El Acento

Parque Chas. (Cuento de Guille Paier-Argentina)

19.05.19 | 12:21. Archivado en Sobre el autor

Había una vez un muchacho llamado Homero que nunca pudo escapar de Parque Chas. Y vaya que lo había intentado.
Siendo un niño, ya le había dado más de un susto a su madre. Siempre tan travieso, siempre con la fantasía de ver con sus propios ojos qué sucedía más allá de los límites parroquiales.
Homero era un nene con mucha curiosidad y sin percepción del peligro.
Hiperactivo, según un viejo médico familiar que atendía apenas a un par de casas y al cual consultaban ya fuera por unas líneas de fiebre o un trasplante.

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GANADORES DEL PRIMER CERTAMEN DE PROSA NARRATIVA Y POESÍA, convocado por el grupo Post-Vanguardia.

01.05.19 | 19:26. Archivado en Sobre el autor

Tras el análisis de las obras recibidas, el Jurado, (constituido por Don Antonio Arroyo Silva y Don Luis Ángel Marín Ibáñez, en el apartado de Poesía, y Doña Silvia Ortiz, Don Antonio Florido y Doña Teresa Moncayo, en el de Narrativa), ha considerado como ganadores:
Prosa narrativa libre: Wilma Borchers, (Los Vilos, Chile), por su narración Detrás del invierno.
Poesía modalidad libre: Sandra Gudiño, (Santa Fe, Argentina), por su poema Nada.

Los organizadores de este Certamen agradecen la participación de todos los autores, reconocen la gran calidad de los trabajos recibidos y felicitan cordialmente a los ganadores.

NARRATIVA

Detrás del invierno

Felisa y yo llevábamos muchos años juntas, vivíamos alejadas del poblado y bajábamos para visitarlo sólo cuando la necesidad lo demandaba: para aprovisionarnos, tomar una taza de té con unos bocaditos en la pequeña pastelería del pueblo… y muy pronto retornábamos en una carreta que nos traía de regreso con nuestros suministros.
A la entrada del invierno descubrimos que ya no estábamos solas en la casa, alguien más merodeaba en torno a nuestro invierno.
Noche a noche, imperceptiblemente, después de atizar las brasas, apagar las lámparas y guardarnos en nuestras respectivas habitaciones, un momento antes de conciliar el sueño, comenzábamos a escuchar diminutas resonancias.
Oíamos cómo levemente comenzaba a romperse el fino revestimiento de la nieve recién caída; cómo un rocío de arroz o un ajuar de novia, cubría la corteza del frío calendario. Sentíamos rendirse la costra de la nevada con el peso de su planta. La noche con su silencio ampliaba los más mínimos rumores, alzándose éstos como desde la bóveda de un gran teatro desierto, cayendo multiplicados por la garganta del eco sobre nuestro estrecho universo.
Presentíamos el acechar de sus fauces expeliendo un vaho inquieto. A veces sospechábamos su silueta acuñada e inmóvil, recortada tras los vidrios, aguardándonos. La luna era para nosotras un faro terrorífico, no deseado, porque en ese momento, antes de cerrar las cortinas, podíamos percibir sus fauces expeliendo el vaho tibio de su aliento, divisábamos la curva de su lomo arqueado, el hocico de tulipán abierto y acechante; entonces nos arropábamos escondiendo la cabeza bajo las cobijas, tratando de atrapar inútilmente el oro de nuestro sueños.
El miedo estacionó su territorio, con su círculo de pisadas y rumores, con un aterrador aullido cercano y su espeso silencio de fiera soberana.
Nuestra huérfana de hijos, los escasos amigos y familiares, que se fueron distanciando hasta terminar siendo un recuerdo remoto y difuso, contribuyó al parecer con la aparición de las primeras arañas.
Los oscuros arácnidos nacían en el intento de variar un peinado, en la transformación de un vestido o el dejo de un sabor renovado en una antigua receta; tal vez venían ya de antes, quizás en los albores de nuestra soledad nos invadieron, o bien nos navegaban desde siempre entre la sangre. También estaba el egoísmo de nuestros mínimos triunfos, el pesar inconfesable de la impronta del tiempo en los desvaídos espejos, la molestia permanente del frío escrito entre los huesos.
Las arañas se asomaron. Fueron urdiendo sus redes sobre las pupilas cegatonas, envolvieron nuestras sílabas, los gestos de ternura, la compasión, empavonaron los sonidos, las canciones se fueron haciendo olvido.
Fuimos creando una ciudadela, un muro interior, un espacio de ensoñaciones que cada día nos apartaba del mezquino presente que nos habíamos impuesto, distanciaba nuestra cercanía y todo cuanto ocurría fuera de sus confines, carecía de luces e importancia. Luego apareció el egoísmo de nuestros mínimos triunfos, el pesar inconfesable de la impronta del tiempo, los involuntarios olvidos, las comisuras vencidas.
Ahora ya no estábamos solas frente al fuego. No, ya no estábamos solas.
El miedo cerró su circunferencia sobre nosotras; estaba ahí agazapado detrás de la arboleda, respirando detrás de los cristales, en el vano de las puertas, en los establos y el silo abandonado, en las sombras que proyectaban los objetos, circulaba debajo de la piel y caminaba con propiedad entre los sueños.
Bajo este estrecho cerco de zozobras, sin saber cómo, de un día para otro huyeron las arañas.
Pudo haber sido el ingreso de la primavera que abrió las puertas y ventanas, renovó el paisaje, los hilos del sol estiraron los días, alentaron a los pequeños retoños. Se nos endulzó la mirada, el absurdo gesto de mezquindad cotidiana; los huesos entibiaron rótulas y coyunturas, poco a poco retornaron como desde un enorme pozo, las palabras.
Los días al fin ampliaron la luz de sus racimos y pudimos tender al sol las grandes sábanas, que antes debíamos secar en el cobertizo sobre un bracero; encima de un secador de mimbre y que a mí me parecía un pequeño iglú iluminado, o a veces me imaginaba el vientre de mi madre, así de radiante conmigo adentro, cuando comenzó a despuntar la verde mirada de los brotes, y los pájaros retornaron en bandadas sus oleajes después de las largas travesías continentales; con mi hermana Felisa, apenas la luz comenzó a alargar sus dedos, entramos al granero.
Ella me dijo:
―Busca las semillas, ya es tiempo.
Me tendió un delantal azul con grandes bolsillos, tenía mi nombre bordado en la pechera, esa prenda, que yo había visto de reojo cuando ella la hilvanaba, en la pausa que hacíamos después de almuerzo; sin decir palabras, la dejó caer entre mis manos.
Yo pregunté:
―¿Podríamos esta vez intentarlo también, con una hilera de bulbos de jacintos?
Sin responder nada se alejó, me pareció ver en ella una comisura alzada, se marchó entonando una de esas pegajosas melodías, con las que solíamos bajar al río cuando éramos niñas

(Wilma Borchers Carrasco nació en Chile, en la ciudad de Santiago, aunque muy pronto se trasladaría a Concepción. Dedica gran parte de su tiempo a la creación de cuentos y poemas y a impartir talleres sobre prosa y poesía para adultos. En 1986 crea una serie de cuadernillos sobre movilización colectiva. Desde este año hasta el presente, ha publicado numerosos poemarios y su novela, Bajo el sol, aparece en el 2017).

POESÍA

Nada

Ni arriba ni abajo
ni borde ni centro
la nada
es el puente que une
dos extremos ignorados
pero es también esos extremos.

Ni principio ni final
ni dios ni yo
es ausencia
de lo que nunca vio la luz
avidez y agobio
deshace todo lo que nunca toca.

Ni aliento ni sonido
cornisa y umbral hacia lo que calla
¿es fundamento
donde me escucho revelada?

Si de la nada vengo
y hacia la nada voy:
¿a la altura de cuánta nada
me encuentro
o soy mi íntima multitud
precipitando al vacío?

Condenada a definirse
en lo imposible de sí misma:
nada.

Sandra Graciela Gudiño
Nació y reside en la ciudad de Santa Fe de la República Argentina. Poeta, narradora oral escénica, activa en la docencia de francés. Ensayista en ese idioma.
Madre de dos hijos. Publicó tres libros de poesía: Desnuda (Mar del Plata 2014, Lágrimas de Circe); Excepto amarte (Mar del Plata 2015, Lágrimas de Circe); Núcleo (Santa Fe 2016, Editorial de l’aire).
Cada poema es un punto de encuentro, y cada libro un vínculo que merece frecuentarse. Sandra Gudiño escribe para honrar la vida.


Martes, 18 de junio

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