El Acento

Edith Piaf

20.11.16 | 14:12. Archivado en Sobre el autor

Este post lo debemos al intelectual, poeta y amigo Jorge Aliaga Cacho.

Ir al enlace: https://www.youtube.com/watch?v=Fgn8gZHJZzA

Escuché por primera vez cantar a Edith Piaf allá por los años ochenta. Su pequeña figura, aparecida en las pantallas de la televisión británica, me cautivó y su dramática expresión quedó grabada en mi memoria para siempre. Algo así como cuando sucede con un amor que jamás se borra de la memoria. Vestida siempre de negro, ojos tristes, daba la impresión de lanzar con su canto desgarradoras denuncias. Sus canciones eran tan tristes como su vida misma. Su nombre verdadero fue Édith Giovanna Gassion. Su padre fue, Louis Gassion (1881-1944), artista de la calle, acróbata, nacido en Normandía, con quien Edith trabajaría desde muy niña: en estaciones de trenes o lugares de concurrencia pública en todo Paris. Gassion, en la opinión de Simone Berteaut, hermanastra de Piaf, no era un mal tipo: ‘era solo un mujeriego que nunca rechazó una invitación para que probará su hombría’. En realidad Louis Gassion no podía identificar a todos sus hijos porque muchas de sus amantes no estaban seguras si Gassion habría sido el padre de sus vástagos. Él tuvo más de diecinueve hijos. Reconoció a varios que no eran suyos pero también desconoció a muchos que sí tuvieron su paternidad.

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PRIMERA EDICIÓN DEL PREMIO MANUEL B. DOMÍNGUEZ

14.11.16 | 15:18. Archivado en Sobre el autor

BETY BOOK
CONVOCA EN LEÓN
LA PRIMERA EDICIÓN DEL PREMIO MANUEL B. DOMÍNGUEZ DE LITERATURA JUVENIL CONFORME A LAS SIGUIENTES
BASES

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Jorge Aliaga Cacho

13.11.16 | 20:19. Archivado en Sobre el autor

Hablamos de un brillante intelectual peruano que se ha echado a la espalda la responsabilidad de impulsar la unión de todos los escritores latinoamericanos. Rodeado de muchas voces que claman para que la literatura deje de ser un objeto más que se vende y se compra en este mundo capitalista y del negocio, Jorge Aliaga reflexiona, escribe, publica, difunde su obra, anima a sus amigos artistas; es la voz, en definitiva, de todo un mosaico de países donde la cultura emergió ya hace mucho. La idea es no solamente esta unión decisiva, sino convertir a la literatura y a sus creadores en la segunda ola, el segundo boom creativo, y que este impulso provoque un giro, un cambio en las instituciones públicas y en la clase política.

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Literatura española: Nuevas voces del siglo XXI

06.11.16 | 20:47. Archivado en Sobre el autor

Flaubert hablaba de la poesía como de ese algo inútil y pasado de moda. Sin embargo, para la sociedad en la que nos ha tocado vivir, el hecho poético es necesario, casi obligatorio, como forma, como envoltura de una capacidad de ser, expresiva, adaptada al aliento de la pesadumbre y de la mansedumbre que a casi todos nos ahoga. Es un no-saber alejado de la simple ignorancia, que busca, anhelante, la percepción del elemento lejano para poder compensar de esa forma la confusión entre concepto y concepto, salvando, llenando los huecos, consiguiendo que la palabra se convierta ella misma, ella sola, en la inmediatez comunicadora. Lo poético se transforma, así, en un paso esperado de lo individual a lo universal, en el hilo tenue que cose los sentimientos y la manera de entender el mundo de millones de personas.

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Despedida

02.11.16 | 21:52. Archivado en Sobre el autor

La despedida desplegada, hierática, ausencia encendida que clama al olvido, yendo más allá de la redondez del horizonte, gimiendo, gritando por una huida desmayada de lo que fue, de lo que es, de lo que será, tal vez, en un instante.
Deseo del mar entre nosotros, de esa pared amurallada, enhiesta, sufriente, Vallejo en la prédica envolvente de su mirada triste, allá sentado sobre el banco, en soledad, pensativo, Vallejo de siempre, de llamar a voces a la inteligencia, a lo sublime, Vallejo ensimismado, con la cabeza baja, mirando, observando el filo hiriente de la pluma que se desplaza rayando el papel de su alma, tronzando los sentimientos en envolturas pasajeras.
Así entiendo. Lo demás poco o nada. Importa porque. Al resto de los mortales nos basta con ese Vallejo vivo, vivo aún, a pesar de todo, vivo en sus líneas complejas, herméticas, casi hermosas, como un colorido y triste atardecer junto a la ola que te come los pies, las piernas, el cuerpo todo. Triste la mirada de la amada que refugia su candor en la palma de tu mano. Triste porque no sabe o no quiere ser de otra manera.
Poética de la pesadumbre que hiere, que lacera al lector en su epigramática aventura al pasar, fugaz, los ojos por los signos conocidos. Recuerdos, tardes, esperanzadas noches de ojos. Vallejo, viendo y perdiendo, en esa eterna confusión perceptiva de lo que es, de lo meramente imaginado.
Duro como el mármol, la despedida, la ausencia, como aquella tarde en la acera, de hace tanto, con una mano en alto, una mano ensangrentada del que sabe lo que habla, en el suspiro irrepetible, interminable, suspiro y congoja agarrada con las uñas a la carne de un corazón dolorido, fugaz, curiosamente risueño, que mira al horizonte deseando, ansiando la quimera de alcanzarlo…


Tannhauser

26.09.16 | 18:51. Archivado en Sobre el autor

El señor Arthur acaba de despertar. Ya anda el día reclamando su despedida. Por lo azul de las nubes, que se vuelven grises al paso por la ciudad. El sol, escondido, disimula su cansancio y de vez en cuando asoma sus débiles y últimos rayos entre los huecos esponjosos. Una sombra adelantada y enorme va cubriendo las casas, resbalando por los infinitos tejados en declive, hasta tocar con sus flecos las puntas de los árboles. El olor de las aceras sube hasta las ventanas semiabiertas y entra en los hogares.

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Jardines imposibles

30.08.16 | 20:50. Archivado en Sobre el autor

Mi último libro ya ha salido a la venta en Libros Mablaz.


El voluntarioso

19.08.16 | 11:04. Archivado en Sobre el autor

De a pie llegó Ilich ante la farola que le sostuvo. Quizás ocurrió al contrario. Tal vez fue la farola la que anduvo absorta por las calles entreveradas de gente, hasta alcanzar la altura de Ilich, el voluntarioso. De ahí a nada todo se puede. Uno y lo inmenso, lo mismo da. Nada cambia. ¿Acaso usted requiere otra explicación de lo sucedido?

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Aquel argentino

01.08.16 | 15:44. Archivado en Sobre el autor

Como un saco de papas sonó el golpe. Brutal en su esencia. Difícil de comprender, allá en lo del Dioni, junto al Lanchas, pegado a mi derecha, bebiendo empinado una jarra de cerveza. El Lanchas paró en seco. Luego me miró a los ojos. Lucía un bigote rubio, cerdoso, y la frente despejada hasta lo admisible.

―¿Has visto?

Había encrespado sus labios.

―Claro. Estoy en el mundo. ¿Acaso?

El saco de papas había reventado sobre la acera. Un hilo rojizo como de sierpe que escapa. Inundando. Se formó un charco desmesurado alrededor de su cabeza. El resto… el resto, un cuerpo manso, quieto. Luego alguien añadió que había sido como si nada. Eso ni se nota, apuntaron desde el final de la barra.

―Total, la vida.
―Sí―añadí, sin pensar más que en mis cosas.

La ventana rozaba mi brazo en el calor del Paraná. Enero y ya los cuarenta. Notándose los sudores sin querer. Atrevidos. Hacia abajo, por los rostros. El Dioni subió el volumen de una canción para el olvido. Nunca aprendí los nombres de esos estribillos tan tontos, elásticos, sobre las bocas ahítas de remordimientos. Todas las tardes en el sofoco aumentado. Faltaba, sin embargo, el Denso. Le llamábamos así y él ni se inmutaba. Alcanzó la silla junto al Lanchas. Pidió una ronda. Él pagaba. Estaba hecho un bravo.

―El tío va de blanco. A quién se le ocurre. El color de la muerte.

Se envalentonó. Hoy era su tarde, sin duda. El Denso abrió sus labios y tragó como un cerdo. Yo nunca le caí bien. Él a mí menos. Pero así es esto.

―La muerte no entiende de tonos―dije para enronquecer la amistad de esa tarde.

Por el filo de la otra acera fue. A unos diez metros, creo. Yo había, además, notado el crujido de los huesos cuando se quebraron. Un piso, dos, tres, quizás. Una buena altura. Para no contarlo. El Lanchas nos vio apurados y con gesto resuelto pidió lo de siempre. Habían pasado unos minutos. La sangre desde el otro lado, desde nuestro lado, apenas huele. Diría casi nada. Sólo el color ahuyentando los malos sentires de los hombres del Paraná.
Bebimos a la salud del muerto. Reímos. Yo, por acompañar. Luego, una tristeza en mi rostro me empujó hacia el suelo. ¿Qué habría sucedido en la mente de ese desdichado? El Denso se retiró como diez centímetros de la mesa. Le faltaba el aire a sus ciento cincuenta kilos. La barbilla temblona ondulaba a cada trago. Fijé la vista en la otra acera. La de las tiendas, porque en ésta sólo hay antros sofocantes, calurosos hasta la rabia. Al menos el Dioni había colocado las aspas en el techo. Una deferencia. Y todos, o casi, íbamos por ese detalle. Que lo demás… pues eso.

Levanté como pude las piernas encharcadas. Un cuerpo hermoso, el de él. A mi lado. Arrugando con su piel el desierto nebuloso de la sábana. Aire quieto, aplastando los rostros. Ni las moscas se atrevían, las muy putas, a volar. Luego un beso de mis labios le despertó, allá en lo más profundo del sueño. Preparé dos mates. Cargados. Colados. Con una pizca. A Ernesto así le puede. Fui al baño. Todavía el sabor angustioso del whisky en la garganta. Escupí medio estómago.

―Bien la tomaste, hermano.

Tuvo la costumbre. Desde entonces, de llamarme hermano. Como si nada. Me dejé llevar. Le quería así. Sin desmerecer. Bebía el mate concentrado. A pequeños sorbos. Rumiando los antiguos amores. Recorrí su cuerpo con la boca humedecida. Así le desperté. Cada día de manera distinta. Flores del Paraná. ¡Al carajo!
―¿Vos me querés?

La pregunta me llegó hondo.
―¿Todavía lo dudas?

Dije con otra pregunta.

―¿Sí, hasta cuándo?

A lo del Dioni nunca quiso. Por ellos. La gente. Que habla. Todos se fijan en todos. Somos tan pocos en estas tierras ardientes.

Seguí observando a través de las manchas. En la otra acera sobre el suelo. Algunos pararon, luego siguieron su andar. No pasaba nada. Total.

―¡Será desgraciado, el cerdo! ―dijo el cerdo del Denso.

―Eso nadie sabe. Le toca a quien le toca. No más―añadió el Lanchas.

―Estás en lo cierto―añadí bebiendo al compás del Lanchas.

Ya iban tres rondas. Tocaba de nuevo la rueda. Esta vez fui el adelantado. El Dioni me hizo un gesto con la cabeza. Entendía el hombre. Las jarras dolían los huesos, de frías. Pero había que tomarlas al instante. El dichoso enero, con sus humedades. Con sus calores de fuerza. Nadie por la calle. Salvo algún chiquillo parado y mirando el horror. Aún en mi cabeza el crujido del hueso. Había papas destrozadas. El charco prendió hasta el traje, sobre los hombros de un blanco brilloso.

Ya era tarde. Pero los domingos no hacemos nada. Pasamos las horas muertas muertos sobre las sábanas. Amándonos. Abandonados al otro. Miradas sobre los ojos acuosos del amigo que encontré en Rosario. Junto al río. Cosimos las almas. Desde entonces todo ocurrió. Hasta que un día dudó. Y a partir de entonces siempre lo mismo. La eterna pregunta. ¿Sí, hasta cuándo? Le respondí con la pasión propia de un hombre. No me cansaba el hacerlo. Pero un día, atravesado, le dije que ya estaba bien. Fue cuando se fue a lo del Chinche. La trajo a casa él solo. Me engañaron sus brazos. La subió y dijo. Haré una casa. Te dejo. Reí por lo absurdo.

Al día siguiente puso los papeles sobre la mesa. Todo arreglado, por lo justo, es decir, por lo legal. Así hacemos las cosas los porteños, ya sabes, dijo. Luego la gente comenzó con la chanza. Subió lentamente las filas. Despacio. Al terminar con una paraba, limpiaba la frente, bebía, subía la cabeza por unos pájaros que cantaban. Después continuaba.

―Eres raro, porteño. ¡Dime, responde!

Quería la certeza en la frente. Lo que no puede existir. La vida, quién sabe. Ernesto no comprendió mi mudez, acaso la locura de mis arrebatos. La pared subió. Colocó detrás unos soportes, por la ley. Comenzó el segundo piso. Dejando en medio el hueco extraño. La gente apenas paraba. El calor. Mediados de enero. Treinta y cinco. No son pocos. Los animales seguían escondidos a las sombras de las piedras.

―Es el loco de la ventana. Vino desde la ribera. Hace tiempo. Vive solo. Es raro, el tío.

―Era―corrigió el Lanchas. Y brindamos por eso. Yo, por acompañar.

De vez en cuando la observaba. Sentado bajo el cielo engañoso. Abanicándome. Allí la dejó, apoyada en una esquina, casi en derecho. También de blanco. Son más baratas. Pero la hechura no cambia.

―Estás loco, cariño―dije atrayéndole cerca. Respiré el sudor de sus brazos. Sabía que eso lo volvía. Nos derrumbamos sobre la cama. A lo bestia. Como dos gatos luchando.

El pueblo miraba a lo alto. Trabajaba con el traje blanco. El de los días de guardar. Ya se sabe. Yo mismo se lo planchaba. Filaba y filaba las piedras. Paralelas, dejando un respiro entre ellas, por las dilataciones del Paraná. El hueco casi cerrado. Una viga de tabla le era bastante. Poco peso en lo alto. No más. La obra acabaría bien pronto. Los puntales se miraban entre ellos, como diciendo.

En lo del Dioni sonaba un tango lacrimoso. Brindamos también por eso. Yo, por acompañar. Las copas agrandaban los ojos. La acera surgió roja, bajando el color hasta el desagüe. Llovía el calor de lo alto. Gotas calientes. Necesarias. El traje se le había vuelto un asco. La cabeza doblada en un giro imposible. Miré al suelo. Tragué la poca saliva acervezada. Lloré hacia adentro.

―¿Vamos por otra?―Apuntó el Denso. Seguía bravo el hombre desmesurado.

―¡¿Por mí…?!―Roncó el Lanchas, con la voz tomada.

―Yo ya llegué―dije.

Pasó el chaval con las dos jarras prendidas, enganchadas en la curva de sus dedos. Bebieron. Brindaron por nada. Por estar vivos, acaso. Yo, por acompañar, alcé el codo. Rieron. Hizo gracia el gesto.

El último día levantó la ventana. La colocó entre sus dedos. A pulso. Escaleras abajo. Por la acera la gente se paraba. Miraba. Reían. Hasta doblar las cinturas y enderezar sus destinos. Subió la ventana con una soga engruda. Rasposa. Eso fue lo que me dijo alguien. Que jamás me ocupé de averiguarlo. La colocó y esperó toda la noche y todo un día allá en lo alto. Quería asegurarse. Protegerla.

Sonó el grito sordo de un saco de papas reventado sobre el suelo. Nadie lo quiso. Todos pensaron en la vida dichosa. En el Paraná que te aoja sin remedio.

Vino, dicen, desde Rosario―mintió estúpidamente el Denso.

―Sí, de Rosario―sumó el Lanchas.

Brindaron por eso. Esta vez yo también lo hice. Por acompañar. La última.

De nuevo otro domingo con las ventanas apagadas. El desierto de entonces era más desierto esta mañana. Los pantalones, la camisa, la chaqueta. Un mundo blanco de plancha para nada. La vida en el Paraná es toda. No permite que nadie cambie su rumbo. Ernesto fue conducido al tanatorio. Sobre la piedra desnuda, desnudo.

Brindo por eso. Por él.

Sin tener que acompañar, claro.


Las muñecas

25.06.16 | 13:43. Archivado en Sobre el autor

Muñecas sentadas con las piernas abiertas. Muñequitas vivas, despiertas, acechantes. Lindas como prendas de primavera, como los pétalos abiertos de una magnífica flor. Cuando las vi en el escaparate de aquella tienda no tuve más remedio que entrar. Necesitaba verlas, tocarlas, acariciar sus pequeños bracitos, comprobar el aroma a vieja cera que emanaba de sus cuerpos y pasar mis dedos por aquellos suaves vestidos de seda.

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NOVENO ENCUENTRO INTERNACIONAL DE ESCRITORES EN LENGUA HISPANA

17.06.16 | 18:39. Archivado en Sobre el autor

Se celebrará en Bolivia, del 24 al 30 de octubre. He sido elegido para representar a la literatura española.
Asistiré, claro, todo un honor.


El hombre que no podía estar de pie

09.06.16 | 23:29. Archivado en Sobre el autor

“Caminar por el pasillo del hospital y escuchar los gritos desaforados del hombre al que le habían amputado…”.

De esta manera tan directa podría haber empezado esta historia si yo mismo no hubiese guardado en mi cerebro una tragedia distinta.
El hecho es indudable. Yulianov se ha tocado las piernas una vez más en un acto conocido y repugnante porque los dedos de sus manos se le hunden en las rodillas y penetran en el espacio de los huesos. Justo donde debería haber un cartílago, un ligamento, un tendón, un hueco requerido para asegurar el rozamiento, el giro, la doblez de la materia, no hay otra cosa que una masa amorfa y blanda, tan mórbida que las yemas de sus dedos amasan esta zona como si alguien se tocase los brazos carnosos y cálidos. Yulianov nació con la desconocida osteomalacia y como nadie sabía lo que le pasaba al niño, pronto comenzaron a darle de lado y a tratarle como a un pequeño ser miserable.

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Martes, 28 de marzo

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