El Acento

LA ALDEA

31.01.19 | 11:05. Archivado en Sobre el autor

Autor: Ariel Azor (Uruguay)

Francisco nació con su vida resuelta desde que su madre lo trajo al mundo. Hijo único, heredó la estancia y capital que el general Julius, su abuelo, había empezado a construir y que su padre, ministro de la iglesia metodista y alcalde de la ciudad, consolidó y expandió. Francisco no solo heredó la estancia, sino que también los cargos de alcalde y pastor, a los que renunció cuando vio que otros discutían sus decisiones y abandonó la iglesia cuando Dios no lo escuchó al pedirle que no se llevara a su mujer y a su hijo luego de un terrible accidente que ocasionó su propia negligencia, hace ya un par de años.
Cuando cumplió sesenta y cuatro años, su nueva mujer, la hija del capataz, veintiséis años más joven, preparó todo como siempre para festejar junto a los peones. Ella, al igual que Francisco, vivía su vida adentro de los límites de la estancia, ya no recordaba cómo era el mundo exterior ni cuándo fue la última vez que salió de allí.
Andrea, así se llamaba la joven y hermosa concubina de Francisco, convocó uno por uno a los empleados para que a las dieciocho horas fueran a saludar al patrón. Preparó en el porche la mesa con manteles limpios, picadillos y el mejor vino casero.

Francisco permanecía en su alcoba; todo el día había estado allí, se sentía débil, enfermo y eso le recordaba a su primera mujer, su hijo y el terrible accidente. Se sentía cansado, agotado, física y sobre todo mentalmente. No tenía un heredero a quien dejarle todo lo que sus antepasados y él mismo habían construido, pensaba; además, las tisanas que diariamente le preparaba Andrea (por encargo de su médico personal) no parecían hacerle bien; después de tomarlas se sentía todavía peor.
A las seis de la tarde, todos los peones estaban frente a la mesa, respirando los olores a caballo, tierra húmeda, fiambre y queso fresco, esperaban que saliera Francisco y Andrea y dieran la orden para degustar el añejo y mejor vino de la estancia. Hace como un mes que no ven al patrón, todos saben que está enfermo. Francisco tomado de un brazo por su compañera, tapándose la boca con un pañuelo, saludó a todos y, con el otro brazo en alto, comenzó a decir:
— ¡Compañeros…! —y la tos no lo dejó continuar su estudiado discurso. Apoyó sus brazos sobre la mesa y cayó, él y la mesa con el vino. Todos se apresuraron a ayudarlo pero Andrea los paró gritando “déjenlo, déjenlo, denle aire, apártense” y allí quedó, un rato, inconsciente a la vista de todos.
Ya en su alcoba, donde tantos momentos hermosos había pasado con sus seres queridos, ahora medio inconsciente, oía lo que hablaban Andrea y su médico personal de lo sufrida, laboriosa y agitada que había sido su vida y que ahora lo que necesitaba era descanso. El médico, mucho

más joven que él, de la edad de Andrea, alto, robusto, bien vestido, de ojos azules, tomado de la mano de ella (sin que él lo perciba), arrimó su afeitada cara, suave, casi femenina y, en voz baja, pero de médico, le dijo:
— Lo que precisas Francisco es un descanso, tomar aire puro. Hemos buscado y encontrado un lugar, en el oeste, que solo está rodeado de paz y tranquilidad. Y preparamos todo para que te lleven y puedas estar allí un tiempo y recuperarte.
Francisco, apenas escuchaba y aunque quiso contestar, gritar que no, que de ninguna manera, sus palabras no salieron. El esfuerzo de querer hablar hizo que se atacara más que antes y el joven doctor le inyectó un somnífero.
Así es como fue a parar a La Aldea, un lugar apartado del mundo y sus cosas. No supo cuando lo llevaron ni cómo. Inmediatamente dedujo que había sido dormido y puesto allí en el medio de la nada intencionalmente, que había sido traicionado por su nueva concubina y su médico que ahora manejarían sus bienes y se revolcarían en la cama donde había nacido su fallecido hijo. También dedujo que nunca podría salir de aquel lugar. Ahora su casa era una choza de madera y chapas y sus bienes unas bolsas llenas de latas de conserva y carne salada.
Descubrió que allí no hay policía ni política, ni religión ni bancos, ni tampoco se maneja dinero en aquella comunidad que ni siquiera nombre tiene ni se sabe dónde

está ubicada geográficamente y donde todo se construye de forma artesanal. Así como también descubrió que él no encaja en ese lugar.
Pero algo bueno tiene todo ello, su tos ha desaparecido, respira como respiraba antes, tal vez por el renovado aire nuevo o por dejar de tomar las tisanas que le preparaba Andrea. Cada mañana sale a caminar y cada vez que se cruza con alguien se para, se quita el sombrero y saluda, hace alguna pregunta, a veces estúpida, pero nadie parece querer hablar con él, agachan sus cabezas y siguen de largo sin ni siquiera mirarlo. “Son ignorantes, les hace falta educación”, se decía para sí tratando de entenderlos.

Todo le empezó a parecer aburrido y monótono, no había nada para hacer, nunca un problema o algo. Empezó a acumular pensamientos, a estar mucho tiempo consigo mismo, a idear la forma de ser escuchado por los demás, de hacer amistades, de ser parte de la comunidad y de organizar a la gente.
Tomó unas latas de conservas de la bolsa y se dirigió hasta el rancho del hombre que había visto que arregla los zapatos de todos. Varias veces cuando pasaba caminando lo había visto con su largo cuerpo inclinado tratando de darle forma de zapato a un pedazo de cuero. Se presentó ante él extendiendo su mano, mostrándole el obsequio, se sentó en uno de los rolos dispuestos frente a él y, viendo que aquel hombre ni siquiera levantaba la cabeza para mirarlo, le empezó a hablar de lo maravilloso que era su trabajo. Zapatero, así le dijo que lo llamaría de ahora en

más. Lo convenció de lo importante que era para la comunidad y que todos andarían descalzos si no fuera por él. El zapatero dejó de hacer lo que estaba haciendo. Comenzó a prestarle atención mirándolo a los ojos y, cuando Francisco terminó de hablar, entonces sí extendió su mano y aceptó el obsequio y el saludo de aquel extraño hombre venido de no se sabe dónde.
Sintiendo que su primer paso había sido un verdadero éxito, Francisco volvió a su choza. Tomó otras latas y se dirigió con ellas hasta donde había visto que alguien arreglaba las sillas o asientos de todos. Le habló de cómo todos se tendrían que sentar en la tierra si no fuera por él. Carpintero, así le dijo que lo llamaría de ahora en más. El carpintero, a diferencia del zapatero, era un hombre bajito y rellenito, de unos cuarenta años calculó Francisco, más pardo y, al igual que el otro, barbudo y de pelo largo.
Siguió sus días visitando más gente, además del zapatero y del carpintero. Se ganó la confianza de todos que, de allí en más, lo esperaban para escucharlo, lo saludaban al verlo pasar y lo invitaban a cenar. A todos les contó las ventajas y maravillas del mundo de donde él venía, del mundo moderno. Escondió alguna cosa del carpintero entre las cosas del zapatero y viceversa. Se puso en medio de los dos cuando estos se acusaron mutuamente y antes de que los golpes reinaran gritó:
— ¡Compañeros, estas cosas debemos resolverlas en una reunión de toda la comunidad! Por lo tanto, les propongo que mañana nos reunamos todos en algún lugar a definir y pacíficamente resolvamos qué hacer.

Todos siguieron las palabras de tan ilustre persona. Hombres, mujeres y niños fueron informados y todos decidieron participar de aquella primera reunión de la comunidad.
Así fue como todos los miembros de la comunidad, que no llegaban a doscientos, se hicieron presentes al día siguiente. Él fue el último en llegar, todos lo esperaban y, como intuía, al entrar se encontró con discusiones, agravios y acusaciones del carpintero y los suyos al zapatero y viceversa. Los demás escuchaban y miraban sin participar ni entender por qué alguien robaría algo del otro, hasta que fueron tomando partido por uno u otro y los insultos se generalizaron. Cuestiones del engaño, del amor y la traición, de los antepasados y otras salieron a luz. Algunos, sobre todo mujeres, comenzaron a preguntar y exigir al viejo que pusiera fin a todo aquello, pero él, sentado, sin decir palabra, observaba, pensando que su plan iba tomando la forma que deseaba. Se levantó, alzó los brazos al cielo, pidiendo silencio y los gritos se fueron apagando. Las caras tristes, apagadas y enojadas, lo miraron solo a él, el silencio lo invitó a hablar:

―¡Compañeros! Como ustedes saben, yo vengo de un mundo donde estas cosas no pasan, porque todo está organizado para que justamente no sucedan. Por lo tanto, les propongo que imitemos ese mundo y empecemos a organizarnos nosotros también. Lo primero que deberíamos hacer para que todo funcione sin malentendidos o robos es elegir a una persona y a un

ayudante que sean quienes vigilen y guíen a la comunidad por ese camino.
Todos se miraron, sin entender muy bien, hasta que alguien habló:
— ¿Y cómo vamos a saber a quién elegir? ―preguntó alguien―. Yo lo elegiría a usted, nosotros no sabemos qué hacer.
— Le agradezco, mi estimado caballero, pero no puedo ser yo, debe ser una persona joven y fuerte, porque si alguien se resiste luego de haber cometido alguna falta en perjuicio de la comunidad, deberá utilizar la fuerza para poder encerrarlo un tiempo, así podrá reflexionar sobre lo que hizo. Y sobre cómo y a quién elegir, propongo que el zapatero y el carpintero sean los candidatos y que nosotros nos tomemos unos días para pensar y decidir cuál de ellos sea el elegido.
Todos hablaban entre sí tratando de descifrar y entender bien la propuesta.
— ¿Qué les parece si dentro de tres días nos reunimos aquí nuevamente y cada uno vota a uno u otro y elegimos al que tenga más votos?
Todos aceptaron el planteo. En la comunidad ahora sí hubo un motivo para dialogar, pensar y pelear.
Ese mismo día, en la tarde, Francisco fue a visitar al carpintero, lo encontró sentado, pensando, y le habló de cómo debía usar una táctica para ganarse los votos de los

demás, de cómo debía convencerlos, prometerles. Y después fue a visitar al zapatero. Ambos se dedicaron esos tres días a visitar familias casa por casa. Fueron bien recibidos y escuchados, sus mujeres e hijos los acompañaban caminando detrás de ellos gritando: “¡Voten por el carpintero!” o “¡Voten por el zapatero!”

El día tan esperado finalmente llegó. Nadie faltó. Y, como era de suponerse, se armó gran alboroto. El viejo Francisco se sentó frente a todos e invitó al carpintero y al zapatero a que se pusieran a ambos lados y explicó a todos el procedimiento a seguir:
— ¡Compañeros, silencio por favor! Les quiero decir, antes de la votación, que comencemos a construir inmediatamente un lugar seguro para aquellos que merezcan permanecer encerrados por un tiempo. Ahora, la votación la haremos alzando la mano; yo diré carpintero y los que quieran votar por él levantarán su mano y los contamos; lo mismo con el zapatero. Espero hayan pensado bien su voto porque esto es muy importante para el futuro de la comunidad. Empecemos.
No hubo grandes problemas a la hora de votar, excepto por el hecho de que algunos familiares levantaban ambos brazos tratando de engañar, pero eso fue fácil de descubrir y solucionar. Al final, el carpintero obtuvo 75 votos y el zapatero 119. Este último, junto a sus familiares y votantes, se abrazaron gritando y festejando cuando nuevamente sobrevino el caos entre ganador y

perdedor que se trenzaron a golpes. Cuando todo pareció calmarse, el nuevo líder se paró al lado del viejo Francisco y, tapándose con la mano un ojo que ya comenzaba a hinchársele, gritó a todos:
— Yo soy, como dice el buen hombre mandado por Dios desde el mundo de verdad, el elegido por todos ustedes y declaro que tomemos este lugar hasta que hagamos otro como el lugar para encerrar a aquellos que no obedezcan. Y también que fui atacado por este, el carpintero este ―a lo que el carpintero respondió con un insulto― y que debiéramos encerrarlo unos días para que piense y se dé cuenta que yo gané y ahora debe respetarme.
Esa noche hubo fiesta, de algunos. El zapatero a cada rato iba a ver que no se escapara el carpintero. Francisco fue y se acostó. Durmió profundamente, como todas las noches del resto de su vida, se olvidó de Andrea, su estancia y su antiguo mundo. Vio como todo iba progresando, sobre todo él, ahora se sentía mejor de salud y más importante, nadie discutía sus decisiones; él, tras otras caras, era el que tenía el poder.
El carpintero, tras cumplir su condena de encierro, fue elegido e instruido por Francisco para ser el emisario ante el mundo de contar las maravillas de aquella virgen tierra, de las riquezas de sus recursos naturales. Fue así como empezaron a llegar los curiosos, los turistas y luego los inversionistas.
Ahora la comunidad tiene hotel, calle, luz en las noches, escuela, alcalde, iglesia metodista y pastor, policía, banco,

almacén y un cartel en la entrada que dice: “Bienvenidos a La Aldea”.
Todos tienen trabajo, como les prometió Francisco. La nueva mina que administra para una importante compañía internacional no deja a nadie de la comunidad sin trabajo. Él percibe el cuarenta por ciento de las ganancias de la empresa, con ello paga los salarios, destina una cantidad al desarrollo de la comunidad y se reserva el resto para sí.
El zapatero y el carpintero afinaron sus asperezas y ahora son la mano derecha del viejo; ambos son importantes y respetados por el resto de la comunidad, ya no son lo que eran ni arreglan más zapatos ni asientos, eso lo hacen en la moderna zapatería y carpintería. Todos dejaron de ser lo que eran, ahora son una cosa u otra y esclavos del maldito trabajo, pero nadie dice nada por miedo a ser encerrado. Todos piensan votar diferente la próxima vez, tal vez elegir alguno de los nuevos comerciantes venido desde allá y con más experiencia. La paz y la tranquilidad nunca más reinaron entre ellos en el pueblo “La Aldea”, ahora que se lo puede ubicar en el mapa y visitar.


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