El Acento

Martín

09.01.19 | 13:56. Archivado en Sobre el autor

Autor: Ariel Azor (Uruguay).

Su nuevo padrastro al volante detuvo el vehículo.
La madre giró la cabeza hacia el asiento de atrás mirándolo y le dijo:
―Presta mucha atención a lo que voy a decirte, ves ese monte allí delante tuyo, lo cruzas y encontrarás un rancho grande. Les dices tu nombre. Allí es donde vas a vivir y nunca, nunca te olvides de tu madre, la que te dio la vida y ahora te da la libertad de ser lo que quieras ser.
El niño, con su mochila colgada sobre su hombro, ya afuera de la camioneta, sintió un portazo a su espalda y luego el ruido a motor que se alejaba. Se quedó allí parado, solo, viendo el monte que debía cruzar enfrente de él. El olor a eucaliptus llenó sus pulmones y el miedo lo inundó todo por dentro, lo paralizó. Sacó fuerzas de su interior, cerró sus húmedos ojos y comenzó a caminar.
El monte parecía interminable. Los árboles parecían gigantes, el viento movía las ramas, que eran muchas,haciendo un ruido que más lo asustaba. Él nunca había visto tantos árboles juntos.
Apurado, se preguntó si estaría caminando en dirección correcta. Se sintió perdido. Tal vez nunca salga de aquí, pensó. El miedo se apoderó de él más fuertemente y comenzó a correr. Los árboles parecían reírse.
Parecían estar siguiéndolo con una macabra risa hasta casi alcanzarlo, ponerse adelante adrede para que no continuara corriendo haciéndole zancadillas con sus largas ramas para que tropezara. Un par de veces cayó y eso lo obligó a hacer aquello que no quería, mirar hacia atrás. Una línea de agua cruzaba el monte y le ponía fin. Saltó de piedra en piedra casi sin darse cuenta, sin mirar, tan rápido que ni se mojó los pies. Del otro lado un campo arado se hizo visible a sus ojos y más allá el rancho. Por fin los gigantes quedaron atrás.
Con sus pequeñas manos y sus pocas fuerzas golpeó la oxidada puerta de chapa, la única que tenía el rancho.
Esperó, golpeó nuevamente y nadie salió. Rodeó el rancho, buscó en el galpón y nada. Volvió al frente, se sentó al lado de la oxidada puerta en el piso y agotado se durmió.
Cuando se despertó estaba adentro, sobre la cama y los dos viejos sentados a su lado lo miraban. No reconoció esas caras, se refregó los ojos, bostezó, los miró y les dijo, “yo soy Martin”. La vieja, Delia, estiró su arrugada mano acariciando su cara y le susurró “acá dejé tu mochila, a tus pies, esta será tu cama”. Él sintió que de ahora en más eso (la cama y la mochila) sería todo lo suyo en su nuevo hogar.
El viejo, Ramón, con su cara curtida por el sol y por la tierra, de hombre de mil batallas, ojos escondidos y tiernos lo tomó de la mano invitándolo a levantarse.
Caminaron hasta afuera, le señaló un árbol y le dijo:

―Mirá. Ves ese lugar, es mágico. Si te quedás allí un rato en silencio y mirás el cielo vas a ver que éste te hablará. Vamos. Ahora te voy a contar una historia y después hacemos silencio y verás.
Ramón se sentó y Martín a su lado bajo el árbol. Escuchó con entusiasmo al viejo contar aquella hermosa historia sobre duendes y hadas hasta que terminó. De a poco el viejo fue levantando su cabeza y miró hacia arriba. El niño lo imitó, miró hacia el frente, hacia los costados, hacia arriba y un cielo increíblemente hermoso se le apareció. Quedó impactado. Nunca hubiese creído hubiera tantas estrellas y tan hermosas y tan brillantes.
Miró al viejo de reojo y agudizó sus oídos, apagó su cabeza y un zumbido, suave, se escuchó.
―Lo escuché, lo escuché, abuelo

El viejo lo abrazó contra él, apretándolo con sus gruesas manos.
―Viste, te dije. Mañana vendremos y te contaré otra historia y escucharemos las estrellas.
Ambos tomados de la mano caminaron hacia el rancho. Martín se detuvo mirando hacia atrás, hacia el lugar mágico, quería recordar dónde estaba y cuál era el árbol entre todos los demás, mañana volvería.
Delia, parada en la puerta los esperaba, con la cena pronta y la sonrisa rejuvenecida.


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