El Acento

SIEMPRE PASAN COSAS RARAS CUANDO NOS ENCONTRAMOS CON LA FELICIDAD Y ESA COSA VERDE

19.12.18 | 11:47. Archivado en Sobre el autor

Cuento escritor por:
Guille Paier (escritor argentino y amigo)

La nuestra era una reunión tan impostergable como incierta. Ya la presumía improbable. Vaya amistad la nuestra. Que voy yo, que vení vos.
Paradójicamente, lo único que parecía unirnos era el río color de león que nos separaba; lo cual era una formidable excusa para no encontrarnos casi nunca. Aunque a la hora de la verdad, deba admitir que era él quien invariablemente cruzaba el charco.
Como sucedió en este viaje.
Era una ocasión especial, muy especial diría, porque Ariel se venía desde su Montevideo en viaje de despedida. No porque se fuera a morir ––esa gira ya la había realizado un par de años antes, sin éxito––, sino porque en pocos días partía en busca de la felicidad perdida.
Nada menos.
––¡La felicidad!––exclamó, saliéndose de su habitual parsimonia al hablar y dándole un sonoro manotazo a la mesa, que hizo tambalear la botella de cerveza––¿Entiende lo que me está pasando, compañero?
Y claro que lo entendía, al tipo que le había mojado la oreja a la muerte, ya nada debía conmoverlo. Sin embargo, ahora se había enamorado y lo carcomía la espera. Y necesitaba salir a contárselo al mundo para mitigar el ansia. Porque no hay nada más desesperante que el momento previo a que el resto de tu vida comience a rodar. Una sola vez en su vida había experimentado algo parecido a ser feliz. Y por la misma mujer. Algo así como tropezar deliberadamente dos veces con la misma piedra, pero bien.
Lo percibía por demás exultante, bien alejado de su siempre contenida alegría uruguaya.
Al Ariel lo había conocido un par de años atrás, en una presentación que nos hermanaba. En esa ocasión descubrí a un tipo entrañable y de verba ácida, pero por sobre todas las cosas, un escéptico de pura cepa. Pero cómo no tenerle aprecio a un tipo que se hizo de Racing aquella noche que a Lalín le revolearon el redoblante.
Por esa época andaba enfermo. Muy enfermo. Una mezcla infinita de pestes sudacas habían descendido sobre su, ya de por sí, frágil humanidad. Lucía como un zombi oriental. Recuerdo una noche en la cual tenía que tomarse un bondi que lo arrimaría a una palangana que lo iba a cruzar para el otro lado y yo lo alcancé hasta los arrabales del Once. A pesar del entorno bestial, no había por qué temer. Dudo que las exóticas almas en pena que merodeaban la estación a esa hora se le atrevieran a ese hombre de color aceituna. Me despedí de él con la convicción de que partía de gira en un bondi celestial. O al menos celeste.
Y es que, convengamos que no se gambetea así nomás a la parca.
Pero zafó, de puro áspero, pero zafó. Se bancó que le achuraran los intestinos, el esófago y otras partes de su breve humanidad y sucesivos comas naturales e inducidos, muertes súbitas, enemas y pichicatas sicodélicas que lo hicieron ver enfermeras caminando por el aire.
––Es por la sangre charrúa––le dije, de puro condescendiente.
––¡Ma’ que sangre charrúa! ––Estalló–– Esos indios eran unos sinvergüenzas que le robaban la hacienda a un puestero y se la vendían a otro ––me retrucó––. Pasa que en el Hospital de Clínicas sabían cómo curarme.
Y ahora lo tenía frente a mí, apurando sin mayor prisa su vaso de cerveza y negando con la cabeza. Porque se vino nomás para este lado de la cosa, a pesar de las vagas coordenadas que le di, con la ilusión de que se perdiera hasta encontrar el buen camino. El sur profundo no es para cualquiera. Por eso me sorprendió el timbrazo a la hora señalada. Estos yoruguas sí que saben cómo moverse en la incertidumbre.
––Vamos a comer un buen cacho de carne ––le propuse, con la clara intención de disputarle uno de los tantos clásicos rioplatenses.
––Mejor una pizza ––propuso––, por lo de las operaciones… ––claro, me había olvidado de su aparato digestivo simplificado –– A propósito, de eso viene lo que te quiero hablar ––me dijo, con un tono por demás intrigante––.Con el tema de las operaciones dejé de comer muchas cosas, pero me aferré a otras, como los sándwiches de miga, esto que te digo es revelador, muy revelador, pero ya voy a llegar a eso… ––agregó, poniéndole dramatismo al relato y fiel a su estilo.
Ariel sabía ponerle suspenso a la conversación. Siempre ha sido un gran contador de historias. De hecho, ahí nomás peló un papelito que tenía prolijamente doblado en cuatro y, excusándose por el atrevimiento, pero sin una pizca de pudor, se puso a leer uno de sus típicos sainetes montevideanos. Ariel describía sus criaturas con la sencillez de aquellos pocos que son rozados por el talento del contador de historias. Apenas diría que había perdido algo de esa ironía suya tan característica.
––¿Qué le parece? ––me preguntó, apenas concluyó la lectura.
––Muy bueno, por ahí ya no tiene de la acidez de otros tiempos…
––¡Lo sabía! ––me interrumpe, y se me queda viendo como si hubiera calado en la raíz de su dilema–– Esta cuestión de la felicidad está matando al escritor…
No recuerdo qué argumenté ––nada irrefutable ni revelador seguramente––, para explicarle que estaba equivocado. Sí, que enseguida lo invité a ir hasta la pizzería de la otra cuadra para rubricar nuestro encuentro. Pedimos y mientras apurábamos unos porrones, hablamos acerca de todas aquellas cosas antagónicas propias de hermanos. Y así pasearon sobre la mesa el fútbol, el mate, Gardel y algunas otras cuestiones inherentes a nuestras desavenencias. Hasta que llegó la de muzzarella y entonces sí, se puso a hablarme de aquello que le había permitido recuperar la felicidad:
––Con esto de la operación tuve que someterme a una dieta estricta ––arrancó––. Tengo que comer cosas fáciles de rumiar y tragar. ––Masticaba con cautela y destilaba la charla entre bocado y bocado––Estoy comiendo sándwiches de miga. Todo el tiempo. Y voy siempre a la misma panadería, allá en Las Acacias. ¿Y no va que me la encuentro? ––esperó que le prestase la debida atención antes de continuar: A mi novia de la adolescencia. ¿Cómo lo digo? ––Meditó y masticó––Como es debido: ella es la mujer la mujer de mi vida… Siempre lo fue… Nos emocionamos mucho a volver a vernos… Conversamos de nuestras cosas… Fue como si el tiempo no hubiera pasado… ––me contaba por espasmos, visiblemente emocionado, mientras acababa la pizza. Pasó de la crosta del borde, lo cual era comprensible habida cuenta de sus limitaciones gástricas. La apoyó en un platito de cortesía junto con la aceituna de rigor correspondiente a la porción. Al verla a un lado, quise saber por qué no formaba parte de su extraña dieta de hidratos, a lo que respondió de manera tajante: No me gusta esa cosa verde.
Y aderezó sus palabras con un gestito de repugnancia. Me encogí de hombros y le indiqué que prosiguiera con el relato, pero había algo en el ambiente que lo alteraba:
––¡Qué música de mierda!
Y tenía razón. Sonaba un reggaetón abominable. La situación era extraña. Porque la música no provenía del salón, sino de la mismísima aceituna que había quedado en el plato junto con la crosta de la pizza. Siempre que me junto con Ariel las cosas parecen salirse de curso. Se ponen raras. Como entonces. O como aquella noche que lo arrimé al Once y durante la espera se dieron cita los trabas, la tullida en pedo, el enano, el flaco de la corneta y otros tipos que escapaban de su mente afiebrada.
Por fortuna, Ariel se mantenía aferrado a su historia:
––La familia de mi novia se fue a vivir a España. Se la llevaron sin importarle un pito nuestra relación… Fue algo muy triste lo que nos pasó… Allá estudió y después se casó con un gallego, pero terminaron separados… Y no va que al tiempo se le mueren los padres y se viene de paseo al Uruguay y me la encuentro en la panadería donde siempre voy a comprar mis sanguchitos de miga. ¡Así! ¡Frente a frente! ¡Estaba escrito!
En ese momento, la aceituna, esa cosa verde que tanta aprensión le generaba al Ariel, devino en una cornucopia de la cual comenzaron a brotar los recuerdos de pequeñas felicidades ajenas. Como en un desfile de sacados, fueron apareciendo algunas personas que se pusieron a bailar sobre el mantel al espástico ritmo del reguetón. Había bastante descontrol, especialmente de parte de unos muchachotes que daban verdadera vergüenza ajena. Y entre ellos un pobre infeliz que se sacudía con la estúpida euforia de un jugador de vóley. Aun así, los tipos parecían felices. Como Ariel que me miraba con esa tonta expresión de bienestar. Estaba por hacerle un comentario al respecto, pero por el agujero de la aceituna entraron en escena una pareja de perros. El macho, un falso ovejero con la quijada deformada por alguna mala cruza y ella, una adorable perra negra con los ojos como constelaciones. Se sentaron frente a mi plato y se me quedaron viendo mientras terminaba mi porción de pizza, con esa expresión típica de los perros muertos de hambre. Deshice la crosta de la pizza que había dejado Ariel y se la arrojé a las fieras. Se ve que quedaron pipones, porque enseguida se pusieron a dormitar en medio de la gente que no dejaba de contonearse.
––Lo que es el destino… ––digo conmovido a propósito del culebrón oriental.
––Ah sí… Pasa que en el Uruguay somos muy poquitos. Y nos conocemos todos… ¡Vamos! Si a las charlas del Frente Amplio íbamos los mismos tres gatos locos, Tabaré, Líber y a veces algún que otro amigo. ––me cuenta con su habitual parsimonia, pero cuando le pregunto por el Pepe, vuelve a estallar: ¡Ese es un boludo!––y se quedó refunfuñando para sí––¡Pero qué música de mierda! ––insistió.
Al pibe de remera blanca sobre el mantel eso no parecía importarle. Ahora la llevaba enroscada en la cabeza a medio sacar revoleando los brazos como un espástico, mientras sus amigotes le festejaban las pantomimas. En torno a esa cosa verde el meta-relato se aceleraba hasta desmadrarse. Un tipo se puso a cantar un aria, acompañado de una pendeja que le disputaba con ferocidad el micrófono. Como no lo consiguió, desde su celular comenzó a porfiarle la selección de temas al disc-jockey y la música iba y venía o directamente se cortaba y todos protestaban. Los perros, que hace un momento dormitaban, ahora estaban abrochados en medio de la pista. Aun abochornados, se los veía felices. El de remera blanca, un pacato al fin de cuentas, les pegó un voleo con la esperanza de separarlos, pero lo único que consiguió fue caer de bruces en medio de las risotadas generales mientras los perros escapaban cojeando de lado. La situación me incomodaba, de modo que traté de volver a la charla con Ariel, pero ya era tarde, había perdido definitivamente el hilo de la conversación:
––Largo todo, ¿me entiende compañero? Todo ––me venía diciendo––. Me voy a Tenerife a vivir con ella. Me voy sí, me voy a Tenerife amigo ––repetía, como dándose ánimo––. Con la mujer que siempre amé. A un departamentito chiquito frente al mar. No necesito nada más… Estoy enamorado… Me siento feliz, hermano. ––completó, desmoronándose al aceptarlo. De hecho, la sentencia final, ese hermano, dicho de manera sentida, acabó con doscientos años de absurdos rioplatenses.
––¿Pero vos no estabas en pareja? ––le pregunté, cortándole el mambo.
––Sí, pero estaba todo mal ––se excusó y no parecía dispuesto a aclarar mucho más: Fui con mi compañera y le dije: ya está, se terminó.
Por fortuna, se acercó el mozo que se puso a limpiar la mesa, y retiró el platito con la aceituna. Con ella se fueron los ruidos, los perros y los impresentables. Nos quedamos un buen rato sin saber qué decir.
––¿Ustedes son felices? ––nos preguntó entonces.
La miré a mi mujer, sonreímos. Ah, y esto no creo haberlo dicho, mi mujer se encontraba todo el tiempo junto a nosotros. Pero no es necesario. Porque ella está presente en todo lo que me rodea.
Como la felicidad misma.


Un juego irreverente

11.12.18 | 12:17. Archivado en Sobre el autor

Hay obras que se sitúan más allá de la novela, llegando a traspasar unos límites innecesarios. Ocurre muchas veces cuando al autor se le ocurre mezclar distintos efectos, como novela-ensayo, o ensayo-reflexión, o reflexión-adoctrinamiento…, en un juego experimental que no siempre proporciona unos resultados apetecidos.
Recientemente me interesó recordar la visión de Kundera sobre la existencia, y cómo ésta envuelve las conciencias de los personajes que deambulan por sus escritos. Intenté, de nuevo, leer La insoportable levedad del ser, con unos resultados verdaderamente desastrosos. Un ejercicio totalmente insoportable, el mío. Lógicamente el autor parte del Ser, para ir construyendo poco a poco una trama insulsa en un marco frío y tenso, no sólo en el sentido sociopolítico, sino también en el puramente literario. Puede que cuando este libro se publicó, a mediados de los ochenta, tuviese un sentido y justificación evidentes, incluso necesarios. Pero con el paso del tiempo la “novela” referida ha ido, para mí, de más a menos.
Como buen comunista, este checo-francés nos va exponiendo la historia sentimental (con todos sus elementos de acercamiento, frustración, odio, coquetería…) de seis figuras, como si se tratase de seis pétalos que salen despedidos al menor soplo creativo. Pero, no lejos de conformarse con ejercer un grandioso y espectacular esfuerzo de creación, nos deleita con mil consejos y explicaciones sobre lo que vendrá más adelante. Utiliza el recurso de mezclar los esclarecimientos filosóficos a través de un diccionario que va salpicando la historia, precediendo cada párrafo, para (supongo) ayudar al lector. A ese lector pueril, ignorante y desdichado, que no entendería esa levedad (de lo banal) sin la estimada y apreciada ayuda del autor.
Este diccionario-novela resultaría aún más insoportable sin el catálogo-muleta. Personalmente prefiero que desde el comienzo el autor me aclare qué me presenta. Si se trata de un simple glosario-registro o si, por el contrario, intenta que yo, como lector, a través de su historia inventada, extraiga todos los matices que mi capacidad de comprensión me permita.
Si nos aproximamos a la manera de entender el tema que tendría, por ejemplo, Henri Michaux, el Ser de Kundera sale mal parado. Un poco tullido y lisiado, digamos cojitranco. “El ser interior -afirma Michaux- tiene todos los movimientos”. Con estas pocas palabras queda todo, o casi todo, dicho.
En El ojo y el espíritu, Maurice Merleau Ponty afirma: “La profundidad, el color, la forma, la línea, el movimiento, el contorno, la fisonomía…, son ramificaciones del Ser, y porque cada uno puede traernos todo el ramo, no hay “problemas” separados en literatura, ni caminos verdaderamente opuestos, ni “soluciones” parciales, ni opciones sin retorno”.
Reconozco que, en esta ocasión, la lectura comenzada volvió a presentarse ante mis ojos como La broma que nos conduce, irremediablemente, al mundo De la Risa y el Olvido.
En fin, cuando Alcibíades le preguntó a Sócrates qué somos de verdad, éste le respondió: Granos de arena en el vientre del tiempo.
Me quedo con este último pensamiento.
Vale.


Martes, 25 de junio

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