El Acento

Cambio de rasante, segunda novela de Jimena Tierra

10.06.18 | 14:19. Archivado en Sobre el autor

Jimena Tierra (Madrid, 1979) nos atrapa con una nueva novela. La polifacética autora, conocida por su manuscrito Equinoccio (Grupo Tierra Trivium, 4º Edición), nos sorprende con una trama actual y asfixiante que juega con la concepción del envejecimiento, desgranando los avances de la ciencia y ahondando en un abismo de graves conflictos éticos y morales.
Cambio de rasante no es solo un thriller de ficción. Se trata de una crítica feroz hacia un sistema capitalizado en el que los valores inherentes al ser humano se han perdido.
Con prólogo de Rosario Curiel, finalista en los Premios de Novela Nadal en 2006 y Fernando Lara en 1996, y la colaboración orientativa de María Blasco Marhuenda, Directora del CNIO, Cambio de rasante se convierte en la segunda novela negra de Jimena Tierra. Situando a algunos de los personajes de su primera trama, como son los detectives privados Anastasio y Verónica Rojo, en la Universidad de Albahaca, perfectamente reconocible como El palacio de la Magdalena de la ciudad de Santander.
Jimena Tierra cultiva, también, relato corto y poesía. Ha sido galardonada en los siguientes certámenes: AVINESA (2013) con Mi marido es perfecto; Ediciones Saldubia (2014) con Escombros; Atrévete a Rimar Aragón con Sueño (2014) con La vida es Aragón, la vida es sueño; y el certamen Don Manuel (Moralzarzal, 2017) con No fue un verano cualquiera.
Asimismo, es una de las coordinadoras del Grupo Tierra Trivium. Un nuevo modelo de editorial joven, comprometido con valores sociales, emprendedor e innovador, que trata de aportar una perspectiva diferente al proceso empresarial actual.

La autora madrileña firmará ejemplares de Cambio de rasante y Equinoccio en la Feria del libro de Tres Cantos, en la caseta nº 12 destinada a Grupo Tierra Trivium, el día 16 de mayo, de 17:30 a 20:00 h. Además, tiene concertadas presentaciones en la librería Burma (Madrid, 9 de junio) y la Universidad Menéndez Pelayo (Santander), entre otras.
Más información en www.tierraeditorial.com.


Embriaguez (7) - Novela por entregas

06.06.18 | 08:59. Archivado en Sobre el autor

“Es una mujer especial”, fueron las primeras palabras que salieron de mis labios. “Hablarte de ella es resumirte la historia del mundo en una sonrisa, en una mirada, en un desvío presumido y coqueto, donde lo infinito se pone al alcance, donde lo caduco se eterniza”. “Hablar de ella es vivir y morir. Todo a la vez, en una mezcla confusa y mágica donde tratar de encontrar la solución al enigma se me torna imposible”. Continué expulsando de mi interior las venas marchitas, la sangre coagulada, el pavor al mañana, la incomprensión que me servía de sostén diario. Dije: “Marina es hermosa, la belleza encarnada, lo divino presente. Es el completo aditamento que a todo hombre le falta y que te hace preguntarte cómo los demás han podido vivir sin su presencia. Cómo la Historia sucedió sin ella incorporada, me pregunto, lanzando al viento la eterna cuestión del ser o no ser, tan antigua por otro lado”. “¿Marina?”. “Marina Maldonado simplemente se fue. Ausencia diaria. Espera angustiosa. Se fue…”. “Marina, mi adorada Marina traspasa con sus ojos la piel más curtida. Cuando sonríe las nubes se apartan, demostrando a todos que la luz existe. Que no es un engaño, sino real, fantástica, transparente. Cuando enmudece el silencio se aviva y remueve la alegría de tenerla a tu lado. Simplemente observar su rostro. Enmarcar en tus recuerdos esa luz cegadora que humilla cuando la encuentras. Marina es todo. Es ella, yo mismo, deshumanizado, deshecho, un todo confundido en una preciosa armonía que embriaga. Y cuando la conoces entiendes el sentido de eso que algunos llaman la Nada, el vacío, el éter de los antiguos metafísicos. Es cuando descubres de una vez el motivo de haber nacido”. Michel guardaba silencio mientras yo, beodo de mis palabras, hablaba y hablaba en medio de esta Sala del Recuerdo. “Sólo así, recordando, atrayendo hacia ti los sentimientos ruines, los pesares densos y el sufrimiento odiado, serás capaz de llegar hasta el olvido”, dijo el viejo arrugando el ceño y mostrando con serenidad que intentaba ser convincente. “La paz sólo llena el espacio cuando éste se ha formado. Y ahora tú, Modesto, lo mantienes rebosante de amargura. Por eso el sosiego y la confianza en que crees, en tu conciencia liberada, no alcanzará tu mente hasta que lo hayas logrado”. “Muchos de nosotros, al principio, evacuábamos aquí mismo, frente a este huerto y estos árboles hermosos, los miasmas que roían las carnes, los hedores que formaban la esencia de nosotros mismos. Pero todo llega. Y cuando superes esta etapa –una de las más difíciles-, conocerás que tu desencuentro es poca cosa comparada con la repugnancia que muchos de estos tullidos siente aún hacia el mundo de fuera”.
Después de haber soltado todo estos sentimientos, me sentí calmado. Y recordé mi época de niño, cuando lloraba por cualquier cosa. Cerré los ojos y vi a ese pequeño cansado de gimotear, con el pecho convulso, tiritando y con los pómulos ardientes. Y luego, en otra imagen, le vi jugar en la calle, alrededor de los otros niños, como si en realidad nada hubiese pasado. ¿Y no es así, de veras? ¿No será que la verdad, lo que nosotros llamamos verdad, lo absoluto, lo inmanente, no es nada, realmente nada, sino más bien un engaño, un ardid, una simple locura del alma? Me levanté. Dejé a Michel allí sentado, echado hacia atrás, con la espalda y los hombros apoyados sobre el respaldo mullido. Me sentía exhausto, sediento, con los labios resecos y el corazón dolorido. Miré al ventanal. Los hermosos y enormes árboles seguían moviendo sus ramas como si la vida no fuera con ellos, ajenos a todo. Algunos ciegos acababan sus hoyos, echaban en ellos las hebras que sacaban de unos bolsos que llevaban colgados y luego se acercaban a la pared más cercana para tocarla y sentir en sus yemas las asperezas que les indicaban el camino de vuelta. Todo continúa. Aunque no estés aquí, hermosa Marina, aunque tus olores de hembra se esparzan por otras zonas del mundo, nada importa, porque todo sigue igual. Y esta certeza, arraigada muy dentro de mí, era lo que me dolía y lo que rizaba mis nervios y mis pesadumbres. Miré a Michel. El viejo estaba dormido. Echado sobre el asiento de nuestros vacíos, el pobre hombre se había quedado dormido como un niño inerme. Y esa imagen tierna del viejo pequeño en los brazos de la somnolencia conmovió mi alma y sentí, por primera vez, compasión no de mí, sino del hombre que se sabe solo, enfermo y abandonado.
Me llevé varios días sin pisar La Casa. Me dije a mí mismo que debía seguir viviendo, a pesar de todos los obstáculos, enfrentándome a los nuevos amaneceres con el ánimo y la gentileza de espíritu de uno más. Modesto debía ser otro más, otro ignorante descubierto en medio de la planicie, desnudo, aterido, sincero, pero en cualquier caso, otro hombre más, con sus miedos y sus sonrisas, con sus silencios y sus palabras engañosas. De forma que al poco tiempo aparecí por la Oficina y me senté de nuevo en la mesa, rodeado de papeles atrasados que esperaban unos ojos y unos pensamientos que les filtrasen. Me enteré que el desconocido opulento y vanidoso había logrado sacarle al jefe un contrato nada desdeñable. Poco me importaba, sin embargo, esa noticia, sabiendo como sabía el contenido enmarañado y viscoso de su manuscrito. El gusano que correrá sobre sus hojas con las patitas peludas será un asqueroso ser viviente puesto ahí por mí. Y cuando los demás lean esas páginas inventadas, sentirán sobre sus dedos la tersura de la piel de estos animalitos. Entonces yo me reiré en lo más hondo y la alegría que experimentaré no tendrá límites.
Pasaban los días con lentitud. El tiempo ralentizaba el baño de las sombras, las horas de lectura, las de análisis riguroso. Incluso la luz del día, en la calle, entre el gentío que se movía anárquicamente, era una luz más tenue, así como azulada. No tanto como los ojos de un niño recién nacido, o como las aguas mansas de un riachuelo, zarcas, agradables, transparentes. Era un albor, una llamarada, un inquietante principio que me daba un miedo espantoso porque parecía emanar de las tumbas antiguas. ¿Fósforo? ¿Anuncio del devenir, que se acerca? De vez en cuando me apresuraba en acabar el trabajo para salir antes de la Oficina. Aprovechaba las horas muertas, esas en las que los cadáveres parecen ponerse de acuerdo en no invadir las aceras. Y me iba adonde Michel. Alguna vez le cogí dormido. Otras El Viejo deambulaba de pasillo en pasillo, entrando en las habitaciones, charlando, arrastrando sus pies gastados, auscultando el sentir de los allí presentes. Pero siempre que notaba mi presencia dejaba las cosas y se arrimaba a mi cuerpo para hablar de las desgarraduras mutuas que nos helaban las entrañas. Pronto fui entre ellos uno más. El ciego de la entrada abría las puertas cuando creía intuir la llegada de mis pasos. Recuerdo que sus ojos eran blancos, apagados, viscosos. Y que al principio, la primera vez que los vi, me produjeron unas náuseas tan profundas que noté removerse todo mi cuerpo. Pero después, al mirarle, esa sensación de asco se fue atenuando con el paso del tiempo. La miseria necesita tiempo, mucho tiempo para ir acomodándose en nuestros pensamientos, volviéndonos inmunes ante la tristeza, ante todo pesar y desconsuelo. La miseria es paciente y sabe esperar a que tu cuerpo y tu mente estén maduros. Cuando sabe llegado el instante definitivo, fugaz, eterno, todo a la vez; cuando concluye que tu cerebro se ha adormecido entre misterios insondables, tiernos, compasivos, entonces la desgracia aparece y ya no puedes hacer nada. Comprendes que estás atrapado en las redes de lo ignominioso. Es cuando ves al hombre como un ser mezquino, indefenso, atávico. Lo ves y te da asco su presencia y entonces deseas morir cuanto antes.
Por las noches continué caminando como si fuera un lobo desterrado de la manada. Anduve por toda la ciudad, arrastrando mis pies por los suelos empedrados y por el barro de las casas de tolerancia. A veces me gustaba transitar junto al Neva mudo y eterno, flujo de aguas heladas donde muchos desgraciados buscaban la solución a sus desdichas. El gran río de la ciudad es hermoso. Profundas sus aguas en el centro, onduladas sus olas que mueren en la orilla casi plana. Y largo como una serpiente que recorriera los barrios de la gran ciudad buscando a las presas despistadas y errabundas. El frío del invierno daba paso lentamente a un aire soportable. Las noches se vieron invadidas de mendigos que salían de los hospicios porque ya no corrían tanto peligro de morir empedrados de hielo, con los huesos anclados al agua solidificada. Sus caras, su piel y sus cabellos aparecían desmayados por el hambre, demacradas sus facciones, retorcidos sus anhelos. Pero los mendigos, los ancianos ambulantes, los viajeros que habían dejado salir el último tren mirando al fondo infinito sin atreverse a cogerlo, desamparados que dejaron atrás sus empleos o sus familias, todos los enamorados y enloquecidos por los amores huidizos, nos encontrábamos de vez en cuando en medio de la nada. Un grupo humano, de carne podrida, de sentimientos tumefactos y deshechos, éramos los que a estas horas de la madrugada nos cruzábamos por las calles tristes. Seguí visitando la glorieta. De vez en cuando le miraba la cara a la estatua del centro y me decía que ese tocho de bronce, de piedra, o de cualquier otro material, que en el fondo es lo mismo, tiene más sentido común que yo. Y a ella le duelen menos las cosas de la vida. Me sentía en esos momentos fuera de lugar y del tiempo. Como si yo no perteneciera a esta zona del mundo. A esta Historia que más tarde contarán los libros. Me sentía un pequeño ser vulgar, agusanado, embebido en la pléyade de materias inertes de las que sentía unos celos tremendos.
En la glorieta de los desamparados había aquella noche un grupo numeroso de hombres perdidos. Yo también acudí. Necesitaba hablar con El Viejo, sanar aún más mi desconsuelo, y sabía que sólo él era capaz de absorber toda la porquería que me sobraba. Sin embargo Michel no llegaba. La luz muerta de la noche, a pesar de los reflejos que las aguas del Neva lanzaban hacia nosotros, llenaba el espacio y hacía más fría aún la estancia en ese lugar. El Mudo nos miraba, hierático, con sus pómulos salientes. El Idiota movía la cabeza adelante y atrás, en un movimiento rítmico y acompasado, y mientras lo hacía su cara abría la sonrisa estúpida, bobalicona, y las babas se le salían por los labios, brillantes y acuosas. Esa noche también acompañó la comitiva el ciego de la entrada. Éste permanecía sentado, agarrándose el cuerpo con sus brazos diminutos, en un intento infructuoso por darse calor a sí mismo. En medio de todos habían encendido un fuego que ardía y se deshacía, humeante y fugaz. Las llamas prendían, subiendo sus penachos tan altos como el viento del norte les dejaba. El fuego, con sus llamas avivadas, lamiendo el vacío compacto entre los idiotas y los tullidos, embelesaba las mentes y todos estábamos en silencio, mirando sus movimientos, vislumbrando en su cuerpo amarillo las esperanzas que el mundo nos negaba. ¿Qué misterio encierran las llamas encendidas, que todo ser humano se queda embobado mirándolas? Gaspar, un viejo de setenta y tantos años, atizaba de vez en cuando las ascuas rojizas, y con el único brazo que le queda en el cuerpo, removía con la punta de una rama las lumbres que intentaban huir del calor insoportable. Era feliz el hombre con su cometido, porque en su rostro se había acoplado una sensación de placidez y de templanza, como cuando te sientes radiante sin saber el motivo. Al otro lado, sobre un banco negro de piedra insensible, estaba Demetrio, el sordomudo encargado de alimentar a todos los residentes de su galería. Demetrio es un hombre alto, casi un gigante. Desde pequeño no oye ni habla y sólo ve las cosas de este mundo torcidas y disimuladas. Es como ir al teatro con los ojos tapados. O como intentar avanzar a lo largo de un camino desconocido sin oír el crujir de tus pasos ni ser capaz de gritar cuando la desgarradura destroza tus fibras. Las llamas continuaban escalando al cielo, agarrándose a las moléculas invisibles del aire. Todos presenciábamos las penumbras, los rizos, los bailes de las lenguas de fuego y todos lo hacíamos en silencio. El crepitar de los troncos macizos, cuando crujen y se desgarran, formando una masa calcinada y revoltosa, el sonido de las chispas saltarinas, el olor al humo blanquecino, hasta el calor que recibíamos en nuestros cuerpos, todo ello fundía lo simbólico con lo misterioso, lo totémico con lo ancestral. Y ese ambiente mágico me gustaba tanto que por nada del mundo me lo hubiera perdido. Sólo faltabas tú, Marina, a mi lado, abrazada a este pobre diablo que yace sobre el banco aterido de frío. ¿Es esta heladura real, quiero decir, sólo física? ¿No es alimentada, acaso, por la desnudez del amor, que me dejó huérfano de equilibrio? No sé lo que pienso, sólo que no hago otra cosa que mirar a mis compañeros y sentir lástima de ellos. Imagino aquella noche como si estuviese sucediendo ahora mismo. Y veo a Gaspar levantándose del banco, abriendo su boca desmesuradamente, arqueando la espalda y volviéndose a sentar, dueño ya de su propia vigilia, que se le iba. Y a Demetrio con su lengua atrapada y sus oídos vagos, indolentes y tumefactos. Le veo y siento resignación, pena, asco de la vida y un anhelo brutal porque venga Michel a salvarme. Pero aún tardaría un buen rato. El Viejo camina muy despacio y siempre suele alcanzar la glorieta cuando todos sus compañeros llevan allí un buen tiempo bajo la noche eterna. “¿Cómo estás hoy?”, me dice Michel cuando se sienta a mi lado. “Ya ves, amigo, como siempre, pensando y recordando a Marina…”, le respondí quedamente, para que los demás no se enterasen de mis palabras. “Una vez te dije que me ocurrió algo parecido en el mismo lugar, en el mismo asiento de listones curvados, ¿recuerdas?”, me dijo Michel, tomándome la mano con sus huesos derrotados. A Michel le gusta tocar la piel de la persona con la que habla porque quizás se sienta así más tranquilo y más acoplado a la naturaleza. Yo le miraba y veía en sus ojos el velo blanco de las cataratas, las mil fisuras de su rostro encendido y olía el aroma típico de los ancianos. “Ese día dejé marchar el último vagón. Estuve tragando la angustia de la decisión. La duda me roía por dentro. Si lo tomaba, mi vida sería a partir de aquel momento una vida, digamos, normal, adaptada a las convenciones, ajustado el devenir; todo se sucedería según una reglas conocidas que nadie ha escrito jamás. Si, en cambio, le dejaba marchar…si le dejaba marchar sólo me quedaría el ocaso, la contracorriente, el río impetuoso de la discordia, de las mentiras adornadas, la lucha diaria desde que te levantas hasta que te adormeces…Fue una noche horrible. Y no pienses, o mejor dicho, no me preguntes quién iba en el interior del tren cuya ausencia tanto dolor me causaba. Es en vano. Al contrario que tú, yo no tenía ninguna Marina que me dijese adiós con sus manos pegadas al cristal. No había ningún amor de ese tipo, encarnado, físico, material. Yo estaba solo. Al final del camino, cuando el tren nocturno llegase a la última parada, me esperaban unos muros especiales de donde es difícil escapar. Sobre todo porque al entrar debes hacerlo con varios compañeros que luego no te abandonarán nunca: la confianza, el amor y la abnegación total. Sí, yo iba a un Seminario. Mi destino: la religión. Mi trabajo de por vida: engañar a los demás haciéndoles creer en un mundo ficticio, lleno de esperanzas y de simulacros. Un mundo en el que ni yo mismo creía, por mucho que me esforzaba, entiéndeme. Por las noches pensaba en eso que llaman Dios. Le imaginaba omnipotente, elevado, majestuoso…”. En ese instante Michel dejó de hablar con su típica voz aguda y pastosa y se llevó el pañuelo a la nariz, sonándose varias veces. Continuó: “Pensaba en Él, ciego, confuso, hastiado por todo lo que me rodeaba en esos días de desconsuelo y de pérdida. Luego, por la mañana, cuando miraba las caras entristecidas de los hombres, en la calle, en los jardines, en el trabajo, me preguntaba constantemente por qué de tanta desgracia. Si Dios es, por qué permite tanta crueldad entre nosotros. La duda se encarnó a partir de entonces en mi interior torturándome día y noche. Dejé de dormir, pensando en la oscuridad lo que a la luz del día se iba, desvaneciéndose. Y todo esto me volvía loco. Loco dentro de un mundo en desacuerdo con mis propios anhelos. La contradicción más absoluta fue tomando cuerpo poco a poco, hasta que llegó a un punto en que todo en mí se tornó ridículo. Y me sentí indigno de vivir entre vosotros, los seres humanos. Había dejado escapar el tren. Me encontraba en el mismo banco, sentado, en el mismo lugar donde te encontré la noche fugaz en la que Marina, tu Marina, se iba. Y desde ese día en que me reconocí huérfano de toda alegría cambié los días por las noches, y comencé a caminar cuando ya todos habían desaparecido de la ciudad, conformándome con la compañía de las piedras, de las mujeres tolerantes y de las aguas eternas del río que tanto conoces”.


Embriaguez (6) - Novela por entregas.

14.05.18 | 18:03. Archivado en Sobre el autor

“Hay algo que todavía no entiendo, Michel”, le dije con cierta vergüenza. “¿Cómo has llegado a este lugar, cómo aceptan tu presencia, si no cumples las condiciones para estar aquí, entre ellos?”. Tardó unos minutos en responder. Conociéndole, encendí un cigarrillo y fumé tranquilo esperando que la ausencia de las palabras se alejara de nosotros. “Quieres decir que no soy un Idiota ni un Loco, ni padezco ningún desorden observable, ¿verdad?”. Iba a responderle cuando se anticipó y dijo: “¿Es que debemos compartir la materialidad del mundo, plena, completamente? ¿Dónde dejas el Derecho a sufrir? A sufrir libremente, sin atender a las convenciones, a soltar tu lastre cuando, donde, y como quieras. ¿Dónde puede uno vivir deshecho y desprendido de todo, sino aquí, entre estos muros?”. Esa noche ya no le vi más. Se levantó y se fue arrastrando los pies y sin despedirse. Al día siguiente mis brazos cogieron los papeles emborronados por sentimientos ajenos a mí. Leía sin comprender. No me concentraba en nada. Salía a la calle, fumaba, volvía a entrar, tomaba de nuevo los papeles amontonados y seguía hundiéndome en el horror más absoluto de saberme vivo. Se abrió un hueco en mi vida donde cabían todos los temores del mundo. Pensaba en ti, hermosa Marina. Y me alimentaba de tu desdén, de tu indiferencia, de tu imagen desnuda de amor. Por la noche volví a las calles heladas. Caminé como un sonámbulo loco que no sabe adónde va ni qué demonios quiere hacer. Me encontré en la glorieta. ¿Quién impulsó mis pasos hacia aquel lugar? ¿La locura del olvido deseado, el desarraigo encarnado en mis sentimientos? El Mudo vistió su rostro con la sombra borrosa de la duda. Me miró y con sus manos removió el aire gélido preguntándose qué me pasaba. El enfermo, echado sobre el banco eterno de sus males, reía sin sentido alguno y noté que la sangre se agolpaba en mi pecho, deseosa de salir. ¿Michel? Aún no había llegado. Me senté junto a ellos. El enfermo me dijo: “Yo también sufrí. Y ahora veo en tus ojos el desconsuelo y el temor a lo vivo. Pero no debes preocuparte. Conseguirás fundirte con el dolor y hacer de él parte de ti. Lo veo. Lo sé”. Noté un temblor en mi cuerpo. El interior, mis nervios, mis fibras, todo en mí se removió formando parte de un seísmo profundo sin razón, sin causa aparente. ¿Así debe ser la vida de un hombre?, me dije en silencio, mientras mis ojos se colgaban de las ramas enervadas de los árboles milenarios. “Sé que muero sin remedio. Pero río a la vida que aún me queda. Río a vosotros, al mundo, al cielo estrellado, al universo infinito. Río, aunque por dentro el sarcasmo corroa mi carne, aunque la ironía de mis palabras abra de vez en cuando una herida olvidada. Río porque es lo único que me resta por hacer. Ya nada tiene remedio, de modo que seré el Idiota de siempre, hasta el Fin”. Un ligerísimo brillo emanó de las cuencas de sus ojos y la risa, la eterna risa de sus pómulos desapareció por un instante. El Mudo también estiró su rostro. Y yo callé expresando con mi silencio la verdad de la noche desnuda. No quise esperar la llegada de Michel y seguí caminando un buen rato dirigiendo mis pasos hacia el hueco que me desgajaba el alma. Llegué a la Estación. De nuevo el aroma amargo penetró en mí horadando el velo transparente de mi cordura. Fui al banco de aquella mañana. La gente era la misma que la de aquel día. ¿Acaso las caras no son siempre iguales en los seres mediocres y anónimos? Llegó la hora coincidente. Y ahí estaba el dolor. El padecimiento que había tratado de sepultar durante unos días surgió de pronto del fondo de mis entrañas recordándome la mañana en la que te vi por última vez, Marina, hermosa Marina. Reviví el agrio sentir de mis poros, el desconsuelo de saber que no llegabas, noté cómo mis fibras se agrietaban sentado en aquel banco como un imbécil. Y luego, cuando por fin alcanzaste tu meta, la magia de lo existente me dijo que te perdía para siempre. Otra máquina vaporosa rugía delante de mí. Algunos hombres esperaban de pie, al lado de sus amadas; las parejas se abrazaban, se besaban, compartían los efluvios invisibles de la realidad presente, definitiva, inexorable. Luego alguien subía las maletas al tren. Y ellos seguían de pie, impertérritos, junto a ellas. Tremendos celos de seres a los que no conozco de nada. El vacío, la yerma voluntad de un hombre, la desnudez más absoluta, todo en una mezcla confusa e inarmónica que me volvía loco. Pensar en ti me dolía en aquel momento. Cuando tu imagen invadía mi cerebro, asaltándolo, trataba de pensar en algo diferente. Pero era inútil. Tu fuerza, tu ímpetu, volvía a mí una y otra vez, destrozándome, matándome. El ser, la carne, la voluntad, los sentimientos, en densa disolución de una realidad perdurable que ahoga al más sensato. No debería el hombre poder elegir. La ignorancia, esa dulce sustancia que embriaga, rebosaría de mis labios sin con ella fueras mía, sin con esa golosa ternura del alma supiera que siempre estarías a mi lado, acompañándome en los instantes eternos y presentes del devenir. Si supiera reconducir la vida de los demás, la mía propia, la tuya, amor mío, viajaría evanescente en el aire, hasta tu cuerpo candoroso, hasta lograr fundir mi alma con la unidad que te dio la vida, con tus labios trémulos y con tu sonrisa misteriosa. Pero nada de eso sucedió, sino que todo lo que me rodeaba entonaba la canción, la triste canción fúnebre del silencio y de la ausencia. ¿Qué hago yo aquí, en medio de esta gente desconocida, de estos amores que no me pertenecen?, me preguntaba desasido de mí mismo y gritando por dentro como sólo lo pueden hacer los miserables. Comprendí la cordura huida, la sensatez ausente. Me vi de pronto sumido en uno de esos sueños profundos donde nada se alcanza y donde todo se desea. ¿Era yo, realmente, el que estas ideas pensaba, o algún desconocido que había ultrajado mi ser todo, mi alma completa y definitiva? Sin responder a estas secretas cuestiones me fui lentamente hacia la calle. Me fundí con la multitud que entraba y salía del gran edificio y supe entonces que nada en mí era distinto, que yo era otro más; mediocre, oscuro, hombre perdido entre los hombres. ¿El destino? A la mierda el destino, el devenir, el futuro. Deseo fundirme en lo presente, en lo que únicamente representa algún valor para mí: el instante. El momento eternizado, dilatado, hecho presente y gozo, placer y felicidad. “Tal vez dentro de poco reciba noticias tuyas”, te decía, pensativo. Imaginaba mis manos temblando al abrir la carta esperada. El aliento encogido, el corazón anhelante. El papel, rozado por tus manos lejanas, se abriría ante mí mostrándome tu ser eterno y amado. Un simple papel serviría de consuelo para toda una vida. Si al menos llegase ese momento…Pero mientras tanto ¿qué? ¿La espera? ¿El suplicio? ¿La locura inmanente clavada en mi cuerpo como un arpón desnudo? Seguí caminando. La noche era igual a las demás. Pero un leve rizo de temor volaba sobre mí dibujando en el cielo luces extrañas. La niebla se hizo presente, adensando la ligera capa de nieve, la última nieve de este invierno septentrional. El frío, seco y áspero, arañaba mi piel y por dentro deseaba ardientemente la llegada del amor muerto para que me fundiera el entendimiento y me alejara del dolor de no tenerte. Marina, amor mío, has dejado un cadáver andando por la ciudad esclava de las pasiones, entre los lupanares arrinconados, formando parte de un paisaje gris que me parte el alma. Marina, Marina Maldonado, vuela rauda con tus cabellos al viento, corre por mí, vive por mí, dobla tu energía y con ella transpórtame al más allá, donde solo estemos tú y yo, en medio de la quietud y lejos del mundo que se hunde. La noche me persigue dondequiera que vaya, Las estrellas vigilan mis pasos. Se ríen de este pobre miserable preso de los ardientes hilos del amor abandonado. Solo entre estos seres dolientes a los que conocí hace ya casi un siglo. Solo en las calles húmedas, somnolientas, donde los alientos emergen de las casas evaporando el aire que nos consuela. El Neva, solamente el Neva es capaz de hablar con los desconsolados como yo, con los únicos individuos despersonalizados, abiertos al horror. Únicamente las terribles aguas de este río majestuoso lanzan al hueco la mejor sinfonía que uno pueda imaginarse, llena de amor y de hondura, de sombras y de horror.
Siempre he sentido las sombras caminar junto a mí. Aunque la noche observe mis pasos, bajo la luz clara de una luna melancólica, las sombras me persiguen, sin desmayo, y acompañan el devenir de este miserable a todas partes. Pienso en Michel y en sus palabras inteligentes. Los ojos vidriosos de este viejo sin años mostró, sin arrogancia alguna, la humillación soportada durante toda una vida. Podría haberse callado, haber sepultado sus secretos vitales en el pozo de sus tejidos. Pero no lo hizo. Lo confesó. Sin que nadie se lo pidiera lo confesó al cielo, a la tierra, al mundo callado y tétrico que hemos formado entre todos nosotros. El Viejo se deshizo, se abrió, como un niño al que cogen desprevenido. ¿Cuánto habrá sufrido Michel como para arrastrarse así delante de los demás?
Llegué a casa cuando amanecía. La salida de los primeros rayos del sol de oriente siempre me ha sorprendido, porque es tan sutil, tan tenue, es un sol tan ingenuo que da tristeza mirarlo. Pero es así. En estas tierras tan altas y tan egoístas los humanos hemos copiado a la naturaleza hasta en sus miserias. Subí los escalones exhausto, tenso, cansado y dolorido después de otra noche deambulando solitario y sintiéndome perdido, más perdido que nadie. Y el día llegó. Sin esperarlo, sin echarle cuenta, el generoso abrir de la vida surgió ante mí, cegando mi entendimiento. Yo, desacostumbrado a la luz del día, sufrí los primeros rigores de la energía liberada. Salí a la calle. Me sentí desorientado en medio de tanta viveza. Me cruzaba con la gente, miraba sus rostros desconocidos y en el fondo de mí me preguntaba por qué estos seres no se arrojaban a las frías aguas del Neva, por qué seguían viviendo, trabajando, engañándose unos y otros. Por qué la vida continuaba si era materialmente imposible. Sin la luz de tus ojos, ¿cómo podía la Tierra dar vueltas y vueltas, sin enloquecer? Yo era una triste masa con brazos, con piernas, con un cuerpo demacrado y vacío donde los únicos efluvios que me mantenían en pie eran los recuerdos casi perdidos de tu cuerpo. Tu amor, ese amor esperado durante tanto tiempo, ese amor que nunca sentí tocar mis tejidos, ablandaba mis pensamientos y formaba con ellos abundancias informes. Así pensaba en estos días de penumbra. Y, sin embargo, la mecánica absoluta de las responsabilidades conseguía que el trabajo saliese adelante. Corregía como un ausente. Leía, meditaba, trataba en todo momento de agarrarme a las palabras ajenas para sacar el desconsuelo que llenaba mi alma. Volví a tomar en mis manos el manuscrito de aquel escritor desconocido que buscaba la fama. Le volví a leer. Sentí de nuevo los celos por el trabajo y el esfuerzo de este hombre. Reconocí que era bueno, realmente bueno. Y, sin saber el motivo, se lo dije al Director. Entré en su despacho, displicente, y le arrojé sobre la mesa el tocho de papeles. Le dije: “Tome, éste vale”. A partir de ese día me tomé algunos de descanso pensando constantemente en ti, hermosa Marina. Te llevaba conmigo a todas partes. Deambulábamos juntos por las noches solitarias, ateridos de frío y con los cuerpos fundidos en uno. Oía el rumor de tus labios junto a mis oídos, y en la soledad de la noche primitiva respondía a las palabras que no lanzabas al aire, pero que sólo en mi imaginación vivían. Una de esas noches, ¿recuerdas?, te presenté al Mudo y al Idiota. Aseguraste que esos individuos tan graciosos te divertían. Yo les miraba, luego me volvía hacia ti y notaba la sonrisa preciosa de tu rostro, el desvío de tu boca, la ternura de tu piel. Y todo esto, mezclado en mi mente, confundiéndome, disfrazando mi dolor de mentiras reales, hacía soportables los días eternos esperando tu llegada. Cada mañana bajaba los escalones con la esperanza de encontrar la llegada de una carta. Cada mañana se convertía en un suplicio que duraba apenas el tiempo de comprobar que ese día no había llegado aún. Suplicio que aumentaba en el instante de ver la Nada en mis manos, el papel inexistente, las palabras imaginadas. La Nada más absoluta que llenaría otro día infinito y tedioso. Comprendí que la espera es tan desconcertante y tan angustiosa, que con sus miserias se podrían derruir todos los edificios de este mundo. Pasaban los días, los momentos fugitivos. Otra vez veía mis pies desnudos bajando los escalones. De nuevo las manos vacías, los ojos llenos, rebosantes, anegados de licores amargos. ¿Hasta cuándo?, pensaba, triste e irritado. Todo perdió el sentido para mí.
El artista llegó un buen día. Entró en la sala de espera -justo antes de mi despacho- con un aire subido, como diciendo, yo soy el de la novela. Sentí pena por él. No era arrogancia, ni vanidad, ni prejuicio; era sencillamente que me encontraba delante de otro desgraciado que creía haber descubierto el elixir de la felicidad, por el solo hecho de haber escrito algunas líneas sensibleras. Comencé a reírme de mí mismo. Mi espíritu se desdobló hasta el punto de que veía mis actos desde fuera, como si el que hacía las cosas no fuera yo, sino otro. Hablaba con Michel interpretando el falso papel del que presta atención. Él lanzaba sus palabras humildes al aire pensando que yo las atrapaba al vuelo. Al menos así lo creía. Luego supe que estaba equivocado. Que de nuevo El Viejo sabía perfectamente que no le atendía y que sólo me resignaba a sufrir por dentro los rigores de tu ausencia. El amor, cuando se va de tu alma, o cuando no llega en el momento deseado, duele y remueve las fibras del hombre, destrozando la carne podrida, retorciendo las angustias encubiertas, sacando a la luz aquellos temores que creíamos haber enterrado para siempre. Dimito, por eso, del hombre. Del ser corpóreo, fugaz, evanescente, que se arrastra por el mundo sabiéndose perdido y sin esperanza.
He entrado en La Sala del Recuerdo. Me acompaña la piel arrugada de Michel. Es una habitación amplia, desnuda, silenciosa, con dos ventanales enormes por donde penetran los haces de luz alegrando el espacio con suaves irisaciones. Michel me enseña los rincones, camina junto a mí y me dice: “Éste acaba de llegar, apenas lleva con nosotros dos semanas”. Se refiere a un joven pelirrojo que está sentado con los ojos ausentes. El joven mira de vez en cuando al huerto que aparece a través de las ventanas. Parece observar las hojas mullidas de los árboles frondosos. “Se llama Ezequiel, le encontramos una de estas noches heladas sentado donde tú bien sabes, Modesto”, añadió Michel con la voz suave. El joven se volvió hacia nosotros. Había oído, sin duda, las palabras del viejo y el muchacho se levantó y le besó la mano. Luego volvió a tomar asiento y de nuevo se fue al mundo de donde intentaba salir. “Esa noche no paraba de llorar. Una pena tan grande en un ser tan inocente, no es posible consentirlo, de modo que le tomé del brazo y lo traje aquí, hasta esta sala de donde aún no ha querido salir”, agregó Michel, cuando nos hubimos alejado del chico. “Debes olvidar, Modesto, debes hacerlo y centrarte en el instante, en lo único que existe realmente, el momento definitivo, el segundo perenne, ese vapor instantáneo que sale de tu cuerpo y te hace sentir vivo, ¿entiendes?”. No, no entendía las palabras crípticas del viejo. Y si en el fondo apenas atisbaba un leve hilo de comprensión, el horror que me daba aceptar las cosas de esa manera me retorcía el entendimiento, negando toda posibilidad a la cordura. Supe que todos los de La Casa habían pasado por esta sala al comienzo de su llegada. Para olvidar, para olvidar a través del recuerdo –maldita paradoja-, para sanar sus heridas del mundo exterior, que les rozaba y zahería, destrozando sus esperanzas. Había que olvidar la pena, el dolor, el fraude que para muchos supuso haber nacido sin querer. Desdeñar lo relativo, las ideas confusas, enloquecedoras. Alejarse del ajetreo que distrae y engaña. La fiebre de lo artificial, debía ser aniquilada sin compasión, como el ansia de poseer lo imposible. En esta sala de cura espiritual también pasé yo los primeros días a mi llegada. Como Ezequiel, me sentaba enfrente de las grandes transparencias y contaba el movimiento de los días a través de estos árboles silenciosos. Notaba el amanecer, el diminuto trasiego de las emociones. Y ese lento fluir de la inquietud lograba que la comprendiera y la amara, como se ama a una mujer ausente o un amor enraizado. Tras los cristales un huerto espacioso mostraba sus humedades. Los ciegos cavaban en él las tierras mojadas, formaban huecos en ellas donde luego sembraban pequeñas hebras, y durante el trabajo respiraban el aire puro entre las florecillas graciosas. Una fuente, en medio del espacio, lanzaba miríadas de gotas diminutas al cielo formando pequeñas nubecillas blancas y algodonosas. Todo aquí era distinto. ¿El mundo? No sé. ¿La gente, la masa, los demás? Tampoco me importaban. Sólo sabía que entre estos muros, junto a los tullidos y desamparados de la tierra, era más yo que antes.
Una mañana, mientras disfrutaba de la ilusión de verte, Marina, a través del ventanal, se acercó Michel y me dijo: “Háblame de ella”. Y en ese instante, tan enorme y diminuto como los demás, como todos los soplos que me alimentaban, comprobé que mi cuerpo y mi mente se abrían en canal. Michel me estaba pidiendo que le hablara, que sacara de mi ser aquello que aún permanecía clavado muy adentro. Me sentí mareado. Respiré hondo mirando los ojos del viejo, intentando ver donde no se podía, en el fondo de los mismos, en la profundidad de los años y de las experiencias, en el alma serena y grande de este pequeño viejo. Consciente del esfuerzo que me estaba rogando, Michel me preguntó: “¿Cómo es, cuál es su nombre, dónde os conocisteis?”. “Empieza por donde quieras”, agregó, entornando los párpados y mostrando su lado más humilde. Me levanté, me acerqué a la ventana. Necesitaba comprobar que la vida continuaba fuera, entre las flores, entre los ciegos celosos de su trabajo. En el fondo de mi ser mi pensamiento me pedía huir del viejo, salir de mi cuerpo, echar a correr como un cobarde, pero algo me obligaba a permanecer de pie junto al cristal helado. ¿Hablar de ti, Marina? ¿Rememorar de nuevo tus gestos? ¿Ver en mi cerebro tu rostro, tu boca, tu sonrisa? ¿Sufrir otra vez la ausencia y el agrio sabor de aquella mañana cuando te dije “¡Escribe, por favor!”? ¿Por qué me pides esto, Michel, pobre hombre? ¿Por qué duele tanto la vida y el paso del tiempo? ¿Es que no podemos deshumanizarnos, sentir como las piedras, es decir, nada, Nada en absoluto? Me volví. Mis piernas deshechas llevaron a esta masa informe de carne podrida hasta el asiento donde Michel me esperaba. Éramos dos seres solitarios que trataban simplemente de comprenderse. Pero Michel jugaba con ventaja. ¿Cómo poder abrir ante él el hueco de mi cuerpo? ¿Cómo mostrarle el vacío que llena mi vida? ¿Acaso se puede explicar lo inefable? ¿Con qué palabras, dónde encontrar la manera precisa de hablar de ti, sin ofender tu pureza, sin destrozar la inmaculada veladura que conforma tu unidad?


Embriaguez (5) - Novela por entregas

11.05.18 | 19:51. Archivado en Sobre el autor

Embriaguez (4)

Capítulo 2

“Sí, se puede llorar cuando es por uno mismo…”
Mishima.

La Casa de los Olvidados se encuentra situada en un extremo de la ciudad, precisamente donde acaban las miserias y comienzan las tierras apacibles y mansas. La llaman así desde que el tiempo es tiempo. Se trata de una enorme construcción, elevada sobre sí misma, que muestra el aire arrogante y vanidoso de los que se saben superiores en todo. Con sólo verla, uno siente la pequeñez encarnada y el rubor y el miedo se apoderan de tu mente, aturdiéndola. He perdido la cuenta de las veces que la he visitado, de noche, al amparo de las estrellas, bajo la tenue lucecilla del cielo triste y melancólico. La primera vez lo hice de la mano de Michel, que me llevó hasta sus muros exteriores para enseñarme los secretos rancios de esta ciudad embustera. “Aquí es donde vivimos”, me dijo -con su voz aniñada, suave y tersa, impropia de un anciano-, señalando con sus dedos la gigantesca puerta de la entrada. Me quedé extrañado. No comprendía lo que el Viejo quería decirme. Yo sólo veía ante mí un enorme muro desconchado y ennegrecido, que acababa cerca del cielo y que convulsionaba mis nervios. Avanzamos despacio, arrastrando los pies que se fundían con el lodo de la tierra amasada y acuosa, y respirando el hedor de los montones de basura arrojados allí por manos desconocidas. En La Casa de los Olvidados la Civilización quedó fuera de sus muros. Dentro se respira, al cruzar la puerta, una paz consoladora, muy parecida a la que sienten los que se zambullen en la ignorancia. “No puede ser real, estaré soñando”, pienso cuando el ciego de la entrada nos abre la puerta. Una gran sala –a modo de recibidor- nos presenta el comienzo de una calle ancha y sucia, larga como el dolor de un arrepentido y escasamente iluminada, donde las paredes muestran pinturas desmenuzadas, como si las hubiesen manchado personas con los ojos vendados. Adelantamos poco a poco nuestros pies. Al fondo, cuando aparece la angustia de este sitio tan extraño, se abren dos galerías laterales. Michel me lleva primero a la de la izquierda. “Los locos, aquí viven los estertores humanos que un día abandonaron todo lo conocido y decidieron venir aquí, a buscar la soledad y la bienaventuranza”. El Viejo susurra las palabras temiendo avergonzar al aire que nos rodea. Le noto cansado. De vez en cuando se para, respira profundamente, recupera el aliento y me aprieta la mano indicando de esta manera que desea seguir caminando. Llegamos hasta el fin de esta primera galería de excéntricos encerrados. Se oyen lamentos, pasos diminutos en un ir y venir eviterno en el interior de las celdas. Algún suspiro traspasa las paredes y llega hasta mis oídos que se asustan al comprender la infinita pesadumbre de quien lo expulsó de su pecho. Siento temor, angustia, desarraigo, no sé, una mezcla rara que me dice que este no es mi sitio. ¿Huyo? Michel lee mis pensamientos, se vuelve hacia mí y dice: “No temas, no pasa nada, estos seres son, en el fondo, felices”. Hay puertas casi destrozadas. Marcas, arañazos, pequeños agujeros, pintadas informes. La luz es tenue, casi apagada. Nos volvemos y, al llegar al centro del edificio, donde se unen los cuatro caminos principales, seguimos de frente, entrando en la galería de los tullidos. Es la parte derecha, reservada a los ciegos, a los sordomudos y a los deformes. “Y aquí, en esta parte más soleada, colocan a los que ni ven ni oyen, a los desahuciados de la existencia efímera de la calle”, me confirma. Este lado es más alegre. Siento fluir dentro de mí los terrores de estos seres y las piernas me fallan, doblándose, sintiéndolas tiernas, casi vacías. Ahora soy yo el que arrastra los pies, mendigando un leve esfuerzo a cada paso. Hacemos lo mismo que antes. Caminamos hasta alcanzar el fin de este pasillo, flanqueado de puertas uniformes y deshechas. Volvemos. Alguien canta en el interior de su cuarto. ¿Alegría o locura, cuál es la razón de esta sinfonía? De pronto las puertas se abren a la vez como si fueran una sola. El pasillo es invadido por ciegos que caminan acariciando las paredes con sus manos. Los sordomudos se confunden entre ellos, pero se les identifica porque miran a su alrededor como si nada ocurriese, igual que los idiotas cuando se obsesionan por algo y ríen. El mundo para ellos es distinto, se les muestra en otra dimensión paralela, quizás más diáfana y real. Nos hemos reunidos unas treinta personas en este horrible lugar. Michel y yo somos los únicos normales. Pero no hay tristeza en este sitio. A pesar de las taras y de las desgracias, estas personas sonríen y transmiten con sus rostros la sensación de placidez y armonía que no vemos en el resto del mundo. ¿Por qué me ha traído aquí este Viejo inhumano? ¿Para que relativice mis sentimientos y comprenda que el desamor no es más que un capricho irrelevante? No sé. Hago un esfuerzo por pensar. Sin embargo, mi mente, tumefacta e incomprensible, se resiste a volcar en mis recuerdos los pensamientos sutiles, las inclinaciones perdidas y los deseos espurios. Me hago un lío. Más bien, me deshago, me siento derrotado, porque comprendo que la existencia es mucho más y mucho menos que todo este horror que nos rodea. Algunos siguen cantando dulcemente. Entonan, corean, suaves melodías, impropias de unos vulgares tullidos. ¿Acaso no deberían sentirse humillados, enloquecidos, desnudos de todo tipo de sentimientos humanos? El Viejo tira de mí cuando alcanzamos de nuevo el punto central, donde la cruz se encarna, es, formando una tétrica y misteriosa simbología.
La Sala de la Liberación es el siguiente destino. Se encuentra en el extremo norte, a poca distancia de la encrucijada. Al llegar las paredes se separan, dilatando el espacio y formando un hueco enorme, con ventanas que llegan al cielo. Como si fuese la camareta de cualquier cuartel, varias filas de camas se alinean paralelas. A lo largo de la estancia hay lechos aplastados por cuerpos exangües. “La llamamos, entre nosotros, la Sala de la Esperanza. Más de uno y más de dos desean que les traigan, por fin, a una de estas camas, para descansar de la condena que sufrieron en vida”, me dice Michel después de unos segundos. Noto que me desmayo. Nos sentamos. El Viejo me toma la mano, la aprieta con fuerza y me dice que esta es la verdad de todo, que la vida es así y que no todo en este mundo es conocimiento, cultura, orden o civilización. “En algún lugar han de colocar, los de fuera, a esta pobre gente que despreciaron la moral ciudadana y eligieron, por propia voluntad, la otra forma de ver las cosas”. “Muchos fueron desgraciados en sus matrimonios y un buen día comprendieron que la vida se les iba consumiendo. Ese sentimiento, descubierto de pronto, les causó tanta agonía existencial, que a partir de ese momento no fueron capaces de adaptarse a lo cotidiano. Siguieron con sus vidas, es cierto, pero ya no eran hombres, estaban realmente muertos por dentro. “Otros, por distintos motivos, fueron expulsados de sus trabajos –no rendían lo suficiente-, y de buenas a primeras se encontraron entre estos pasajes viviendo, soportándose, pasando los días y las noches, pero con el corazón henchido de gozo verdadero”. El Viejo siguió hablando. “Hasta los ciegos, los impedidos, los imbéciles de nacimiento, viven aquí en armonía con sus propias esencias, sin tener que justificar nada de lo que hacen, sin hipocresía ni enfrentamientos, sin apariencias, sin ser personas, sólo seres humanos que padecieron y que encontraron la felicidad”. Me falta el aire. No comprendo aún el sentido de esta otra ciudad. ¿Cuál es, entonces, la verdadera naturaleza del ser viviente; ésta, que veo ahora con mis ojos incrédulos, o aquélla, que dejé hace tiempo atrás, porque me destrozaba el corazón? Michel me miró, apretó un poco más mi mano temblorosa y dijo: “No debes preocuparte por nada. La otra noche, cuando fuiste al Jardín junto al Neva y nos encontraste, noté en tus ojos apagados que el dolor se apoderaba de ti, obligándote a mentir con tus palabras. Mentías porque te daba una vergüenza insuperable confesar que tu amor se deshacía. Por eso no parabas de beber y tu rostro melancólico no soportaba la presencia de nuestros dos compañeros. Uno era, ¿recuerdas?, un tonto tuberculoso que no cesaba de sonreír inútilmente; el otro, echado en el banco, callaba, sumido en la mudez eterna que le dio el de lo alto. Suelo salir de noche con ellos. Con el Idiota y con el Mudo. Y no creas que no han llegado a la esfera del conocimiento. Precisamente porque lo hicieron, porque un día comprendieron que habían escalado hasta el final, con todas sus fuerzas, alcanzando los límites humanos de la humillación y de la ebriedad, ahora están con nosotros. El Mudo lo es porque quiere. Todos lo sabemos y respetamos su decisión. Ha resuelto anegar sus dolores atrapándolos y encarcelándolos en su interior. No quiere que su dolor se contagie y lo sufre él solo, mostrando así la más absoluta y abnegada de las virtudes: la soledad buscada y amada”. “El Idiota también sufre. Es un infectado sin solución. Tose sin parar durante el día y la noche. Le duele el pecho. Cuando su cuerpo se estremece su rostro refleja el dolor infinito del mundo. Pero no se queja. Lo asumió hace tiempo. Y con el paso de los días, de los meses y años, ha llegado a amar su sufrimiento. Es un resignado que mira por todos nosotros y se niega a perder la verdadera libertad que le da el hecho de saber que su dolor es único, profundo, nuclear, y que jamás se lo podrán arrebatar por mucho que lo intenten”. “Pero, entonces, están encarcelados de por vida, ¿verdad?”, pregunté, cándido, al Viejo. Éste rió y dijo: “No, esto no es una cárcel; o mejor dicho, sí lo es, con la diferencia de que los verdaderos sepultados son los de fuera, ¿comprendes?” Me quedé callado. No sabía lo que añadir a estas palabras sinceras e inteligentes. Y entonces pensé que yo había sido un insustancial durante toda mi vida. “Salgamos”, le dije. Fuera, la noche seguía siendo tan oscura y fantástica como siempre. La nieve había dejado de caer y el suelo imitaba una ligerísima sábana argentina, iluminada por el leve fulgor del claro de luna. Ensimismado, yo seguía callado sin poder expresar la verdadera congoja que de mí se apoderaba. Esto que digo ocurrió la primera vez que visité La Casa. Luego he vuelto muchas otras noches al mundo feliz, candoroso, lejano ya del conocimiento absurdo, del saber oficial, apartándome de todos los errores que he cometido a lo largo de mi vida. Pero ¿cómo explicar el abismo que me hunde por dentro, esta locura de amor que se apodera de mi voluntad y no deja que me sienta vivo y que me ilusione? Solo las noches infinitas calman mis ansias irracionales y mis ganas de salir de mi cuerpo. En el seno de las estrelladas cuencas es donde únicamente me creo unido al resto del mundo por un hilo finísimo de entendimiento. Y cuando se corte este hilo tan sutil, ¿qué? Michel me ayuda con el peso del alma. A pesar de su avanzada edad, una alegría difícil de definir remueve cada una de sus palabras y consigue, sorprendentemente, contagiarme de esperanza. Michel es el más anciano de esta otra ciudad. Todos le conocen y respetan. Se mueve sigilosamente por las estancias, preocupándose por el estado de felicidad de sus amigos. Cuando le acompaño en las noches turbadas, camina despacio y abre las puertas. Los ciegos se levantan de sus camas, se agarran a las paredes y le abrazan. Luego continúa avanzando sin prisas. Cruza de un lado a otro, saluda, sonríe, abre la vida a los tullidos, estrechando sus manos esqueléticas. Los locos se calman cuando presienten que Michel se acerca. Salen al pasillo, sonríen, se cogen de las manos, se tocan entre ellos, se saben salvados de la idiotez y estulticia de los de fuera, y todo gracias a la buena voluntad del Viejo. “Esto empezó una noche triste…”, comenzó Michel a contarme. “También un tren despiadado salió de la Estación dejando mi cuerpo vacío de esperanza. Entonces me sentí enloquecer, solo, sin saber a dónde ir, sin conocer los caminos de la vida porque siempre me había salvado ella. Ella, que lo era todo para mí: Todo”. Michel levantaba los ojos al cielo negro y helado. Esperaba paciente a que el sentimiento y el pesar se alejaran y luego seguía hablando. “Se fue. He perdido la cuenta de los años. Dejó a partir de entonces de interesarme lo cotidiano. Todo me parecía banal, insulso, hueco. ¿Se puede vivir sin amor?, me preguntaba a cada instante. Y no encontraba más que una respuesta: No”. La noche apretó sus mandíbulas y nos sumergió en una hondura profunda y tenebrosa. Fondo de donde no afloran las alegrías. Sima que atrapa el dolor, lo remueve, ensalzándolo, y lo devuelve al alma para que experimentes la agonía de existir. Continuamos hablando con los silencios. Él me confesaba su infinita zozobra sin hablar, sólo temblando. Y yo le imitaba respetando su dolor callado, respondiendo de esta manera a un pobre hombre y creando entre los dos un diálogo de mudos muertos y enfermos de amor. Apartamos la ironía de nuestras conversaciones. Nos vimos encarcelados por los muros de la tristeza, porque reflexionábamos. Y más allá de ella, más apartados aún del mundo pasajero, todo silencio era para nosotros un grito de horror, que desgarraba el aire y la naturaleza entera.
Pasaban los días sin importar. Cada mañana miraba mi rostro muerto en el espejo y me reía de lo idiota que era. El trabajo se convirtió para mí en una esclavitud que me alejaba más y más de mi verdadero yo, abriendo una puerta cada vez más ancha hacia el vacío. “¿Corregir, anotar, enmendar ideas, frases, párrafos?”, una miseria obscena de los hombres hacia los hombres, pues, ¿quién era yo para decidir sobre estos asuntos íntimos? ¿Es que el autor no era otro hombre como yo, con sus corduras y veleidades, con sus misterios y pesadumbres? ¿Por qué debía yo decidir si su esfuerzo había sido en balde o no? No dejaba de hacerme preguntas. La naturaleza humana se desnudó ante mí, mostrando en su interior un horror desconocido hasta entonces. Un día más. Un día más. Otro. Otro. Me desasosegaban las tardes infinitas. Deseaba la llegada de la noche absoluta. La negrura con sus misterios insondables. “¿Marina?”, pensaba. “¿Dónde estará Marina Maldonado? ¿Será feliz? ¿Me echará de menos? ¿Sufrirá? ¿Habrá ya olvidado los días hermosos?”. De día no dormía y por la noche deambulaba ciego por las calles solitarias. Primero mis pasos me llevaban al Jardín del Neva, a la serenidad de la glorieta encontrada y donde mis conocidos acudían para rememorar lo que habían perdido. Todas las noches el Mudo me hablaba con sus manos y con sus ojos. Su mirada esclarecía cualquier duda que atravesara mi mente. Un hombre sumido en el silencio eterno y alejado de la mediocridad humana. Y al lado, como siempre, el Idiota enfermo que se ríe de los demás porque para él la enfermedad no es un trauma. Es una liberación, una exaltación, un termómetro que le dice a cada momento que está vivo, que aún sigue viviendo en el seno de este hueco irracional.


Embriaguez (4) - Novela por entregas.

10.05.18 | 11:39. Archivado en Sobre el autor

Me deshago del tiempo que pasa por mi mente distraído. Se hace presente el ser, el animal que soy y que llora en silencio entre estas estructuras inermes. No sé lo que hacer. Cuando me deshabito, mi centro hueco se diluye en el mar de las pesadumbres y se sabe perdido. Necesito algún aliciente para seguir caminando. Las ocho y media. A mi lado aparece un bulto negro que llegó cabizbajo, silente, enrollado en su ser como un gusano de seda, envuelto en el oropel de la apariencia eterna. Ya somos dos seres solitarios. Pero no por haber multitud o variedad de animales sueltos, el hombre deja de estar solo. La soledad es profunda. Cincela las más duras superficies y se cuela por las fisuras del alma, hasta que se posa en tu entendimiento y te dice que nada merece la pena. Marina, mi fugaz y resbaladiza hermosura, se ha ido huyendo del destino incierto que yo le ofrecía. “Sólo unos meses”, me aseguró repetidamente, entornando los párpados y mintiendo. Pero en unos meses puede suceder de todo. Por ejemplo, que el amor, ese tenaz sentimiento, ese bruto que te agarra y te vuelve el sentido, desaparezca dejando tu cuerpo vacío y yermo. Es la primera vez que la certidumbre arraiga en mí desde que tengo uso de razón. Lo absoluto se ha revelado aterrador, mostrándome la cara más amarga de lo que es y existe. Me lamento en voz baja. De mis labios emanan susurros confusos que se mezclan con los ruidos del bullicio. De nuevo una ola de viajeros que corren con sus equipajes pesados. En medio de la algarabía, ajeno a todo, me reconozco más libre. Y si lanzo mis dolores al aire, sé que nadie se enterará. Por eso mi cuerpo continúa laxo sobre el banco, con la cabeza inclinada, los ojos abiertos, divisando desde mi pequeñez, las alturas del techo, comprendiendo que no soy nada en este mundo gigantesco. Nada en absoluto y que no le importo a nadie.
¿Se fue, verdad?, oigo a mi lado sin saber a ciencia cierta si estoy soñando o se trata de un malentendido.
Sabía que estás enamorado. Lo supe al momento. Tus ojos te delataban.
Es Michel el que habla. Me extraño de su presencia en este sitio. Para ser sincero confieso que no me apetece hablar con nadie. Callo. Dejo que el tiempo pase suave junto a nosotros, envejeciéndonos un poco más. Él también se toma su tiempo. Oigo su respiración. Sus movimientos se muestran a través de los roces de sus prendas.
¿Qué hace usted aquí?, le pregunto, recordando las palabras que el viejo me anunció en el Jardín.
He venido a hablar, respondió, lacónico.
¿A hablar, de qué?, ¿de qué puedo yo hablar ahora?, ¿acaso no ve que me ahogo, que se me fue el alma colgada del último vagón?, respondo.
Y me cubro la cara con las manos humedecidas. Es tanto el dolor que siento que mi yo se resiste a reconocer la verdad. La certeza de que la soledad se adueñó de mí se ha hecho presente. Sabía desde que salí esta noche de casa, lo que sucedería entre estas paredes ennegrecidas. Y sin embargo mi cuerpo, empujado por las manos misteriosas del destino, deambuló por las calles desiertas hasta encontrar el aroma de lo amargo. Hasta allí me llevó el olor pestilente de la ausencia. Abandono que encarnaría en ella, en mí, en todos los seres de la tierra, en todo lo que es, lo que posee materia y alma. Sólo las piedras rojizas del Edificio supieron el futuro desenlace. Ellas, que no sienten y que ignoran hasta el propio nombre que los seres humanos les hemos dado, no huyen de las cosas, no lo necesitan. Son eternas y felices. Lo único perdurable y firme. Las masas de carne como nosotros dos, sentados en este banco, somos el grupo de los olvidados, de los que no deben buscar ya nada, porque nada estará ya a su alcance.
Tiempo, tiempo, tiempo, repite el Viejo.
Sólo Tiempo…, acaba por declarar.
No comprendo…, digo, con los labios cubiertos de babas.
Debes saber esperar. Como nosotros, los del Jardín. Nosotros esperamos pacientes que todo acabe. Luego, si has sabido ser resignado, sobrevendrá la felicidad.
Ignoro el sentido de las palabras de este hombre sin años, pero algo en ellas me atrapa. Y mientras le oigo en mi mente, mientras recuerdo sus palabras una y otra vez, una dulzura se apodera de mí y me calma.


Embriaguez (4) Novela por entregas

07.05.18 | 09:19. Archivado en Sobre el autor

Me deshago del tiempo que pasa por mi mente distraído. Se hace presente el ser, el animal que soy y que llora en silencio entre estas estructuras inermes. No sé lo que hacer. Cuando me deshabito, mi centro hueco se diluye en el mar de las pesadumbres y se sabe perdido. Necesito algún aliciente para seguir caminando. Las ocho y media. A mi lado aparece un bulto negro que llegó cabizbajo, silente, enrollado en su ser como un gusano de seda, envuelto en el oropel de la apariencia eterna. Ya somos dos seres solitarios. Pero no por haber multitud o variedad de animales sueltos, el hombre deja de estar solo. La soledad es profunda. Cincela las más duras superficies y se cuela por las fisuras del alma, hasta que se posa en tu entendimiento y te dice que nada merece la pena. Marina, mi fugaz y resbaladiza hermosura, se ha ido huyendo del destino incierto que yo le ofrecía. “Sólo unos meses”, me aseguró repetidamente, entornando los párpados y mintiendo. Pero en unos meses puede suceder de todo. Por ejemplo, que el amor, ese tenaz sentimiento, ese bruto que te agarra y te vuelve el sentido, desaparezca dejando tu cuerpo vacío y yermo. Es la primera vez que la certidumbre arraiga en mí desde que tengo uso de razón. Lo absoluto se ha revelado aterrador, mostrándome la cara más amarga de lo que es y existe. Me lamento en voz baja. De mis labios emanan susurros confusos que se mezclan con los ruidos del bullicio. De nuevo una ola de viajeros que corren con sus equipajes pesados. En medio de la algarabía, ajeno a todo, me reconozco más libre. Y si lanzo mis dolores al aire, sé que nadie se enterará. Por eso mi cuerpo continúa laxo sobre el banco, con la cabeza inclinada, los ojos abiertos, divisando desde mi pequeñez, las alturas del techo, comprendiendo que no soy nada en este mundo gigantesco. Nada en absoluto y que no le importo a nadie.
¿Se fue, verdad?, oigo a mi lado sin saber a ciencia cierta si estoy soñando o se trata de un malentendido.
Sabía que estás enamorado. Lo supe al momento. Tus ojos te delataban.
Es Michel el que habla. Me extraño de su presencia en este sitio. Para ser sincero confieso que no me apetece hablar con nadie. Callo. Dejo que el tiempo pase suave junto a nosotros, envejeciéndonos un poco más. Él también se toma su tiempo. Oigo su respiración. Sus movimientos se muestran a través de los roces de sus prendas.
¿Qué hace usted aquí?, le pregunto, recordando las palabras que el viejo me anunció en el Jardín.
He venido a hablar, respondió, lacónico.
¿A hablar, de qué?, ¿de qué puedo yo hablar ahora?, ¿acaso no ve que me ahogo, que se me fue el alma colgada del último vagón?, respondo.
Y me cubro la cara con las manos humedecidas. Es tanto el dolor que siento que mi yo se resiste a reconocer la verdad. La certeza de que la soledad se adueñó de mí se ha hecho presente. Sabía desde que salí esta noche de casa, lo que sucedería entre estas paredes ennegrecidas. Y sin embargo mi cuerpo, empujado por las manos misteriosas del destino, deambuló por las calles desiertas hasta encontrar el aroma de lo amargo. Hasta allí me llevó el olor pestilente de la ausencia. Abandono que encarnaría en ella, en mí, en todos los seres de la tierra, en todo lo que es, lo que posee materia y alma. Sólo las piedras rojizas del Edificio supieron el futuro desenlace. Ellas, que no sienten y que ignoran hasta el propio nombre que los seres humanos les hemos dado, no huyen de las cosas, no lo necesitan. Son eternas y felices. Lo único perdurable y firme. Las masas de carne como nosotros dos, sentados en este banco, somos el grupo de los olvidados, de los que no deben buscar ya nada, porque nada estará ya a su alcance.
Tiempo, tiempo, tiempo, repite el Viejo.
Sólo Tiempo…, acaba por declarar.
No comprendo…, digo, con los labios cubiertos de babas.
Debes saber esperar. Como nosotros, los del Jardín. Nosotros esperamos pacientes que todo acabe. Luego, si has sabido ser resignado, sobrevendrá la felicidad.
Ignoro el sentido de las palabras de este hombre sin años, pero algo en ellas me atrapa. Y mientras le oigo en mi mente, mientras recuerdo sus palabras una y otra vez, una dulzura se apodera de mí y me calma.


Embriaguez (3) - Novela por entregas.

05.05.18 | 19:43. Archivado en Sobre el autor

Me llamabas Cruz. Cada vez que te dirigías a mí usabas la fórmula de cortesía de llamarme por mi apellido. “¿Solo o con leche?”, te pregunté. Dudaste, tus labios adquirieron una mueca de niña asustada y respondiste “Con leche”. Comimos juntos por primera vez. ¿Se puede ser inmensamente feliz con un simple desayuno, en medio de la gente que hablaba, reía, gritaba, alzaba las manos, en medio de los camareros que iban y venían en un continuo trajín, en una convulsa balsa de movimientos caóticos? Sí. Yo lo fui ese día maravilloso, inolvidable. Naturalmente pagué yo. En un alarde de hombría y de ordinariez, triste y fugaz, pagué la cuenta, deseando salir de nuevo a la calle para tomar tu brazo cálido entre mis dedos. La vuelta al trabajo se convirtió, después de lo vivido, en un acto vulgar, insensible y gris, en un motivo sin importancia. Cogí otra vez los folios del joven escritor y mascullando entre dientes la nueva felicidad me recliné sobre el asiento para leer profundamente. Varios días me llevó acabar con el manuscrito. Aquella mañana, la última que dedicaría al suicida enamorado, te llame y te dije, “Siéntate, quiero comentar contigo esta obra”. En realidad la historia me importaba una mierda, pero sabía que era una buena excusa para estar cerca de ti. Cuando te señalaba un párrafo donde te aseguraba que tenía dudas, de cualquier índole, me tomabas los papeles de las manos rozando con tus dedos mis dedos muertos y me aclarabas los aspectos que no me importaban. Tiempo, tiempo era lo único que deseaba. Tiempo para disfrutar inocentemente de la candidez de tus pausas, de tus suspiros, de tus manos explicándome tus puntos de vista. “Marina es peculiar”, pensaba, mirando tu rostro moreno, de anchas cejas, tu rostro equilibrado, tu nariz recta, tus labios carnosos. Tiempo para observar de soslayo el leve derrumbamiento de tus cabellos, y cómo, al caer, cubrían tus hombros hasta llegar a la espalda donde se encrespaban formando unos rizos marinos. Poco a poco fuimos conociéndonos. De vez en cuando me tomaba la licencia de alguna pequeña broma. Te reías entornando los párpados y haciendo que los rayos de tus pupilas se disparasen hermosos por el aire. Descubrí tus encantadores movimientos de manos cuando intentabas explicar algo y las ideas no te salían. Movimientos bruscos y suaves, eléctricos y densos, en una mezcla armoniosa, melódica y sonora, que me volvían loco. Yo me reía y tú al verme así volvías a entornar los ojos coqueteando con la ignorancia que luego me haría sufrir.
Queda toda la noche. Toda la soledad del mundo y la espera eterna de un hombre sin consuelo y sin esperanza. El Jardín público se deshace en finas capas de nieve, bajo la blandura de la voluntad. El viejo encorvado se fue barriendo el suelo con sus pies agusanados. ¿Dónde estará a esta hora, adónde habrá llegado? El mudo de enfrente me mira de vez en cuando. El otro duerme. Se ha echado sobre el banco y la baba le cae por el labio. Parece tuberculoso. Tose y se agarra el pecho, estremeciéndose a cada sacudida. El frío y la noche no le hacen bien a este desgraciado. Los árboles no piensan, no sufren, no se mueven del mismo sitio donde una vez fueron semillas. Todo permanece en silencio y quieto. Hasta las piedras, imperturbables, me están diciendo que no merece la pena recordar los viejos tiempos, que el mundo es trágico, pavoroso, horrible. Debe ser tarde. Los ojos me pesan. El dolor, la miseria, la soledad, son efluvios radiantes de un mundo que se agota en la carne podrida. La soledad de un hombre le clava los pies al suelo y le convierten en una catástrofe andante. Miro al idiota de la sonrisa pintada, ¿qué pensará ese hombre?, ¿habrá conocido alguna vez eso que llaman felicidad, amor, ternura? Todo es mentira. Los sentimientos, atroces romances de la realidad, conforman el destino jugando con los nervios, destrozándolos, emergiendo de la sima misteriosa de nuestro interior. Me encuentro perdido. En medio de la Nada, en mitad de una blancura sin fin, helada, cruda, inexpresiva, siento la angustia del paso del Tiempo. Y espero detenerlo con mis dedos engarrotados. “¡Marina, no te vayas, por Dios santo, no te ausentes de esta tierra de penumbras donde los rayos de luz son flechas punzantes!”. A las ocho saldrá mi voluntad enganchada en el último vagón. Y tú te habrás ido.
El solitario dormido ha sacado de dentro toda la baba que tenía. Ya se le volvió la carne acartonada, blanca, dura. ¿Habrá muerto? No creo. Todavía le queda en el rostro una levísima gasa de dolor que le pudre por dentro. Sigue tosiendo. “Le gusta”, me dice el mudo con una expresión reveladora de sus ojos de niño. Sin palabras, sin sonidos, comprendo lo que me quiere decir el hombre ahuecado. La tos continúa golpeando el pecho del solitario convirtiéndose en un gran temblor que le va a sacar los pulmones del cuerpo. La enfermedad es una dicha. Sólo el que la padece comprende los vaivenes crueles de la vida. Sólo ellos, los enfermos, son felices, porque suben y bajan, resisten y gozan, se saben aislados del resto, de los normales, y en el fondo de su enfermedad son únicos, peculiares, soberbios. Seres sobrenaturales que encaran los días con el ánimo de respirar unas horas más, de saber el valor de un rayo de sol, de una caricia, de una mirada. ¿Y quién no está enfermo, realmente enfermo, en este asco de sociedad? ¿Quién se defiende de la rutinaria experiencia de lo vano, de lo fútil, de lo ordinario, sino los infectados que pueblan las calles de todo el mundo? Me iré. No quiero seguir sentado, acurrucado, con las manos, los pies, los sentidos, y con todo el cuerpo entumecido. Caminaré despacio. Esperaré los suaves vientos del amanecer y desearé que cuando llegue el momento mi mente y mi espíritu se encuentren en ese estado de calma que sólo procuran los años. Estoy acostumbrado a saborear los silencios de las calles nocturnas. A sentir mi fina epidermis cuando se mueve rozando las masas algodonosas de aire. Solitario nocturno sin objetivo y sin deseos terrenales. ¡Qué lejos se encuentran ahora esos días hermosos en los que tu risa saciaba mi ansia, en los que tus cabellos ondulados convertían mis horas en gozos radiantes!
El trayecto desde el Jardín público hasta la Estación Central es largo. Me pongo en camino. ¿Ha salido una nueva estrella en el cielo o es que te has despertado? Los misterios de la noche siempre me fascinaron. La gente odia la oscuridad y sufre en silencio los terrores de las sombras cuando éstas se alargan. Pero mis pasos sobre las losas heladas del paseo crean la existencia. Antes de posar mis pies sobre ellas, el hecho no era, no había tenido lugar. Alguien debía crearlos, y ese alguien es Modesto Cruz cargado con el fardo de la ignorancia, de la estupidez y del desconsuelo. El hombre, en su deambular por las sendas prístinas del mundo, busca el complemento, lo que le falta, busca la otra porción de miseria que no le dieron al nacer. Y por eso deambula ciego por las circunstancias, chocando y tropezando en una manifestación eterna de su infinita torpeza. Sólo el amor, ese gran mentiroso pasajero, le puede salvar y evitar que un buen día decida suicidarse. La Nada invade, se explica, se inventa y se recrea ella sola, sin ayuda de nadie. El terror es cuando te levantas y notas que esa Nada te acompañó durante toda la noche, sentada en el filo de tu cama, sin apenas respirar, sin moverse, obtusa, hierática, mirando a tus ojos mientras los sueños te perseguían. Es el momento de sentir la verdadera insignificancia y vacuidad de lo que haces durante el día. Y comprendes que eres más estúpido que todos los estúpidos oficiales de la Tierra.
Quisiera estar muerto. No me asusta el vacío, ¿acaso podría agotar mis sentidos aquello de lo que estoy hecho? Cuando la materia se encarna y se desvive, loca y azorada, por este mundo de hombres ciegos y pusilánimes, todo se vuelve gris y rutinario. Y el aire se espesa, dando a la vida un carácter difuso. La gasa de nieve se funde bajo mis pies de barro. A mi derecha, el río, el gran y majestuoso dibujo de agua que se mueve con el ritmo cadencioso y eterno de siempre. Es la arteria viviente de la ciudad. Las casas duermen, los inquilinos duermen, todo a mi alrededor confiesa con sus rostros pálidos la podredumbre de esta noche eviterna y desdichada. ¿Las ocho? A la mierda el tiempo. Si tuviera el poder de lo sobrenatural les diría a los hombres que se suicidasen. Y que dejasen a esta tierra tranquila, sola y desértica. Nadie les echaría de menos. Porque los valores morales, aquellos de los que el ser humano se encargó de aplastar con sus toneladas de cemento, habrán quedado borrados de las tablas de la sabiduría. Y otro mundo sería posible. No el mejor, como afirmaba el filósofo, sino otro, distinto, más humano, más verdadero.
Debo seguir caminando en busca de la Estación. Por nada del mundo, por mucho que me duela, dejaría de estar presente en el instante definitivo. Seré testigo del derrumbe doloroso que imaginaba desde hace tiempo. Sin duda, allí estaré, como un imbécil, sentado en un banco sucio y pestilente, junto al bar de los que huyen cada mañana de un sitio a otro.
Aún hace frío. Sopla una ligera brisa que sobrevuela los rizos del Neva y que llega hasta las primeras calles del este de la ciudad. Luego, más allá, la sensación de quietud se establece entre las casas y las calles definitivas. Son las siete. Algunas luces comienzan a iluminar los huecos misteriosos y solitarios. Muy tímidas, las lamparillas de las casas vecinas tiemblan en los salones. Ojeras, bostezos, brazos extendidos, tendones en tensión y cabellos desordenados, empiezan a caminar, sonámbulos, por los pasillos de estas casitas de trabajadores. Los pobres creen que levantándose temprano arreglan algo y son productivos. Pero se equivocan. Sólo los bostezos aportan a sus vidas pequeñas muestras sinceras de lo que realmente piensan y sienten. Lo demás, pura desfachatez inventada en los colegios y en los libros ocres y viejos. La putrefacción cubre las aceras. Las viejas sacan las basuras. Los recién casados, indolentes y disolutos, se encogen en sus camas para eternizar el amor de mentira que vivieron por la noche. Los hambrientos señalan una nueva cruz en los cuadernos diarios que marcan sus vidas. Un día más. Un día menos. Todo según se mire. La anémica luz repetida a lo largo de la fachada señala la entrada al gran edificio. La Estación Principal, la culpable de los sinsabores de muchas personas, no duerme, no descansa. Imperturbable, se yergue entre los numerosos edificios de oficinas, mostrando la arrogancia y la vanidad de la que muchos seres vivos carecen. Se resiste a morir. ¿Cómo podría perecer la piedra hecha de materia inmortal? Me acerco. En unos minutos habré alcanzado la entrada espaciosa, ancha y plana del edificio donde descansan y trabajan los trenes. Al entrar el espacio te aplasta. La voz se disloca, repitiendo tus pensamientos en todos los rincones del hueco. Los ecos, las reverberaciones sonoras, se ríen de uno. Ni siquiera nos está permitido pensar, ni pararse en mitad del pasillo. Tampoco la gente te otorga el derecho a pasear entre sus brazos extendidos, mirando acá u oyendo alguna conversación sin importancia en otro lado. Es enorme…pero gusta. Algo poseen las estaciones de ferrocarril que atrapa los sentidos y acolcha los pensamientos. Los ruidos, chirriantes, altos, atroces, crispan los nervios. Pero en cuanto se divisa alguna monstruosa máquina numerada, con las franjas horizontales pintadas de amarillo, todo se calma. Entonces te acercas a ella y sientes su respiración. Las máquinas son hembras. Las locomotoras, potentes artefactos pintados en el aire, arrastran cadenas de nichos donde los trabajadores se duermen, hombro con hombro, durante unos minutos. Son como cajoncitos funerarios rellenos de estertores desgraciados que crujen y se desmayan, en una confusión humana, demasiado humana. He llegado. Huele a periódicos calientes, a café, a tabaco ensalivado, a sudor. Las losas del suelo ya no reflejan las piernas menudas de las señoritas estudiantes. Las taquillas están todas abiertas. A través de los pequeños huecos, curvos por la parte de arriba, asoman narices desagradables y manos huesudas. Podría pensarse que sólo son estas narices y estos dedos encrespados los que realizan el trabajo, ajenos a los cuerpos, de los que se desprendieron un buen día. La gente se agolpa formando filas de carne. De vez en cuando uno de la cola saca un cigarro, lo enciende y fuma sin ganas. Luego, el de atrás, tose, se aguanta, tiembla de nuevo, traga saliva y mira para otro lado, haciéndose el loco y maldiciendo por dentro al que tiene delante. Algunos empujan, meten el brazo, los codos inclinados buscan su sitio, avanzando, progresando, como si fueran un pequeño ejército de músculos y fibras. Todo me produce repugnancia. Cada trabajador no es más que una bolsa de desgracia con forma humana. Lo único que nos salva es que el dolor infinito no se refleja en los rostros. Si lo hiciera, ¿quién sostendría la mirada de otro hombre?
Sé que la hora que falta para que salga el tren pasará tan rápida que mi desconsuelo se sentirá sobrecogido. Intentaré, por ello, alargar el tiempo, dilatarlo, convertirlo en un simple capricho de mi voluntad. Y al final, si es necesario, lo destrozaré con el coraje que me da el amor que siento por ti. La gente comienza a circular delante de mí. Estoy sentado. El banco es de madera listonada. En la parte de atrás la espalda se acomoda a la curva armoniosa de la madera y uno llega a creer que lo pusieron allí para descansar. Nadie se sienta a mi lado. Me suelto el reloj de la muñeca, juego con él, miro las manecillas inquietas y te veo arreglada, dispuesta, preparada ya para salir a la calle, tomar un taxi y derrumbarte sin querer en este maldito edificio de huidas, desencuentros y dolores. “Marina, mi bella Marina, no aceleres tus quehaceres, no te apresures. Si llegases tarde y perdieses el tren, ¿qué?, ¿de nuevo a dudar?, ¿otra vez a sentir la lividez de tus sentimientos?”. Fumo. Al menos me queda el consuelo de que si esto se vuelve insufrible, de que si mi cuerpo y mi alma se desdoblan, dejándome huérfano de amor podré, cuando quiera, poner fin a mis días. Derecho que nadie me puede arrebatar. Ni siquiera tú, Marina de mi vida.
Pasan los viajeros de las siete y media. Dormidos y cargados con sus maletas, los hombres y mujeres caminan por el andén mirando hacia abajo. La locomotora echa vapor como un animal fiero cuando siente cercana la muerte. Ya pronto aparecerás por la derecha. Lo presiento. Me inclino hacia allá. No me perdería tus pasos de hada. Me quemo los dedos con la colilla. La tiro al suelo y saco otro cigarrillo. Miro el reloj. Menos veinte. El corazón me duele. Los gusanos roen mi estómago y mis intestinos. ¿Hambre? No. Es tu ausencia, tu llegada, tu marcha. Todo se me vuelve una maraña de asco y siento ganas de vomitar. Las saetillas no comprenden lo que quiero de ellas y corren exhaustas, segundo a segundo, buscando la meta que nunca llegará. Menos cuarto. El tiempo no cede. La gente continúa pasando delante de mí con los pies nerviosos. Tienen prisa. ¿Acaso no experimentan el amor de una mujer, amor y consuelo que les anclen al suelo y le calmen? Ya salió el tren de las siete y media. Vivo ahora unos minutos de silencio aparcado, de instantes definitivos en medio de la quietud relativa. La locomotora de mi amada alcanza mi posición. Ha llegado silenciosa, amenazante, posponiendo la locura que me corroe. Se para. Colocada en su sitio permanece erguida sobre sus raíles. Me mira insolente. Dice: “Me la llevaré de aquí, imbécil. Me la llevaré lejos, bien lejos, donde tus recuerdos no alcancen, donde tus ansias se gangrenen y te derroten”. De nuevo mis ojos se posan sobre la esfera blanca del reloj. Menos diez. ¿Qué pasa? ¿Por qué los demás no corren o persiguen sus sueños? Los nervios, el desconsuelo, el temor, se convierten en mí en algo presente; son, los veo, los noto. Pequeños gusanitos que zigzaguean por mis venas, comiéndome, devorándome. El tiempo pasa y mi amada no llega. ¿Qué le habrá pasado? Si se demora por más tiempo, apenas la veré unos minutos, tal vez apenas unos segundos, y tendré que retorcer mi angustia para que no lo note en mis ojos. Me duele la garganta. Escupo. Sigo fumando, nervioso. Me levanto, no puedo soportar por más tiempo la agonía de la espera. Me acerco a la puerta principal. Me abro paso entre los transeúntes. Mis piernas chocan con algunos picos de maletas voladoras. No veo a las personas que van y vienen. Estoy ciego. Apenas vislumbro una fila de bolsas y equipajes, fluyendo en el aire, desasidas de la materia que las transportan. Chocan sobre mí, se me clavan en las piernas, tropiezo, me vuelco hacia los lados. Me duelen los huesos y me aguanto. Continúo avanzando hasta que llego al primer escalón que da directamente a la calle. Nada. El cielo es rosa. Respiro profundamente. Las últimas estrellas se despiden. El aire frío cubre las caras de los que van entrando. ¡Maldito edificio, donde los hombres se mueren por dentro! Menos cinco. Un auto blanco se aproxima veloz. En un alarde de soltura, el conductor aparca junto a la acera sin apenas rozar los adoquines con las ruedas. Una pareja cualquiera sale del vehículo, toma las maletas apresuradamente y se despide del chófer, que se va como vino. La niebla, el ligerísimo velo que flota en el aire, me impide ver los rostros de los dos desconocidos. Andan rápido. Envidio la suerte de este hombre que toma a su amor del brazo. Él lleva dos maletas; una grande, la otra de mano. Ella se cubre el rostro para no respirar el gélido aliento de la ciudad. Se acercan. Observo la hora en el reloj enorme de la entrada. En punto, ya son las ocho y tú, Marina, no has llegado. Por un instante me siento feliz. ¿Habrás decidido quedarte junto a mí? ¿Es que el amor, el verdadero amor, ha brotado en tu pecho, inesperadamente? Los dos desconocidos se acercan más. Ya están apenas a unos metros de mí. Saco otro cigarro. Ha sido una noche larga, angustiosa. Una noche donde conocí la miseria de los hombres mientras recordaba tus ojos negros, grandes, profundos. De pronto la mujer se para, se acerca, se descubre el rostro y me lanza una mirada que me destroza el alma.
¿Qué ha sucedido?, ¿dónde están todos, la gente, las colas de las taquillas?, ¿qué hago yo aquí, congelado, en medio de la nada, como un idiota? La Estación ha desaparecido bajo mis pies. Me ahogo. Tiro el cigarro con asco. Me doy la vuelta tratando de huir. ¿Pero adónde ir, dónde se encuentran los muertos de este mundo? Nace de pronto en mí el deseo indomable de extirpar mis hombros, deshacer mis músculos, destrozarme entero y arrojar mis deshechos a los carroñeros. Me conozco y sé que la vida y la sangre se me van para siempre. Retrocedo con horror. Con mis dedos muertos me desprendo de las garras de esta mujer aterradora que me engaña como a un niño. Debería abrir la boca, soltar algún anatema, gritar, mostrar mi despecho delante de todos. O tal vez sería mejor que echara mi cuerpo bajo las ruedas aceradas del primer tren que encontrara. Los ojos, tus ojos, Marina, me siguen clavando al suelo y a la miseria. Me llevan, con esos brillos misteriosos al mundo de la verdad, al mundo que nunca antes conocí. Quedas tan sorprendida como yo y no sabes lo que decirme. ¿Con qué excusa me saldrás ahora, amor mío, odiada mía? Nunca antes en la historia se ha escrito tanto como con esta mirada tuya. Con ella lo expresas todo. Dos años en una sola sesión de parodia. Sentimientos amasados que se van en un abrir y cerrar de ojos por el desagüe. A Ernesto lo noto embarazado. Mira al suelo, espera, y respira ruidosamente. Una eternidad nos duró, amada mía, el encuentro bajo las últimas estrellas. La gente pasa rauda junto a nosotros. Nos apartamos un poco. Los carros repletos de bultos parecen pequeños monstruos de un mundo imaginario. ¿Estoy enloqueciendo? ¿Soñando? La mentira es la reina de este mundo de mierda en el que los hombres nos derrumbamos a cada instante. ¿Por qué seguir viviendo? La ebriedad aparece sorda. De nuevo solo, junto a las piedras insensibles, envidiables, eternas. Los vegetales no sufren como nosotros. Y nacen, viven, mueren. Todo ello sin amor. Entonces, ¿quién nos puso al amor por delante y nos dijo, tómenlo, enamórense? No sé qué pensar. Me odio. Me doy asco. Mi imagen y la forma mía de pensar y de ser me causan una repugnancia difícil de explicar.
¡Hombre, Cruz, tú por aquí, tan temprano!, me suelta Ernesto sabiendo que sus palabras me humillan.
Puede temblar la tierra, moverse los astros, derrumbarse las casas, los edificios, todo puede suceder, epidemias, guerras, cataclismos…qué sé yo. Pero esto no. Esta humillación solapada con el desconsuelo, donde ya no sé qué me duele más, si tus ojos dormidos o tus manos yertas, si tus labios resecos o tus cabellos recogidos. No sé ya reconocer en ti lo que me diste. ¿Quién te ha cambiado, amada mía? ¿Por qué has convertido a este hombre en una burda caricatura de sí mismo?
Marina me mira con sus ojos negros, brillantes, acristalados. La noto confusa. La conozco y sé que no soporta las situaciones embarazosas. “Vamos”, dice, intensificando en mi pecho la angustia plúmbea y oscura que me enloquece. La pareja se adelanta. Caminan tan aprisa que apenas si llega el oxígeno a mis pulmones. Si corro parezco un perrito vicioso. Si me quedo viéndoles marchar hacia el andén la perderé para siempre. ¿Dudo? Claro que lo hago. Dudo en el piélago de horror en el que me encuentro metido. El tren está a punto de partir. Una voz metálica así lo anuncia por la megafonía. “¡Último aviso!”. Los dos corren. Las maletas ondulan las masas de aire en un carril invisible separado del suelo. Nadie estorba su avance porque todos los pasajeros subieron ya a sus vagones. Sólo queda Marina. Sólo quedas tú, amor mío. Se abre la distancia entre ellos y yo. El cuerpo lo siento paralizado. Los celos me duermen las ganas de salir corriendo. Pero sé que si no les alcanzo me habré perdido para siempre. “¡Último aviso, último aviso!”, repetido en el aire del hueco sin alma, anuncia el comienzo de mi verdadera humillación.
Sin pensar en nada corro para decir adiós a la mujer que cambió mi vida. A la mierda la decencia, el honor, la dignidad. Sólo deseo tocar levemente sus manos, saber que sigue viva, hermosa y delicada. Lo único que mi ser entero comprende es la tensión de sentirse abatido y que el único remedio es encontrar a la que me dio la oportunidad de conocer el amor verdadero. Llego a tiempo. Ernesto ha subido las maletas al vagón. A través de la ventanilla le veo, afanado, subiendo los bultos a la cestilla del cielo. Marina me espera. La angustia y la desazón de saber que contamos con apenas unos segundos dibujan en nuestros ojos un misterio irresoluble y mágico. La tomo de las manos. El corazón me late con fuerza. ¿Cómo frenar el Tiempo?, ¿Qué decirle en estos momentos? ¿Dónde están las frases, las palabras? La vida me duele. “¡Escribe!”, le digo, en un arranque reflejo. “¡Por favor, escribe!”, continúo diciéndole mientras me esfuerzo por contraer el rostro, apretando los ojos contra los ojos, los párpados contra sí mismos. Marina, mi amor, aprieta mis manos con las suyas. ¿Acaso se puede expresar el infinito de mejor manera? Ernesto sale, baja los escalones del vagón. Trae el aire satisfecho, de quien ha hecho una heroicidad. “Maldito imbécil”, le digo sin voz. La coge por la cintura, mancillando su cuerpo, la eleva por el aire y Marina se posa en el suelo como una gasa, suave, dulcemente. Pienso en el horror que me ha tocado de cerca. Sus dedos, sus manos, sus asquerosas interioridades rozando la hermosura, la eterna y dulce savia que alimenta al mundo. La máquina ha refunfuñado con un chorro de vapor que llena el ambiente, inundando el andén de silbidos y de ruidos estridentes. El Jefe de Estación se acerca. Las puertas se cierran. Marina acerca su rostro al cristal diminuto y sus labios rozan la superficie. Sus labios, su boca, sus manos levantadas, acariciando la materia vítrea, transparente. Tocando con las yemas la barrera que nos separa y que nos aprieta la existencia. El movimiento es lento al principio. Le cuesta esfuerzo a la bestia arrancar, vencer la inercia de la enorme quietud. Subo mis dedos para decirle adiós con cursilería. Me siento miserable. Luego, mis manos se posan en mi pecho, a la altura del corazón. Debo calmarlo. El tren se va. Marina se va, desaparece. ¿Hasta cuándo?
A partir de ahora sólo viviré de los recuerdos y de las imágenes que mi cerebro sea capaz de reflejar. La apariencia, la forma, la facha, deberán guiar mis días, atravesando el infierno de esta porquería de existencia donde todo es mentira, donde todo duele, si te lo tomas en serio. La ebriedad, la eterna embriaguez acudirá a mí por las noches, mientras camine junto a los pordioseros. Las calles nevadas no me importarán en absoluto. El frío de la carne, ¿tiene algún sentido, cuando uno se sabe muerto? Presiento la llegada de la muerte, de la verdadera muerte, que no es otra que la soledad. Saberse aislado en el mundo, triste, errabundo, solitario, rodeado de cadáveres ansiosos por continuar la eterna agonía de la vida. Las experiencias vacuas comienzan a latir en el fondo de mi existencia. Ya nada tiene sentido y la locura, esa típica excrecencia de la modernidad, me llena por dentro, amenazante.
La Estación se ha sumido, inesperadamente, en el silencio. ¿Dónde están todos? Bajo las manos, las meto en los bolsillos y miro al infinito. Los locos también miran a lo lejano. La diferencia es que a ellos no les da vergüenza reconocerlo. A mí todavía me puede el pudor. Sigo lleno de miseria humana de la que poco a poco deberé desprenderme. Me pregunto si sabré o podré conseguirlo. Pero el destino, ese miserable callado que sólo te habla cuando se cumple, no me dice nada y me hundo en mí mismo, humillado, solo y vacío. Ernesto se mueve hacia mí y me lanza su mano. Se va. ¿Ha sufrido como yo? Le veo de espaldas caminar empinado. Sin duda ese hombre aún no se ha hundido. No puede. Para derrumbarse hay que valer y tener la sobria certeza de que las cosas no se pueden cambiar. Pero nada es mutable. La soledad se adueña de mi alma. Me flaquean las piernas y busco la ayuda inerme del banco de mis dolores. Por la ventana iluminada del bar se aprecia la tranquilidad de los nuevos viajeros. Desayunan tranquilos. Esos cuerpos llenos de ansias se alimentan de la materia que a mí me sobra. No duele lo presente. El ser es inofensivo. La ausencia es la que impregna la estancia, el enorme hueco que se abre entre el suelo y el techo de este Edificio. Es temprano. Deberé marcharme de aquí para no dar pie a que me tomen por loco. No deseo salvarme. Los demás, que hagan lo que quieran. Que no piensen, que no sientan, que no experimenten la inquietud de lo perdido. ¡Qué más da! La madera del banco acoge mi carne de nuevo. Me siento, respiro hondo, vuelvo la mirada a la izquierda. Intento observar la distancia. Pero la distancia no se deja, no encoge su esencia. Los objetos se alejan de mí. De pronto me siento apartado de la realidad. El vértigo me acaricia y echo mi espalda hacia atrás, buscando el apoyo que tanto necesito. “Se está bien aquí”, pienso en silencio y con los ojos cerrados. La experiencia de notar lo externo cuando no ves nada es increíble y absurda. Y causa un terror indescriptible. Percibo los más nimios ruidos, que elevan su intensidad amplificados por mis nervios. Huele a aceite quemado, a tostada recién hecha. El café, humeante y espumoso, transporta sus moléculas por el aire y alcanzan mis fosas nasales. Los sentidos, ciegos y sordos, enloquecen y, mezclados con la desazón que causa el desapego y la certeza absoluta de la ausencia definitiva, provocan en mi interior un estremecimiento de ebriedad que me desmaya. De nuevo debo comenzar el camino conocido de mi vida. Solo, usando la materia atrayente y mágica, empezaré a deambular día a día por las calles y plazas definitivas. Las piedras serán mis nuevas amigas, insensibles, mudas, sordas. En ellas y sobre ellas volcaré el poso de mis amores siendo consciente de que no les podré pedir nada a cambio, salvo la seguridad de que siempre estarán a mi lado. La fidelidad, la duda, la insatisfacción, el amor desbocado, todo desaparecerá de mi agenda y me convertiré en un ser inanimado, en un muerto viviente, en un cadáver vestido elegantemente. El vapor denso del ambiente me atrapa. Respiro el drama de todas estas personas que ya terminaron sus desayunos y que ahora esperan la llegada del vagón. Toda la vida para subir y bajar de estos cajones esperpénticos. Rozando con tus brazos los brazos de los otros, tibios, velludos, infectados. Continúo con la cabeza reposada. Pienso en ti. Tu vestido azul, del mismo azul que el mar por la tarde, te sienta de maravilla. Eleva tu cuerpo, lo sintoniza con el mundo, en un éxtasis casi lírico, exaltando, elevando, aumentando la belleza de lo natural. Eres, con él, más tú. Y hoy te lo has puesto. ¿Para él? Y tu cabello, negro, ondulado, inmenso como los ríos de la América del Sur, lo has recogido, tratando de ocultar su belleza salvaje. Sin embargo, en los escasos instantes que tomé tus manos entre las mías apenas percibí la levedad de tus dedos, la suavidad de otros días. Y me pasó desapercibida la montañita que forman en tus dedos los anillos que usas. Tu piel, sin embargo, la has mancillado con las cremas sutiles. Debes haberte levantado hoy muy temprano. Y ese capricho en tu embellecimiento me muestra que tal vez deseabas huir de verdad. ¿Qué buscas, que no encuentras aquí, entre mis brazos? Sigo ebrio de ausencia. Me pueden los efectos externos. Todo lo que oigo y me distrae de tus recuerdos, encrespa mi alma, destrozándola. ¿Puede el mundo permitirme llorar en silencio? Me duele el pecho. Me ahogo. Siento que el aire me falta y de pronto, en un avatar inesperado, las lágrimas se deshacen dentro de mí y transforman mi rostro, humillándolo.


Embriaguez (2) - Novela por entregas.

03.05.18 | 18:06. Archivado en Sobre el autor

Es triste el silencio, lo único que nos queda cuando alguien amado nos deja. Faltan aún varias horas para que salga el tren. Me queda tiempo para vomitar la mierda de vida que engendré en mi interior sin yo saberlo. ¿Por qué pienso tanto? Quizás la solución de todos los males es mirar hacia otro lado, adonde las luces fosforescentes acrecientan la falsa alegría de los demás, en un tumulto que nos hace a todos sentirnos acompañados. Es posible. Pero ahora que noto los huesos doloridos lo único que deseo es tragar un poco más de alcohol. Miro al viejo Michel y le señalo la botella. Tal vez mis ojos suplicantes han enternecido el corazón de este hombre. Me la pasa y bebo. Bebo sin parar, como si al líquido le pesara la gravedad de salir por el extremo. Me sacio. La vista se me ha apagado un poco. Imágenes veladas, blancas, densas, aparecen en mi cerebro y creo que es la noche que me cayó encima sin avisar. El Viejo sonríe. Comprende que me estoy mareando, pero lo que no sabe este pobre hombre, ¿o sí lo sabe?, es que el vértigo que me acaricia es por saber que no te veré en lo que me resta de vida. El dolor, anticipado, me ha bañado el cuerpo, la mente, los sentimientos crueles y estúpidos que me acompañaron desde niño. El pesar de saber que te vas, amor mío, hermosa mía, que te irás pase lo que pase. Sólo un milagro podría retenerte. Y aun ni eso. Tú estás por encima del bien y del mal. El amor de tu carne lo puede todo. Si estuvieras aquí conmigo, sentada a mi lado, apagarías la sonrisa idiota de ese remedo de hombre que no deja de mirarme. Odio las sonrisas dulces, sin motivo, las sonrisas mecánicas que algunas personas llevan prendidas en la cara igual que si vistieran de fiesta. ¿Es que no ven el dolor del mundo?
Michel se levanta, arrastra los pies y se sienta a mi lado. Echa un trago, me ofrece, le imito, y mientras le devuelvo la botella pienso lo extraño de la situación.
El moreno no habla, es mudo por decisión propia, me dice con una voz melodiosa, infantil y afrancesada.
Ya, es lo único que me sale de la boca. Y agrego:
Comprendo.
No, usted no comprende nada, añade con aire un poco insolente.
Usted, joven, no puede saber nada. No se ofenda. Le habla un viejo al que le falta poco para irse al otro lado. Usted no puede saber nada porque… Y el fin inacabado de la frase me deja el corazón temblando. Porque se le nota que está enamorado.
Me desplomo. El alma que llena mis músculos, mis nervios, mis tendones, se viene abajo de golpe y experimento la sensación de que la tierra me puede, me llama y que ya no pertenezco al reino de la verticalidad. Me vuelvo hacia él. Le miro a los ojos. Y veo una imagen conmovedora, acristalada, un retrato en sepia con el brillo y el fulgor de las lágrimas que están deseosas de salir para evaporarse en este mundo real. El Viejo llora en silencio. Me siento acongojado por lo que me ha dicho y porque no comprendo la angustia que remueve las fibras de este hombre.
No se preocupe, dice al cabo de unos segundos tensos, inacabables, fieros. No se preocupe porque esto me suele pasar de vez en cuando. Antes que acabe el día, antes que llegue la próxima noche, habrá comprendido lo que quiero decirle.
Y se levanta, alza su espalda encorvada y comienza a arrastrar los pies, alejándose de los tres que aún permanecemos sentados bajo la capa helada de la madrugada.
A partir de ese día Marina Maldonado abrió su corazón y su sonrisa a Modesto Cruz. Le gustaba llamarme de usted y al principio los rasgos ásperos de sus palabras me confundían porque no encontraba ni la forma ni el momento para hablarle. Sólo de vez en cuando se levantaba, acudía a mi lado cargada de papeles y me preguntaba algún detalle técnico de la obra que llevaba entre manos. Pero eso no bastaba. Al acercarse tanto olía su cuerpo desmayado, sus cabellos caídos acariciaban mi piel, erizándola, sus tenues curvas dibujaban imágenes vaporosas y sus ojos, sus increíbles ojos, asaeteaban mi alma sin que ella se diese cuenta de nada. La oficina se fue tornando calurosa, las paredes cambiaron sus tonalidades, la alegría transfiguró el escenario de trabajo como en una terrible catarsis donde lo único que importaba eras tú, Marina, sólo tú y tus encantos, tus silencios, tus pausas, tus arranques definitivos y esa manera tan peculiar de mirar, afilando los párpados, apuntando las pupilas hacia el objetivo final, decidiendo el sentido último del mundo con tu sola respiración. Un suspiro puede más que cualquier seísmo terrestre, un anhelo tuyo es capaz de remover los mares y causar la muerte de miles de hombres. No te dabas cuenta, ¿verdad?, de que lo único que me hacía vivir cada día era la llegada de tu luz a la oficina. ¿Qué importaban los ensayos, los apuntes, qué sentido tenían para mí los manuscritos de esos seres anónimos? Los corregía, los amasaba, pasaba las hojas muertas oyendo los lamentos de tu cuerpo, espiando cada movimiento de tu bella existencia y todo ello sin hacer maldito caso a mis obligaciones. Me convertí en un mecánico, casi en un autómata que decía “Este trabajo es una mierda”, o “Aquí hay algo que vale la pena”. Luego volcaba los folios sobre la mesa y aprovechando la inútil importancia que da el oficio te decía “Vamos”. Así pasaban los días. En la soledad me removía por dentro pensando la manera de decirte que me gustabas. ¿Pero dónde?, ¿cuándo?, ¿de qué forma inocente confesarte lo mucho que me atraías? Hablé con mi alma, a ver si ella me inspiraba. El éxtasis, en un arrebato de valor, me impulsó una mañana a dejarlo todo por ti, a dedicar mi vida a adorar a mi pequeña Marina. Recuerdo que trabajaba en la obra inédita de un autor joven, casi inteligente, un autor que narraba la historia de un desdichado a punto de suicidarse por la locura de un amor imposible. Me causó tanta envidia la forma elegante, delicada, verdadera, de expresar los sentimientos de este escritor desconocido, que a punto estuve de coger el tomo y tirarlo a la papelera con la excusa de que era otro más. Pero no pude. Algo me afirmaba en la obra de este joven que intentaba descubrir los sinsabores de la vida. Lo aparté a un lado. Pensaba retomar su lectura después de paladear la caricia de tu rostro. Salimos a la calle. Hacía frío. Recuerdo que dijiste “¡Vaya día, Cruz!” y que te arropaste en el abrigo para cruzar al otro lado. En un acto indigno te tomé del brazo, profanando tu ser. Sentí tu carne trémula bajo la gruesa capa de algodón. Tus latidos me atravesaban los dedos, atormentándome, y tus cabellos, caídos a un lado, dejaban a la luz la tersura de un cuello de cuento de hadas, blanco, tierno, sedoso. El vértigo hizo que me apoyase con más fuerza sobre tu brazo lánguido y en ese momento, justo en ese instante, fue cuando me miraste de cerca y comprendí lo absurdo de una vida solitaria.


Embriaguez (1) - Novela completa por entregas

22.04.18 | 20:38. Archivado en Sobre el autor

Embriaguez (1)

“Una lágrima tiene un origen más profundo que una sonrisa…”
Cioran.

Las noches son todas diferentes. A pesar de lo que sintamos, aunque soportemos el paso del tiempo con el corazón destrozado o, por el contrario, nos conmueva la dicha de haber vivido algún acontecimiento importante, siempre la oscura presencia de las noches nos expresa algo inquietante y desconocido. No sé si serán las estrellas moribundas del cielo que nos miran desde arriba entristecidas. O tal vez el silencio de las calles solitarias, cuando la gente huye hacia sus casas buscando el calor de la familia. No lo sé. ¡Me lo he preguntado tantas veces!
Han dado las doce. Otro día a la basura. De nuevo la espera hasta que la miseria de mi boca diga ¡basta! y resbale por mi cuello, humedeciéndolo. Me levanto cansado. No he dormido. No necesito vestirme porque me eché sobre la cama con lo puesto. Odio tener que quitarme la ropa y verme desnudo. Me aborrezco. No soy capaz de soportar el dibujo de mi cuerpo cuando paso frente al espejo. No debo salir a la calle con estos pelos, me digo, sabiendo que a nadie le importa mi atuendo. Nadie volverá la cabeza para decir ¡ahí va ése!, pero me refresco la cara y me adecento, aunque sólo sea por la vanidad de saber que lo hago por mí. Me acerco a la ventana. Descorro las cortinas y aproximo mi rostro al cristal. Siento el frío de la calle desde aquí. Mi respiración, corta y rápida, deja un círculo de vaho sobre la superficie transparente. Hace frío, pienso, y me froto las manos apretando los nudillos con fuerza. Me coloco el abrigo. Lo abrocho hasta arriba. Y antes de salir descuelgo el capote y me lo echo por encima descuidadamente. Cualquiera que me vea salir con esta facha y a estas horas de la noche dirá que soy un loco. O un perturbado que busca la sensualidad oculta de los rincones iluminados y sonoros de la ciudad. Tal vez cualquier señora mayor que vaya por la calle, apresurada por alcanzar pronto su barrio, piense que soy un pobre mendigo o un insociable, que camina sin orden ni rumbo cierto. Y quizás tendría razón. ¿O es que no soy un loco? ¿Un loco que busca desesperadamente la ausencia del día para evacuar los miasmas que le roen el alma?
A las ocho, ya sabes, me dijiste ayer cuando con media sonrisa, fingida y preparada, me diste la mano. Tan solo con pensar en estas palabras siento un pinchazo en el corazón. Esperaba algo más de ti, Marina. Pero fuiste como siempre, como eres de verdad. Te conozco bien y sé que no serías capaz de traicionar tu propia forma de pensar, y que por nada del mundo te rebajarías ante este vagabundo de los sentimientos. A las ocho…, pienso mientras cierro la puerta con dos vueltas de llave y desciendo los escalones hasta el portal.
La noche se ha echado sobre las casas. Los tejados aparecen recogidos y quietos. La nieve cae de algunos aleros y choca con el suelo deshaciéndose en mil trocitos blancos. Avanzo con las manos cogidas al cuello del abrigo. Las horas muertas por delante hasta que a la noche le dé por irse más al oeste y de nuevo el sol se asome. El aire es gélido. Las manos, aunque las llevo enguantadas, me duelen. Pero no puedo dar marcha atrás. Está decidido. No en vano desde hace al menos un par de años suelo pasear por la ciudad a estas horas. Si al menos encontrara a alguien con quien poder conversar... No quiero que amanezca. La única noche en mi vida que he sentido hasta la extenuación el temor al nuevo día. Cuando las gasas negras vayan dando paso a un cielo rosáceo, y cuando la gente comience a salir de sus casas, en busca de las oficinas, habrá llegado el momento que temo. Ahora amanece sobre las siete y media. A las ocho se habrá hecho de día completamente. Y con el día y las luces se observan mejor los perfiles de la gente. Y el reflejo del dolor de cada uno destaca y refulge, formando un espectáculo tétrico, que sólo algunos somos capaces de comprender.
La Estación Central queda lejos de aquí. Debo caminar durante una hora larga, apresurado, para dar con mis huesos en ella. En cierta forma me gusta visitar de vez en cuando el enorme edificio de rojos ladrillos. Aunque su estilo deje mucho que desear, la sensación de encontrarse entre personas que van y vienen, rápida y fugazmente, es dulce. Sobre todo cuando les observo sin ninguna prisa y sabiendo que la cosa no va conmigo. En otras ocasiones me he sentado en un banco cerca del andén principal y allí he pasado largas horas simplemente mirando y analizando la gracia de los repartidores de prensa, o los apuros de los ancianos que no pueden subir al vagón. Es triste y a la vez interesante recrear la vista en todas estas personas que sólo tienen una cosa en común: todos sufren. Y quizás por saberlo, por comprender el dolor inmanente de estos pobres seres, mi dolor se amortigua. “No podemos padecer por los demás”, pensamiento que me causa una extraordinaria alegría en el alma pero que no basta para hoy. Cuando se presente la mañana y haya llegado a la Estación, sabré perfectamente lo que me espera. La sonrisa neutra y sin sustancia. La mano tendida. Los dedos, cálidos y fríos, a un tiempo. La apariencia, los sentimientos dormidos, anestesiados. “Bueno, que te vaya bien”, me saldrá de los labios mientras por dentro estaré comiéndote de amor. Pero hasta entonces aún me queda toda una noche por delante, por lo que avanzo por la calle lentamente, sin prisas, observando el dibujo cuadriculado de las baldosas, entreteniéndome en contar los huecos que el desgaste ha ido dejando sobre ellas. A veces intento caminar sin pisar las juntas de las losetas, como cuando era un niño y mi padre me llevaba de la mano. Por encima de mi cabeza se difuminan las luces somnolientas de las lámparas de gas. Hay una cada cincuenta metros, aproximadamente. ¡Qué más da!
La calle es larga. Un señor mayor ha pasado por la acera de enfrente y ni siquiera nos hemos cruzado las miradas. Cada uno a lo suyo. ¿Adónde irá ese hombre?, me pregunto, aunque sepa que en el fondo no me importa nada. ¿Será otro solitario insomne como yo? Continúo avanzando. He llegado hasta el cruce con la avenida principal donde aún se ven algunos locales abiertos. Sopla el viento con fuerza en esta zona desprotegida. Me aprieto el cuello todo lo que puedo. Pero me duele el frío en la cara, en los dedos, en las rodillas. Noto que las piernas se me vuelven blandas y temo que esta blandura me suba hasta los brazos, hasta el pecho, y que en un ataque inesperado me invada el cerebro y lo deje acolchado. Quiero pensar para no sentir el frío en mi cuerpo. Aunque me duela, aunque no lo desee profundamente, necesito pensar, lo que sea, aunque sólo acudan a mi mente ideas confusas o absurdas. Miro el reloj. Las doce y media. “Sólo ha pasado media hora…”, me digo, desesperado, y hecho la cuenta para saber lo que me falta. ¿Qué haré con el tiempo restante, con el tiempo infinito y dilatado? ¿Caminar? ¿Pensar? ¿Sufrir?
Me remuevo dentro del abrigo y me dirijo hacia el café más cercano. Entro. El local es amplio. Un camarero dormita echado sobre el mostrador esperando que alguno de los clientes le avise para que le llene la copa. A la derecha un viejo con gorro, bufanda y guantes mira hacia el suelo con los ojos entornados. ¿Duerme? A la izquierda otro hombre arrugado de edad incierta permanece erguido sobre su asiento mirando a la calle a través de la ventana. Delante tiene cuatro vasos pequeños y sucios. Nadie habla. Algunos solitarios merodean por la ciudad buscando entre las basuras restos semipodridos de fruta y algún trozo de bocadillo. Luego, cuando se cansan de caminar y comprenden que de nuevo deben agarrarse el estómago para distraerlo, se van al bar y con las pocas monedas que guardan en los bolsillos se emborrachan para distraer a la vida. Me acerco al mostrador. Vodka, por favor. El camarero, seguramente el dueño del local, abre los ojos, vuelve en sí y coloca delante de mí una copa grasienta; la toma en sus manos, coge un paño grande como una sábana, la limpia cuidadosamente y la llena. Luego me mira, receloso. Sus ojos son pequeños, Por encima de ellos una ceja espesa y negra le cruza de parte a parte dando la sensación de estar siempre malhumorado. Me quedo observándole y me doy cuenta de que apenas respira. Me asusto. ¿Se morirá? A veces, cuando analizo los rostros desconocidos me da por pensar que es la primera y la última vez que esa imagen pasará por mi mente. Somos tantas criaturas en este mundo que casi no nos conocemos. Llevamos incorporados muy dentro de nosotros el papel que cada uno debe asumir en la vida. Unos ponen copas, otros se las beben. Todos, en el fondo, cumplimos con lo nuestro y nos sentimos así algo más seguros, casi responsables. Cojo la copa y me siento lejos de los dos ancianos. Por la calle no pasa nadie. El cielo es negro, grotesco. La mayoría de la gente permanece a estas horas echada sobre sus camas. Duermen. Todos duermen. Si alguien quisiera entraría sigilosamente en sus casas y clavaría un enorme cuchillo sobre sus pechos. Apenas se darían cuenta. Y probablemente este acto sería una muestra de amor, que les sacaría definitivamente de este engaño que es el amor podrido. El licor me seca la garganta. Pido agua. El camarero me mira con cara de pocos amigos y me la sirve con menos ganas. Los viejos continúan cada uno a lo suyo. Huele a suciedad en este sitio. En el techo una lámpara arroja sobre los rostros una luz mortecina, que seguramente estará cansada ya de vernos. Cuento las mesas. Diez, cinco a cada lado de la puerta. Aún no habrá tenido tiempo o ganas de limpiar y una hilera de papeles yace sobre el suelo, justo debajo del mostrador, donde todos ponemos los pies buscando el estribo que aquí no existe. La suciedad es curiosa. Como una pequeña cordillera, se amontonan al azar pequeños trozos de servilletas arrugadas, sobrecitos de azúcar, colillas, barro, formando una imagen desoladora y repugnante.
Pienso en Marina. ¿Dormirá? Seguramente sí. Veo su cuerpo desnudo sobre el colchón mullido y sus manos agarrando el embozo de las sábanas. Su cabello se expandirá por la almohada y en el interior de su cerebro estarán brotando pequeños sueños apacibles. ¿En qué sueña mi hermosa Marina, me digo mientras acabo la primera copa nocturna?
Saco tabaco. Fumo, y mientras en mi pecho penetran las volutas mortales de la nicotina, la imagen y la sensualidad de Marina invaden mi corazón haciéndole temblar. ¿Duele el amor? ¿Duele tanto como para destrozar el destino de un hombre? Pido otra copa. Necesito evadir mi angustia, irme de aquí, lejos, a otro mundo, a un mundo donde el amor sea correspondido y donde podamos aferrarnos a la esperanza y a la felicidad. ¿El alcohol, qué tiene, que nos engaña con el velo tupido de la mentira, de la falsedad, cambiando nuestra realidad por otra realidad soñada, acaso más verdadera?
El camarero se acerca.
Usted no es de por aquí, ¿verdad?, me dice mientras acopla su malhumorada figura sobre la silla que hay junto a mí. Tiene ganas de hablar, se nota; el hombre estará cansado y aburrido, deseando que amanezca para irse a su casa a engañar a su mujer y a sus hijos. Para besarles con una sonrisa amortiguada y esclava de la rutina. Le comprendo, debe de ser atroz imaginar las noches ocultas, negras, severas, desde detrás de este mostrador. Este hombre también sufre, lo veo en sus ojos, que muestran ya una luz apagada, arrebatada por el trabajo y los sinsabores.
No, no soy de aquí, le respondo lacónicamente.
Si fuera inteligente se daría cuenta por la parquedad de mis palabras que no me apetece ahora mismo hablar con nadie. Se intercala en este momento entre los dos un instante de silencio algo incómodo. El camarero no sabe o no se atreve a seguir hablando. Al cabo, cuando nuestras palabras están a punto de chocar en el aire, el viejo de la gorra le pide otro vaso y aprovecho su ausencia para respirar profundamente. “Si estuvieras aquí… hermosa Marina”, pienso, mientras mi mente se siente enajenada. Miro de nuevo el reloj. Apenas la una de la madrugada. Aún siete horas para escoger las palabras, las miradas, para elegir las pausas, para pensar en ti, en tu cuerpo, en tu aroma, en la candidez de tus gestos. El amor me quema. Como una llama, como una lumbre hiere mi carne, abrasándola.
Recuerdo el primer día. Había quedado un puesto sin cubrir y el Director estaba que echaba los demonios por la boca.
¡Hay que sacar el trabajo como sea!, vociferaba todo el tiempo, delante de los empleados. Y todos mirábamos al suelo, humillados y temerosos. Hasta que aquella mañana, al abrirse la puerta, apareció tu gracia y tu belleza. Apareciste tú, Marina, Marina Maldonado, una mujer que cambiaría mi rutinaria y grisácea vida de corrector, para convertirla en un hervidero de sentimientos.
Hola, soy nueva, me llamo Marina…, dijiste cruzando tu mano con la mía.
Encantado…, te respondí, apretando levemente tus dedos y sintiendo la calidez de tu piel.
Me quedé desconcertado durante unos minutos. Me senté de nuevo. Coloqué los papeles ordenados en montones más ordenados, sólo por entretener al tiempo y para poder mirarte de soslayo. Limpié mi mesa de restos que no había echado, pasé un paño por los cajones y los dejé más limpios aún que de costumbre, y mientras mis brazos se recreaban en todas estas tareas, escuchaba el sonido de tu voz, notaba la trémula palidez de tu rostro, olía tu cuerpo afrutado, de niña, joven, tierna y hermosa.
¿Pueden los sentimientos irrumpir así, de esta manera, en la vida de un hombre? ¿Es que no hay otra forma de empezar a caminar por los senderos de la muerte? Sentí que algo importante ocurriría a partir de ahora en mi vida. No sé por qué, pero lo supe, lo imaginé. Quizás los duendes misteriosos del amor, o tal vez una realidad más real que la nuestra, que nos rodea y nos envuelve, sin darnos cuenta, y actúa sobre nosotros como si fuésemos ciegos. Una fuerza vital que aparece y desaparece de la vida de las personas sin avisar, fugazmente, provocando cataclismos y momentos de euforia que nos hacen gozar y sufrir. ¿No son el gozo y el sufrimiento, Marina, dos caras de la misma moneda?
No se puede pasar uno la vida llorando por los rincones, asustado, y mirando para otro lado. Cuando el amor nos conquista, avanzando por los caminos misteriosos y desconocidos de nuestros sentimientos, avasallándonos, ocupándonos, debemos mostrar nuestra cara más serena y honesta. Jamás el amor debería encontrarse con las puertas cerradas. Pero ahora yo no soy yo. Es otro el que habla, el que se lamenta sentado en este bar de pordioseros. Es el alma, desdoblada, la que toma las riendas de mi vida y me lleva de un lugar a otro, errabundo y ambulante.
¿Llena, por favor?, le digo al camarero que despierta de su letargo.
El alcohol está envolviéndome en una nube etérea de ilusión y esperanza. “Marina llegará temprano”, me digo, obsesionado con la idea de tener el tiempo suficiente para degustar la miel de sus ojos. Y así, convencido de que todo marchará a pedir de boca, me distraigo y me inflamo y continúo bebiendo otra copa más.
Uno de los viejos, el del gorro, se levanta, se acerca al mostrador, echa sobre él unas monedas y se va sin decir una palabra. La espalda curvada tira del cuerpo del hombre hacia abajo, acercándole a la tierra que pronto le retendrá para siempre. ¿Le volveré a ver?, me pregunto. “No, no veré más a este hombre, jamás nuestros destinos se cruzarán y para mí se habrá perdido la oportunidad de conocer la historia de este viejo, de este anciano que también fue niño algún día”. Al salir a la calle el viejo se detiene y mira al cielo, luego a un lado, después al otro. ¿Qué espera para marcharse? Así pasan algunos instantes, aguardando en medio de la nada, pisando la alfombra blanca de la podredumbre. Posiblemente no tenga el hombre ningún objetivo claro para lo que queda de la noche. ¿Adónde ir con este frío? Siguen sucediéndose los instantes eternos. Al fin se decide. Arrastrando sus piernas aviejadas, el anciano se agarra al cuello del abrigo y comienza a caminar hacia la calle de la Estación. Su destino le empuja, le cubre el cuerpo, en un esfuerzo inútil por vivir un día más. Un día más en el interior de un cubo de basura que es su vida, nuestra vida, donde los hedores más nauseabundos nos ahogan y nos envuelven en una atmósfera agobiante. Sólo quedamos dos, el anciano arrugado y yo, sentados en nuestras sillas, esperando ver la claridad del día, bebiendo nuestros pensamientos y ensuciando nuestro mundo de lodo y porquería. El camarero bosteza, abre los brazos, se estira hasta que le crujen los codos, luego lanza al aire un lamento triste y somnoliento, y dice: “¡Invita la casa!”. El viejo de mi izquierda despierta de un sueño angustiado y sonríe. Otra copa más para perder la memoria de los padecimientos, otro momento añadido a la existencia eterna de los mortales. ¿Qué le habrá pasado a este hombre que le ha hecho ser tan generoso? Es posible que la modorra de las primeras horas de la noche se le haya desvanecido y después de unos momentos de desconcierto haya pensado: “¡Qué más da!”. La ceja se le ha estirado y sus ojuelos brillan ahora sarcásticamente. Se acerca, llena las copas, primero la mía, luego la del viejo, y dando la vuelta comienza a recoger la suciedad del suelo, deshaciendo la cordillera de papeles, destrozando las montañas diminutas. Mira el reloj. “¡Las tres, señores!”, anuncia con voz alegre. ¿Es que este hombre vive dos vidas paralelas, una desde que abre el local hasta esta hora maldita y otra hasta que cierra? No me extrañaría, el ser humano es complejo y desconocido incluso para sí mismo.
Después de dos horas inacabables distrayendo al frío de la noche me decido a continuar mi errático paseo y salgo del bar sin mirar lo que dejo detrás. La noche sigue negra. El cielo, aumentada su curva por el aire congelado, muestra una hendidura donde caben todas las estrellas del universo. La nieve duerme, pintando un rubor blanquecino sobre las paredes y los tejados de las casas. No hay nadie por la calle. Me agarro al cuello, lo aprieto, y juntando mis dedos en el interior de los guantes comienzo a caminar buscando al viejo encorvado. “Mi hermosa Marina seguirá durmiendo, con el cuerpo sedoso y blanco, entre las sábanas. La maleta la tendrá ya preparada; ella es así. Probablemente suene junto a ella el tic tac del reloj de la mesilla, que habrá puesto para que toque a las seis. A esa hora, lejanos ya los dulces sueños, abrirá sus brazos al mundo, a un nuevo día. Se levantará desnuda de pensamientos, abrirá el agua de la ducha y, con un ligero bostezo, se sumergirá en la calidez y en el gozo infinito. Más tarde, a las siete, mirará atrás, a sus libros, y les dirá un adiós difuso y un ¡hasta siempre!”. Así desaparecerá mi hermosa Marina del mundo que me rodea. Por eso me impaciento, y camino más aprisa, esperando y deseando que el Tiempo se detenga, que se arruinen todas las vidas del mundo, que no me importa, pero que el tiempo se detenga, y que jamás llegue el momento en que el tren salga de la Estación. ¿Adónde ir, con este demonio que llevo dentro? Y sin importarme nada, me dirijo al Jardín público que hay junto al río, donde los solitarios de la ciudad acuden a respirar y a estar más solos que de costumbre.
Algunos van allí a decidir lo que hacer con sus vidas. ¡Es tan hermosa la corriente del Neva a esta hora nocturna! ¡Tan atrayentes sus sonoros lamentos, sus chasquidos, sus tonalidades! Llego. Una hilera de fronda bordea el paseo donde los bancos, de piedra, se desparraman y se pierden en la lejanía. Es enorme el Jardín, el pulmón de la ciudad. Me gusta el Rincón del Solitario. En medio de la nada surge, de pronto, una glorieta húmeda, rodeada de árboles milenarios, y alrededor de la misma ocho bancos sólidos. Sin embargo, lo más impactante es la estatua del centro: una hermosa efigie masculina. La colocaron aquí para recordar a todos los seres solitarios que a lo largo de los años han paseado por estos lugares, disfrutando de una vida apacible, tierna y serena. El rostro de la estatua transmite eso mismo: serenidad. Los ojos, gastados ya por la nieve, aparecen ciegos. “Mejor así”, me digo. ¿Para qué ver lo que hay a este lado del río? Me siento. Hace frío. Incluso recogido en este círculo de un verde casi negro, el frío se cuela por todos los poros. Es triste la vida de un hombre cuando éste siente que está solo de verdad. Triste y hermosa, a la vez, porque, ¿acaso no es hermosa, no es atractiva, la tristeza que emana de unos ojos profundos? Marina me dice que sí, desde la distancia. O tal vez son sus miradas abisales las que desde el otro lado de la ciudad me comunican sus pensamientos. Saco de nuevo tabaco. Fumo, Los dedos me duelen. El silencio es apenas abortado por los silbidos de las hojas al moverse. El Solitario mira al frente, quieto, ensimismado, hierático. Pasa el tiempo lento. El dolor también traspasa lentamente el tejido blando de nuestra existencia, horadándolo, comiéndolo hasta la extenuación. Sopla el viento ahora con más ímpetu. La nieve comienza a caer alborotada, colándose por todos los huecos del paisaje.
A lo lejos, entre las sombras de la noche, se dibuja de pronto una silueta torcida. ¿Será el viejo que salió antes que yo del bar de los pordioseros? La forma avanza moviendo una ola de silencio que paraliza el movimiento de las hojas. La niebla ha temblado. Un susurro viaja por el aire hasta alcanzar mis oídos. Miro a la estatua. Quieta, no se mueve. ¿Pensarán las estatuas de piedra? El viejo pues es evidente que se trata del mismo, continúa avanzando hacia la glorieta donde me encuentro. Trae los brazos escondidos en el fondo del abrigo. Sus pasos son cortos y pausados. Camina como si le doliesen los pies. Se acerca. Ya le veo el rostro. El encorvado ha alcanzado una estatura descomunal. Me asusto. Pero no, no es más alto el viejecillo, ahora que se encuentra más cerca me doy cuenta de que son las sombras proyectadas por las farolas las que le alargan el cuerpo. En la glorieta sólo estoy yo. Pronto seremos dos. Efectivamente, ha llegado, ha sacado las manos del interior del abrigo y ha colocado su arrugado cuerpo sobre el banco que tengo enfrente. Nos miramos. Pasan unos segundos de silencio y nuestros ojos se encuentran en el aire. Sonríe. Yo mantengo el semblante serio, no quiero tener conversación por esta noche, con la del camarero ya tuve bastante. El abuelo saca una petaca argentina y me la ofrece en el aire. ¿Acepto?, me pregunto, receloso. La petaca ha volado, sin saber cómo, hasta mis manos, ¿o son las manos del hombre las que la han depositado sobre las mías? Bebo. Es vodka del barato. Está oxidado, posiblemente hecho con alcohol de tercer grado, del que venden por la Avenida del Neva a estas horas. Bebo un poco más, otro sorbo. Aunque en el fondo no deseaba probar más, me alegro de que el alcohol caliente mi garganta y de comprobar que poco a poco lo voy notando en las venas. Me limpio las comisuras de los labios con el dorso de la mano y me recojo dentro de mí, en mi soledad, en mi desesperanza. ¿Y si viene acompañada por alguien, no sé, algún despistado que a última hora le dijo que la acompañaría? La idea me martiriza y hago todo lo posible por deshilachar el embrollo emocional que se formaría, llegado el caso. Me levanto, le devuelvo la petaca al solitario y me arrimo a la baranda que separa el paseo de las aguas del río. El viejo también se ha puesto de pie. Observo las luces onduladas que se reflejan en las aguas, respiro la humedad de las hojas y bostezo dos o tres veces.
Tiene sueño, ¿no? Es el viejo el que pregunta.
Un poco, sí, agrego desganado.
A estas horas es cuando nos atrapa El Sueño…”.
¿El sueño...?Pregunto algo confuso.
Sí, la primera vez sucede sobre las dos, dos y media de la noche, cuando estábamos sentados en esa taberna asquerosa, ¿recuerda? Nos agarra con ganas, con tantas ganas que a uno se le caen los ojos al suelo. Uno siente el peso de las noches sobre los párpados y no hay manera de aguantar como no sea con esto…. Y acabando la frase muestra el frasco de vodka.
Comprendo, le digo, por decirle algo al pobre solitario.
Y pienso en la soledad del hombre, del que dos ejemplos están ahora mirando las aguas frías del Neva. La soledad y la embriaguez de sentimientos que todos experimentamos cuando el sufrimiento nos dirige por la vida. ¿Cómo se llamará mi acompañante?, me pregunto en silencio. Y, como si unos hilos misteriosos le hubieran avisado, el viejo responde: “Michel, me llamo Michel, para servirle. Pero todos me llaman El Viejo”.
Me quedo desconcertado durante unos instantes, pero atino a responder un “Gracias” tan solitario como nosotros. Quizás sea de mala educación dejar a alguien con la palabra en la boca, pero el cuerpo, sin saber el motivo, me empuja hacia un lado, como si unas manos invisibles se posaran sobre mis hombros. Avanzo despacio flotando por la senda helada junto al río. Mis pasos dibujan un rastro en la blandura de la nieve. Saco otro cigarrillo. Fumo. Sé que no es bueno este vicio mío del tabaco, pero ahora poco me importa la vida si Marina se va en el tren de las ocho. Camino y camino. Sin embargo, es tan largo el paseo que a los pocos minutos me vuelvo y decido sentarme de nuevo en un banco de la glorieta. Al alcanzarla veo dos solitarios más. Me siento junto a ellos. Ahora soy yo el que desea algo de conversación. Me noto asustado.
La verdad pienso, es que mi vida es un asco. Tanto tiempo trabajando juntos, mesa con mesa, tantas miradas, tantos silencios compartidos, que no puedo imaginar llegar a la oficina y encontrar su mesa vacía. Marina Maldonado comenzó corrigiendo pequeñas muestras literarias. Debía pasar el periodo de prueba y debía ser yo, precisamente yo, el que le diera o no el visto bueno. La cosa era fácil. Le encargaba trabajos menudos, autores simples, de mente ahuecada… poca cosa. Ella miraba las cuartillas, mordía el extremo del lápiz poniendo una mueca graciosa; luego, cuando pasaban unos minutos, comenzaba a escribir, a subrayar, a pintar trazos sobre los papeles, rápida, vorazmente, como si en el trabajo le fuese la vida. A los diez días bajó el director. “Magnífica”, fue la palabra que salió de mi boca. Y a partir de ese día mi vida cambió para siempre. El trabajo ya no me aburría como antes, deseaba que llegaran las nueve de la mañana para llegar al despacho y encontrármela allí. A veces daba un rodeo por las calles vecinas, porque había salido tan pronto de casa que llegaba media hora antes. Entonces caminaba y caminaba absorto, respirando el aire fresco de la mañana. No me importaba la nieve, ni la lluvia, ni el viento. Nada era impedimento para que yo alcanzara la esquina de la calle y me quedara allí parado, como una señal, esperando la entrada de mi hermosa Marina.
¿Quiere?, me dijo alguien cercano.
Saliendo de mis pensamientos, miro a los tres hombres y asiento, apresando de nuevo la botella de licor y bebiendo hasta saciarme. Es bueno dejar la garganta acolchada para que las palabras, amasadas en el fondo de la mente, salgan suaves al aire. Delante de mí se ha sentado un hombrecillo que lleva un sombrero gris calado hasta las cejas. Me quedo observando su rostro. Delgado, nariz aguileña, piel oscura, curtida, y una repugnante nuez que se le mueve arriba y abajo cuando traga el dulce licor. Ríe. Su cara muestra una sonrisa eterna parecida a la de los tontos que ríen por nada, por el simple hecho de estar vivos. “Es idiota”, me digo, en un esfuerzo por soportar la repugnancia que me produce esa atroz mirada dulzona.
Me siento más olvidado que nunca. Y en esta oscuridad, acompañado de la miseria del mundo en forma de seres humanos, se me viene todo de golpe, y el pecho me duele, me duelen los brazos, siento el frío en las piernas, en los hombros. Desearía alguna mano cálida que me cubriese. Soy débil. El tonto de la risita no para de mirarme; el que está echado a su lado no ha abierto la boca desde que llegó, y a mí me ataca la soledad de esta noche sin fin cubierta de estrellas.


Todos estábamos a la espera

14.04.18 | 20:48. Archivado en Sobre el autor

Barranquillero del año 26, Álvaro Cepeda edificó este librito de nueve cuentos para el deleite de unos pocos elegidos. Poco traducido tanto en su país natal como en el extranjero, fue un impulsor de la cultura literaria de su Colombia, a la que quiso a su manera, a través de la profundidad de sus hechos, horadados por su máquina sensible y tratada como un escalpelo.
Samudio revolucionó el arte de contar historias, alejándose de la terrígena horizontal nativa e hispana, y amando la ancha mar caribe desde su Barranquilla, a la que solamente abandonó en pocos tiempos, para estudiar en la Universidad de Columbia y luego para morir en el Memorial Hospital de Nueva York, demasiado joven todavía.
Quedan sus escasos cuentos (que no relatos), una novela (La casa grande), un par de documentales e innumerables colaboraciones y trabajos más o menos esporádicos en periódicos y revistas culturales.
En la edición a cargo de Jacques Gilard, para Cooperación Editorial, aparecen nueve cuentos y tres apéndices. Aunque todas y cada una de estas breves historias son magníficas en cuanto a forma y a contenido, destaco el cuento "Nuevo Intimismo" y "Hoy decidí vestirme de payaso". A Cepeda le irritaba la figura de un narrador omnisciente, que todo lo abarca y todo lo observa. Rompe con esta tendencia. Cercano a Cabrera Infante en su formalismo, en Cepeda Samudio lo que asombra es su manera virtuosa de contar historias (que no anécdotas, porque cuando se presentan, son casi siempre irrelevantes). Cepeda consigue de nosotros, como lectores, que toquemos con los dedos el colmo del desamparo humano. A veces nos presenta un narrador anónimo que no omnisciente, que sabe lo que sabe, no más que el principal de los personajes; en otras este narrador anónimo observa los sucesos desde lejos, sin involucrarse, sin crear conciencia de lo que ocurre, sin la necesidad de contarnos nada sustancial, dejándonos abandonados para que seamos nosotros mismos y solos los que vayamos construyendo una historia donde no la hubo.
Todos estábamos a la espera, es un libro imprescindible para esos raros que gustamos de las extravagancias en lo tocante al mundo literario.


Un lugar más ameno

09.03.18 | 10:46. Archivado en Sobre el autor

De David Puigbó

Hostilidad encauzada en nuestras vidas,
hostilidad día tras día.
Sólo quiero un lugar más ameno,
un lugar bonito donde vivir.

Ojalá nos sintiéramos como en el útero materno,
ojalá esta vida fuera un lugar más ameno,
un lugar más bonito de vivir.
Un lugar más ameno, donde los sueños sean realidades.

Me gustaría que todo fuera amor,
me gustaría sentirme vivo y con ganas de vivir.
No quiero una vida eterna,
quiero morir cuando me toque habiendo amado.

Un lugar más ameno...
un lugar donde escribir mis sentimientos.
Ese lugar en el que podamos ser nosotros,
Un lugar más ameno...

Donde el soñar, no salga tan caro,
donde las personas valieran lo mismo.
Un lugar donde las banderas y los colores no tuvieran importancia,
un lugar donde el dinero, no compre el amor.


En guerra con el mundo

01.03.18 | 11:25. Archivado en Sobre el autor

De David Puigbó

Le he declarado la guerra al mundo entero,
por no entender hacia dónde camina.
Estoy en guerra contra todos...
mi única arma es la palabra, no tengo munición.

Me encuentro desarmado en el combate.
Me siento como un pez en pleno desierto,
rodeado de fina arena...
sin una sola gota de agua.

Palabras como única arma,
letras como ataque y como defensa.
Tengo suficiente artillería,
una artillería llamada poesía.

Apachas con mi libertad...
combato contra todos.
Apachas con mi libertad...
con la escritura como única arma.

Una lucha en la que nunca puedo ganar,
una lucha difícil de entender.
Un principio, una forma de ser...
Una guerra perdida desde antes de empezar.


Jueves, 20 de septiembre

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