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El amor no cabe en el haiku

08.02.12 | 12:00. Archivado en Poetisas de haiku, Contemporaneo, haiku intimista

Toratsugumi
koibumi
hitotsu hitotsu mosu

とらつぐみ恋文ひとつひとつ燃す  

Canta un toratsugumi,
mientras yo quemo una a una
las cartas de amor

Sin embargo, el hecho de tener un “eje” más o menos centrado, por sí sólo, no justifica un haiku. Usemos para ejemplificarlo un shirôto no haiku, un haiku casual, escrito por alguien que no se dedica “profesionalmente” a ello:

Toratsugumi
koibumi
hitotsu hitotsu mosu

とらつぐみ恋文ひとつひとつ燃す   ÔISHI ETSUKO

Canta un toratsugumi,
mientras yo quemo una a una
las cartas de amor

De acuerdo, el “eje” de este haiku, la palabra que está sosteniéndolo, es koibumi (“carta de amor”) y aparece en el verso central del mismo (ya establezcamos una cesura convencional 5-7-5 o la cesura con más sentido 5-4-8). Pero hay muchas otras cuestiones a considerar para valorar un haiku. Veamos qué es lo que en él se nos cuenta:

La poetisa ha ido al bosque, alejándose de la ciudad, para quemar allí las cartas de un falso amor. Sabemos que estamos en verano porque el toratsugumi es “palabra estacional” [kigo] que hace referencia a dicho momento del año. Los lugares donde canta el toratsugumi están lejos de las ciudades; en bosques espesos. Este haiku nos evoca un largo viaje de una mujer con el corazón roto y una sola intención: limpiarse de un desamor en el seno de la Naturaleza mediante un acto ritual de quemar una a una esas palabras que antes daban sentido a su vida. Justo en el momento de desembarazarse de todo ese peso que lleva dentro, canta un toratsugumi. Estos son los elementos que han entrado en el haiku: el verano húmedo de Japón, un bosque, un pequeño fuego a cielo descubierto, un pájaro de colores veteados -negros y blancos-, y una mujer que se ha tomado la molestia de irse tan lejos como ha podido sólo para hacer con plena conciencia lo que está haciendo: quemar cartas de amor.

A pesar de que hemos podido imaginar la escena (lo cual sólo ocurre cuando están completos”, cuando poseen todos sus elementos internos), no es un buen haiku a nuestro juicio. La razón es que el peso del sentimiento de la autora es mayor que el de ningún asombro de nada que ocurriera en la Naturaleza, en este caso, el canto del toratsugumi. Ni siquiera porque el haiku comience con el nombre de ese pájaro (evocando su canto), dejamos de ver como protagonista del mismo el corazón destrozado de la autora. Esto no es un haiku como debería ser. Podría ser un waka (estrofa 5-7-5-7-7 que trata preferentemente de tema amoroso) sin que tuviéramos el menor óbice y se habría tenido ocasión, además, de añadirle catorce sílabas.

Sumamos un poco más de crítica a la crítica, con fines exclusivamente pedagógicos: No es sólo que este haiku hable de amor y que no presente ningún asombro natural, sino que la autora instrumentaliza la Naturaleza misma como escenografía de unos sentimientos suyos que ocupan el centro del universo. El bosque es un lugar donde quemar cartas de amor, y un pajaro de los alrededores está ahí para llorar con ella. La cultura popular nos dice que el toratsugumi es de canto triste, al contrario que el del uguisu, pero es pura convención social. Es cierto que para los japoneses el toratsugumi tiene toda una carga cultural que no contribuye en nada a que escuchen inocentemente su canto. Hay un fantasma célebre en la mitología japonesa llamado nu-e cuya voz se dice que se parece al toratsugumi; quizá por eso Minamoto no Yorimasa en la era Heian ordenó matanzas masivas de este ave, consiguiendo casi hacer desaparecer esta especie. Entre los japoneses se afirma que su clásico jî-jiô, “al recordarnos al viento, nos hace sentir vulnerables”. Que cante por la noche, en los días nublados o en las ruinas de los templos abandonados juega a favor de quien lo tiene como presagio de algo malo. ¿Nos quiere decir la autora que va suicidarse, o que intuye que la pena va a acabar con ella? Podría ser. Aunque, en realidad, los pájaros no están para dar un tono sombrío a ninguna escena natural ni mucho menos para presagiar la muerte de los enamorados.

El meterse en una cultura a fondo para ver las implicaciones de los elementos poéticos que se han usado en un haiku y ayudar a comprenderlos es lícito. Pero hay que vigilar que el exceso de erudición no nos haga darle valor a lo que no lo tiene. Un auténtico poeta de haiku debería haber estado más protegido contra las connotaciones culturales del canto de ese pájaro. Para un niño, como para un poeta de haiku, el toratsugumi es simplemente un pájaro que canta, y no desde luego para servir de “banda sonora” a una poetisa que se duele por amor.

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El "eje" del haiku

Shibyô ete
tsume utsukushiki
hioke kana

死病えて爪うつくしき火桶かな

Está enferma de muerte…
¡Sentada al brasero,
qué hermosas sus uñas!

Todo haiku tiene un corazón. Hay tan sólo que pegar el oído interno, y ver qué término de los que se usan en el haiku late con más fuerza. Este corazón a veces es una palabra que se sitúa a modo de eje en el verso central del haiku:

Shibyô ete
tsume utsukushiki
hioke kana

死病えて爪うつくしき火桶かな RYÛNOSUKE

Está enferma de muerte…
¡Sentada al brasero,
qué hermosas sus uñas!

Los elementos que conforman este haiku son: una mujer, unas uñas hermosas, una enfermedad mortal y un brasero. Pero el eje que hace girar todos los elementos en torno a sí –en la versión original- son “las uñas” (tsume).

Al poeta le ha llamado la atención la hermosura de las uñas de una mujer que ha contraido una enfermedad mortal. Seguramente es de su familia, pues de otra forma no emplearía el verbo eru (que normalmente se usa para “lograr, conseguir, ganar” y sólo cuando se lo atribuye uno a sí mismo o a su entorno familiar para algo como “conseguir ponerse enfermo”). Es posible que sea su propia esposa, a la que sigue viendo hermosa (“sus lindas uñas”) aunque no falte demasiado para el fatal encuentro con la muerte.

He aquí la naturaleza oculta de este haiku: aparentemente es un poema dedicado a las uñas hermosas de una mujer que va a morir. Analizado en profundidad, es un haiku intimista de alguien que ama y sufre por la muerte próxima de su ser amado. Este haiku está trenzado con amor y angustia… ¿Y de qué se nos habla? ¡De uñas!

Alguien que no amara tal vez se habría fijado en cualquier signo de decadencia de los muchos que preceden a la terrible enemiga de la vida. Consciente de la proximidad de la muerte -en una cultura de herencia shintoísta como la japonesa- quizá ni siquiera un poeta habría sido capaz de ver la belleza, si no fuera por amor.

Hay, además de esa mirada amorosa que hace bellas las cosas (y que se centra en unas uñas de mujer), muchos componentes que dan fuerza y consistencia a este haiku: por ejemplo, un sentimiento de lo frágil que es la vida. La vida, que consigue adoptar formas que nos cautivan, y que –hasta su último instante de ser vida- va a querer aferrarse a su belleza: esa mujer está enferma, mortalmente enferma, y quizá todo su cuerpo está consumido y nada de hermosura queda en él… excepto las uñas.

Y se refugia junto al brasero. El frío se va apoderando del cuerpo de ella, como se apodera de la Naturaleza en el invierno, y va cercando por fuera y por dentro a esta criatura moribunda. El calor que la anima va mitigándose en su interior; suple la falta de calor vital con un brasero... A nosotros -los seres humanos- nos simpatiza la fragilidad, pero no a la Naturaleza, que no tiene piedad con sus criaturas. También la belleza está destinada a la muerte. También el amor está destinado al dolor de la separación…

Una mujer enferma de muerte, unas hermosas uñas, un brasero. Y tras estas diecisiete sílabas, una muerte sobria, sin literatura. Nada más. La vida continúa sin darnos la menor posibilidad de detenerla con nuestro juicio de aprobación o desaprobación.

Un segundo ejemplo. En el haiku anterior -el que nos hablaba de una mujer mortalmente enferma- el “eje” eran las uñas. En este haiku que sigue el tema es la muerte de una madre y todo gira alrededor del sudor. ¿Por qué situar como “eje” de haikus de tono trágico elementos tan prosaicos como las uñas o el sudor? Porque los haijin saben bien que si algo puede vulgarizar el haiku es la falta de pudor al expresar nuestros sentimientos en él:

Konjô no
ase ga kieyuku
okâsan

今生の汗が消えゆくお母さん KOGA MARIKO

Cada vez menos perceptible
el sudor de esta vida…
Mi madre…

¿Puede el poeta expresar sentimientos en su haiku? Sí, siempre que hayan sido causados por algo que realmente justifique dicha exhibición de emociones. Al cabo de miles de haikus, excepcionalmente, un haijin se permite decir en su poema que se siente solo, anciano, que se le ha muerto su hijo o que recuerda a su madre ya difunta. El “haiku intimista”, en el que el poeta nos confiesa sus sentimientos, es legítimo y en la práctica se da, pero quien se atreva a escribir uno de estos haikus lo hace consciente de que en una cultura como Japón -que castiga ferozmente la individualidad- está retando a su sociedad, está atrayendo el juicio de todos sobre sí mismo. Sus compatriotas podrán luego absolverlo o no de su atrevimiento de decirle al mundo lo que siente, dependiendo de lo que motivara su haiku. De ahí que, mientras menor sea la manifestación de dolor del haijin, tanto más fácil será que su haiku resulte aceptable a sus conciudadanos. Mientras con más discreción se muestren los sentimientos en un haiku, con menos reparos será leído y menos trabas tendrá para llegar a ser realmente una obra maestra.

Véase, por ejemplo, en este caso, la aparente frialdad con que la poetisa nos dice que acaba de morírsele su madre. Podría haber certificado poéticamente la muerte de innumerables modos más hermosos que éste, pues infinitos son los signos de la vida. Pero ha elegido el que más dice de las últimas horas de sufrimiento, empapadas en fiebre delirante, de su madre. “Cesó de sudar” es tanto como decir “cesó de sufrir”, y lo que más le importa a Mariko en este caso es contarnos cómo la fiebre era algo que le angustiaba. Tras las últimas horas de agonía, Mariko escribe y dice en voz alta: “Ya ha dejado de sudar, como sudan las criaturas de este mundo”.

Hay también un cierto juego poético entre lo que está y lo que no está: el sudor de la madre no está (aunque se mencione en el haiku), la poetisa sí está (aunque no se incluya a sí misma en él). No está la madre aunque la apariencia de su cuerpo quiera hacernos creer lo contrario; está la muerte aunque no sea una realidad visible. Obsérvese cómo, en este caso, la muerte es para el haijin una presencia real, algo que está ante él y provoca el haiku, no una idea ni un miedo abstracto. Una presencia que, como todas las presencias, tiene sus efectos. Uno de ellos es que el cadáver deje de sudar. En este caso, una ausencia (el sudor) revela una presencia (la muerte). La muerte es suceso porque se nos hace presente, y, en tanto que suceso, debía aparecer en el mundo del haiku.

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El orden de los elementos

06.02.12 | 12:00. Archivado en Bashô, Clásico, haiku de lo sagrado

Yuki-ma yori
usu-murasaki no
me-udo kana

雪間より薄紫の芽独活哉

En los claros de nieve,
el leve morado de los brotes
de la flor de udo

Hemos dicho ya que un haiku es una instantánea de la realidad. “Lo fundamental” del momento que logra capturar la fotografía, la pintura o la acuarela, lo capta el haiku. Pero, además, en sus reducidos límites, el haiku puede narrar cómo el poeta va sumergiéndose en la escena, cómo va penetrando en el asombro. De ahí la importancia del orden de aparición de las palabras en japonés (cosa que no siempre puede conservarse en la traducción, aunque en todo caso debería intentarse). Porque el haiku es una impresión pictórica en tres trazos que tienen un orden en su ejecución y que, así concebidos y no de ninguna otra forma, reproducen fielmente un momento del mundo, tal como sucedió.

Obsérvese, por ejemplo, cómo Bashô, va contándonos su asombro:

Yuki-ma yori
usu-murasaki no
me-udo kana

雪間より薄紫の芽独活哉 BASHÔ

Nieve-intervalo / desde
leve-morado / de
brote-“u”-flor / signo exclamación

Lo primero en verse es la nieve, y ésa es la primera palabra con que nos encontramos (yuki). En segundo lugar, el poeta se da cuenta de que hay espacios donde la nieve se ha derretido o tiempos en los que se ha detenido (ma); esta palabra (ma) a pesar de su carácter abstracto espacio-temporal, sin embargo cumple una función muy concreta (en este caso, yuki-ma: “donde o cuándo no hay nieve”). Nos hace esperar un poco el poeta hasta decirnos qué es lo que hay en los espacios o tiempos en los que no hay nieve, y usa la partícula yori (“a partir de ahí”). Continúa describiéndonos lo que ve, y hace referencia a un color, sin decirnos el por qué de ese color o a qué corresponda (usu-murasaki): leve color morado. El objeto de su asombro va a llegar sólo al término del mismo, con el suspense poético apropiado: los brotes (me) de la flor de udo. Únicamente al llegar al mismo final, Bashô nos hace entender que esa mezcla de blanco purísimo y lila (con el fondo implícito color verde-tierra desde el que las hierbas brotan) le ha impresionado hondamente. Sólo si el orden de la traducción va siguiendo el del haiku nos damos cuenta que Bashô sólo ha ido viendo colores, que se ha ido aproximando a ellos como si los enfocase con más precisión y nos ha acercado con él: blanco de nieve, lila de flor, verde de tierra fértil... Es un haiku donde importan más los colores que las cosas mismas. Cuando son bellos y se han sabido conjuntar de un modo preciso, a veces llega a parecernos que los seres, al fin y al cabo, no son más que la justificación de los colores.
La traducción a la que nos vemos obligados en castellano no acierta a recoger esta “entrada progresiva” del lector japonés en el haiku:

En los claros de nieve,
el leve morado de los brotes
de la flor de udo

A continuación, un segundo ejemplo de cómo el haijin tiene en cuenta el orden de presentación de los elementos en su haiku. Ahora sabemos que de ese orden va a depender que el lector pueda entrar en la escena o se convierta en espectador pasivo. Veamos cómo Bashô –de nuevo, Bashô- es capaz de introducirnos en aquello que nos cuenta:

Yamaji kite
naniyara yukashi
sumire-gusa

山路来て何やらゆかしすみれ草 BASHÔ

Montaña-camino / viniendo
qué será / precioso
violeta-hierba

El mérito de este haiku radica en que el poeta es capaz de hacer sentir al lector que los hechos que dieron origen al aware puede experimentarlos por sí mismo, de modo que quien lo lea se sienta caminando junto a Bashô montaña abajo cuando hubo un algo que le llamó la atención desde lejos... y pensó: “cualquiera sabe lo que pueda ser eso que estoy viendo”; el poeta se acerca más; “parece una mancha violácea”, en medio del campo; y siente: “¡qué cosa más hermosa!”; finalmente, reconoce el objeto: son unas violetas. Contar un asombro poco a poco, en diecisiete sílabas japonesas (ji-on), mostrar al lector no simplemente una escena sino el cambio que se va produciendo en el corazón del haijin ante una situación, contener el paso del tiempo en una estrofa tan corta, no es tarea fácil. Hay que estar muy en presente para percibir uno a uno todos esos asombros de que se compone un aware.

La traducción, esta vez, conserva más que en el caso anterior el carácter sucesivo del asombro:

Viniendo por el sendero de la montaña
qué será... tan hermoso…
unas violetas

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Los "ingredientes" del haiku

05.02.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Clásico, haiku de lo sagrado

Tera fukaku
take kiru oto ya
yûshigure

寺ふかく竹きる音や夕時雨 

En los confines del templo,
se oye cortar bambú:
lluvia fina en la noche

Escribir un haiku es como cocinar, es como meter en una olla unos cuantos ingredientes y dejarlos al fuego lento del corazón. Hay que elegir de entre la realidad en la que nos encontramos -y de la que recibimos el impacto que nos conmociona (aware)- esos tres o cuatro elementos –ingredientes- que son los causantes de ese determinado momento. Para eso hay primero que conseguir un estado de permanente apertura al mundo; segundo, ser honesto con que la impresión que crees que te ha afectado lo haya hecho de verdad y que no sean tus mismas ganas de ser emocionado por las cosas; y, tras esta apertura y esta honestidad, tener talento para seleccionar los principales responsables del asombro que vamos a reflejar en nuestro haiku. Algunos elementos de tu aware son ya ingredientes de “recetas clásicas” y es de sobras conocido lo que se cocina con ellos, por ejemplo, nieve-ciruelo-luna. Los buenos cocineros son los que inventan nuevas recetas con ingredientes que nunca antes se habían mezclado.

Si el haijin ha acertado al seleccionar de su experiencia los principales componentes de lo que paladeó, el haiku sabrá bien al lector. En este caso, el poeta, como el auténtico cocinero, ni siquiera tiene que degustar lo que hace para comprobar que va a salir bueno. El haijin sabe qué ingredientes van a funcionar bien juntos mucho antes de ejecutar su trabajo. Le guía alguna especie asombrosa de sexto sentido que debemos ir desarrollando a partir de ahora, una capacidad de la naturaleza humana que podría llamarse “sentido de los sabores posibles”. Por ejemplo, en este haiku:

Tera fukaku
take kiru oto ya
yûshigure

寺ふかく竹きる音や夕時雨  SHÔHA

En los confines del templo,
se oye cortar bambú:
lluvia fina en la noche

El autor quería captar una escena que se articula en torno a un sonido, seco, ocasional, de frecuencia imprevisible, como el tiempo que tarda un grillo en saltar a un nuevo lugar o un pájaro en cantar otra vez; un sonido que se adivina que corresponde a una actividad humana perfectamente insertada en un ámbito natural: la de alguien que a lo lejos corta bambú. En lo que está “cocinando” el haijin debía sin duda aparecer el sonido (oto) porque es el origen de este haiku, y el bambú porque es –de hecho- lo que se está cortando; pero es un acierto construir el resto del poema con elementos tan acordes como “la noche”, “la lluvia finísima” y “un templo”. Así pues, cinco ingredientes, más de lo que muchos habríamos logrado introducir en un espacio tan breve, que al ser cocinados juntos acaban gustándose y gustando al que lo prueba. A la lluvia le va bien la noche, mucho mejor que el día, porque incide en la sensación de útero -de reclusión protegida- que es la noche para el ser humano. Pero la lluvia debía ser fina para que dejara oír algún sonido que no fuera el suyo propio. El sonido es el de alguien que, a pesar de la noche, a pesar de la lluvia, está ahí fuera, ni se sabe dónde, en los confines de las tierras que son propiedad del templo budista, cortando bambú. Podría pensarse que el templo es, en este caso, el “ingrediente” más prescindible, porque es sólo el lugar desde el que se percibe el haiku. Pero no es así, ya que es el que nos indica la sensación de seguridad del poeta en contraste con el estado de desprotección del cortador de bambú.

Este mismo haiku, este mismo plato de cocina poética, deconstruido y montado de un modo diferente, sería así: “En un templo, a resguardo, encantado con la sensación de que fuera esté cayendo una lluvia fina en plena noche, se oye algo lejano, un sonido extraño –inquietante- cuya razón hay que esforzarse en averiguar, un sonido chasqueante, sin una especial belleza y sin frecuencia temporal... ¡Ah, es alguien que está cortando bambú!.. ¡A pesar de la noche! ¡A pesar de la lluvia!”.

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Todo está relacionado

04.02.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Clásico, haiku de lo sagrado

Kamo wataru
gekka
roteki no oto mo nashi

鴨渡る月下蘆荻の音もなし  

En silencio los patos salvajes
cruzan el cielo bajo la luna
Las cañas también en silencio

Probablemente, la esencia misma del haiku sea captar la invisible relación entre los seres. Para la mente occidental, el mundo es objetual; es una serie de realidades que existen. Para los orientales, el mundo es relacional, es decir, una continua interacción entre sujetos que son sólo un motivo para la relación. Lo importante para nosotros son los sujetos; y para los orientales, las relaciones. Por eso, los occidentales hemos definido lo divino como un Ser Supremo, un sujeto cósmico, y el oriental –desde el Islam hasta el Extremo Oriente- ha llegado a la conclusión de que “lo sagrado” es una acción que vincula a los seres; que “lo sagrado” es un verbo, no un sujeto.

Las relaciones entre las criaturas son lo que conforma una situación. Sin situación, sin ambiente, sin explicitar los lazos de los seres que estamos observando, no hay haiku; porque no hay realidad. El haiku es una relación entre cosas porque el mundo es una relación entre cosas. Es difícil encontrar para ejemplificar esta importantísima clave del haiku un poema más bello que éste:

Kamo wataru
gekka
roteki no oto mo nashi

鴨渡る月下蘆荻の音もなし   SHÛÔSHI

En silencio los patos salvajes
cruzan el cielo bajo la luna
Las cañas también en silencio

Al haijin no le ha impresionado que unos patos salvajes crucen el cielo y tampoco que lo hagan en silencio, que sería ya de por sí un objeto poético suficiente; lo que le ha conmovido es la respuesta silenciosa de las cañas al silencio de los patos salvajes. Hay un extraño reverberar del silencio del cielo en el silencio de la tierra, o viceversa. Eso sin contar con que el testigo presente, el poeta, también está en silencio. Una relación, por tanto, entre tres criaturas distintas, unos patos, unas cañas y un hombre, cada una de las tres de un género diferente, y sin embargo, con una misma respuesta en ese momento concreto. Tres clases de criaturas obedientes a la existencia y vinculadas por una misma actitud –el silencio- acogidos por un mismo haiku.

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Concatenación de elementos

03.02.12 | 12:00. Archivado en A2) Autores de haiku, Clásico, haiku de lo sagrado

Okizama ni
tsuyu furuikeri
kusa no shika

起きざまに露ふるひけり草の鹿 

El ciervo en la hierba
al incorporarse
se sacudió el rocío

El buen haiku es el que es capaz de concatenar elementos en su interior:

Okizama ni
tsuyu furuikeri
kusa no shika

起きざまに露ふるひけり草の鹿  KÔROKU

El ciervo en la hierba
al incorporarse
se sacudió el rocío

Un movimiento de un ciervo que al levantarse del suelo se sacude el rocío, nos exige un haiku. Eso ya lo sabemos. Pero ahora estamos en condiciones de seguir avanzando e ir más lejos. Los elementos rocío-hierba-ciervo están bien conectados entre sí, porque el rocío nos lleva automáticamente a la hierba y la hierba sin dificultad nos hace pensar en alguna clase de herbívoro, por ejemplo, un ciervo. Comprendemos que, en la escena primero, y luego en el haiku, rocío-hierba-ciervo no son tres; son una sola unidad. Así que, por mediación de la hierba, el ciervo acaba vinculado al rocío, es decir, se han encontrado en una misma realidad unificada el frío y el cuerpo; haiku por tanto que aúna en sus tres versos elementos discordantes entre sí. Pero, el ciervo, entonces ¿qué es lo que hace? ¿Cómo reacciona ante ese bellísimo manto cristalino de rocío sobre su piel marrón sobre un fondo de hierba verde? Hace lo que tiene que hacer: se libra de él. Ése es el “momento haiku”. Porque este ciervo es de verdad, y la humedad de que se nos habla en este haiku es de verdad, y la hierba es de verdad, y el rocío que ven los poetas no es el rocío que padece el ciervo.

Mientras estuvo dormido nos permitió verlo unificado con la hierba y su rocío, pero –curiosamente- eso no nos pareció motivo de haiku. Esa escena sólo fue el preludio al haiku que debía escribirse. Asistimos a su despertar, a su negarse a la quietud, desencadenándose de ser una parte inindividuada de un Todo, y esto sí es la entraña del haiku ante el que estamos. El gesto del ciervo de levantarse y desembarazarse del rocío es la vindicación de su “yo”, de su realidad: “Estoy aquí. No soy rocío-hierba-ciervo”. El individuo nos asombra. El Todo que constituye lo real se compone de identidades. No nos sería posible el menor asombro si no atendiésemos al valor de lo individual. El “yo” articula la maravilla, porque es la unidad elemental de organización de la existencia. Kitarô Nishida, el célebre filósofo nipón, afirmaría: “El que no entiende el yo, no entiende a Dios”.

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El haiku no es poesía zen

02.02.12 | 12:00. Archivado en Bashô, Clásico, haiku de lo sagrado

Inazuma ni
satoranu hito no
tôtosa yo

稲妻にさとらぬ人の貴さよ

¡Qué santidad
la del hombre que ante un relámpago
no comprende (la Realidad)!

La crítica zen ha extendido la idea de que “el haiku es satori” (en célebre frase -castellana por poco- de Octavio Paz). Satori del verbo satoru: “comprender, despertar a la Realidad”; forma negativa arcaica: satoranu. Sin embargo, el propio Bashô -el haijin que se toma como prototipo de “poeta zen"- en uno de sus haikus concede la beatitud precisamente “al hombre que no comprende” (satoranu) ante una manifestación de la Naturaleza:

Inazuma ni
satoranu hito no
tôtosa yo

稲妻にさとらぬ人の貴さよ BASHÔ

¡Qué santidad
la del hombre que ante un relámpago
no comprende (la Realidad)!

Porque no hay ninguna doble lectura de aquello ante lo que se está. El mundo del haijin es verdad. No hay que pensarlo, no hay que trascenderlo para llegar a una última y verdadera Realidad que se oculte tras él. Hay simplemente que mirarlo, que tocarlo, que olerlo, que estar en él, que dejarse conmover por él, por su belleza o su poder.

Lo diremos con rotundidad una vez más: no hay comprensión en el haiku. Hay un “eso está ahí”, un “eso existe”, y la maravilla que es para el poeta ese sentir que las cosas existen. El haijin no comprende nada, ni antes ni después ni mientras hace su haiku. No hay una naturaleza verdadera y profunda -por poner algunos ejemplos- de “libelulidad” o de “montañeidad” que el poeta capte para hacer a esos seres -libélula o montaña- dignos de estar en su haiku. No hay otra realidad para el haijin que las cosas mismas, tal como son, tal como se perciben.

El modo de concebir el mundo del poeta de haiku y el de un budista zen pertenecen a niveles de comprensión de lo real que distan bastante el uno del otro. La mentalidad del haijin es la del hombre corriente japonés, sin más, que hace una poesía heredera de la sensibilidad primitiva del Man-yôshû. Mientras que la mentalidad del budista zen tiene a un metafísico en su base de la talla de Dôgen, y se remonta al Chan chino, heredero a su vez de filosofías profundas como la taoísta y la budista (en su segunda mutación).

Una y otra mentalidad distan años luz en lo que se refiere a capacidad de abstracción... La realidad del haijin es la que percibe, mientras que la del budista zen es el Sunyata (el Vacío), justamente lo que no se percibe, producto destilado de una de las más complejas metafísicas orientales. Nuestra conclusión es terminante: el haiku no es poesía zen.

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No hay lectura simbólica

01.02.12 | 12:00. Archivado en Buson, Clásico, haiku de lo sagrado

Sashinuki o
ashi de nugu yo ya
oboro-zuki

挿貫を足でぬぐ夜や朧月      

Ah, la luna con su halo de niebla…
Esa noche me quité los pantalones
a golpe de piernas

El haiku carece de lectura simbólica. Los sucesos son lo que parece que son, lo que el poeta nos diga que son. Tras la lectura de un haiku no tiene sentido la pregunta “¿Esto qué significa?”, sino “¿Qué ha sucedido?”. El haiku está concebido para hacernos ver, oler, sentir…; no para hacernos comprender. Por ejemplo, si leemos:

Sashinuki o
ashi de nugu yo ya
oboro-zuki

挿貫を足でぬぐ夜や朧月       BUSON

Ah, la luna con su halo de niebla…
Esa noche me quité los pantalones
a golpe de piernas

La ropa no es un símbolo de nuestros apegos o nuestras estrategias de defensa, el gesto del poeta no representa el desprendimiento en el camino místico, la luna no es imagen de la belleza inmaculada a la que aspiramos... La luna es la luna y el pantalón es el pantalón… El haiku dice lo que dice. Con la máxima claridad posible. No hay símbolo que valga en materia de haiku. El símbolo es un desprecio a la realidad. ¿Qué es un árbol? ¿Qué es una casa? Nada. No hay “un árbol”, no hay “una casa”. Las cosas son un cómo. Nada es arquetipo, todo es concreto en el mundo que nos rodea. Los universales de los filósofos son una infamia para el haijin. Por eso, el poeta nipón nunca quiso usar su palabra como filosofía.
El japonés, en general, y el budista en particular, para producir en su lector una comprensión a nivel espiritual no usa el haiku sino el kôan. Un haiku no es un kôan: no es una invitación a la comprensión del mundo. Un haiku no es un kôan: no está destinado a producirnos el satori [iluminación]. Un haiku no es un kôan: no es una propuesta de abolición del pensamiento discursivo. El haiku es arte, acuarela, fotografía de la realidad, para que no se pierda ninguno de sus pequeños instantes. (A decir verdad, para que nosotros no nos los perdamos). Se trata de que atendamos al mundo y no que nos liberemos de la red de apariencias que confunden nuestra mente. Por todo ello, el haiku no es un kôan, no es la palabra cargada de intención de una conciencia diestra en hacer añicos nuestras quimeras mentales, sino un inocente dedo de niño señalando a las cosas: “¡Mamá, mira!”.

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Domingo, 12 de febrero

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