El Acento

Embriaguez (4) Novela por entregas

07.05.18 | 09:19. Archivado en Sobre el autor

Me deshago del tiempo que pasa por mi mente distraído. Se hace presente el ser, el animal que soy y que llora en silencio entre estas estructuras inermes. No sé lo que hacer. Cuando me deshabito, mi centro hueco se diluye en el mar de las pesadumbres y se sabe perdido. Necesito algún aliciente para seguir caminando. Las ocho y media. A mi lado aparece un bulto negro que llegó cabizbajo, silente, enrollado en su ser como un gusano de seda, envuelto en el oropel de la apariencia eterna. Ya somos dos seres solitarios. Pero no por haber multitud o variedad de animales sueltos, el hombre deja de estar solo. La soledad es profunda. Cincela las más duras superficies y se cuela por las fisuras del alma, hasta que se posa en tu entendimiento y te dice que nada merece la pena. Marina, mi fugaz y resbaladiza hermosura, se ha ido huyendo del destino incierto que yo le ofrecía. “Sólo unos meses”, me aseguró repetidamente, entornando los párpados y mintiendo. Pero en unos meses puede suceder de todo. Por ejemplo, que el amor, ese tenaz sentimiento, ese bruto que te agarra y te vuelve el sentido, desaparezca dejando tu cuerpo vacío y yermo. Es la primera vez que la certidumbre arraiga en mí desde que tengo uso de razón. Lo absoluto se ha revelado aterrador, mostrándome la cara más amarga de lo que es y existe. Me lamento en voz baja. De mis labios emanan susurros confusos que se mezclan con los ruidos del bullicio. De nuevo una ola de viajeros que corren con sus equipajes pesados. En medio de la algarabía, ajeno a todo, me reconozco más libre. Y si lanzo mis dolores al aire, sé que nadie se enterará. Por eso mi cuerpo continúa laxo sobre el banco, con la cabeza inclinada, los ojos abiertos, divisando desde mi pequeñez, las alturas del techo, comprendiendo que no soy nada en este mundo gigantesco. Nada en absoluto y que no le importo a nadie.
¿Se fue, verdad?, oigo a mi lado sin saber a ciencia cierta si estoy soñando o se trata de un malentendido.
Sabía que estás enamorado. Lo supe al momento. Tus ojos te delataban.
Es Michel el que habla. Me extraño de su presencia en este sitio. Para ser sincero confieso que no me apetece hablar con nadie. Callo. Dejo que el tiempo pase suave junto a nosotros, envejeciéndonos un poco más. Él también se toma su tiempo. Oigo su respiración. Sus movimientos se muestran a través de los roces de sus prendas.
¿Qué hace usted aquí?, le pregunto, recordando las palabras que el viejo me anunció en el Jardín.
He venido a hablar, respondió, lacónico.
¿A hablar, de qué?, ¿de qué puedo yo hablar ahora?, ¿acaso no ve que me ahogo, que se me fue el alma colgada del último vagón?, respondo.
Y me cubro la cara con las manos humedecidas. Es tanto el dolor que siento que mi yo se resiste a reconocer la verdad. La certeza de que la soledad se adueñó de mí se ha hecho presente. Sabía desde que salí esta noche de casa, lo que sucedería entre estas paredes ennegrecidas. Y sin embargo mi cuerpo, empujado por las manos misteriosas del destino, deambuló por las calles desiertas hasta encontrar el aroma de lo amargo. Hasta allí me llevó el olor pestilente de la ausencia. Abandono que encarnaría en ella, en mí, en todos los seres de la tierra, en todo lo que es, lo que posee materia y alma. Sólo las piedras rojizas del Edificio supieron el futuro desenlace. Ellas, que no sienten y que ignoran hasta el propio nombre que los seres humanos les hemos dado, no huyen de las cosas, no lo necesitan. Son eternas y felices. Lo único perdurable y firme. Las masas de carne como nosotros dos, sentados en este banco, somos el grupo de los olvidados, de los que no deben buscar ya nada, porque nada estará ya a su alcance.
Tiempo, tiempo, tiempo, repite el Viejo.
Sólo Tiempo…, acaba por declarar.
No comprendo…, digo, con los labios cubiertos de babas.
Debes saber esperar. Como nosotros, los del Jardín. Nosotros esperamos pacientes que todo acabe. Luego, si has sabido ser resignado, sobrevendrá la felicidad.
Ignoro el sentido de las palabras de este hombre sin años, pero algo en ellas me atrapa. Y mientras le oigo en mi mente, mientras recuerdo sus palabras una y otra vez, una dulzura se apodera de mí y me calma.


Embriaguez (3) - Novela por entregas.

05.05.18 | 19:43. Archivado en Sobre el autor

Me llamabas Cruz. Cada vez que te dirigías a mí usabas la fórmula de cortesía de llamarme por mi apellido. “¿Solo o con leche?”, te pregunté. Dudaste, tus labios adquirieron una mueca de niña asustada y respondiste “Con leche”. Comimos juntos por primera vez. ¿Se puede ser inmensamente feliz con un simple desayuno, en medio de la gente que hablaba, reía, gritaba, alzaba las manos, en medio de los camareros que iban y venían en un continuo trajín, en una convulsa balsa de movimientos caóticos? Sí. Yo lo fui ese día maravilloso, inolvidable. Naturalmente pagué yo. En un alarde de hombría y de ordinariez, triste y fugaz, pagué la cuenta, deseando salir de nuevo a la calle para tomar tu brazo cálido entre mis dedos. La vuelta al trabajo se convirtió, después de lo vivido, en un acto vulgar, insensible y gris, en un motivo sin importancia. Cogí otra vez los folios del joven escritor y mascullando entre dientes la nueva felicidad me recliné sobre el asiento para leer profundamente. Varios días me llevó acabar con el manuscrito. Aquella mañana, la última que dedicaría al suicida enamorado, te llame y te dije, “Siéntate, quiero comentar contigo esta obra”. En realidad la historia me importaba una mierda, pero sabía que era una buena excusa para estar cerca de ti. Cuando te señalaba un párrafo donde te aseguraba que tenía dudas, de cualquier índole, me tomabas los papeles de las manos rozando con tus dedos mis dedos muertos y me aclarabas los aspectos que no me importaban. Tiempo, tiempo era lo único que deseaba. Tiempo para disfrutar inocentemente de la candidez de tus pausas, de tus suspiros, de tus manos explicándome tus puntos de vista. “Marina es peculiar”, pensaba, mirando tu rostro moreno, de anchas cejas, tu rostro equilibrado, tu nariz recta, tus labios carnosos. Tiempo para observar de soslayo el leve derrumbamiento de tus cabellos, y cómo, al caer, cubrían tus hombros hasta llegar a la espalda donde se encrespaban formando unos rizos marinos. Poco a poco fuimos conociéndonos. De vez en cuando me tomaba la licencia de alguna pequeña broma. Te reías entornando los párpados y haciendo que los rayos de tus pupilas se disparasen hermosos por el aire. Descubrí tus encantadores movimientos de manos cuando intentabas explicar algo y las ideas no te salían. Movimientos bruscos y suaves, eléctricos y densos, en una mezcla armoniosa, melódica y sonora, que me volvían loco. Yo me reía y tú al verme así volvías a entornar los ojos coqueteando con la ignorancia que luego me haría sufrir.
Queda toda la noche. Toda la soledad del mundo y la espera eterna de un hombre sin consuelo y sin esperanza. El Jardín público se deshace en finas capas de nieve, bajo la blandura de la voluntad. El viejo encorvado se fue barriendo el suelo con sus pies agusanados. ¿Dónde estará a esta hora, adónde habrá llegado? El mudo de enfrente me mira de vez en cuando. El otro duerme. Se ha echado sobre el banco y la baba le cae por el labio. Parece tuberculoso. Tose y se agarra el pecho, estremeciéndose a cada sacudida. El frío y la noche no le hacen bien a este desgraciado. Los árboles no piensan, no sufren, no se mueven del mismo sitio donde una vez fueron semillas. Todo permanece en silencio y quieto. Hasta las piedras, imperturbables, me están diciendo que no merece la pena recordar los viejos tiempos, que el mundo es trágico, pavoroso, horrible. Debe ser tarde. Los ojos me pesan. El dolor, la miseria, la soledad, son efluvios radiantes de un mundo que se agota en la carne podrida. La soledad de un hombre le clava los pies al suelo y le convierten en una catástrofe andante. Miro al idiota de la sonrisa pintada, ¿qué pensará ese hombre?, ¿habrá conocido alguna vez eso que llaman felicidad, amor, ternura? Todo es mentira. Los sentimientos, atroces romances de la realidad, conforman el destino jugando con los nervios, destrozándolos, emergiendo de la sima misteriosa de nuestro interior. Me encuentro perdido. En medio de la Nada, en mitad de una blancura sin fin, helada, cruda, inexpresiva, siento la angustia del paso del Tiempo. Y espero detenerlo con mis dedos engarrotados. “¡Marina, no te vayas, por Dios santo, no te ausentes de esta tierra de penumbras donde los rayos de luz son flechas punzantes!”. A las ocho saldrá mi voluntad enganchada en el último vagón. Y tú te habrás ido.
El solitario dormido ha sacado de dentro toda la baba que tenía. Ya se le volvió la carne acartonada, blanca, dura. ¿Habrá muerto? No creo. Todavía le queda en el rostro una levísima gasa de dolor que le pudre por dentro. Sigue tosiendo. “Le gusta”, me dice el mudo con una expresión reveladora de sus ojos de niño. Sin palabras, sin sonidos, comprendo lo que me quiere decir el hombre ahuecado. La tos continúa golpeando el pecho del solitario convirtiéndose en un gran temblor que le va a sacar los pulmones del cuerpo. La enfermedad es una dicha. Sólo el que la padece comprende los vaivenes crueles de la vida. Sólo ellos, los enfermos, son felices, porque suben y bajan, resisten y gozan, se saben aislados del resto, de los normales, y en el fondo de su enfermedad son únicos, peculiares, soberbios. Seres sobrenaturales que encaran los días con el ánimo de respirar unas horas más, de saber el valor de un rayo de sol, de una caricia, de una mirada. ¿Y quién no está enfermo, realmente enfermo, en este asco de sociedad? ¿Quién se defiende de la rutinaria experiencia de lo vano, de lo fútil, de lo ordinario, sino los infectados que pueblan las calles de todo el mundo? Me iré. No quiero seguir sentado, acurrucado, con las manos, los pies, los sentidos, y con todo el cuerpo entumecido. Caminaré despacio. Esperaré los suaves vientos del amanecer y desearé que cuando llegue el momento mi mente y mi espíritu se encuentren en ese estado de calma que sólo procuran los años. Estoy acostumbrado a saborear los silencios de las calles nocturnas. A sentir mi fina epidermis cuando se mueve rozando las masas algodonosas de aire. Solitario nocturno sin objetivo y sin deseos terrenales. ¡Qué lejos se encuentran ahora esos días hermosos en los que tu risa saciaba mi ansia, en los que tus cabellos ondulados convertían mis horas en gozos radiantes!
El trayecto desde el Jardín público hasta la Estación Central es largo. Me pongo en camino. ¿Ha salido una nueva estrella en el cielo o es que te has despertado? Los misterios de la noche siempre me fascinaron. La gente odia la oscuridad y sufre en silencio los terrores de las sombras cuando éstas se alargan. Pero mis pasos sobre las losas heladas del paseo crean la existencia. Antes de posar mis pies sobre ellas, el hecho no era, no había tenido lugar. Alguien debía crearlos, y ese alguien es Modesto Cruz cargado con el fardo de la ignorancia, de la estupidez y del desconsuelo. El hombre, en su deambular por las sendas prístinas del mundo, busca el complemento, lo que le falta, busca la otra porción de miseria que no le dieron al nacer. Y por eso deambula ciego por las circunstancias, chocando y tropezando en una manifestación eterna de su infinita torpeza. Sólo el amor, ese gran mentiroso pasajero, le puede salvar y evitar que un buen día decida suicidarse. La Nada invade, se explica, se inventa y se recrea ella sola, sin ayuda de nadie. El terror es cuando te levantas y notas que esa Nada te acompañó durante toda la noche, sentada en el filo de tu cama, sin apenas respirar, sin moverse, obtusa, hierática, mirando a tus ojos mientras los sueños te perseguían. Es el momento de sentir la verdadera insignificancia y vacuidad de lo que haces durante el día. Y comprendes que eres más estúpido que todos los estúpidos oficiales de la Tierra.
Quisiera estar muerto. No me asusta el vacío, ¿acaso podría agotar mis sentidos aquello de lo que estoy hecho? Cuando la materia se encarna y se desvive, loca y azorada, por este mundo de hombres ciegos y pusilánimes, todo se vuelve gris y rutinario. Y el aire se espesa, dando a la vida un carácter difuso. La gasa de nieve se funde bajo mis pies de barro. A mi derecha, el río, el gran y majestuoso dibujo de agua que se mueve con el ritmo cadencioso y eterno de siempre. Es la arteria viviente de la ciudad. Las casas duermen, los inquilinos duermen, todo a mi alrededor confiesa con sus rostros pálidos la podredumbre de esta noche eviterna y desdichada. ¿Las ocho? A la mierda el tiempo. Si tuviera el poder de lo sobrenatural les diría a los hombres que se suicidasen. Y que dejasen a esta tierra tranquila, sola y desértica. Nadie les echaría de menos. Porque los valores morales, aquellos de los que el ser humano se encargó de aplastar con sus toneladas de cemento, habrán quedado borrados de las tablas de la sabiduría. Y otro mundo sería posible. No el mejor, como afirmaba el filósofo, sino otro, distinto, más humano, más verdadero.
Debo seguir caminando en busca de la Estación. Por nada del mundo, por mucho que me duela, dejaría de estar presente en el instante definitivo. Seré testigo del derrumbe doloroso que imaginaba desde hace tiempo. Sin duda, allí estaré, como un imbécil, sentado en un banco sucio y pestilente, junto al bar de los que huyen cada mañana de un sitio a otro.
Aún hace frío. Sopla una ligera brisa que sobrevuela los rizos del Neva y que llega hasta las primeras calles del este de la ciudad. Luego, más allá, la sensación de quietud se establece entre las casas y las calles definitivas. Son las siete. Algunas luces comienzan a iluminar los huecos misteriosos y solitarios. Muy tímidas, las lamparillas de las casas vecinas tiemblan en los salones. Ojeras, bostezos, brazos extendidos, tendones en tensión y cabellos desordenados, empiezan a caminar, sonámbulos, por los pasillos de estas casitas de trabajadores. Los pobres creen que levantándose temprano arreglan algo y son productivos. Pero se equivocan. Sólo los bostezos aportan a sus vidas pequeñas muestras sinceras de lo que realmente piensan y sienten. Lo demás, pura desfachatez inventada en los colegios y en los libros ocres y viejos. La putrefacción cubre las aceras. Las viejas sacan las basuras. Los recién casados, indolentes y disolutos, se encogen en sus camas para eternizar el amor de mentira que vivieron por la noche. Los hambrientos señalan una nueva cruz en los cuadernos diarios que marcan sus vidas. Un día más. Un día menos. Todo según se mire. La anémica luz repetida a lo largo de la fachada señala la entrada al gran edificio. La Estación Principal, la culpable de los sinsabores de muchas personas, no duerme, no descansa. Imperturbable, se yergue entre los numerosos edificios de oficinas, mostrando la arrogancia y la vanidad de la que muchos seres vivos carecen. Se resiste a morir. ¿Cómo podría perecer la piedra hecha de materia inmortal? Me acerco. En unos minutos habré alcanzado la entrada espaciosa, ancha y plana del edificio donde descansan y trabajan los trenes. Al entrar el espacio te aplasta. La voz se disloca, repitiendo tus pensamientos en todos los rincones del hueco. Los ecos, las reverberaciones sonoras, se ríen de uno. Ni siquiera nos está permitido pensar, ni pararse en mitad del pasillo. Tampoco la gente te otorga el derecho a pasear entre sus brazos extendidos, mirando acá u oyendo alguna conversación sin importancia en otro lado. Es enorme…pero gusta. Algo poseen las estaciones de ferrocarril que atrapa los sentidos y acolcha los pensamientos. Los ruidos, chirriantes, altos, atroces, crispan los nervios. Pero en cuanto se divisa alguna monstruosa máquina numerada, con las franjas horizontales pintadas de amarillo, todo se calma. Entonces te acercas a ella y sientes su respiración. Las máquinas son hembras. Las locomotoras, potentes artefactos pintados en el aire, arrastran cadenas de nichos donde los trabajadores se duermen, hombro con hombro, durante unos minutos. Son como cajoncitos funerarios rellenos de estertores desgraciados que crujen y se desmayan, en una confusión humana, demasiado humana. He llegado. Huele a periódicos calientes, a café, a tabaco ensalivado, a sudor. Las losas del suelo ya no reflejan las piernas menudas de las señoritas estudiantes. Las taquillas están todas abiertas. A través de los pequeños huecos, curvos por la parte de arriba, asoman narices desagradables y manos huesudas. Podría pensarse que sólo son estas narices y estos dedos encrespados los que realizan el trabajo, ajenos a los cuerpos, de los que se desprendieron un buen día. La gente se agolpa formando filas de carne. De vez en cuando uno de la cola saca un cigarro, lo enciende y fuma sin ganas. Luego, el de atrás, tose, se aguanta, tiembla de nuevo, traga saliva y mira para otro lado, haciéndose el loco y maldiciendo por dentro al que tiene delante. Algunos empujan, meten el brazo, los codos inclinados buscan su sitio, avanzando, progresando, como si fueran un pequeño ejército de músculos y fibras. Todo me produce repugnancia. Cada trabajador no es más que una bolsa de desgracia con forma humana. Lo único que nos salva es que el dolor infinito no se refleja en los rostros. Si lo hiciera, ¿quién sostendría la mirada de otro hombre?
Sé que la hora que falta para que salga el tren pasará tan rápida que mi desconsuelo se sentirá sobrecogido. Intentaré, por ello, alargar el tiempo, dilatarlo, convertirlo en un simple capricho de mi voluntad. Y al final, si es necesario, lo destrozaré con el coraje que me da el amor que siento por ti. La gente comienza a circular delante de mí. Estoy sentado. El banco es de madera listonada. En la parte de atrás la espalda se acomoda a la curva armoniosa de la madera y uno llega a creer que lo pusieron allí para descansar. Nadie se sienta a mi lado. Me suelto el reloj de la muñeca, juego con él, miro las manecillas inquietas y te veo arreglada, dispuesta, preparada ya para salir a la calle, tomar un taxi y derrumbarte sin querer en este maldito edificio de huidas, desencuentros y dolores. “Marina, mi bella Marina, no aceleres tus quehaceres, no te apresures. Si llegases tarde y perdieses el tren, ¿qué?, ¿de nuevo a dudar?, ¿otra vez a sentir la lividez de tus sentimientos?”. Fumo. Al menos me queda el consuelo de que si esto se vuelve insufrible, de que si mi cuerpo y mi alma se desdoblan, dejándome huérfano de amor podré, cuando quiera, poner fin a mis días. Derecho que nadie me puede arrebatar. Ni siquiera tú, Marina de mi vida.
Pasan los viajeros de las siete y media. Dormidos y cargados con sus maletas, los hombres y mujeres caminan por el andén mirando hacia abajo. La locomotora echa vapor como un animal fiero cuando siente cercana la muerte. Ya pronto aparecerás por la derecha. Lo presiento. Me inclino hacia allá. No me perdería tus pasos de hada. Me quemo los dedos con la colilla. La tiro al suelo y saco otro cigarrillo. Miro el reloj. Menos veinte. El corazón me duele. Los gusanos roen mi estómago y mis intestinos. ¿Hambre? No. Es tu ausencia, tu llegada, tu marcha. Todo se me vuelve una maraña de asco y siento ganas de vomitar. Las saetillas no comprenden lo que quiero de ellas y corren exhaustas, segundo a segundo, buscando la meta que nunca llegará. Menos cuarto. El tiempo no cede. La gente continúa pasando delante de mí con los pies nerviosos. Tienen prisa. ¿Acaso no experimentan el amor de una mujer, amor y consuelo que les anclen al suelo y le calmen? Ya salió el tren de las siete y media. Vivo ahora unos minutos de silencio aparcado, de instantes definitivos en medio de la quietud relativa. La locomotora de mi amada alcanza mi posición. Ha llegado silenciosa, amenazante, posponiendo la locura que me corroe. Se para. Colocada en su sitio permanece erguida sobre sus raíles. Me mira insolente. Dice: “Me la llevaré de aquí, imbécil. Me la llevaré lejos, bien lejos, donde tus recuerdos no alcancen, donde tus ansias se gangrenen y te derroten”. De nuevo mis ojos se posan sobre la esfera blanca del reloj. Menos diez. ¿Qué pasa? ¿Por qué los demás no corren o persiguen sus sueños? Los nervios, el desconsuelo, el temor, se convierten en mí en algo presente; son, los veo, los noto. Pequeños gusanitos que zigzaguean por mis venas, comiéndome, devorándome. El tiempo pasa y mi amada no llega. ¿Qué le habrá pasado? Si se demora por más tiempo, apenas la veré unos minutos, tal vez apenas unos segundos, y tendré que retorcer mi angustia para que no lo note en mis ojos. Me duele la garganta. Escupo. Sigo fumando, nervioso. Me levanto, no puedo soportar por más tiempo la agonía de la espera. Me acerco a la puerta principal. Me abro paso entre los transeúntes. Mis piernas chocan con algunos picos de maletas voladoras. No veo a las personas que van y vienen. Estoy ciego. Apenas vislumbro una fila de bolsas y equipajes, fluyendo en el aire, desasidas de la materia que las transportan. Chocan sobre mí, se me clavan en las piernas, tropiezo, me vuelco hacia los lados. Me duelen los huesos y me aguanto. Continúo avanzando hasta que llego al primer escalón que da directamente a la calle. Nada. El cielo es rosa. Respiro profundamente. Las últimas estrellas se despiden. El aire frío cubre las caras de los que van entrando. ¡Maldito edificio, donde los hombres se mueren por dentro! Menos cinco. Un auto blanco se aproxima veloz. En un alarde de soltura, el conductor aparca junto a la acera sin apenas rozar los adoquines con las ruedas. Una pareja cualquiera sale del vehículo, toma las maletas apresuradamente y se despide del chófer, que se va como vino. La niebla, el ligerísimo velo que flota en el aire, me impide ver los rostros de los dos desconocidos. Andan rápido. Envidio la suerte de este hombre que toma a su amor del brazo. Él lleva dos maletas; una grande, la otra de mano. Ella se cubre el rostro para no respirar el gélido aliento de la ciudad. Se acercan. Observo la hora en el reloj enorme de la entrada. En punto, ya son las ocho y tú, Marina, no has llegado. Por un instante me siento feliz. ¿Habrás decidido quedarte junto a mí? ¿Es que el amor, el verdadero amor, ha brotado en tu pecho, inesperadamente? Los dos desconocidos se acercan más. Ya están apenas a unos metros de mí. Saco otro cigarro. Ha sido una noche larga, angustiosa. Una noche donde conocí la miseria de los hombres mientras recordaba tus ojos negros, grandes, profundos. De pronto la mujer se para, se acerca, se descubre el rostro y me lanza una mirada que me destroza el alma.
¿Qué ha sucedido?, ¿dónde están todos, la gente, las colas de las taquillas?, ¿qué hago yo aquí, congelado, en medio de la nada, como un idiota? La Estación ha desaparecido bajo mis pies. Me ahogo. Tiro el cigarro con asco. Me doy la vuelta tratando de huir. ¿Pero adónde ir, dónde se encuentran los muertos de este mundo? Nace de pronto en mí el deseo indomable de extirpar mis hombros, deshacer mis músculos, destrozarme entero y arrojar mis deshechos a los carroñeros. Me conozco y sé que la vida y la sangre se me van para siempre. Retrocedo con horror. Con mis dedos muertos me desprendo de las garras de esta mujer aterradora que me engaña como a un niño. Debería abrir la boca, soltar algún anatema, gritar, mostrar mi despecho delante de todos. O tal vez sería mejor que echara mi cuerpo bajo las ruedas aceradas del primer tren que encontrara. Los ojos, tus ojos, Marina, me siguen clavando al suelo y a la miseria. Me llevan, con esos brillos misteriosos al mundo de la verdad, al mundo que nunca antes conocí. Quedas tan sorprendida como yo y no sabes lo que decirme. ¿Con qué excusa me saldrás ahora, amor mío, odiada mía? Nunca antes en la historia se ha escrito tanto como con esta mirada tuya. Con ella lo expresas todo. Dos años en una sola sesión de parodia. Sentimientos amasados que se van en un abrir y cerrar de ojos por el desagüe. A Ernesto lo noto embarazado. Mira al suelo, espera, y respira ruidosamente. Una eternidad nos duró, amada mía, el encuentro bajo las últimas estrellas. La gente pasa rauda junto a nosotros. Nos apartamos un poco. Los carros repletos de bultos parecen pequeños monstruos de un mundo imaginario. ¿Estoy enloqueciendo? ¿Soñando? La mentira es la reina de este mundo de mierda en el que los hombres nos derrumbamos a cada instante. ¿Por qué seguir viviendo? La ebriedad aparece sorda. De nuevo solo, junto a las piedras insensibles, envidiables, eternas. Los vegetales no sufren como nosotros. Y nacen, viven, mueren. Todo ello sin amor. Entonces, ¿quién nos puso al amor por delante y nos dijo, tómenlo, enamórense? No sé qué pensar. Me odio. Me doy asco. Mi imagen y la forma mía de pensar y de ser me causan una repugnancia difícil de explicar.
¡Hombre, Cruz, tú por aquí, tan temprano!, me suelta Ernesto sabiendo que sus palabras me humillan.
Puede temblar la tierra, moverse los astros, derrumbarse las casas, los edificios, todo puede suceder, epidemias, guerras, cataclismos…qué sé yo. Pero esto no. Esta humillación solapada con el desconsuelo, donde ya no sé qué me duele más, si tus ojos dormidos o tus manos yertas, si tus labios resecos o tus cabellos recogidos. No sé ya reconocer en ti lo que me diste. ¿Quién te ha cambiado, amada mía? ¿Por qué has convertido a este hombre en una burda caricatura de sí mismo?
Marina me mira con sus ojos negros, brillantes, acristalados. La noto confusa. La conozco y sé que no soporta las situaciones embarazosas. “Vamos”, dice, intensificando en mi pecho la angustia plúmbea y oscura que me enloquece. La pareja se adelanta. Caminan tan aprisa que apenas si llega el oxígeno a mis pulmones. Si corro parezco un perrito vicioso. Si me quedo viéndoles marchar hacia el andén la perderé para siempre. ¿Dudo? Claro que lo hago. Dudo en el piélago de horror en el que me encuentro metido. El tren está a punto de partir. Una voz metálica así lo anuncia por la megafonía. “¡Último aviso!”. Los dos corren. Las maletas ondulan las masas de aire en un carril invisible separado del suelo. Nadie estorba su avance porque todos los pasajeros subieron ya a sus vagones. Sólo queda Marina. Sólo quedas tú, amor mío. Se abre la distancia entre ellos y yo. El cuerpo lo siento paralizado. Los celos me duermen las ganas de salir corriendo. Pero sé que si no les alcanzo me habré perdido para siempre. “¡Último aviso, último aviso!”, repetido en el aire del hueco sin alma, anuncia el comienzo de mi verdadera humillación.
Sin pensar en nada corro para decir adiós a la mujer que cambió mi vida. A la mierda la decencia, el honor, la dignidad. Sólo deseo tocar levemente sus manos, saber que sigue viva, hermosa y delicada. Lo único que mi ser entero comprende es la tensión de sentirse abatido y que el único remedio es encontrar a la que me dio la oportunidad de conocer el amor verdadero. Llego a tiempo. Ernesto ha subido las maletas al vagón. A través de la ventanilla le veo, afanado, subiendo los bultos a la cestilla del cielo. Marina me espera. La angustia y la desazón de saber que contamos con apenas unos segundos dibujan en nuestros ojos un misterio irresoluble y mágico. La tomo de las manos. El corazón me late con fuerza. ¿Cómo frenar el Tiempo?, ¿Qué decirle en estos momentos? ¿Dónde están las frases, las palabras? La vida me duele. “¡Escribe!”, le digo, en un arranque reflejo. “¡Por favor, escribe!”, continúo diciéndole mientras me esfuerzo por contraer el rostro, apretando los ojos contra los ojos, los párpados contra sí mismos. Marina, mi amor, aprieta mis manos con las suyas. ¿Acaso se puede expresar el infinito de mejor manera? Ernesto sale, baja los escalones del vagón. Trae el aire satisfecho, de quien ha hecho una heroicidad. “Maldito imbécil”, le digo sin voz. La coge por la cintura, mancillando su cuerpo, la eleva por el aire y Marina se posa en el suelo como una gasa, suave, dulcemente. Pienso en el horror que me ha tocado de cerca. Sus dedos, sus manos, sus asquerosas interioridades rozando la hermosura, la eterna y dulce savia que alimenta al mundo. La máquina ha refunfuñado con un chorro de vapor que llena el ambiente, inundando el andén de silbidos y de ruidos estridentes. El Jefe de Estación se acerca. Las puertas se cierran. Marina acerca su rostro al cristal diminuto y sus labios rozan la superficie. Sus labios, su boca, sus manos levantadas, acariciando la materia vítrea, transparente. Tocando con las yemas la barrera que nos separa y que nos aprieta la existencia. El movimiento es lento al principio. Le cuesta esfuerzo a la bestia arrancar, vencer la inercia de la enorme quietud. Subo mis dedos para decirle adiós con cursilería. Me siento miserable. Luego, mis manos se posan en mi pecho, a la altura del corazón. Debo calmarlo. El tren se va. Marina se va, desaparece. ¿Hasta cuándo?
A partir de ahora sólo viviré de los recuerdos y de las imágenes que mi cerebro sea capaz de reflejar. La apariencia, la forma, la facha, deberán guiar mis días, atravesando el infierno de esta porquería de existencia donde todo es mentira, donde todo duele, si te lo tomas en serio. La ebriedad, la eterna embriaguez acudirá a mí por las noches, mientras camine junto a los pordioseros. Las calles nevadas no me importarán en absoluto. El frío de la carne, ¿tiene algún sentido, cuando uno se sabe muerto? Presiento la llegada de la muerte, de la verdadera muerte, que no es otra que la soledad. Saberse aislado en el mundo, triste, errabundo, solitario, rodeado de cadáveres ansiosos por continuar la eterna agonía de la vida. Las experiencias vacuas comienzan a latir en el fondo de mi existencia. Ya nada tiene sentido y la locura, esa típica excrecencia de la modernidad, me llena por dentro, amenazante.
La Estación se ha sumido, inesperadamente, en el silencio. ¿Dónde están todos? Bajo las manos, las meto en los bolsillos y miro al infinito. Los locos también miran a lo lejano. La diferencia es que a ellos no les da vergüenza reconocerlo. A mí todavía me puede el pudor. Sigo lleno de miseria humana de la que poco a poco deberé desprenderme. Me pregunto si sabré o podré conseguirlo. Pero el destino, ese miserable callado que sólo te habla cuando se cumple, no me dice nada y me hundo en mí mismo, humillado, solo y vacío. Ernesto se mueve hacia mí y me lanza su mano. Se va. ¿Ha sufrido como yo? Le veo de espaldas caminar empinado. Sin duda ese hombre aún no se ha hundido. No puede. Para derrumbarse hay que valer y tener la sobria certeza de que las cosas no se pueden cambiar. Pero nada es mutable. La soledad se adueña de mi alma. Me flaquean las piernas y busco la ayuda inerme del banco de mis dolores. Por la ventana iluminada del bar se aprecia la tranquilidad de los nuevos viajeros. Desayunan tranquilos. Esos cuerpos llenos de ansias se alimentan de la materia que a mí me sobra. No duele lo presente. El ser es inofensivo. La ausencia es la que impregna la estancia, el enorme hueco que se abre entre el suelo y el techo de este Edificio. Es temprano. Deberé marcharme de aquí para no dar pie a que me tomen por loco. No deseo salvarme. Los demás, que hagan lo que quieran. Que no piensen, que no sientan, que no experimenten la inquietud de lo perdido. ¡Qué más da! La madera del banco acoge mi carne de nuevo. Me siento, respiro hondo, vuelvo la mirada a la izquierda. Intento observar la distancia. Pero la distancia no se deja, no encoge su esencia. Los objetos se alejan de mí. De pronto me siento apartado de la realidad. El vértigo me acaricia y echo mi espalda hacia atrás, buscando el apoyo que tanto necesito. “Se está bien aquí”, pienso en silencio y con los ojos cerrados. La experiencia de notar lo externo cuando no ves nada es increíble y absurda. Y causa un terror indescriptible. Percibo los más nimios ruidos, que elevan su intensidad amplificados por mis nervios. Huele a aceite quemado, a tostada recién hecha. El café, humeante y espumoso, transporta sus moléculas por el aire y alcanzan mis fosas nasales. Los sentidos, ciegos y sordos, enloquecen y, mezclados con la desazón que causa el desapego y la certeza absoluta de la ausencia definitiva, provocan en mi interior un estremecimiento de ebriedad que me desmaya. De nuevo debo comenzar el camino conocido de mi vida. Solo, usando la materia atrayente y mágica, empezaré a deambular día a día por las calles y plazas definitivas. Las piedras serán mis nuevas amigas, insensibles, mudas, sordas. En ellas y sobre ellas volcaré el poso de mis amores siendo consciente de que no les podré pedir nada a cambio, salvo la seguridad de que siempre estarán a mi lado. La fidelidad, la duda, la insatisfacción, el amor desbocado, todo desaparecerá de mi agenda y me convertiré en un ser inanimado, en un muerto viviente, en un cadáver vestido elegantemente. El vapor denso del ambiente me atrapa. Respiro el drama de todas estas personas que ya terminaron sus desayunos y que ahora esperan la llegada del vagón. Toda la vida para subir y bajar de estos cajones esperpénticos. Rozando con tus brazos los brazos de los otros, tibios, velludos, infectados. Continúo con la cabeza reposada. Pienso en ti. Tu vestido azul, del mismo azul que el mar por la tarde, te sienta de maravilla. Eleva tu cuerpo, lo sintoniza con el mundo, en un éxtasis casi lírico, exaltando, elevando, aumentando la belleza de lo natural. Eres, con él, más tú. Y hoy te lo has puesto. ¿Para él? Y tu cabello, negro, ondulado, inmenso como los ríos de la América del Sur, lo has recogido, tratando de ocultar su belleza salvaje. Sin embargo, en los escasos instantes que tomé tus manos entre las mías apenas percibí la levedad de tus dedos, la suavidad de otros días. Y me pasó desapercibida la montañita que forman en tus dedos los anillos que usas. Tu piel, sin embargo, la has mancillado con las cremas sutiles. Debes haberte levantado hoy muy temprano. Y ese capricho en tu embellecimiento me muestra que tal vez deseabas huir de verdad. ¿Qué buscas, que no encuentras aquí, entre mis brazos? Sigo ebrio de ausencia. Me pueden los efectos externos. Todo lo que oigo y me distrae de tus recuerdos, encrespa mi alma, destrozándola. ¿Puede el mundo permitirme llorar en silencio? Me duele el pecho. Me ahogo. Siento que el aire me falta y de pronto, en un avatar inesperado, las lágrimas se deshacen dentro de mí y transforman mi rostro, humillándolo.


Embriaguez (2) - Novela por entregas.

03.05.18 | 18:06. Archivado en Sobre el autor

Es triste el silencio, lo único que nos queda cuando alguien amado nos deja. Faltan aún varias horas para que salga el tren. Me queda tiempo para vomitar la mierda de vida que engendré en mi interior sin yo saberlo. ¿Por qué pienso tanto? Quizás la solución de todos los males es mirar hacia otro lado, adonde las luces fosforescentes acrecientan la falsa alegría de los demás, en un tumulto que nos hace a todos sentirnos acompañados. Es posible. Pero ahora que noto los huesos doloridos lo único que deseo es tragar un poco más de alcohol. Miro al viejo Michel y le señalo la botella. Tal vez mis ojos suplicantes han enternecido el corazón de este hombre. Me la pasa y bebo. Bebo sin parar, como si al líquido le pesara la gravedad de salir por el extremo. Me sacio. La vista se me ha apagado un poco. Imágenes veladas, blancas, densas, aparecen en mi cerebro y creo que es la noche que me cayó encima sin avisar. El Viejo sonríe. Comprende que me estoy mareando, pero lo que no sabe este pobre hombre, ¿o sí lo sabe?, es que el vértigo que me acaricia es por saber que no te veré en lo que me resta de vida. El dolor, anticipado, me ha bañado el cuerpo, la mente, los sentimientos crueles y estúpidos que me acompañaron desde niño. El pesar de saber que te vas, amor mío, hermosa mía, que te irás pase lo que pase. Sólo un milagro podría retenerte. Y aun ni eso. Tú estás por encima del bien y del mal. El amor de tu carne lo puede todo. Si estuvieras aquí conmigo, sentada a mi lado, apagarías la sonrisa idiota de ese remedo de hombre que no deja de mirarme. Odio las sonrisas dulces, sin motivo, las sonrisas mecánicas que algunas personas llevan prendidas en la cara igual que si vistieran de fiesta. ¿Es que no ven el dolor del mundo?
Michel se levanta, arrastra los pies y se sienta a mi lado. Echa un trago, me ofrece, le imito, y mientras le devuelvo la botella pienso lo extraño de la situación.
El moreno no habla, es mudo por decisión propia, me dice con una voz melodiosa, infantil y afrancesada.
Ya, es lo único que me sale de la boca. Y agrego:
Comprendo.
No, usted no comprende nada, añade con aire un poco insolente.
Usted, joven, no puede saber nada. No se ofenda. Le habla un viejo al que le falta poco para irse al otro lado. Usted no puede saber nada porque… Y el fin inacabado de la frase me deja el corazón temblando. Porque se le nota que está enamorado.
Me desplomo. El alma que llena mis músculos, mis nervios, mis tendones, se viene abajo de golpe y experimento la sensación de que la tierra me puede, me llama y que ya no pertenezco al reino de la verticalidad. Me vuelvo hacia él. Le miro a los ojos. Y veo una imagen conmovedora, acristalada, un retrato en sepia con el brillo y el fulgor de las lágrimas que están deseosas de salir para evaporarse en este mundo real. El Viejo llora en silencio. Me siento acongojado por lo que me ha dicho y porque no comprendo la angustia que remueve las fibras de este hombre.
No se preocupe, dice al cabo de unos segundos tensos, inacabables, fieros. No se preocupe porque esto me suele pasar de vez en cuando. Antes que acabe el día, antes que llegue la próxima noche, habrá comprendido lo que quiero decirle.
Y se levanta, alza su espalda encorvada y comienza a arrastrar los pies, alejándose de los tres que aún permanecemos sentados bajo la capa helada de la madrugada.
A partir de ese día Marina Maldonado abrió su corazón y su sonrisa a Modesto Cruz. Le gustaba llamarme de usted y al principio los rasgos ásperos de sus palabras me confundían porque no encontraba ni la forma ni el momento para hablarle. Sólo de vez en cuando se levantaba, acudía a mi lado cargada de papeles y me preguntaba algún detalle técnico de la obra que llevaba entre manos. Pero eso no bastaba. Al acercarse tanto olía su cuerpo desmayado, sus cabellos caídos acariciaban mi piel, erizándola, sus tenues curvas dibujaban imágenes vaporosas y sus ojos, sus increíbles ojos, asaeteaban mi alma sin que ella se diese cuenta de nada. La oficina se fue tornando calurosa, las paredes cambiaron sus tonalidades, la alegría transfiguró el escenario de trabajo como en una terrible catarsis donde lo único que importaba eras tú, Marina, sólo tú y tus encantos, tus silencios, tus pausas, tus arranques definitivos y esa manera tan peculiar de mirar, afilando los párpados, apuntando las pupilas hacia el objetivo final, decidiendo el sentido último del mundo con tu sola respiración. Un suspiro puede más que cualquier seísmo terrestre, un anhelo tuyo es capaz de remover los mares y causar la muerte de miles de hombres. No te dabas cuenta, ¿verdad?, de que lo único que me hacía vivir cada día era la llegada de tu luz a la oficina. ¿Qué importaban los ensayos, los apuntes, qué sentido tenían para mí los manuscritos de esos seres anónimos? Los corregía, los amasaba, pasaba las hojas muertas oyendo los lamentos de tu cuerpo, espiando cada movimiento de tu bella existencia y todo ello sin hacer maldito caso a mis obligaciones. Me convertí en un mecánico, casi en un autómata que decía “Este trabajo es una mierda”, o “Aquí hay algo que vale la pena”. Luego volcaba los folios sobre la mesa y aprovechando la inútil importancia que da el oficio te decía “Vamos”. Así pasaban los días. En la soledad me removía por dentro pensando la manera de decirte que me gustabas. ¿Pero dónde?, ¿cuándo?, ¿de qué forma inocente confesarte lo mucho que me atraías? Hablé con mi alma, a ver si ella me inspiraba. El éxtasis, en un arrebato de valor, me impulsó una mañana a dejarlo todo por ti, a dedicar mi vida a adorar a mi pequeña Marina. Recuerdo que trabajaba en la obra inédita de un autor joven, casi inteligente, un autor que narraba la historia de un desdichado a punto de suicidarse por la locura de un amor imposible. Me causó tanta envidia la forma elegante, delicada, verdadera, de expresar los sentimientos de este escritor desconocido, que a punto estuve de coger el tomo y tirarlo a la papelera con la excusa de que era otro más. Pero no pude. Algo me afirmaba en la obra de este joven que intentaba descubrir los sinsabores de la vida. Lo aparté a un lado. Pensaba retomar su lectura después de paladear la caricia de tu rostro. Salimos a la calle. Hacía frío. Recuerdo que dijiste “¡Vaya día, Cruz!” y que te arropaste en el abrigo para cruzar al otro lado. En un acto indigno te tomé del brazo, profanando tu ser. Sentí tu carne trémula bajo la gruesa capa de algodón. Tus latidos me atravesaban los dedos, atormentándome, y tus cabellos, caídos a un lado, dejaban a la luz la tersura de un cuello de cuento de hadas, blanco, tierno, sedoso. El vértigo hizo que me apoyase con más fuerza sobre tu brazo lánguido y en ese momento, justo en ese instante, fue cuando me miraste de cerca y comprendí lo absurdo de una vida solitaria.


Embriaguez (1) - Novela completa por entregas

22.04.18 | 20:38. Archivado en Sobre el autor

Embriaguez (1)

“Una lágrima tiene un origen más profundo que una sonrisa…”
Cioran.

Las noches son todas diferentes. A pesar de lo que sintamos, aunque soportemos el paso del tiempo con el corazón destrozado o, por el contrario, nos conmueva la dicha de haber vivido algún acontecimiento importante, siempre la oscura presencia de las noches nos expresa algo inquietante y desconocido. No sé si serán las estrellas moribundas del cielo que nos miran desde arriba entristecidas. O tal vez el silencio de las calles solitarias, cuando la gente huye hacia sus casas buscando el calor de la familia. No lo sé. ¡Me lo he preguntado tantas veces!
Han dado las doce. Otro día a la basura. De nuevo la espera hasta que la miseria de mi boca diga ¡basta! y resbale por mi cuello, humedeciéndolo. Me levanto cansado. No he dormido. No necesito vestirme porque me eché sobre la cama con lo puesto. Odio tener que quitarme la ropa y verme desnudo. Me aborrezco. No soy capaz de soportar el dibujo de mi cuerpo cuando paso frente al espejo. No debo salir a la calle con estos pelos, me digo, sabiendo que a nadie le importa mi atuendo. Nadie volverá la cabeza para decir ¡ahí va ése!, pero me refresco la cara y me adecento, aunque sólo sea por la vanidad de saber que lo hago por mí. Me acerco a la ventana. Descorro las cortinas y aproximo mi rostro al cristal. Siento el frío de la calle desde aquí. Mi respiración, corta y rápida, deja un círculo de vaho sobre la superficie transparente. Hace frío, pienso, y me froto las manos apretando los nudillos con fuerza. Me coloco el abrigo. Lo abrocho hasta arriba. Y antes de salir descuelgo el capote y me lo echo por encima descuidadamente. Cualquiera que me vea salir con esta facha y a estas horas de la noche dirá que soy un loco. O un perturbado que busca la sensualidad oculta de los rincones iluminados y sonoros de la ciudad. Tal vez cualquier señora mayor que vaya por la calle, apresurada por alcanzar pronto su barrio, piense que soy un pobre mendigo o un insociable, que camina sin orden ni rumbo cierto. Y quizás tendría razón. ¿O es que no soy un loco? ¿Un loco que busca desesperadamente la ausencia del día para evacuar los miasmas que le roen el alma?
A las ocho, ya sabes, me dijiste ayer cuando con media sonrisa, fingida y preparada, me diste la mano. Tan solo con pensar en estas palabras siento un pinchazo en el corazón. Esperaba algo más de ti, Marina. Pero fuiste como siempre, como eres de verdad. Te conozco bien y sé que no serías capaz de traicionar tu propia forma de pensar, y que por nada del mundo te rebajarías ante este vagabundo de los sentimientos. A las ocho…, pienso mientras cierro la puerta con dos vueltas de llave y desciendo los escalones hasta el portal.
La noche se ha echado sobre las casas. Los tejados aparecen recogidos y quietos. La nieve cae de algunos aleros y choca con el suelo deshaciéndose en mil trocitos blancos. Avanzo con las manos cogidas al cuello del abrigo. Las horas muertas por delante hasta que a la noche le dé por irse más al oeste y de nuevo el sol se asome. El aire es gélido. Las manos, aunque las llevo enguantadas, me duelen. Pero no puedo dar marcha atrás. Está decidido. No en vano desde hace al menos un par de años suelo pasear por la ciudad a estas horas. Si al menos encontrara a alguien con quien poder conversar... No quiero que amanezca. La única noche en mi vida que he sentido hasta la extenuación el temor al nuevo día. Cuando las gasas negras vayan dando paso a un cielo rosáceo, y cuando la gente comience a salir de sus casas, en busca de las oficinas, habrá llegado el momento que temo. Ahora amanece sobre las siete y media. A las ocho se habrá hecho de día completamente. Y con el día y las luces se observan mejor los perfiles de la gente. Y el reflejo del dolor de cada uno destaca y refulge, formando un espectáculo tétrico, que sólo algunos somos capaces de comprender.
La Estación Central queda lejos de aquí. Debo caminar durante una hora larga, apresurado, para dar con mis huesos en ella. En cierta forma me gusta visitar de vez en cuando el enorme edificio de rojos ladrillos. Aunque su estilo deje mucho que desear, la sensación de encontrarse entre personas que van y vienen, rápida y fugazmente, es dulce. Sobre todo cuando les observo sin ninguna prisa y sabiendo que la cosa no va conmigo. En otras ocasiones me he sentado en un banco cerca del andén principal y allí he pasado largas horas simplemente mirando y analizando la gracia de los repartidores de prensa, o los apuros de los ancianos que no pueden subir al vagón. Es triste y a la vez interesante recrear la vista en todas estas personas que sólo tienen una cosa en común: todos sufren. Y quizás por saberlo, por comprender el dolor inmanente de estos pobres seres, mi dolor se amortigua. “No podemos padecer por los demás”, pensamiento que me causa una extraordinaria alegría en el alma pero que no basta para hoy. Cuando se presente la mañana y haya llegado a la Estación, sabré perfectamente lo que me espera. La sonrisa neutra y sin sustancia. La mano tendida. Los dedos, cálidos y fríos, a un tiempo. La apariencia, los sentimientos dormidos, anestesiados. “Bueno, que te vaya bien”, me saldrá de los labios mientras por dentro estaré comiéndote de amor. Pero hasta entonces aún me queda toda una noche por delante, por lo que avanzo por la calle lentamente, sin prisas, observando el dibujo cuadriculado de las baldosas, entreteniéndome en contar los huecos que el desgaste ha ido dejando sobre ellas. A veces intento caminar sin pisar las juntas de las losetas, como cuando era un niño y mi padre me llevaba de la mano. Por encima de mi cabeza se difuminan las luces somnolientas de las lámparas de gas. Hay una cada cincuenta metros, aproximadamente. ¡Qué más da!
La calle es larga. Un señor mayor ha pasado por la acera de enfrente y ni siquiera nos hemos cruzado las miradas. Cada uno a lo suyo. ¿Adónde irá ese hombre?, me pregunto, aunque sepa que en el fondo no me importa nada. ¿Será otro solitario insomne como yo? Continúo avanzando. He llegado hasta el cruce con la avenida principal donde aún se ven algunos locales abiertos. Sopla el viento con fuerza en esta zona desprotegida. Me aprieto el cuello todo lo que puedo. Pero me duele el frío en la cara, en los dedos, en las rodillas. Noto que las piernas se me vuelven blandas y temo que esta blandura me suba hasta los brazos, hasta el pecho, y que en un ataque inesperado me invada el cerebro y lo deje acolchado. Quiero pensar para no sentir el frío en mi cuerpo. Aunque me duela, aunque no lo desee profundamente, necesito pensar, lo que sea, aunque sólo acudan a mi mente ideas confusas o absurdas. Miro el reloj. Las doce y media. “Sólo ha pasado media hora…”, me digo, desesperado, y hecho la cuenta para saber lo que me falta. ¿Qué haré con el tiempo restante, con el tiempo infinito y dilatado? ¿Caminar? ¿Pensar? ¿Sufrir?
Me remuevo dentro del abrigo y me dirijo hacia el café más cercano. Entro. El local es amplio. Un camarero dormita echado sobre el mostrador esperando que alguno de los clientes le avise para que le llene la copa. A la derecha un viejo con gorro, bufanda y guantes mira hacia el suelo con los ojos entornados. ¿Duerme? A la izquierda otro hombre arrugado de edad incierta permanece erguido sobre su asiento mirando a la calle a través de la ventana. Delante tiene cuatro vasos pequeños y sucios. Nadie habla. Algunos solitarios merodean por la ciudad buscando entre las basuras restos semipodridos de fruta y algún trozo de bocadillo. Luego, cuando se cansan de caminar y comprenden que de nuevo deben agarrarse el estómago para distraerlo, se van al bar y con las pocas monedas que guardan en los bolsillos se emborrachan para distraer a la vida. Me acerco al mostrador. Vodka, por favor. El camarero, seguramente el dueño del local, abre los ojos, vuelve en sí y coloca delante de mí una copa grasienta; la toma en sus manos, coge un paño grande como una sábana, la limpia cuidadosamente y la llena. Luego me mira, receloso. Sus ojos son pequeños, Por encima de ellos una ceja espesa y negra le cruza de parte a parte dando la sensación de estar siempre malhumorado. Me quedo observándole y me doy cuenta de que apenas respira. Me asusto. ¿Se morirá? A veces, cuando analizo los rostros desconocidos me da por pensar que es la primera y la última vez que esa imagen pasará por mi mente. Somos tantas criaturas en este mundo que casi no nos conocemos. Llevamos incorporados muy dentro de nosotros el papel que cada uno debe asumir en la vida. Unos ponen copas, otros se las beben. Todos, en el fondo, cumplimos con lo nuestro y nos sentimos así algo más seguros, casi responsables. Cojo la copa y me siento lejos de los dos ancianos. Por la calle no pasa nadie. El cielo es negro, grotesco. La mayoría de la gente permanece a estas horas echada sobre sus camas. Duermen. Todos duermen. Si alguien quisiera entraría sigilosamente en sus casas y clavaría un enorme cuchillo sobre sus pechos. Apenas se darían cuenta. Y probablemente este acto sería una muestra de amor, que les sacaría definitivamente de este engaño que es el amor podrido. El licor me seca la garganta. Pido agua. El camarero me mira con cara de pocos amigos y me la sirve con menos ganas. Los viejos continúan cada uno a lo suyo. Huele a suciedad en este sitio. En el techo una lámpara arroja sobre los rostros una luz mortecina, que seguramente estará cansada ya de vernos. Cuento las mesas. Diez, cinco a cada lado de la puerta. Aún no habrá tenido tiempo o ganas de limpiar y una hilera de papeles yace sobre el suelo, justo debajo del mostrador, donde todos ponemos los pies buscando el estribo que aquí no existe. La suciedad es curiosa. Como una pequeña cordillera, se amontonan al azar pequeños trozos de servilletas arrugadas, sobrecitos de azúcar, colillas, barro, formando una imagen desoladora y repugnante.
Pienso en Marina. ¿Dormirá? Seguramente sí. Veo su cuerpo desnudo sobre el colchón mullido y sus manos agarrando el embozo de las sábanas. Su cabello se expandirá por la almohada y en el interior de su cerebro estarán brotando pequeños sueños apacibles. ¿En qué sueña mi hermosa Marina, me digo mientras acabo la primera copa nocturna?
Saco tabaco. Fumo, y mientras en mi pecho penetran las volutas mortales de la nicotina, la imagen y la sensualidad de Marina invaden mi corazón haciéndole temblar. ¿Duele el amor? ¿Duele tanto como para destrozar el destino de un hombre? Pido otra copa. Necesito evadir mi angustia, irme de aquí, lejos, a otro mundo, a un mundo donde el amor sea correspondido y donde podamos aferrarnos a la esperanza y a la felicidad. ¿El alcohol, qué tiene, que nos engaña con el velo tupido de la mentira, de la falsedad, cambiando nuestra realidad por otra realidad soñada, acaso más verdadera?
El camarero se acerca.
Usted no es de por aquí, ¿verdad?, me dice mientras acopla su malhumorada figura sobre la silla que hay junto a mí. Tiene ganas de hablar, se nota; el hombre estará cansado y aburrido, deseando que amanezca para irse a su casa a engañar a su mujer y a sus hijos. Para besarles con una sonrisa amortiguada y esclava de la rutina. Le comprendo, debe de ser atroz imaginar las noches ocultas, negras, severas, desde detrás de este mostrador. Este hombre también sufre, lo veo en sus ojos, que muestran ya una luz apagada, arrebatada por el trabajo y los sinsabores.
No, no soy de aquí, le respondo lacónicamente.
Si fuera inteligente se daría cuenta por la parquedad de mis palabras que no me apetece ahora mismo hablar con nadie. Se intercala en este momento entre los dos un instante de silencio algo incómodo. El camarero no sabe o no se atreve a seguir hablando. Al cabo, cuando nuestras palabras están a punto de chocar en el aire, el viejo de la gorra le pide otro vaso y aprovecho su ausencia para respirar profundamente. “Si estuvieras aquí… hermosa Marina”, pienso, mientras mi mente se siente enajenada. Miro de nuevo el reloj. Apenas la una de la madrugada. Aún siete horas para escoger las palabras, las miradas, para elegir las pausas, para pensar en ti, en tu cuerpo, en tu aroma, en la candidez de tus gestos. El amor me quema. Como una llama, como una lumbre hiere mi carne, abrasándola.
Recuerdo el primer día. Había quedado un puesto sin cubrir y el Director estaba que echaba los demonios por la boca.
¡Hay que sacar el trabajo como sea!, vociferaba todo el tiempo, delante de los empleados. Y todos mirábamos al suelo, humillados y temerosos. Hasta que aquella mañana, al abrirse la puerta, apareció tu gracia y tu belleza. Apareciste tú, Marina, Marina Maldonado, una mujer que cambiaría mi rutinaria y grisácea vida de corrector, para convertirla en un hervidero de sentimientos.
Hola, soy nueva, me llamo Marina…, dijiste cruzando tu mano con la mía.
Encantado…, te respondí, apretando levemente tus dedos y sintiendo la calidez de tu piel.
Me quedé desconcertado durante unos minutos. Me senté de nuevo. Coloqué los papeles ordenados en montones más ordenados, sólo por entretener al tiempo y para poder mirarte de soslayo. Limpié mi mesa de restos que no había echado, pasé un paño por los cajones y los dejé más limpios aún que de costumbre, y mientras mis brazos se recreaban en todas estas tareas, escuchaba el sonido de tu voz, notaba la trémula palidez de tu rostro, olía tu cuerpo afrutado, de niña, joven, tierna y hermosa.
¿Pueden los sentimientos irrumpir así, de esta manera, en la vida de un hombre? ¿Es que no hay otra forma de empezar a caminar por los senderos de la muerte? Sentí que algo importante ocurriría a partir de ahora en mi vida. No sé por qué, pero lo supe, lo imaginé. Quizás los duendes misteriosos del amor, o tal vez una realidad más real que la nuestra, que nos rodea y nos envuelve, sin darnos cuenta, y actúa sobre nosotros como si fuésemos ciegos. Una fuerza vital que aparece y desaparece de la vida de las personas sin avisar, fugazmente, provocando cataclismos y momentos de euforia que nos hacen gozar y sufrir. ¿No son el gozo y el sufrimiento, Marina, dos caras de la misma moneda?
No se puede pasar uno la vida llorando por los rincones, asustado, y mirando para otro lado. Cuando el amor nos conquista, avanzando por los caminos misteriosos y desconocidos de nuestros sentimientos, avasallándonos, ocupándonos, debemos mostrar nuestra cara más serena y honesta. Jamás el amor debería encontrarse con las puertas cerradas. Pero ahora yo no soy yo. Es otro el que habla, el que se lamenta sentado en este bar de pordioseros. Es el alma, desdoblada, la que toma las riendas de mi vida y me lleva de un lugar a otro, errabundo y ambulante.
¿Llena, por favor?, le digo al camarero que despierta de su letargo.
El alcohol está envolviéndome en una nube etérea de ilusión y esperanza. “Marina llegará temprano”, me digo, obsesionado con la idea de tener el tiempo suficiente para degustar la miel de sus ojos. Y así, convencido de que todo marchará a pedir de boca, me distraigo y me inflamo y continúo bebiendo otra copa más.
Uno de los viejos, el del gorro, se levanta, se acerca al mostrador, echa sobre él unas monedas y se va sin decir una palabra. La espalda curvada tira del cuerpo del hombre hacia abajo, acercándole a la tierra que pronto le retendrá para siempre. ¿Le volveré a ver?, me pregunto. “No, no veré más a este hombre, jamás nuestros destinos se cruzarán y para mí se habrá perdido la oportunidad de conocer la historia de este viejo, de este anciano que también fue niño algún día”. Al salir a la calle el viejo se detiene y mira al cielo, luego a un lado, después al otro. ¿Qué espera para marcharse? Así pasan algunos instantes, aguardando en medio de la nada, pisando la alfombra blanca de la podredumbre. Posiblemente no tenga el hombre ningún objetivo claro para lo que queda de la noche. ¿Adónde ir con este frío? Siguen sucediéndose los instantes eternos. Al fin se decide. Arrastrando sus piernas aviejadas, el anciano se agarra al cuello del abrigo y comienza a caminar hacia la calle de la Estación. Su destino le empuja, le cubre el cuerpo, en un esfuerzo inútil por vivir un día más. Un día más en el interior de un cubo de basura que es su vida, nuestra vida, donde los hedores más nauseabundos nos ahogan y nos envuelven en una atmósfera agobiante. Sólo quedamos dos, el anciano arrugado y yo, sentados en nuestras sillas, esperando ver la claridad del día, bebiendo nuestros pensamientos y ensuciando nuestro mundo de lodo y porquería. El camarero bosteza, abre los brazos, se estira hasta que le crujen los codos, luego lanza al aire un lamento triste y somnoliento, y dice: “¡Invita la casa!”. El viejo de mi izquierda despierta de un sueño angustiado y sonríe. Otra copa más para perder la memoria de los padecimientos, otro momento añadido a la existencia eterna de los mortales. ¿Qué le habrá pasado a este hombre que le ha hecho ser tan generoso? Es posible que la modorra de las primeras horas de la noche se le haya desvanecido y después de unos momentos de desconcierto haya pensado: “¡Qué más da!”. La ceja se le ha estirado y sus ojuelos brillan ahora sarcásticamente. Se acerca, llena las copas, primero la mía, luego la del viejo, y dando la vuelta comienza a recoger la suciedad del suelo, deshaciendo la cordillera de papeles, destrozando las montañas diminutas. Mira el reloj. “¡Las tres, señores!”, anuncia con voz alegre. ¿Es que este hombre vive dos vidas paralelas, una desde que abre el local hasta esta hora maldita y otra hasta que cierra? No me extrañaría, el ser humano es complejo y desconocido incluso para sí mismo.
Después de dos horas inacabables distrayendo al frío de la noche me decido a continuar mi errático paseo y salgo del bar sin mirar lo que dejo detrás. La noche sigue negra. El cielo, aumentada su curva por el aire congelado, muestra una hendidura donde caben todas las estrellas del universo. La nieve duerme, pintando un rubor blanquecino sobre las paredes y los tejados de las casas. No hay nadie por la calle. Me agarro al cuello, lo aprieto, y juntando mis dedos en el interior de los guantes comienzo a caminar buscando al viejo encorvado. “Mi hermosa Marina seguirá durmiendo, con el cuerpo sedoso y blanco, entre las sábanas. La maleta la tendrá ya preparada; ella es así. Probablemente suene junto a ella el tic tac del reloj de la mesilla, que habrá puesto para que toque a las seis. A esa hora, lejanos ya los dulces sueños, abrirá sus brazos al mundo, a un nuevo día. Se levantará desnuda de pensamientos, abrirá el agua de la ducha y, con un ligero bostezo, se sumergirá en la calidez y en el gozo infinito. Más tarde, a las siete, mirará atrás, a sus libros, y les dirá un adiós difuso y un ¡hasta siempre!”. Así desaparecerá mi hermosa Marina del mundo que me rodea. Por eso me impaciento, y camino más aprisa, esperando y deseando que el Tiempo se detenga, que se arruinen todas las vidas del mundo, que no me importa, pero que el tiempo se detenga, y que jamás llegue el momento en que el tren salga de la Estación. ¿Adónde ir, con este demonio que llevo dentro? Y sin importarme nada, me dirijo al Jardín público que hay junto al río, donde los solitarios de la ciudad acuden a respirar y a estar más solos que de costumbre.
Algunos van allí a decidir lo que hacer con sus vidas. ¡Es tan hermosa la corriente del Neva a esta hora nocturna! ¡Tan atrayentes sus sonoros lamentos, sus chasquidos, sus tonalidades! Llego. Una hilera de fronda bordea el paseo donde los bancos, de piedra, se desparraman y se pierden en la lejanía. Es enorme el Jardín, el pulmón de la ciudad. Me gusta el Rincón del Solitario. En medio de la nada surge, de pronto, una glorieta húmeda, rodeada de árboles milenarios, y alrededor de la misma ocho bancos sólidos. Sin embargo, lo más impactante es la estatua del centro: una hermosa efigie masculina. La colocaron aquí para recordar a todos los seres solitarios que a lo largo de los años han paseado por estos lugares, disfrutando de una vida apacible, tierna y serena. El rostro de la estatua transmite eso mismo: serenidad. Los ojos, gastados ya por la nieve, aparecen ciegos. “Mejor así”, me digo. ¿Para qué ver lo que hay a este lado del río? Me siento. Hace frío. Incluso recogido en este círculo de un verde casi negro, el frío se cuela por todos los poros. Es triste la vida de un hombre cuando éste siente que está solo de verdad. Triste y hermosa, a la vez, porque, ¿acaso no es hermosa, no es atractiva, la tristeza que emana de unos ojos profundos? Marina me dice que sí, desde la distancia. O tal vez son sus miradas abisales las que desde el otro lado de la ciudad me comunican sus pensamientos. Saco de nuevo tabaco. Fumo, Los dedos me duelen. El silencio es apenas abortado por los silbidos de las hojas al moverse. El Solitario mira al frente, quieto, ensimismado, hierático. Pasa el tiempo lento. El dolor también traspasa lentamente el tejido blando de nuestra existencia, horadándolo, comiéndolo hasta la extenuación. Sopla el viento ahora con más ímpetu. La nieve comienza a caer alborotada, colándose por todos los huecos del paisaje.
A lo lejos, entre las sombras de la noche, se dibuja de pronto una silueta torcida. ¿Será el viejo que salió antes que yo del bar de los pordioseros? La forma avanza moviendo una ola de silencio que paraliza el movimiento de las hojas. La niebla ha temblado. Un susurro viaja por el aire hasta alcanzar mis oídos. Miro a la estatua. Quieta, no se mueve. ¿Pensarán las estatuas de piedra? El viejo pues es evidente que se trata del mismo, continúa avanzando hacia la glorieta donde me encuentro. Trae los brazos escondidos en el fondo del abrigo. Sus pasos son cortos y pausados. Camina como si le doliesen los pies. Se acerca. Ya le veo el rostro. El encorvado ha alcanzado una estatura descomunal. Me asusto. Pero no, no es más alto el viejecillo, ahora que se encuentra más cerca me doy cuenta de que son las sombras proyectadas por las farolas las que le alargan el cuerpo. En la glorieta sólo estoy yo. Pronto seremos dos. Efectivamente, ha llegado, ha sacado las manos del interior del abrigo y ha colocado su arrugado cuerpo sobre el banco que tengo enfrente. Nos miramos. Pasan unos segundos de silencio y nuestros ojos se encuentran en el aire. Sonríe. Yo mantengo el semblante serio, no quiero tener conversación por esta noche, con la del camarero ya tuve bastante. El abuelo saca una petaca argentina y me la ofrece en el aire. ¿Acepto?, me pregunto, receloso. La petaca ha volado, sin saber cómo, hasta mis manos, ¿o son las manos del hombre las que la han depositado sobre las mías? Bebo. Es vodka del barato. Está oxidado, posiblemente hecho con alcohol de tercer grado, del que venden por la Avenida del Neva a estas horas. Bebo un poco más, otro sorbo. Aunque en el fondo no deseaba probar más, me alegro de que el alcohol caliente mi garganta y de comprobar que poco a poco lo voy notando en las venas. Me limpio las comisuras de los labios con el dorso de la mano y me recojo dentro de mí, en mi soledad, en mi desesperanza. ¿Y si viene acompañada por alguien, no sé, algún despistado que a última hora le dijo que la acompañaría? La idea me martiriza y hago todo lo posible por deshilachar el embrollo emocional que se formaría, llegado el caso. Me levanto, le devuelvo la petaca al solitario y me arrimo a la baranda que separa el paseo de las aguas del río. El viejo también se ha puesto de pie. Observo las luces onduladas que se reflejan en las aguas, respiro la humedad de las hojas y bostezo dos o tres veces.
Tiene sueño, ¿no? Es el viejo el que pregunta.
Un poco, sí, agrego desganado.
A estas horas es cuando nos atrapa El Sueño…”.
¿El sueño...?Pregunto algo confuso.
Sí, la primera vez sucede sobre las dos, dos y media de la noche, cuando estábamos sentados en esa taberna asquerosa, ¿recuerda? Nos agarra con ganas, con tantas ganas que a uno se le caen los ojos al suelo. Uno siente el peso de las noches sobre los párpados y no hay manera de aguantar como no sea con esto…. Y acabando la frase muestra el frasco de vodka.
Comprendo, le digo, por decirle algo al pobre solitario.
Y pienso en la soledad del hombre, del que dos ejemplos están ahora mirando las aguas frías del Neva. La soledad y la embriaguez de sentimientos que todos experimentamos cuando el sufrimiento nos dirige por la vida. ¿Cómo se llamará mi acompañante?, me pregunto en silencio. Y, como si unos hilos misteriosos le hubieran avisado, el viejo responde: “Michel, me llamo Michel, para servirle. Pero todos me llaman El Viejo”.
Me quedo desconcertado durante unos instantes, pero atino a responder un “Gracias” tan solitario como nosotros. Quizás sea de mala educación dejar a alguien con la palabra en la boca, pero el cuerpo, sin saber el motivo, me empuja hacia un lado, como si unas manos invisibles se posaran sobre mis hombros. Avanzo despacio flotando por la senda helada junto al río. Mis pasos dibujan un rastro en la blandura de la nieve. Saco otro cigarrillo. Fumo. Sé que no es bueno este vicio mío del tabaco, pero ahora poco me importa la vida si Marina se va en el tren de las ocho. Camino y camino. Sin embargo, es tan largo el paseo que a los pocos minutos me vuelvo y decido sentarme de nuevo en un banco de la glorieta. Al alcanzarla veo dos solitarios más. Me siento junto a ellos. Ahora soy yo el que desea algo de conversación. Me noto asustado.
La verdad pienso, es que mi vida es un asco. Tanto tiempo trabajando juntos, mesa con mesa, tantas miradas, tantos silencios compartidos, que no puedo imaginar llegar a la oficina y encontrar su mesa vacía. Marina Maldonado comenzó corrigiendo pequeñas muestras literarias. Debía pasar el periodo de prueba y debía ser yo, precisamente yo, el que le diera o no el visto bueno. La cosa era fácil. Le encargaba trabajos menudos, autores simples, de mente ahuecada… poca cosa. Ella miraba las cuartillas, mordía el extremo del lápiz poniendo una mueca graciosa; luego, cuando pasaban unos minutos, comenzaba a escribir, a subrayar, a pintar trazos sobre los papeles, rápida, vorazmente, como si en el trabajo le fuese la vida. A los diez días bajó el director. “Magnífica”, fue la palabra que salió de mi boca. Y a partir de ese día mi vida cambió para siempre. El trabajo ya no me aburría como antes, deseaba que llegaran las nueve de la mañana para llegar al despacho y encontrármela allí. A veces daba un rodeo por las calles vecinas, porque había salido tan pronto de casa que llegaba media hora antes. Entonces caminaba y caminaba absorto, respirando el aire fresco de la mañana. No me importaba la nieve, ni la lluvia, ni el viento. Nada era impedimento para que yo alcanzara la esquina de la calle y me quedara allí parado, como una señal, esperando la entrada de mi hermosa Marina.
¿Quiere?, me dijo alguien cercano.
Saliendo de mis pensamientos, miro a los tres hombres y asiento, apresando de nuevo la botella de licor y bebiendo hasta saciarme. Es bueno dejar la garganta acolchada para que las palabras, amasadas en el fondo de la mente, salgan suaves al aire. Delante de mí se ha sentado un hombrecillo que lleva un sombrero gris calado hasta las cejas. Me quedo observando su rostro. Delgado, nariz aguileña, piel oscura, curtida, y una repugnante nuez que se le mueve arriba y abajo cuando traga el dulce licor. Ríe. Su cara muestra una sonrisa eterna parecida a la de los tontos que ríen por nada, por el simple hecho de estar vivos. “Es idiota”, me digo, en un esfuerzo por soportar la repugnancia que me produce esa atroz mirada dulzona.
Me siento más olvidado que nunca. Y en esta oscuridad, acompañado de la miseria del mundo en forma de seres humanos, se me viene todo de golpe, y el pecho me duele, me duelen los brazos, siento el frío en las piernas, en los hombros. Desearía alguna mano cálida que me cubriese. Soy débil. El tonto de la risita no para de mirarme; el que está echado a su lado no ha abierto la boca desde que llegó, y a mí me ataca la soledad de esta noche sin fin cubierta de estrellas.


Todos estábamos a la espera

14.04.18 | 20:48. Archivado en Sobre el autor

Barranquillero del año 26, Álvaro Cepeda edificó este librito de nueve cuentos para el deleite de unos pocos elegidos. Poco traducido tanto en su país natal como en el extranjero, fue un impulsor de la cultura literaria de su Colombia, a la que quiso a su manera, a través de la profundidad de sus hechos, horadados por su máquina sensible y tratada como un escalpelo.
Samudio revolucionó el arte de contar historias, alejándose de la terrígena horizontal nativa e hispana, y amando la ancha mar caribe desde su Barranquilla, a la que solamente abandonó en pocos tiempos, para estudiar en la Universidad de Columbia y luego para morir en el Memorial Hospital de Nueva York, demasiado joven todavía.
Quedan sus escasos cuentos (que no relatos), una novela (La casa grande), un par de documentales e innumerables colaboraciones y trabajos más o menos esporádicos en periódicos y revistas culturales.
En la edición a cargo de Jacques Gilard, para Cooperación Editorial, aparecen nueve cuentos y tres apéndices. Aunque todas y cada una de estas breves historias son magníficas en cuanto a forma y a contenido, destaco el cuento "Nuevo Intimismo" y "Hoy decidí vestirme de payaso". A Cepeda le irritaba la figura de un narrador omnisciente, que todo lo abarca y todo lo observa. Rompe con esta tendencia. Cercano a Cabrera Infante en su formalismo, en Cepeda Samudio lo que asombra es su manera virtuosa de contar historias (que no anécdotas, porque cuando se presentan, son casi siempre irrelevantes). Cepeda consigue de nosotros, como lectores, que toquemos con los dedos el colmo del desamparo humano. A veces nos presenta un narrador anónimo que no omnisciente, que sabe lo que sabe, no más que el principal de los personajes; en otras este narrador anónimo observa los sucesos desde lejos, sin involucrarse, sin crear conciencia de lo que ocurre, sin la necesidad de contarnos nada sustancial, dejándonos abandonados para que seamos nosotros mismos y solos los que vayamos construyendo una historia donde no la hubo.
Todos estábamos a la espera, es un libro imprescindible para esos raros que gustamos de las extravagancias en lo tocante al mundo literario.


Un lugar más ameno

09.03.18 | 10:46. Archivado en Sobre el autor

De David Puigbó

Hostilidad encauzada en nuestras vidas,
hostilidad día tras día.
Sólo quiero un lugar más ameno,
un lugar bonito donde vivir.

Ojalá nos sintiéramos como en el útero materno,
ojalá esta vida fuera un lugar más ameno,
un lugar más bonito de vivir.
Un lugar más ameno, donde los sueños sean realidades.

Me gustaría que todo fuera amor,
me gustaría sentirme vivo y con ganas de vivir.
No quiero una vida eterna,
quiero morir cuando me toque habiendo amado.

Un lugar más ameno...
un lugar donde escribir mis sentimientos.
Ese lugar en el que podamos ser nosotros,
Un lugar más ameno...

Donde el soñar, no salga tan caro,
donde las personas valieran lo mismo.
Un lugar donde las banderas y los colores no tuvieran importancia,
un lugar donde el dinero, no compre el amor.


En guerra con el mundo

01.03.18 | 11:25. Archivado en Sobre el autor

De David Puigbó

Le he declarado la guerra al mundo entero,
por no entender hacia dónde camina.
Estoy en guerra contra todos...
mi única arma es la palabra, no tengo munición.

Me encuentro desarmado en el combate.
Me siento como un pez en pleno desierto,
rodeado de fina arena...
sin una sola gota de agua.

Palabras como única arma,
letras como ataque y como defensa.
Tengo suficiente artillería,
una artillería llamada poesía.

Apachas con mi libertad...
combato contra todos.
Apachas con mi libertad...
con la escritura como única arma.

Una lucha en la que nunca puedo ganar,
una lucha difícil de entender.
Un principio, una forma de ser...
Una guerra perdida desde antes de empezar.


Taller de novela negra

26.02.18 | 11:20. Archivado en Sobre el autor

El periodista de investigación, escritor y editor Carlos Augusto Casas, premiado con el Wilki Collins por su obra Ya no quedan junglas adonde regresar, impartirá durante un trimestre el taller para aprender a escribir novela negra.

>> Sigue...


Dark&Glow Press

23.02.18 | 08:43. Archivado en Sobre el autor

De la mano de Roger Vilar y de Manuel Pérez-Petit, nace en México y para todo el mundo un interesante proyecto cultural.

Arrancando el proyecto de Dark&Glow Press... ¡Échense a temblar, porque vienen curvas, muchas más que las del logo!
De Dark&Glow Press deben saber que:
está usted en la página de Facebook,
existe un perfil de Twitter: @PressGlow
y también muy pronto habrá página web...
Los grandes proyectos se construyen desde los cimientos...
Dark&Glow Press es una empresa con vocación y objetivos internacionales para la producción, promoción y difusión de la cultura y todo tipo de manifestaciones artísticas, con especial énfasis en la literatura pero también vinculada por completo a las demás artes, y el trazado de puentes entre naciones, idiomas y hasta continentes, con el fin último de hacer de un proyecto financiero eficiente y viable un auténtico medio de transformación social.
En el plano más básico, Dark&Glow Press es una editorial enfocada al horror, la fantasía y el suspense, pero sus objetivos reales abarcan muchos más aspectos del quehacer cultural, artístico y editorial, entre los cuales se encuentra actuar como agencia literaria internacional, distribuir y promover publicaciones en el ámbito internacional e, incluso, producir, promover y distribuir en formatos electrónicos con soporte físico o no.


Poema de David Puigbó

22.02.18 | 09:13. Archivado en Sobre el autor

Artistas...

Hippies, rojos, inadaptados, clase obrera, pueblo, izquierdas, anarquistas, artistas, cantantes, escritores...
Somos la sensibilidad de un mundo tan estricto, somos una flor en una charca de petróleo, somos ese pájaro encerrado en una jaula, somos ese jardín en plena ciudad de rascacielos. Somos la diferencia, somos las lágrimas y las sonrisas, somos el No a la guerra y el Sí a la paz, somos adicción a la vida en estado puro, somos agua para ese fuego que todo lo quema, somos palabras, somos rimas, somos versos, antisistema, puesto que el sistema no es humano. Somos todo y no somos nada, somos hippies, somos rojos, somos inadaptados, somos clase obrera, somos pueblo, somos izquierdas, somos anarquistas, somos artistas, somos cantantes, somos escritores...
Somos gente con ganas de que la vida cambie y sea bonita para todos, somos vida vivida y por vivir...


Cómo escribir novela romántica

21.02.18 | 11:28. Archivado en Sobre el autor

GRUPO TIERRA EDITORIAL

¿Quieres escribir una novela romántica y no sabes por dónde empezar? Aunque parezca muy sencillo, es una tarea compleja. No solo tiene que ser una historia de amor sino que debe incluir otros ingredientes como el humor e incluso el misterio. Además existen muchos géneros dentro de la novela romántica: comedia romántica a lo Bridget Jones, romántica juvenil, romántica histórica, romántica erótica…

>> Sigue...


Entre letras, puntos, comas y versos.

16.02.18 | 12:28. Archivado en Sobre el autor

Hoy tenemos el gusto de hablar de una nueva voz de las letras. En esta ocasión prefiero que sea ella la que hable por sí misma.

Me presento. Me llamo David Puigbo Trevejo. Nací el 5 de abril de 1979. Tal nacimiento se produjo un día de mucha nieve, en el cual mis padres se tuvieron que desplazar por un puerto de montaña lleno de nieve y de hielo. En el transcurso del viaje y mientras mi madre padecía los típicos dolores de parto, mi padre pinchó la rueda de su viejo coche.

Una infancia de incomprensión y timidez fueron mis condicionantes; una infancia confusa a la cual me agarré al pensamiento en estado puro.

No fui brillante en la escuela; a duras penas me sacaba las asignaturas señaladas por aquellos profesores obsesionados en enseñar su materia, en vez de enseñar valores humanos que es lo que hoy en día parece que pocos tuvieran.

Ya en mi juventud era un romántico empedernido, era sueño tras sueño, e ilusión tras ilusión. Hasta el día que probé las drogas, después todo vino rodado.

Consumí tanto que tuve que entrar en un centro de desintoxicación ayudado siempre por mi familia y mi hijo, que en aquel entonces era pequeñito y creo creer que de poco se enteró.

Fue en aquel hostil centro, en aquel estricto centro, donde salvaron mi vida y donde hice mi primera prosa, mi primer escrito. Se llamaba Mi triste condena. Condena que a día de hoy arrastro y que la voy a arrastrar hasta el fin de mis días.

Desde aquel día, escribo cada día. Escribo tanto y cuanto puedo. La escritura me ha demostrado que ella es mi aliada, que ella me ayuda, que ella me protege...

He escrito tanto que he conseguido acabar cuatro libros. Todos ellos han pasado por editoriales. Pero ahora he topado con una editorial que me ha demostrado que todo es posible. Hemos unido mis libros de dos en dos y el resultado ha sido que me he quedado con dos libros de dimensiones considerables. La editorial con la que me encuentro es Grupo Tierra Editorial.

Las drogas estropearon mi vida de la misma manera que el arte de escribir la ha arreglado.

Los títulos de mis libros son los siguientes:

-Trozos de mi piel. Es un libro en el que escribo mi relación con las drogas y en el que añado un poemario.

-Lágrimas de tinta. Este segundo consta de poesía y de mis más sinceras reflexiones.

Soy letras, soy letras en un papel. Soy letras escritas, letras recitadas o incluso cantadas, pero siempre letras.


Domingo, 22 de julio

BUSCAR

Editado por

Síguenos

Hemeroteca

Julio 2018
LMXJVSD
<<  <   >  >>
      1
2345678
9101112131415
16171819202122
23242526272829
3031