El Acento

Entrevista a la poeta Doreli Rivas

18.08.18 | 12:27. Archivado en Sobre el autor

Hoy os presento a la poeta de origen mexicano Doreli Rivas. Autora de los libros Piel de seda y Entre rosas y espinas, en breve saldrá a la luz su tercer trabajo, Lluvia de luna.

A.F.: ¿Estimada Doreli, qué opinión te merece la llamada INSPIRACIÓN a la hora de componer tus obras? ¿Es más importante o menos, para ti, que el esfuerzo y la constancia? Háblame de esto.

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Nancy Ramirez Arancibia Encuentro Internacional de Escritores "PARA NACER HE NACIDO"

06.07.18 | 16:52. Archivado en Sobre el autor

Nuestro Encuentro Internacional de Escritores "PARA NACER HE NACIDO" organizado por "AEAH" desea entregar verdadera cultura literaria, dar calidad, aprendizaje conocimientos, pautas, reivindicar lo que " debe ser un Encuentro de Escritores"
A un evento de esta naturaleza se viaja miles de kilómetros por razones notables, por motivación de valores y amor a las letras , para conocer las tendencias, los estilos, etc. No solamente como escuché recientemente a alguien que dijo , yo voy a pasarla bien, es importante pasarla bien, confraternizar, hacer redes, pero NUNCA OLVIDAR EL VERDADERO OBJETIVO, que es la cultura.
Pensando en esto y en otros tópicos es que, nuestro Encuentro TIENE EL HONOR Y LA INMENSA ALEGRÍA DE HABER INVITADO AL ACADÉMICO DE LA FACULTAD DE HUMANIDADES de la Universidad de Playa Ancha. Un erudito e intelectual el señor "EDDIE MORALES PIÑA" quien accedió a brindarnos una conferencia en nuestro Encuentro, de los días 7-8-9- y 10 de noviembre de 2018.
Mi agradecimiento personal y el de toda la organización AEAH, para usted Eddie Morales Piña, maestro de la literatura.
Este y otros regalos de intelectualidad esperan a nuestros invitados en Santiago de Chile con ocasión de nuestro gran evento de las letras nacionales e internacionales.


Nancy Ramirez Arancibia Encuentro Internacional de Escritores "PARA NACER HE NACIDO"

06.07.18 | 16:51. Archivado en Sobre el autor

Nuestro Encuentro Internacional de Escritores "PARA NACER HE NACIDO" organizado por "AEAH" desea entregar verdadera cultura literaria, dar calidad, aprendizaje conocimientos, pautas, reivindicar lo que " debe ser un Encuentro de Escritores"
A un evento de esta naturaleza se viaja miles de kilómetros por razones notables, por motivación de valores y amor a las letras , para conocer las tendencias, los estilos, etc. No solamente como escuché recientemente a alguien que dijo , yo voy a pasarla bien, es importante pasarla bien, confraternizar, hacer redes, pero NUNCA OLVIDAR EL VERDADERO OBJETIVO, que es la cultura.
Pensando en esto y en otros tópicos es que, nuestro Encuentro TIENE EL HONOR Y LA INMENSA ALEGRÍA DE HABER INVITADO AL ACADÉMICO DE LA FACULTAD DE HUMANIDADES de la Universidad de Playa Ancha. Un erudito e intelectual el señor "EDDIE MORALES PIÑA" quien accedió a brindarnos una conferencia en nuestro Encuentro, de los días 7-8-9- y 10 de noviembre de 2018.
Mi agradecimiento personal y el de toda la organización AEAH, para usted Eddie Morales Piña, maestro de la literatura.
Este y otros regalos de intelectualidad esperan a nuestros invitados en Santiago de Chile con ocasión de nuestro gran evento de las letras nacionales e internacionales.


DARK AND GLOW PRESS: EL ARRIBO DEL TERROR A LA ALAMEDA SUR

05.07.18 | 10:48. Archivado en Sobre el autor

Por Ulises Paniagua

A principios del mes de junio experimenté una agradable sorpresa: descubrí una editorial con una propuesta fantástica, en ambos sentidos de la palabra. Y es que el terror, el suspenso y lo insólito son géneros poco recurrentes en la literatura nacional. La literatura anglosajona y la francesa han encabezado históricamente los movimientos al respecto. Por ello, porque las tradiciones se modifican, porque es necesario escribir y difundir en nuestro país novedades, es refrescante la presencia de editoriales que cultivan libros de esta naturaleza, lejos de la moda de las novelas del narcotráfico y del realismo violento volcado en páginas de morbo, de rabia.
El sábado 9 de junio tuve el privilegio de presentar un libro de terror, de éstos que tanta falta hace a los amantes del género. La tumba innombrable, del escritor mexicano Luis Manuel Solís, se mostró en la cafetería-librería Espejo de Luna, cerca de la Alameda Sur de la CDMX, bajo una ambiente cordial y el aroma de un café calientito (ideal para una tarde de lluvia). En la mesa participaron la escritora Yuri Márquez -quien mencionó los logros del taller al cual acudió Solís para pulir los textos-; y desde luego, el autor, quien habló acerca de las historias contenidos en La tumba innombrable, su primer libro, donde despliega un universo de gatos fantasmales, monstruos subterráneos y antiguos vampiros, entre otras criaturas.
Anunció el lanzamiento el director editorial del sello Dark and Glow Press, el escritor cubano radicado en México, Roger Vilar. Roger comentó que “Dark and Glow Press apuesta por este tipo de literatura, y que dará mucho de qué hablar en los próximos años, pues cuenta con buena distribución”. Dark and Glow es un sello nuevo, en el que también participa Teresa Rodríguez y Bustamante, quien realiza una maravillosa labor administrativa y de difusión. Dark and Glow arrancó con el pie derecho publicando los libros El retorno de Quetzalcóatl, del propio Roger Vilar, y ahora La tumba innombrable, de Luis Manuel Solís. Los senderos del asombro, sin embargo, son diversos. La editorial promete sorpresas para este año y el siguiente. “Habrá más libros de género fantástico y de terror”, asegura Roger. Los lanzamientos futuros también incluyen una colección de poesía cuyo catálogo será conformado por reconocidos autores a nivel latinoamericano, como es el caso de la uruguaya Laura Martínez Coronel.
El hecho de que la casa editorial se centre en la fantasía y el terror no excluye la publicación de obras narrativas que estén fuera de estos géneros. En este caso podemos mencionar la novela “Memorias de un viejo octogenario”, del escritor andaluz Antonio Florido Lozano, la cual verá la luz en el primer semestre de 2019.
Al salir del evento, la presentación de “La tumba innombrable”, la llovizna persistía. Mientras caminaba de vuelta a casa atravesando la alameda, miré los viejos árboles. Me pregunté cuántas historias podrían nacer de entre las sombras, de entre aquellas ramas; cuántos relatos asombrosos, terroríficos, se originarían en el misterio de ese parque y de otros muchos parques, de las lejanas calles, de los oscuros rincones de esta metrópolis cubierta, en aquel momento, por una lluvia pertinaz, sigilosa. “Muchas de esas historias las recogerá”, me dije, “Dark and Glow Press en sus próximas publicaciones.”


DARK AND GLOW PRESS: EL ARRIBO DEL TERROR A LA ALAMEDA SUR

05.07.18 | 10:47. Archivado en Sobre el autor

Por Ulises Paniagua

A principios del mes de junio experimenté una agradable sorpresa: descubrí una editorial con una propuesta fantástica, en ambos sentidos de la palabra. Y es que el terror, el suspenso y lo insólito son géneros poco recurrentes en la literatura nacional. La literatura anglosajona y la francesa han encabezado históricamente los movimientos al respecto. Por ello, porque las tradiciones se modifican, porque es necesario escribir y difundir en nuestro país novedades, es refrescante la presencia de editoriales que cultivan libros de esta naturaleza, lejos de la moda de las novelas del narcotráfico y del realismo violento volcado en páginas de morbo, de rabia.
El sábado 9 de junio tuve el privilegio de presentar un libro de terror, de éstos que tanta falta hace a los amantes del género. La tumba innombrable, del escritor mexicano Luis Manuel Solís, se mostró en la cafetería-librería Espejo de Luna, cerca de la Alameda Sur de la CDMX, bajo una ambiente cordial y el aroma de un café calientito (ideal para una tarde de lluvia). En la mesa participaron la escritora Yuri Márquez -quien mencionó los logros del taller al cual acudió Solís para pulir los textos-; y desde luego, el autor, quien habló acerca de las historias contenidos en La tumba innombrable, su primer libro, donde despliega un universo de gatos fantasmales, monstruos subterráneos y antiguos vampiros, entre otras criaturas.
Anunció el lanzamiento el director editorial del sello Dark and Glow Press, el escritor cubano radicado en México, Roger Vilar. Roger comentó que “Dark and Glow Press apuesta por este tipo de literatura, y que dará mucho de qué hablar en los próximos años, pues cuenta con buena distribución”. Dark and Glow es un sello nuevo, en el que también participa Teresa Rodríguez y Bustamante, quien realiza una maravillosa labor administrativa y de difusión. Dark and Glow arrancó con el pie derecho publicando los libros El retorno de Quetzalcóatl, del propio Roger Vilar, y ahora La tumba innombrable, de Luis Manuel Solís. Los senderos del asombro, sin embargo, son diversos. La editorial promete sorpresas para este año y el siguiente. “Habrá más libros de género fantástico y de terror”, asegura Roger. Los lanzamientos futuros también incluyen una colección de poesía cuyo catálogo será conformado por reconocidos autores a nivel latinoamericano, como es el caso de la uruguaya Laura Martínez Coronel.
El hecho de que la casa editorial se centre en la fantasía y el terror no excluye la publicación de obras narrativas que estén fuera de estos géneros. En este caso podemos mencionar la novela “Memorias de un viejo octogenario”, del escritor andaluz Antonio Florido Lozano, la cual verá la luz en el primer semestre de 2019.
Al salir del evento, la presentación de “La tumba innombrable”, la llovizna persistía. Mientras caminaba de vuelta a casa atravesando la alameda, miré los viejos árboles. Me pregunté cuántas historias podrían nacer de entre las sombras, de entre aquellas ramas; cuántos relatos asombrosos, terroríficos, se originarían en el misterio de ese parque y de otros muchos parques, de las lejanas calles, de los oscuros rincones de esta metrópolis cubierta, en aquel momento, por una lluvia pertinaz, sigilosa. “Muchas de esas historias las recogerá”, me dije, “Dark and Glow Press en sus próximas publicaciones.”


Entrevista a Antonio Florido Lozano

26.06.18 | 11:43. Archivado en Sobre el autor

Grupo Tierra Trivium entrevista a Antonio Florido Lozano tras su reciente presentación de su novela Perro Inmundo en Lima (Perú).
Madrid, 26/06/18

«Me inspira mucho la vida de Michel de Montaigne. Fue un tipo interesante y peculiar».

Nuestro escritor Tierra, Antonio Florido Lozano, ha estado en Lima (Perú) presentando su novela Perro inmundo: un thriller psicológico que se sirve de una visita inesperada, aparentemente perpetua, para desarrollar una trama asfixiante que aborda situaciones tan actuales como la corrupción que ejerce el consumismo sobre la intimidad.
El autor de novelas como Ojos de pez o Jardines imposibles, o relatos como Aún puedo vomitar, nos invita a reflexionar sobre la alienada sociedad del siglo XXI mediante el uso magistral de paralelismos y metáforas narrativas.
Florido Lozano, ingeniero de formación, ha compatibilizado su pasión por la enseñanza con el periodismo cultural. Actualmente colabora con periodistadigital en su columna El acento.
GTT. Cuando eras niño, ¿qué querías ser de mayor?
AFL. No pensaba en ello. Pero recuerdo que cuando comencé a leer todos los días el diario ABC (a los seis años) noté una sensación humillante porque no entendía muchas palabras y frases. Me dije que debía leer mucho y que debía hacerlo al menos hasta que llegase a comprender todo eso y a llenar mis enormes lagunas de ignorancia.

GTT. ¿Qué opinan tus seres queridos de tu pasión por la escritura?
AFL. Siempre lo han aceptado. Pero, mientras viví con mis padres llevaba colocada la etiqueta de el niño raro. De casado no. En mi propia familia se ve como algo normal: que su padre (y esposo) es así.
GTT. Profesor de tecnología. ¿No es extraño encontrar un escritor no formado en humanidades?
AFL. No es extraño. Estudié Ingeniería para comprender mejor el mundo físico que me rodea (esto lo conseguí, creo). Después estudié Ciencias Políticas para comprender mejor el mundo de las relaciones humanas (creo que también lo conseguí). Y no es extraño precisamente porque a una formación excesivamente técnica le falta ese complemento. Recuerdo que entre clases tenía que aislarme para leer poesía, (necesitaba desintoxicarme de tanta abstracción y cálculo). Mi doble preparación, técnica y en humanidades, me ha dado la información necesaria para entender que mi existencia es puramente efímera, sin ninguna importancia.

GTT. ¿Qué libro te hubiera gustado escribir, pero se te adelantaron?
AFL. Pedro Páramo. Pero lo hizo Rulfo. Y me conformo con leerlo de vez en cuando, para que no se me vaya de la cabeza qué significa escribir como Dios manda.
GTT. Pronúnciate. ¿Qué autor no consigues leer a pesar de lo mucho que lo recomienda la crítica?
AFL. Hay muchos. Todos esos que se venden por las cubiertas y la imagen. Y otros como Muñoz Molina, Reverte, Coelho… Aunque debo aclarar que a este tipo de autores casi no los conozco porque jamás me interesé por sus obras.
GTT. ¿Qué le recomendarías a alguien que quisiera ser escritor?
AFL. Que se deje los ojos leyendo. No hay más. No existen secretos. Y después mucho esfuerzo y dedicación.
GTT. ¿Cómo animarías a leer a un alumno?
AFL. Parto de la base de que no es obligatorio leer. La Cultura no solamente está en los libros. Pero le diría que intentase con algún libro divertido, lleno de magia e imaginación. Sí, eso le diría.
GTT. ¿Crees que tus novelas están al alcance de todas las mentes despiertas?
AFL. No soy yo quien deba afirmar o negar eso. Sólo confieso que escribo para mí y soy muy exigente. Si luego un lector entiende lo que digo o no, no es mi asunto.
GTT. Perro inmundo. ¿Cómo surge esa idea?
AFL. Surgió de una situación cotidiana y común. Cuando me di cuenta de que, lo queramos o no, hemos sido invadidos por la nadería de los medios digitales. Una situación irreversible. Sólo cabe la rebelión en el estadio individual. Pero mucho mejor que yo lo explicó Orwell en 1984. Recomiendo volver a leerlo. Acertó de pleno.

GTT. Voy a ponerte en un compromiso. ¿Por qué escogiste Grupo Tierra Trivium?
AFL. Imaginé que lo formarían un grupo de personas con ilusión e iniciativa, y que publicarían cada libro depositando mucho compromiso con el objeto y con el posible autor. Creo que acerté. Y me alegro.
GTT. ¿Cuál es tu próximo proyecto?
AFL. Varios en mente. Ahora trabajo en una novella sobre el concepto de la intolerancia. Y luego posiblemente escriba una novela histórica sobre la figura del hereje. Es decir, del librepensador. Me inspira mucho la vida de Michel de Montaigne. Fue un tipo interesante y peculiar.
GTT. Confiesa la anécdota a la que más cariño tienes de Perro Inmundo, editado por Grupo Tierra Trivium.
AFL. Cuando me encontré de nuevo con Modesto Cruz. El pobre está siempre dispuesto para todo. Lo uso cuando me parece oportuno y nunca me lo reprocha. Es así, humilde. Ya tenemos cierta confianza.
GTT. Una última cosa… ¿cuál de tus novelas ha sido la que más te ha costado escribir? ¿Por qué?
AFL. La primera, Las tierras de Melampó. Aparecen muchos personajes. Tres generaciones que abarcan un siglo en el tiempo novelado. Tuve que elaborar y rehacer varios árboles genealógicos para que todos los hechos fuesen encajando. Me llevé más meses en eso que en escribir la historia.
Muchas gracias, Antonio, por formar parte de Grupo Tierra Trivium.


Entrevista a Antonio Florido Lozano

26.06.18 | 11:42. Archivado en Sobre el autor

Grupo Tierra Trivium entrevista a Antonio Florido Lozano tras su reciente presentación de su novela Perro Inmundo en Lima (Perú).
Madrid, 26/06/18

«Me inspira mucho la vida de Michel de Montaigne. Fue un tipo interesante y peculiar».

Nuestro escritor Tierra, Antonio Florido Lozano, ha estado en Lima (Perú) presentando su novela Perro inmundo: un thriller psicológico que se sirve de una visita inesperada, aparentemente perpetua, para desarrollar una trama asfixiante que aborda situaciones tan actuales como la corrupción que ejerce el consumismo sobre la intimidad.
El autor de novelas como Ojos de pez o Jardines imposibles, o relatos como Aún puedo vomitar, nos invita a reflexionar sobre la alienada sociedad del siglo XXI mediante el uso magistral de paralelismos y metáforas narrativas.
Florido Lozano, ingeniero de formación, ha compatibilizado su pasión por la enseñanza con el periodismo cultural. Actualmente colabora con periodistadigital en su columna El acento.
GTT. Cuando eras niño, ¿qué querías ser de mayor?
AFL. No pensaba en ello. Pero recuerdo que cuando comencé a leer todos los días el diario ABC (a los seis años) noté una sensación humillante porque no entendía muchas palabras y frases. Me dije que debía leer mucho y que debía hacerlo al menos hasta que llegase a comprender todo eso y a llenar mis enormes lagunas de ignorancia.

GTT. ¿Qué opinan tus seres queridos de tu pasión por la escritura?
AFL. Siempre lo han aceptado. Pero, mientras viví con mis padres llevaba colocada la etiqueta de el niño raro. De casado no. En mi propia familia se ve como algo normal: que su padre (y esposo) es así.
GTT. Profesor de tecnología. ¿No es extraño encontrar un escritor no formado en humanidades?
AFL. No es extraño. Estudié Ingeniería para comprender mejor el mundo físico que me rodea (esto lo conseguí, creo). Después estudié Ciencias Políticas para comprender mejor el mundo de las relaciones humanas (creo que también lo conseguí). Y no es extraño precisamente porque a una formación excesivamente técnica le falta ese complemento. Recuerdo que entre clases tenía que aislarme para leer poesía, (necesitaba desintoxicarme de tanta abstracción y cálculo). Mi doble preparación, técnica y en humanidades, me ha dado la información necesaria para entender que mi existencia es puramente efímera, sin ninguna importancia.

GTT. ¿Qué libro te hubiera gustado escribir, pero se te adelantaron?
AFL. Pedro Páramo. Pero lo hizo Rulfo. Y me conformo con leerlo de vez en cuando, para que no se me vaya de la cabeza qué significa escribir como Dios manda.
GTT. Pronúnciate. ¿Qué autor no consigues leer a pesar de lo mucho que lo recomienda la crítica?
AFL. Hay muchos. Todos esos que se venden por las cubiertas y la imagen. Y otros como Muñoz Molina, Reverte, Coelho… Aunque debo aclarar que a este tipo de autores casi no los conozco porque jamás me interesé por sus obras.
GTT. ¿Qué le recomendarías a alguien que quisiera ser escritor?
AFL. Que se deje los ojos leyendo. No hay más. No existen secretos. Y después mucho esfuerzo y dedicación.
GTT. ¿Cómo animarías a leer a un alumno?
AFL. Parto de la base de que no es obligatorio leer. La Cultura no solamente está en los libros. Pero le diría que intentase con algún libro divertido, lleno de magia e imaginación. Sí, eso le diría.
GTT. ¿Crees que tus novelas están al alcance de todas las mentes despiertas?
AFL. No soy yo quien deba afirmar o negar eso. Sólo confieso que escribo para mí y soy muy exigente. Si luego un lector entiende lo que digo o no, no es mi asunto.
GTT. Perro inmundo. ¿Cómo surge esa idea?
AFL. Surgió de una situación cotidiana y común. Cuando me di cuenta de que, lo queramos o no, hemos sido invadidos por la nadería de los medios digitales. Una situación irreversible. Sólo cabe la rebelión en el estadio individual. Pero mucho mejor que yo lo explicó Orwell en 1984. Recomiendo volver a leerlo. Acertó de pleno.

GTT. Voy a ponerte en un compromiso. ¿Por qué escogiste Grupo Tierra Trivium?
AFL. Imaginé que lo formarían un grupo de personas con ilusión e iniciativa, y que publicarían cada libro depositando mucho compromiso con el objeto y con el posible autor. Creo que acerté. Y me alegro.
GTT. ¿Cuál es tu próximo proyecto?
AFL. Varios en mente. Ahora trabajo en una novella sobre el concepto de la intolerancia. Y luego posiblemente escriba una novela histórica sobre la figura del hereje. Es decir, del librepensador. Me inspira mucho la vida de Michel de Montaigne. Fue un tipo interesante y peculiar.
GTT. Confiesa la anécdota a la que más cariño tienes de Perro Inmundo, editado por Grupo Tierra Trivium.
AFL. Cuando me encontré de nuevo con Modesto Cruz. El pobre está siempre dispuesto para todo. Lo uso cuando me parece oportuno y nunca me lo reprocha. Es así, humilde. Ya tenemos cierta confianza.
GTT. Una última cosa… ¿cuál de tus novelas ha sido la que más te ha costado escribir? ¿Por qué?
AFL. La primera, Las tierras de Melampó. Aparecen muchos personajes. Tres generaciones que abarcan un siglo en el tiempo novelado. Tuve que elaborar y rehacer varios árboles genealógicos para que todos los hechos fuesen encajando. Me llevé más meses en eso que en escribir la historia.
Muchas gracias, Antonio, por formar parte de Grupo Tierra Trivium.


Cambio de rasante, nueva novela de Jimena Tierra

15.06.18 | 08:48. Archivado en Sobre el autor

El despacho A & V Rojo, Detectives Privados, recibe el encargo de localizar el paradero de una anciana desaparecida en extrañas circunstancias. No hay ningún hilo del que tirar, a excepción de un suceso de similares características ocurrido hace años en la misma zona de influencia. Las pesquisas les llevarán a un peligroso entramado en el que, su mejor baza, será la honestidad de sus conciencias. Desde que Daniel Careaga ha llegado a Albahaca para realizar un curso de formación en la universidad, la ciudad le ha puesto la zancadilla. El entorno es hostil y anómalo. Tanto, como la enigmática compañera a la que acaba de conocer y a la que no quiere dejar escapar. Involuntariamente, se verá inmerso en un ciclón absorbente de crímenes y engaños que le alejará progresivamente de la vuelta a casa. Después del éxito cosechado con Equinoccio, la autora nos sorprende con una trama actual y asfixiante, que juega con la concepción del envejecimiento desgranando los avances de la ciencia y ahondando en un abismo de graves conflictos éticos y morales.

Leer no es obligatorio (aún), pero disfrutar de una gran historia es muy recomendable. Usted mismo.


Cambio de rasante, segunda novela de Jimena Tierra

10.06.18 | 14:19. Archivado en Sobre el autor

Jimena Tierra (Madrid, 1979) nos atrapa con una nueva novela. La polifacética autora, conocida por su manuscrito Equinoccio (Grupo Tierra Trivium, 4º Edición), nos sorprende con una trama actual y asfixiante que juega con la concepción del envejecimiento, desgranando los avances de la ciencia y ahondando en un abismo de graves conflictos éticos y morales.
Cambio de rasante no es solo un thriller de ficción. Se trata de una crítica feroz hacia un sistema capitalizado en el que los valores inherentes al ser humano se han perdido.
Con prólogo de Rosario Curiel, finalista en los Premios de Novela Nadal en 2006 y Fernando Lara en 1996, y la colaboración orientativa de María Blasco Marhuenda, Directora del CNIO, Cambio de rasante se convierte en la segunda novela negra de Jimena Tierra. Situando a algunos de los personajes de su primera trama, como son los detectives privados Anastasio y Verónica Rojo, en la Universidad de Albahaca, perfectamente reconocible como El palacio de la Magdalena de la ciudad de Santander.
Jimena Tierra cultiva, también, relato corto y poesía. Ha sido galardonada en los siguientes certámenes: AVINESA (2013) con Mi marido es perfecto; Ediciones Saldubia (2014) con Escombros; Atrévete a Rimar Aragón con Sueño (2014) con La vida es Aragón, la vida es sueño; y el certamen Don Manuel (Moralzarzal, 2017) con No fue un verano cualquiera.
Asimismo, es una de las coordinadoras del Grupo Tierra Trivium. Un nuevo modelo de editorial joven, comprometido con valores sociales, emprendedor e innovador, que trata de aportar una perspectiva diferente al proceso empresarial actual.

La autora madrileña firmará ejemplares de Cambio de rasante y Equinoccio en la Feria del libro de Tres Cantos, en la caseta nº 12 destinada a Grupo Tierra Trivium, el día 16 de mayo, de 17:30 a 20:00 h. Además, tiene concertadas presentaciones en la librería Burma (Madrid, 9 de junio) y la Universidad Menéndez Pelayo (Santander), entre otras.
Más información en www.tierraeditorial.com.


Embriaguez (7) - Novela por entregas

06.06.18 | 08:59. Archivado en Sobre el autor

“Es una mujer especial”, fueron las primeras palabras que salieron de mis labios. “Hablarte de ella es resumirte la historia del mundo en una sonrisa, en una mirada, en un desvío presumido y coqueto, donde lo infinito se pone al alcance, donde lo caduco se eterniza”. “Hablar de ella es vivir y morir. Todo a la vez, en una mezcla confusa y mágica donde tratar de encontrar la solución al enigma se me torna imposible”. Continué expulsando de mi interior las venas marchitas, la sangre coagulada, el pavor al mañana, la incomprensión que me servía de sostén diario. Dije: “Marina es hermosa, la belleza encarnada, lo divino presente. Es el completo aditamento que a todo hombre le falta y que te hace preguntarte cómo los demás han podido vivir sin su presencia. Cómo la Historia sucedió sin ella incorporada, me pregunto, lanzando al viento la eterna cuestión del ser o no ser, tan antigua por otro lado”. “¿Marina?”. “Marina Maldonado simplemente se fue. Ausencia diaria. Espera angustiosa. Se fue…”. “Marina, mi adorada Marina traspasa con sus ojos la piel más curtida. Cuando sonríe las nubes se apartan, demostrando a todos que la luz existe. Que no es un engaño, sino real, fantástica, transparente. Cuando enmudece el silencio se aviva y remueve la alegría de tenerla a tu lado. Simplemente observar su rostro. Enmarcar en tus recuerdos esa luz cegadora que humilla cuando la encuentras. Marina es todo. Es ella, yo mismo, deshumanizado, deshecho, un todo confundido en una preciosa armonía que embriaga. Y cuando la conoces entiendes el sentido de eso que algunos llaman la Nada, el vacío, el éter de los antiguos metafísicos. Es cuando descubres de una vez el motivo de haber nacido”. Michel guardaba silencio mientras yo, beodo de mis palabras, hablaba y hablaba en medio de esta Sala del Recuerdo. “Sólo así, recordando, atrayendo hacia ti los sentimientos ruines, los pesares densos y el sufrimiento odiado, serás capaz de llegar hasta el olvido”, dijo el viejo arrugando el ceño y mostrando con serenidad que intentaba ser convincente. “La paz sólo llena el espacio cuando éste se ha formado. Y ahora tú, Modesto, lo mantienes rebosante de amargura. Por eso el sosiego y la confianza en que crees, en tu conciencia liberada, no alcanzará tu mente hasta que lo hayas logrado”. “Muchos de nosotros, al principio, evacuábamos aquí mismo, frente a este huerto y estos árboles hermosos, los miasmas que roían las carnes, los hedores que formaban la esencia de nosotros mismos. Pero todo llega. Y cuando superes esta etapa –una de las más difíciles-, conocerás que tu desencuentro es poca cosa comparada con la repugnancia que muchos de estos tullidos siente aún hacia el mundo de fuera”.
Después de haber soltado todo estos sentimientos, me sentí calmado. Y recordé mi época de niño, cuando lloraba por cualquier cosa. Cerré los ojos y vi a ese pequeño cansado de gimotear, con el pecho convulso, tiritando y con los pómulos ardientes. Y luego, en otra imagen, le vi jugar en la calle, alrededor de los otros niños, como si en realidad nada hubiese pasado. ¿Y no es así, de veras? ¿No será que la verdad, lo que nosotros llamamos verdad, lo absoluto, lo inmanente, no es nada, realmente nada, sino más bien un engaño, un ardid, una simple locura del alma? Me levanté. Dejé a Michel allí sentado, echado hacia atrás, con la espalda y los hombros apoyados sobre el respaldo mullido. Me sentía exhausto, sediento, con los labios resecos y el corazón dolorido. Miré al ventanal. Los hermosos y enormes árboles seguían moviendo sus ramas como si la vida no fuera con ellos, ajenos a todo. Algunos ciegos acababan sus hoyos, echaban en ellos las hebras que sacaban de unos bolsos que llevaban colgados y luego se acercaban a la pared más cercana para tocarla y sentir en sus yemas las asperezas que les indicaban el camino de vuelta. Todo continúa. Aunque no estés aquí, hermosa Marina, aunque tus olores de hembra se esparzan por otras zonas del mundo, nada importa, porque todo sigue igual. Y esta certeza, arraigada muy dentro de mí, era lo que me dolía y lo que rizaba mis nervios y mis pesadumbres. Miré a Michel. El viejo estaba dormido. Echado sobre el asiento de nuestros vacíos, el pobre hombre se había quedado dormido como un niño inerme. Y esa imagen tierna del viejo pequeño en los brazos de la somnolencia conmovió mi alma y sentí, por primera vez, compasión no de mí, sino del hombre que se sabe solo, enfermo y abandonado.
Me llevé varios días sin pisar La Casa. Me dije a mí mismo que debía seguir viviendo, a pesar de todos los obstáculos, enfrentándome a los nuevos amaneceres con el ánimo y la gentileza de espíritu de uno más. Modesto debía ser otro más, otro ignorante descubierto en medio de la planicie, desnudo, aterido, sincero, pero en cualquier caso, otro hombre más, con sus miedos y sus sonrisas, con sus silencios y sus palabras engañosas. De forma que al poco tiempo aparecí por la Oficina y me senté de nuevo en la mesa, rodeado de papeles atrasados que esperaban unos ojos y unos pensamientos que les filtrasen. Me enteré que el desconocido opulento y vanidoso había logrado sacarle al jefe un contrato nada desdeñable. Poco me importaba, sin embargo, esa noticia, sabiendo como sabía el contenido enmarañado y viscoso de su manuscrito. El gusano que correrá sobre sus hojas con las patitas peludas será un asqueroso ser viviente puesto ahí por mí. Y cuando los demás lean esas páginas inventadas, sentirán sobre sus dedos la tersura de la piel de estos animalitos. Entonces yo me reiré en lo más hondo y la alegría que experimentaré no tendrá límites.
Pasaban los días con lentitud. El tiempo ralentizaba el baño de las sombras, las horas de lectura, las de análisis riguroso. Incluso la luz del día, en la calle, entre el gentío que se movía anárquicamente, era una luz más tenue, así como azulada. No tanto como los ojos de un niño recién nacido, o como las aguas mansas de un riachuelo, zarcas, agradables, transparentes. Era un albor, una llamarada, un inquietante principio que me daba un miedo espantoso porque parecía emanar de las tumbas antiguas. ¿Fósforo? ¿Anuncio del devenir, que se acerca? De vez en cuando me apresuraba en acabar el trabajo para salir antes de la Oficina. Aprovechaba las horas muertas, esas en las que los cadáveres parecen ponerse de acuerdo en no invadir las aceras. Y me iba adonde Michel. Alguna vez le cogí dormido. Otras El Viejo deambulaba de pasillo en pasillo, entrando en las habitaciones, charlando, arrastrando sus pies gastados, auscultando el sentir de los allí presentes. Pero siempre que notaba mi presencia dejaba las cosas y se arrimaba a mi cuerpo para hablar de las desgarraduras mutuas que nos helaban las entrañas. Pronto fui entre ellos uno más. El ciego de la entrada abría las puertas cuando creía intuir la llegada de mis pasos. Recuerdo que sus ojos eran blancos, apagados, viscosos. Y que al principio, la primera vez que los vi, me produjeron unas náuseas tan profundas que noté removerse todo mi cuerpo. Pero después, al mirarle, esa sensación de asco se fue atenuando con el paso del tiempo. La miseria necesita tiempo, mucho tiempo para ir acomodándose en nuestros pensamientos, volviéndonos inmunes ante la tristeza, ante todo pesar y desconsuelo. La miseria es paciente y sabe esperar a que tu cuerpo y tu mente estén maduros. Cuando sabe llegado el instante definitivo, fugaz, eterno, todo a la vez; cuando concluye que tu cerebro se ha adormecido entre misterios insondables, tiernos, compasivos, entonces la desgracia aparece y ya no puedes hacer nada. Comprendes que estás atrapado en las redes de lo ignominioso. Es cuando ves al hombre como un ser mezquino, indefenso, atávico. Lo ves y te da asco su presencia y entonces deseas morir cuanto antes.
Por las noches continué caminando como si fuera un lobo desterrado de la manada. Anduve por toda la ciudad, arrastrando mis pies por los suelos empedrados y por el barro de las casas de tolerancia. A veces me gustaba transitar junto al Neva mudo y eterno, flujo de aguas heladas donde muchos desgraciados buscaban la solución a sus desdichas. El gran río de la ciudad es hermoso. Profundas sus aguas en el centro, onduladas sus olas que mueren en la orilla casi plana. Y largo como una serpiente que recorriera los barrios de la gran ciudad buscando a las presas despistadas y errabundas. El frío del invierno daba paso lentamente a un aire soportable. Las noches se vieron invadidas de mendigos que salían de los hospicios porque ya no corrían tanto peligro de morir empedrados de hielo, con los huesos anclados al agua solidificada. Sus caras, su piel y sus cabellos aparecían desmayados por el hambre, demacradas sus facciones, retorcidos sus anhelos. Pero los mendigos, los ancianos ambulantes, los viajeros que habían dejado salir el último tren mirando al fondo infinito sin atreverse a cogerlo, desamparados que dejaron atrás sus empleos o sus familias, todos los enamorados y enloquecidos por los amores huidizos, nos encontrábamos de vez en cuando en medio de la nada. Un grupo humano, de carne podrida, de sentimientos tumefactos y deshechos, éramos los que a estas horas de la madrugada nos cruzábamos por las calles tristes. Seguí visitando la glorieta. De vez en cuando le miraba la cara a la estatua del centro y me decía que ese tocho de bronce, de piedra, o de cualquier otro material, que en el fondo es lo mismo, tiene más sentido común que yo. Y a ella le duelen menos las cosas de la vida. Me sentía en esos momentos fuera de lugar y del tiempo. Como si yo no perteneciera a esta zona del mundo. A esta Historia que más tarde contarán los libros. Me sentía un pequeño ser vulgar, agusanado, embebido en la pléyade de materias inertes de las que sentía unos celos tremendos.
En la glorieta de los desamparados había aquella noche un grupo numeroso de hombres perdidos. Yo también acudí. Necesitaba hablar con El Viejo, sanar aún más mi desconsuelo, y sabía que sólo él era capaz de absorber toda la porquería que me sobraba. Sin embargo Michel no llegaba. La luz muerta de la noche, a pesar de los reflejos que las aguas del Neva lanzaban hacia nosotros, llenaba el espacio y hacía más fría aún la estancia en ese lugar. El Mudo nos miraba, hierático, con sus pómulos salientes. El Idiota movía la cabeza adelante y atrás, en un movimiento rítmico y acompasado, y mientras lo hacía su cara abría la sonrisa estúpida, bobalicona, y las babas se le salían por los labios, brillantes y acuosas. Esa noche también acompañó la comitiva el ciego de la entrada. Éste permanecía sentado, agarrándose el cuerpo con sus brazos diminutos, en un intento infructuoso por darse calor a sí mismo. En medio de todos habían encendido un fuego que ardía y se deshacía, humeante y fugaz. Las llamas prendían, subiendo sus penachos tan altos como el viento del norte les dejaba. El fuego, con sus llamas avivadas, lamiendo el vacío compacto entre los idiotas y los tullidos, embelesaba las mentes y todos estábamos en silencio, mirando sus movimientos, vislumbrando en su cuerpo amarillo las esperanzas que el mundo nos negaba. ¿Qué misterio encierran las llamas encendidas, que todo ser humano se queda embobado mirándolas? Gaspar, un viejo de setenta y tantos años, atizaba de vez en cuando las ascuas rojizas, y con el único brazo que le queda en el cuerpo, removía con la punta de una rama las lumbres que intentaban huir del calor insoportable. Era feliz el hombre con su cometido, porque en su rostro se había acoplado una sensación de placidez y de templanza, como cuando te sientes radiante sin saber el motivo. Al otro lado, sobre un banco negro de piedra insensible, estaba Demetrio, el sordomudo encargado de alimentar a todos los residentes de su galería. Demetrio es un hombre alto, casi un gigante. Desde pequeño no oye ni habla y sólo ve las cosas de este mundo torcidas y disimuladas. Es como ir al teatro con los ojos tapados. O como intentar avanzar a lo largo de un camino desconocido sin oír el crujir de tus pasos ni ser capaz de gritar cuando la desgarradura destroza tus fibras. Las llamas continuaban escalando al cielo, agarrándose a las moléculas invisibles del aire. Todos presenciábamos las penumbras, los rizos, los bailes de las lenguas de fuego y todos lo hacíamos en silencio. El crepitar de los troncos macizos, cuando crujen y se desgarran, formando una masa calcinada y revoltosa, el sonido de las chispas saltarinas, el olor al humo blanquecino, hasta el calor que recibíamos en nuestros cuerpos, todo ello fundía lo simbólico con lo misterioso, lo totémico con lo ancestral. Y ese ambiente mágico me gustaba tanto que por nada del mundo me lo hubiera perdido. Sólo faltabas tú, Marina, a mi lado, abrazada a este pobre diablo que yace sobre el banco aterido de frío. ¿Es esta heladura real, quiero decir, sólo física? ¿No es alimentada, acaso, por la desnudez del amor, que me dejó huérfano de equilibrio? No sé lo que pienso, sólo que no hago otra cosa que mirar a mis compañeros y sentir lástima de ellos. Imagino aquella noche como si estuviese sucediendo ahora mismo. Y veo a Gaspar levantándose del banco, abriendo su boca desmesuradamente, arqueando la espalda y volviéndose a sentar, dueño ya de su propia vigilia, que se le iba. Y a Demetrio con su lengua atrapada y sus oídos vagos, indolentes y tumefactos. Le veo y siento resignación, pena, asco de la vida y un anhelo brutal porque venga Michel a salvarme. Pero aún tardaría un buen rato. El Viejo camina muy despacio y siempre suele alcanzar la glorieta cuando todos sus compañeros llevan allí un buen tiempo bajo la noche eterna. “¿Cómo estás hoy?”, me dice Michel cuando se sienta a mi lado. “Ya ves, amigo, como siempre, pensando y recordando a Marina…”, le respondí quedamente, para que los demás no se enterasen de mis palabras. “Una vez te dije que me ocurrió algo parecido en el mismo lugar, en el mismo asiento de listones curvados, ¿recuerdas?”, me dijo Michel, tomándome la mano con sus huesos derrotados. A Michel le gusta tocar la piel de la persona con la que habla porque quizás se sienta así más tranquilo y más acoplado a la naturaleza. Yo le miraba y veía en sus ojos el velo blanco de las cataratas, las mil fisuras de su rostro encendido y olía el aroma típico de los ancianos. “Ese día dejé marchar el último vagón. Estuve tragando la angustia de la decisión. La duda me roía por dentro. Si lo tomaba, mi vida sería a partir de aquel momento una vida, digamos, normal, adaptada a las convenciones, ajustado el devenir; todo se sucedería según una reglas conocidas que nadie ha escrito jamás. Si, en cambio, le dejaba marchar…si le dejaba marchar sólo me quedaría el ocaso, la contracorriente, el río impetuoso de la discordia, de las mentiras adornadas, la lucha diaria desde que te levantas hasta que te adormeces…Fue una noche horrible. Y no pienses, o mejor dicho, no me preguntes quién iba en el interior del tren cuya ausencia tanto dolor me causaba. Es en vano. Al contrario que tú, yo no tenía ninguna Marina que me dijese adiós con sus manos pegadas al cristal. No había ningún amor de ese tipo, encarnado, físico, material. Yo estaba solo. Al final del camino, cuando el tren nocturno llegase a la última parada, me esperaban unos muros especiales de donde es difícil escapar. Sobre todo porque al entrar debes hacerlo con varios compañeros que luego no te abandonarán nunca: la confianza, el amor y la abnegación total. Sí, yo iba a un Seminario. Mi destino: la religión. Mi trabajo de por vida: engañar a los demás haciéndoles creer en un mundo ficticio, lleno de esperanzas y de simulacros. Un mundo en el que ni yo mismo creía, por mucho que me esforzaba, entiéndeme. Por las noches pensaba en eso que llaman Dios. Le imaginaba omnipotente, elevado, majestuoso…”. En ese instante Michel dejó de hablar con su típica voz aguda y pastosa y se llevó el pañuelo a la nariz, sonándose varias veces. Continuó: “Pensaba en Él, ciego, confuso, hastiado por todo lo que me rodeaba en esos días de desconsuelo y de pérdida. Luego, por la mañana, cuando miraba las caras entristecidas de los hombres, en la calle, en los jardines, en el trabajo, me preguntaba constantemente por qué de tanta desgracia. Si Dios es, por qué permite tanta crueldad entre nosotros. La duda se encarnó a partir de entonces en mi interior torturándome día y noche. Dejé de dormir, pensando en la oscuridad lo que a la luz del día se iba, desvaneciéndose. Y todo esto me volvía loco. Loco dentro de un mundo en desacuerdo con mis propios anhelos. La contradicción más absoluta fue tomando cuerpo poco a poco, hasta que llegó a un punto en que todo en mí se tornó ridículo. Y me sentí indigno de vivir entre vosotros, los seres humanos. Había dejado escapar el tren. Me encontraba en el mismo banco, sentado, en el mismo lugar donde te encontré la noche fugaz en la que Marina, tu Marina, se iba. Y desde ese día en que me reconocí huérfano de toda alegría cambié los días por las noches, y comencé a caminar cuando ya todos habían desaparecido de la ciudad, conformándome con la compañía de las piedras, de las mujeres tolerantes y de las aguas eternas del río que tanto conoces”.


Embriaguez (6) - Novela por entregas.

14.05.18 | 18:03. Archivado en Sobre el autor

“Hay algo que todavía no entiendo, Michel”, le dije con cierta vergüenza. “¿Cómo has llegado a este lugar, cómo aceptan tu presencia, si no cumples las condiciones para estar aquí, entre ellos?”. Tardó unos minutos en responder. Conociéndole, encendí un cigarrillo y fumé tranquilo esperando que la ausencia de las palabras se alejara de nosotros. “Quieres decir que no soy un Idiota ni un Loco, ni padezco ningún desorden observable, ¿verdad?”. Iba a responderle cuando se anticipó y dijo: “¿Es que debemos compartir la materialidad del mundo, plena, completamente? ¿Dónde dejas el Derecho a sufrir? A sufrir libremente, sin atender a las convenciones, a soltar tu lastre cuando, donde, y como quieras. ¿Dónde puede uno vivir deshecho y desprendido de todo, sino aquí, entre estos muros?”. Esa noche ya no le vi más. Se levantó y se fue arrastrando los pies y sin despedirse. Al día siguiente mis brazos cogieron los papeles emborronados por sentimientos ajenos a mí. Leía sin comprender. No me concentraba en nada. Salía a la calle, fumaba, volvía a entrar, tomaba de nuevo los papeles amontonados y seguía hundiéndome en el horror más absoluto de saberme vivo. Se abrió un hueco en mi vida donde cabían todos los temores del mundo. Pensaba en ti, hermosa Marina. Y me alimentaba de tu desdén, de tu indiferencia, de tu imagen desnuda de amor. Por la noche volví a las calles heladas. Caminé como un sonámbulo loco que no sabe adónde va ni qué demonios quiere hacer. Me encontré en la glorieta. ¿Quién impulsó mis pasos hacia aquel lugar? ¿La locura del olvido deseado, el desarraigo encarnado en mis sentimientos? El Mudo vistió su rostro con la sombra borrosa de la duda. Me miró y con sus manos removió el aire gélido preguntándose qué me pasaba. El enfermo, echado sobre el banco eterno de sus males, reía sin sentido alguno y noté que la sangre se agolpaba en mi pecho, deseosa de salir. ¿Michel? Aún no había llegado. Me senté junto a ellos. El enfermo me dijo: “Yo también sufrí. Y ahora veo en tus ojos el desconsuelo y el temor a lo vivo. Pero no debes preocuparte. Conseguirás fundirte con el dolor y hacer de él parte de ti. Lo veo. Lo sé”. Noté un temblor en mi cuerpo. El interior, mis nervios, mis fibras, todo en mí se removió formando parte de un seísmo profundo sin razón, sin causa aparente. ¿Así debe ser la vida de un hombre?, me dije en silencio, mientras mis ojos se colgaban de las ramas enervadas de los árboles milenarios. “Sé que muero sin remedio. Pero río a la vida que aún me queda. Río a vosotros, al mundo, al cielo estrellado, al universo infinito. Río, aunque por dentro el sarcasmo corroa mi carne, aunque la ironía de mis palabras abra de vez en cuando una herida olvidada. Río porque es lo único que me resta por hacer. Ya nada tiene remedio, de modo que seré el Idiota de siempre, hasta el Fin”. Un ligerísimo brillo emanó de las cuencas de sus ojos y la risa, la eterna risa de sus pómulos desapareció por un instante. El Mudo también estiró su rostro. Y yo callé expresando con mi silencio la verdad de la noche desnuda. No quise esperar la llegada de Michel y seguí caminando un buen rato dirigiendo mis pasos hacia el hueco que me desgajaba el alma. Llegué a la Estación. De nuevo el aroma amargo penetró en mí horadando el velo transparente de mi cordura. Fui al banco de aquella mañana. La gente era la misma que la de aquel día. ¿Acaso las caras no son siempre iguales en los seres mediocres y anónimos? Llegó la hora coincidente. Y ahí estaba el dolor. El padecimiento que había tratado de sepultar durante unos días surgió de pronto del fondo de mis entrañas recordándome la mañana en la que te vi por última vez, Marina, hermosa Marina. Reviví el agrio sentir de mis poros, el desconsuelo de saber que no llegabas, noté cómo mis fibras se agrietaban sentado en aquel banco como un imbécil. Y luego, cuando por fin alcanzaste tu meta, la magia de lo existente me dijo que te perdía para siempre. Otra máquina vaporosa rugía delante de mí. Algunos hombres esperaban de pie, al lado de sus amadas; las parejas se abrazaban, se besaban, compartían los efluvios invisibles de la realidad presente, definitiva, inexorable. Luego alguien subía las maletas al tren. Y ellos seguían de pie, impertérritos, junto a ellas. Tremendos celos de seres a los que no conozco de nada. El vacío, la yerma voluntad de un hombre, la desnudez más absoluta, todo en una mezcla confusa e inarmónica que me volvía loco. Pensar en ti me dolía en aquel momento. Cuando tu imagen invadía mi cerebro, asaltándolo, trataba de pensar en algo diferente. Pero era inútil. Tu fuerza, tu ímpetu, volvía a mí una y otra vez, destrozándome, matándome. El ser, la carne, la voluntad, los sentimientos, en densa disolución de una realidad perdurable que ahoga al más sensato. No debería el hombre poder elegir. La ignorancia, esa dulce sustancia que embriaga, rebosaría de mis labios sin con ella fueras mía, sin con esa golosa ternura del alma supiera que siempre estarías a mi lado, acompañándome en los instantes eternos y presentes del devenir. Si supiera reconducir la vida de los demás, la mía propia, la tuya, amor mío, viajaría evanescente en el aire, hasta tu cuerpo candoroso, hasta lograr fundir mi alma con la unidad que te dio la vida, con tus labios trémulos y con tu sonrisa misteriosa. Pero nada de eso sucedió, sino que todo lo que me rodeaba entonaba la canción, la triste canción fúnebre del silencio y de la ausencia. ¿Qué hago yo aquí, en medio de esta gente desconocida, de estos amores que no me pertenecen?, me preguntaba desasido de mí mismo y gritando por dentro como sólo lo pueden hacer los miserables. Comprendí la cordura huida, la sensatez ausente. Me vi de pronto sumido en uno de esos sueños profundos donde nada se alcanza y donde todo se desea. ¿Era yo, realmente, el que estas ideas pensaba, o algún desconocido que había ultrajado mi ser todo, mi alma completa y definitiva? Sin responder a estas secretas cuestiones me fui lentamente hacia la calle. Me fundí con la multitud que entraba y salía del gran edificio y supe entonces que nada en mí era distinto, que yo era otro más; mediocre, oscuro, hombre perdido entre los hombres. ¿El destino? A la mierda el destino, el devenir, el futuro. Deseo fundirme en lo presente, en lo que únicamente representa algún valor para mí: el instante. El momento eternizado, dilatado, hecho presente y gozo, placer y felicidad. “Tal vez dentro de poco reciba noticias tuyas”, te decía, pensativo. Imaginaba mis manos temblando al abrir la carta esperada. El aliento encogido, el corazón anhelante. El papel, rozado por tus manos lejanas, se abriría ante mí mostrándome tu ser eterno y amado. Un simple papel serviría de consuelo para toda una vida. Si al menos llegase ese momento…Pero mientras tanto ¿qué? ¿La espera? ¿El suplicio? ¿La locura inmanente clavada en mi cuerpo como un arpón desnudo? Seguí caminando. La noche era igual a las demás. Pero un leve rizo de temor volaba sobre mí dibujando en el cielo luces extrañas. La niebla se hizo presente, adensando la ligera capa de nieve, la última nieve de este invierno septentrional. El frío, seco y áspero, arañaba mi piel y por dentro deseaba ardientemente la llegada del amor muerto para que me fundiera el entendimiento y me alejara del dolor de no tenerte. Marina, amor mío, has dejado un cadáver andando por la ciudad esclava de las pasiones, entre los lupanares arrinconados, formando parte de un paisaje gris que me parte el alma. Marina, Marina Maldonado, vuela rauda con tus cabellos al viento, corre por mí, vive por mí, dobla tu energía y con ella transpórtame al más allá, donde solo estemos tú y yo, en medio de la quietud y lejos del mundo que se hunde. La noche me persigue dondequiera que vaya, Las estrellas vigilan mis pasos. Se ríen de este pobre miserable preso de los ardientes hilos del amor abandonado. Solo entre estos seres dolientes a los que conocí hace ya casi un siglo. Solo en las calles húmedas, somnolientas, donde los alientos emergen de las casas evaporando el aire que nos consuela. El Neva, solamente el Neva es capaz de hablar con los desconsolados como yo, con los únicos individuos despersonalizados, abiertos al horror. Únicamente las terribles aguas de este río majestuoso lanzan al hueco la mejor sinfonía que uno pueda imaginarse, llena de amor y de hondura, de sombras y de horror.
Siempre he sentido las sombras caminar junto a mí. Aunque la noche observe mis pasos, bajo la luz clara de una luna melancólica, las sombras me persiguen, sin desmayo, y acompañan el devenir de este miserable a todas partes. Pienso en Michel y en sus palabras inteligentes. Los ojos vidriosos de este viejo sin años mostró, sin arrogancia alguna, la humillación soportada durante toda una vida. Podría haberse callado, haber sepultado sus secretos vitales en el pozo de sus tejidos. Pero no lo hizo. Lo confesó. Sin que nadie se lo pidiera lo confesó al cielo, a la tierra, al mundo callado y tétrico que hemos formado entre todos nosotros. El Viejo se deshizo, se abrió, como un niño al que cogen desprevenido. ¿Cuánto habrá sufrido Michel como para arrastrarse así delante de los demás?
Llegué a casa cuando amanecía. La salida de los primeros rayos del sol de oriente siempre me ha sorprendido, porque es tan sutil, tan tenue, es un sol tan ingenuo que da tristeza mirarlo. Pero es así. En estas tierras tan altas y tan egoístas los humanos hemos copiado a la naturaleza hasta en sus miserias. Subí los escalones exhausto, tenso, cansado y dolorido después de otra noche deambulando solitario y sintiéndome perdido, más perdido que nadie. Y el día llegó. Sin esperarlo, sin echarle cuenta, el generoso abrir de la vida surgió ante mí, cegando mi entendimiento. Yo, desacostumbrado a la luz del día, sufrí los primeros rigores de la energía liberada. Salí a la calle. Me sentí desorientado en medio de tanta viveza. Me cruzaba con la gente, miraba sus rostros desconocidos y en el fondo de mí me preguntaba por qué estos seres no se arrojaban a las frías aguas del Neva, por qué seguían viviendo, trabajando, engañándose unos y otros. Por qué la vida continuaba si era materialmente imposible. Sin la luz de tus ojos, ¿cómo podía la Tierra dar vueltas y vueltas, sin enloquecer? Yo era una triste masa con brazos, con piernas, con un cuerpo demacrado y vacío donde los únicos efluvios que me mantenían en pie eran los recuerdos casi perdidos de tu cuerpo. Tu amor, ese amor esperado durante tanto tiempo, ese amor que nunca sentí tocar mis tejidos, ablandaba mis pensamientos y formaba con ellos abundancias informes. Así pensaba en estos días de penumbra. Y, sin embargo, la mecánica absoluta de las responsabilidades conseguía que el trabajo saliese adelante. Corregía como un ausente. Leía, meditaba, trataba en todo momento de agarrarme a las palabras ajenas para sacar el desconsuelo que llenaba mi alma. Volví a tomar en mis manos el manuscrito de aquel escritor desconocido que buscaba la fama. Le volví a leer. Sentí de nuevo los celos por el trabajo y el esfuerzo de este hombre. Reconocí que era bueno, realmente bueno. Y, sin saber el motivo, se lo dije al Director. Entré en su despacho, displicente, y le arrojé sobre la mesa el tocho de papeles. Le dije: “Tome, éste vale”. A partir de ese día me tomé algunos de descanso pensando constantemente en ti, hermosa Marina. Te llevaba conmigo a todas partes. Deambulábamos juntos por las noches solitarias, ateridos de frío y con los cuerpos fundidos en uno. Oía el rumor de tus labios junto a mis oídos, y en la soledad de la noche primitiva respondía a las palabras que no lanzabas al aire, pero que sólo en mi imaginación vivían. Una de esas noches, ¿recuerdas?, te presenté al Mudo y al Idiota. Aseguraste que esos individuos tan graciosos te divertían. Yo les miraba, luego me volvía hacia ti y notaba la sonrisa preciosa de tu rostro, el desvío de tu boca, la ternura de tu piel. Y todo esto, mezclado en mi mente, confundiéndome, disfrazando mi dolor de mentiras reales, hacía soportables los días eternos esperando tu llegada. Cada mañana bajaba los escalones con la esperanza de encontrar la llegada de una carta. Cada mañana se convertía en un suplicio que duraba apenas el tiempo de comprobar que ese día no había llegado aún. Suplicio que aumentaba en el instante de ver la Nada en mis manos, el papel inexistente, las palabras imaginadas. La Nada más absoluta que llenaría otro día infinito y tedioso. Comprendí que la espera es tan desconcertante y tan angustiosa, que con sus miserias se podrían derruir todos los edificios de este mundo. Pasaban los días, los momentos fugitivos. Otra vez veía mis pies desnudos bajando los escalones. De nuevo las manos vacías, los ojos llenos, rebosantes, anegados de licores amargos. ¿Hasta cuándo?, pensaba, triste e irritado. Todo perdió el sentido para mí.
El artista llegó un buen día. Entró en la sala de espera -justo antes de mi despacho- con un aire subido, como diciendo, yo soy el de la novela. Sentí pena por él. No era arrogancia, ni vanidad, ni prejuicio; era sencillamente que me encontraba delante de otro desgraciado que creía haber descubierto el elixir de la felicidad, por el solo hecho de haber escrito algunas líneas sensibleras. Comencé a reírme de mí mismo. Mi espíritu se desdobló hasta el punto de que veía mis actos desde fuera, como si el que hacía las cosas no fuera yo, sino otro. Hablaba con Michel interpretando el falso papel del que presta atención. Él lanzaba sus palabras humildes al aire pensando que yo las atrapaba al vuelo. Al menos así lo creía. Luego supe que estaba equivocado. Que de nuevo El Viejo sabía perfectamente que no le atendía y que sólo me resignaba a sufrir por dentro los rigores de tu ausencia. El amor, cuando se va de tu alma, o cuando no llega en el momento deseado, duele y remueve las fibras del hombre, destrozando la carne podrida, retorciendo las angustias encubiertas, sacando a la luz aquellos temores que creíamos haber enterrado para siempre. Dimito, por eso, del hombre. Del ser corpóreo, fugaz, evanescente, que se arrastra por el mundo sabiéndose perdido y sin esperanza.
He entrado en La Sala del Recuerdo. Me acompaña la piel arrugada de Michel. Es una habitación amplia, desnuda, silenciosa, con dos ventanales enormes por donde penetran los haces de luz alegrando el espacio con suaves irisaciones. Michel me enseña los rincones, camina junto a mí y me dice: “Éste acaba de llegar, apenas lleva con nosotros dos semanas”. Se refiere a un joven pelirrojo que está sentado con los ojos ausentes. El joven mira de vez en cuando al huerto que aparece a través de las ventanas. Parece observar las hojas mullidas de los árboles frondosos. “Se llama Ezequiel, le encontramos una de estas noches heladas sentado donde tú bien sabes, Modesto”, añadió Michel con la voz suave. El joven se volvió hacia nosotros. Había oído, sin duda, las palabras del viejo y el muchacho se levantó y le besó la mano. Luego volvió a tomar asiento y de nuevo se fue al mundo de donde intentaba salir. “Esa noche no paraba de llorar. Una pena tan grande en un ser tan inocente, no es posible consentirlo, de modo que le tomé del brazo y lo traje aquí, hasta esta sala de donde aún no ha querido salir”, agregó Michel, cuando nos hubimos alejado del chico. “Debes olvidar, Modesto, debes hacerlo y centrarte en el instante, en lo único que existe realmente, el momento definitivo, el segundo perenne, ese vapor instantáneo que sale de tu cuerpo y te hace sentir vivo, ¿entiendes?”. No, no entendía las palabras crípticas del viejo. Y si en el fondo apenas atisbaba un leve hilo de comprensión, el horror que me daba aceptar las cosas de esa manera me retorcía el entendimiento, negando toda posibilidad a la cordura. Supe que todos los de La Casa habían pasado por esta sala al comienzo de su llegada. Para olvidar, para olvidar a través del recuerdo –maldita paradoja-, para sanar sus heridas del mundo exterior, que les rozaba y zahería, destrozando sus esperanzas. Había que olvidar la pena, el dolor, el fraude que para muchos supuso haber nacido sin querer. Desdeñar lo relativo, las ideas confusas, enloquecedoras. Alejarse del ajetreo que distrae y engaña. La fiebre de lo artificial, debía ser aniquilada sin compasión, como el ansia de poseer lo imposible. En esta sala de cura espiritual también pasé yo los primeros días a mi llegada. Como Ezequiel, me sentaba enfrente de las grandes transparencias y contaba el movimiento de los días a través de estos árboles silenciosos. Notaba el amanecer, el diminuto trasiego de las emociones. Y ese lento fluir de la inquietud lograba que la comprendiera y la amara, como se ama a una mujer ausente o un amor enraizado. Tras los cristales un huerto espacioso mostraba sus humedades. Los ciegos cavaban en él las tierras mojadas, formaban huecos en ellas donde luego sembraban pequeñas hebras, y durante el trabajo respiraban el aire puro entre las florecillas graciosas. Una fuente, en medio del espacio, lanzaba miríadas de gotas diminutas al cielo formando pequeñas nubecillas blancas y algodonosas. Todo aquí era distinto. ¿El mundo? No sé. ¿La gente, la masa, los demás? Tampoco me importaban. Sólo sabía que entre estos muros, junto a los tullidos y desamparados de la tierra, era más yo que antes.
Una mañana, mientras disfrutaba de la ilusión de verte, Marina, a través del ventanal, se acercó Michel y me dijo: “Háblame de ella”. Y en ese instante, tan enorme y diminuto como los demás, como todos los soplos que me alimentaban, comprobé que mi cuerpo y mi mente se abrían en canal. Michel me estaba pidiendo que le hablara, que sacara de mi ser aquello que aún permanecía clavado muy adentro. Me sentí mareado. Respiré hondo mirando los ojos del viejo, intentando ver donde no se podía, en el fondo de los mismos, en la profundidad de los años y de las experiencias, en el alma serena y grande de este pequeño viejo. Consciente del esfuerzo que me estaba rogando, Michel me preguntó: “¿Cómo es, cuál es su nombre, dónde os conocisteis?”. “Empieza por donde quieras”, agregó, entornando los párpados y mostrando su lado más humilde. Me levanté, me acerqué a la ventana. Necesitaba comprobar que la vida continuaba fuera, entre las flores, entre los ciegos celosos de su trabajo. En el fondo de mi ser mi pensamiento me pedía huir del viejo, salir de mi cuerpo, echar a correr como un cobarde, pero algo me obligaba a permanecer de pie junto al cristal helado. ¿Hablar de ti, Marina? ¿Rememorar de nuevo tus gestos? ¿Ver en mi cerebro tu rostro, tu boca, tu sonrisa? ¿Sufrir otra vez la ausencia y el agrio sabor de aquella mañana cuando te dije “¡Escribe, por favor!”? ¿Por qué me pides esto, Michel, pobre hombre? ¿Por qué duele tanto la vida y el paso del tiempo? ¿Es que no podemos deshumanizarnos, sentir como las piedras, es decir, nada, Nada en absoluto? Me volví. Mis piernas deshechas llevaron a esta masa informe de carne podrida hasta el asiento donde Michel me esperaba. Éramos dos seres solitarios que trataban simplemente de comprenderse. Pero Michel jugaba con ventaja. ¿Cómo poder abrir ante él el hueco de mi cuerpo? ¿Cómo mostrarle el vacío que llena mi vida? ¿Acaso se puede explicar lo inefable? ¿Con qué palabras, dónde encontrar la manera precisa de hablar de ti, sin ofender tu pureza, sin destrozar la inmaculada veladura que conforma tu unidad?


Embriaguez (5) - Novela por entregas

11.05.18 | 19:51. Archivado en Sobre el autor

Embriaguez (4)

Capítulo 2

“Sí, se puede llorar cuando es por uno mismo…”
Mishima.

La Casa de los Olvidados se encuentra situada en un extremo de la ciudad, precisamente donde acaban las miserias y comienzan las tierras apacibles y mansas. La llaman así desde que el tiempo es tiempo. Se trata de una enorme construcción, elevada sobre sí misma, que muestra el aire arrogante y vanidoso de los que se saben superiores en todo. Con sólo verla, uno siente la pequeñez encarnada y el rubor y el miedo se apoderan de tu mente, aturdiéndola. He perdido la cuenta de las veces que la he visitado, de noche, al amparo de las estrellas, bajo la tenue lucecilla del cielo triste y melancólico. La primera vez lo hice de la mano de Michel, que me llevó hasta sus muros exteriores para enseñarme los secretos rancios de esta ciudad embustera. “Aquí es donde vivimos”, me dijo -con su voz aniñada, suave y tersa, impropia de un anciano-, señalando con sus dedos la gigantesca puerta de la entrada. Me quedé extrañado. No comprendía lo que el Viejo quería decirme. Yo sólo veía ante mí un enorme muro desconchado y ennegrecido, que acababa cerca del cielo y que convulsionaba mis nervios. Avanzamos despacio, arrastrando los pies que se fundían con el lodo de la tierra amasada y acuosa, y respirando el hedor de los montones de basura arrojados allí por manos desconocidas. En La Casa de los Olvidados la Civilización quedó fuera de sus muros. Dentro se respira, al cruzar la puerta, una paz consoladora, muy parecida a la que sienten los que se zambullen en la ignorancia. “No puede ser real, estaré soñando”, pienso cuando el ciego de la entrada nos abre la puerta. Una gran sala –a modo de recibidor- nos presenta el comienzo de una calle ancha y sucia, larga como el dolor de un arrepentido y escasamente iluminada, donde las paredes muestran pinturas desmenuzadas, como si las hubiesen manchado personas con los ojos vendados. Adelantamos poco a poco nuestros pies. Al fondo, cuando aparece la angustia de este sitio tan extraño, se abren dos galerías laterales. Michel me lleva primero a la de la izquierda. “Los locos, aquí viven los estertores humanos que un día abandonaron todo lo conocido y decidieron venir aquí, a buscar la soledad y la bienaventuranza”. El Viejo susurra las palabras temiendo avergonzar al aire que nos rodea. Le noto cansado. De vez en cuando se para, respira profundamente, recupera el aliento y me aprieta la mano indicando de esta manera que desea seguir caminando. Llegamos hasta el fin de esta primera galería de excéntricos encerrados. Se oyen lamentos, pasos diminutos en un ir y venir eviterno en el interior de las celdas. Algún suspiro traspasa las paredes y llega hasta mis oídos que se asustan al comprender la infinita pesadumbre de quien lo expulsó de su pecho. Siento temor, angustia, desarraigo, no sé, una mezcla rara que me dice que este no es mi sitio. ¿Huyo? Michel lee mis pensamientos, se vuelve hacia mí y dice: “No temas, no pasa nada, estos seres son, en el fondo, felices”. Hay puertas casi destrozadas. Marcas, arañazos, pequeños agujeros, pintadas informes. La luz es tenue, casi apagada. Nos volvemos y, al llegar al centro del edificio, donde se unen los cuatro caminos principales, seguimos de frente, entrando en la galería de los tullidos. Es la parte derecha, reservada a los ciegos, a los sordomudos y a los deformes. “Y aquí, en esta parte más soleada, colocan a los que ni ven ni oyen, a los desahuciados de la existencia efímera de la calle”, me confirma. Este lado es más alegre. Siento fluir dentro de mí los terrores de estos seres y las piernas me fallan, doblándose, sintiéndolas tiernas, casi vacías. Ahora soy yo el que arrastra los pies, mendigando un leve esfuerzo a cada paso. Hacemos lo mismo que antes. Caminamos hasta alcanzar el fin de este pasillo, flanqueado de puertas uniformes y deshechas. Volvemos. Alguien canta en el interior de su cuarto. ¿Alegría o locura, cuál es la razón de esta sinfonía? De pronto las puertas se abren a la vez como si fueran una sola. El pasillo es invadido por ciegos que caminan acariciando las paredes con sus manos. Los sordomudos se confunden entre ellos, pero se les identifica porque miran a su alrededor como si nada ocurriese, igual que los idiotas cuando se obsesionan por algo y ríen. El mundo para ellos es distinto, se les muestra en otra dimensión paralela, quizás más diáfana y real. Nos hemos reunidos unas treinta personas en este horrible lugar. Michel y yo somos los únicos normales. Pero no hay tristeza en este sitio. A pesar de las taras y de las desgracias, estas personas sonríen y transmiten con sus rostros la sensación de placidez y armonía que no vemos en el resto del mundo. ¿Por qué me ha traído aquí este Viejo inhumano? ¿Para que relativice mis sentimientos y comprenda que el desamor no es más que un capricho irrelevante? No sé. Hago un esfuerzo por pensar. Sin embargo, mi mente, tumefacta e incomprensible, se resiste a volcar en mis recuerdos los pensamientos sutiles, las inclinaciones perdidas y los deseos espurios. Me hago un lío. Más bien, me deshago, me siento derrotado, porque comprendo que la existencia es mucho más y mucho menos que todo este horror que nos rodea. Algunos siguen cantando dulcemente. Entonan, corean, suaves melodías, impropias de unos vulgares tullidos. ¿Acaso no deberían sentirse humillados, enloquecidos, desnudos de todo tipo de sentimientos humanos? El Viejo tira de mí cuando alcanzamos de nuevo el punto central, donde la cruz se encarna, es, formando una tétrica y misteriosa simbología.
La Sala de la Liberación es el siguiente destino. Se encuentra en el extremo norte, a poca distancia de la encrucijada. Al llegar las paredes se separan, dilatando el espacio y formando un hueco enorme, con ventanas que llegan al cielo. Como si fuese la camareta de cualquier cuartel, varias filas de camas se alinean paralelas. A lo largo de la estancia hay lechos aplastados por cuerpos exangües. “La llamamos, entre nosotros, la Sala de la Esperanza. Más de uno y más de dos desean que les traigan, por fin, a una de estas camas, para descansar de la condena que sufrieron en vida”, me dice Michel después de unos segundos. Noto que me desmayo. Nos sentamos. El Viejo me toma la mano, la aprieta con fuerza y me dice que esta es la verdad de todo, que la vida es así y que no todo en este mundo es conocimiento, cultura, orden o civilización. “En algún lugar han de colocar, los de fuera, a esta pobre gente que despreciaron la moral ciudadana y eligieron, por propia voluntad, la otra forma de ver las cosas”. “Muchos fueron desgraciados en sus matrimonios y un buen día comprendieron que la vida se les iba consumiendo. Ese sentimiento, descubierto de pronto, les causó tanta agonía existencial, que a partir de ese momento no fueron capaces de adaptarse a lo cotidiano. Siguieron con sus vidas, es cierto, pero ya no eran hombres, estaban realmente muertos por dentro. “Otros, por distintos motivos, fueron expulsados de sus trabajos –no rendían lo suficiente-, y de buenas a primeras se encontraron entre estos pasajes viviendo, soportándose, pasando los días y las noches, pero con el corazón henchido de gozo verdadero”. El Viejo siguió hablando. “Hasta los ciegos, los impedidos, los imbéciles de nacimiento, viven aquí en armonía con sus propias esencias, sin tener que justificar nada de lo que hacen, sin hipocresía ni enfrentamientos, sin apariencias, sin ser personas, sólo seres humanos que padecieron y que encontraron la felicidad”. Me falta el aire. No comprendo aún el sentido de esta otra ciudad. ¿Cuál es, entonces, la verdadera naturaleza del ser viviente; ésta, que veo ahora con mis ojos incrédulos, o aquélla, que dejé hace tiempo atrás, porque me destrozaba el corazón? Michel me miró, apretó un poco más mi mano temblorosa y dijo: “No debes preocuparte por nada. La otra noche, cuando fuiste al Jardín junto al Neva y nos encontraste, noté en tus ojos apagados que el dolor se apoderaba de ti, obligándote a mentir con tus palabras. Mentías porque te daba una vergüenza insuperable confesar que tu amor se deshacía. Por eso no parabas de beber y tu rostro melancólico no soportaba la presencia de nuestros dos compañeros. Uno era, ¿recuerdas?, un tonto tuberculoso que no cesaba de sonreír inútilmente; el otro, echado en el banco, callaba, sumido en la mudez eterna que le dio el de lo alto. Suelo salir de noche con ellos. Con el Idiota y con el Mudo. Y no creas que no han llegado a la esfera del conocimiento. Precisamente porque lo hicieron, porque un día comprendieron que habían escalado hasta el final, con todas sus fuerzas, alcanzando los límites humanos de la humillación y de la ebriedad, ahora están con nosotros. El Mudo lo es porque quiere. Todos lo sabemos y respetamos su decisión. Ha resuelto anegar sus dolores atrapándolos y encarcelándolos en su interior. No quiere que su dolor se contagie y lo sufre él solo, mostrando así la más absoluta y abnegada de las virtudes: la soledad buscada y amada”. “El Idiota también sufre. Es un infectado sin solución. Tose sin parar durante el día y la noche. Le duele el pecho. Cuando su cuerpo se estremece su rostro refleja el dolor infinito del mundo. Pero no se queja. Lo asumió hace tiempo. Y con el paso de los días, de los meses y años, ha llegado a amar su sufrimiento. Es un resignado que mira por todos nosotros y se niega a perder la verdadera libertad que le da el hecho de saber que su dolor es único, profundo, nuclear, y que jamás se lo podrán arrebatar por mucho que lo intenten”. “Pero, entonces, están encarcelados de por vida, ¿verdad?”, pregunté, cándido, al Viejo. Éste rió y dijo: “No, esto no es una cárcel; o mejor dicho, sí lo es, con la diferencia de que los verdaderos sepultados son los de fuera, ¿comprendes?” Me quedé callado. No sabía lo que añadir a estas palabras sinceras e inteligentes. Y entonces pensé que yo había sido un insustancial durante toda mi vida. “Salgamos”, le dije. Fuera, la noche seguía siendo tan oscura y fantástica como siempre. La nieve había dejado de caer y el suelo imitaba una ligerísima sábana argentina, iluminada por el leve fulgor del claro de luna. Ensimismado, yo seguía callado sin poder expresar la verdadera congoja que de mí se apoderaba. Esto que digo ocurrió la primera vez que visité La Casa. Luego he vuelto muchas otras noches al mundo feliz, candoroso, lejano ya del conocimiento absurdo, del saber oficial, apartándome de todos los errores que he cometido a lo largo de mi vida. Pero ¿cómo explicar el abismo que me hunde por dentro, esta locura de amor que se apodera de mi voluntad y no deja que me sienta vivo y que me ilusione? Solo las noches infinitas calman mis ansias irracionales y mis ganas de salir de mi cuerpo. En el seno de las estrelladas cuencas es donde únicamente me creo unido al resto del mundo por un hilo finísimo de entendimiento. Y cuando se corte este hilo tan sutil, ¿qué? Michel me ayuda con el peso del alma. A pesar de su avanzada edad, una alegría difícil de definir remueve cada una de sus palabras y consigue, sorprendentemente, contagiarme de esperanza. Michel es el más anciano de esta otra ciudad. Todos le conocen y respetan. Se mueve sigilosamente por las estancias, preocupándose por el estado de felicidad de sus amigos. Cuando le acompaño en las noches turbadas, camina despacio y abre las puertas. Los ciegos se levantan de sus camas, se agarran a las paredes y le abrazan. Luego continúa avanzando sin prisas. Cruza de un lado a otro, saluda, sonríe, abre la vida a los tullidos, estrechando sus manos esqueléticas. Los locos se calman cuando presienten que Michel se acerca. Salen al pasillo, sonríen, se cogen de las manos, se tocan entre ellos, se saben salvados de la idiotez y estulticia de los de fuera, y todo gracias a la buena voluntad del Viejo. “Esto empezó una noche triste…”, comenzó Michel a contarme. “También un tren despiadado salió de la Estación dejando mi cuerpo vacío de esperanza. Entonces me sentí enloquecer, solo, sin saber a dónde ir, sin conocer los caminos de la vida porque siempre me había salvado ella. Ella, que lo era todo para mí: Todo”. Michel levantaba los ojos al cielo negro y helado. Esperaba paciente a que el sentimiento y el pesar se alejaran y luego seguía hablando. “Se fue. He perdido la cuenta de los años. Dejó a partir de entonces de interesarme lo cotidiano. Todo me parecía banal, insulso, hueco. ¿Se puede vivir sin amor?, me preguntaba a cada instante. Y no encontraba más que una respuesta: No”. La noche apretó sus mandíbulas y nos sumergió en una hondura profunda y tenebrosa. Fondo de donde no afloran las alegrías. Sima que atrapa el dolor, lo remueve, ensalzándolo, y lo devuelve al alma para que experimentes la agonía de existir. Continuamos hablando con los silencios. Él me confesaba su infinita zozobra sin hablar, sólo temblando. Y yo le imitaba respetando su dolor callado, respondiendo de esta manera a un pobre hombre y creando entre los dos un diálogo de mudos muertos y enfermos de amor. Apartamos la ironía de nuestras conversaciones. Nos vimos encarcelados por los muros de la tristeza, porque reflexionábamos. Y más allá de ella, más apartados aún del mundo pasajero, todo silencio era para nosotros un grito de horror, que desgarraba el aire y la naturaleza entera.
Pasaban los días sin importar. Cada mañana miraba mi rostro muerto en el espejo y me reía de lo idiota que era. El trabajo se convirtió para mí en una esclavitud que me alejaba más y más de mi verdadero yo, abriendo una puerta cada vez más ancha hacia el vacío. “¿Corregir, anotar, enmendar ideas, frases, párrafos?”, una miseria obscena de los hombres hacia los hombres, pues, ¿quién era yo para decidir sobre estos asuntos íntimos? ¿Es que el autor no era otro hombre como yo, con sus corduras y veleidades, con sus misterios y pesadumbres? ¿Por qué debía yo decidir si su esfuerzo había sido en balde o no? No dejaba de hacerme preguntas. La naturaleza humana se desnudó ante mí, mostrando en su interior un horror desconocido hasta entonces. Un día más. Un día más. Otro. Otro. Me desasosegaban las tardes infinitas. Deseaba la llegada de la noche absoluta. La negrura con sus misterios insondables. “¿Marina?”, pensaba. “¿Dónde estará Marina Maldonado? ¿Será feliz? ¿Me echará de menos? ¿Sufrirá? ¿Habrá ya olvidado los días hermosos?”. De día no dormía y por la noche deambulaba ciego por las calles solitarias. Primero mis pasos me llevaban al Jardín del Neva, a la serenidad de la glorieta encontrada y donde mis conocidos acudían para rememorar lo que habían perdido. Todas las noches el Mudo me hablaba con sus manos y con sus ojos. Su mirada esclarecía cualquier duda que atravesara mi mente. Un hombre sumido en el silencio eterno y alejado de la mediocridad humana. Y al lado, como siempre, el Idiota enfermo que se ríe de los demás porque para él la enfermedad no es un trauma. Es una liberación, una exaltación, un termómetro que le dice a cada momento que está vivo, que aún sigue viviendo en el seno de este hueco irracional.


Lunes, 27 de mayo

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