El Acento

Embriaguez (7) - Novela por entregas

06.06.18 | 08:59. Archivado en Sobre el autor

“Es una mujer especial”, fueron las primeras palabras que salieron de mis labios. “Hablarte de ella es resumirte la historia del mundo en una sonrisa, en una mirada, en un desvío presumido y coqueto, donde lo infinito se pone al alcance, donde lo caduco se eterniza”. “Hablar de ella es vivir y morir. Todo a la vez, en una mezcla confusa y mágica donde tratar de encontrar la solución al enigma se me torna imposible”. Continué expulsando de mi interior las venas marchitas, la sangre coagulada, el pavor al mañana, la incomprensión que me servía de sostén diario. Dije: “Marina es hermosa, la belleza encarnada, lo divino presente. Es el completo aditamento que a todo hombre le falta y que te hace preguntarte cómo los demás han podido vivir sin su presencia. Cómo la Historia sucedió sin ella incorporada, me pregunto, lanzando al viento la eterna cuestión del ser o no ser, tan antigua por otro lado”. “¿Marina?”. “Marina Maldonado simplemente se fue. Ausencia diaria. Espera angustiosa. Se fue…”. “Marina, mi adorada Marina traspasa con sus ojos la piel más curtida. Cuando sonríe las nubes se apartan, demostrando a todos que la luz existe. Que no es un engaño, sino real, fantástica, transparente. Cuando enmudece el silencio se aviva y remueve la alegría de tenerla a tu lado. Simplemente observar su rostro. Enmarcar en tus recuerdos esa luz cegadora que humilla cuando la encuentras. Marina es todo. Es ella, yo mismo, deshumanizado, deshecho, un todo confundido en una preciosa armonía que embriaga. Y cuando la conoces entiendes el sentido de eso que algunos llaman la Nada, el vacío, el éter de los antiguos metafísicos. Es cuando descubres de una vez el motivo de haber nacido”. Michel guardaba silencio mientras yo, beodo de mis palabras, hablaba y hablaba en medio de esta Sala del Recuerdo. “Sólo así, recordando, atrayendo hacia ti los sentimientos ruines, los pesares densos y el sufrimiento odiado, serás capaz de llegar hasta el olvido”, dijo el viejo arrugando el ceño y mostrando con serenidad que intentaba ser convincente. “La paz sólo llena el espacio cuando éste se ha formado. Y ahora tú, Modesto, lo mantienes rebosante de amargura. Por eso el sosiego y la confianza en que crees, en tu conciencia liberada, no alcanzará tu mente hasta que lo hayas logrado”. “Muchos de nosotros, al principio, evacuábamos aquí mismo, frente a este huerto y estos árboles hermosos, los miasmas que roían las carnes, los hedores que formaban la esencia de nosotros mismos. Pero todo llega. Y cuando superes esta etapa –una de las más difíciles-, conocerás que tu desencuentro es poca cosa comparada con la repugnancia que muchos de estos tullidos siente aún hacia el mundo de fuera”.
Después de haber soltado todo estos sentimientos, me sentí calmado. Y recordé mi época de niño, cuando lloraba por cualquier cosa. Cerré los ojos y vi a ese pequeño cansado de gimotear, con el pecho convulso, tiritando y con los pómulos ardientes. Y luego, en otra imagen, le vi jugar en la calle, alrededor de los otros niños, como si en realidad nada hubiese pasado. ¿Y no es así, de veras? ¿No será que la verdad, lo que nosotros llamamos verdad, lo absoluto, lo inmanente, no es nada, realmente nada, sino más bien un engaño, un ardid, una simple locura del alma? Me levanté. Dejé a Michel allí sentado, echado hacia atrás, con la espalda y los hombros apoyados sobre el respaldo mullido. Me sentía exhausto, sediento, con los labios resecos y el corazón dolorido. Miré al ventanal. Los hermosos y enormes árboles seguían moviendo sus ramas como si la vida no fuera con ellos, ajenos a todo. Algunos ciegos acababan sus hoyos, echaban en ellos las hebras que sacaban de unos bolsos que llevaban colgados y luego se acercaban a la pared más cercana para tocarla y sentir en sus yemas las asperezas que les indicaban el camino de vuelta. Todo continúa. Aunque no estés aquí, hermosa Marina, aunque tus olores de hembra se esparzan por otras zonas del mundo, nada importa, porque todo sigue igual. Y esta certeza, arraigada muy dentro de mí, era lo que me dolía y lo que rizaba mis nervios y mis pesadumbres. Miré a Michel. El viejo estaba dormido. Echado sobre el asiento de nuestros vacíos, el pobre hombre se había quedado dormido como un niño inerme. Y esa imagen tierna del viejo pequeño en los brazos de la somnolencia conmovió mi alma y sentí, por primera vez, compasión no de mí, sino del hombre que se sabe solo, enfermo y abandonado.
Me llevé varios días sin pisar La Casa. Me dije a mí mismo que debía seguir viviendo, a pesar de todos los obstáculos, enfrentándome a los nuevos amaneceres con el ánimo y la gentileza de espíritu de uno más. Modesto debía ser otro más, otro ignorante descubierto en medio de la planicie, desnudo, aterido, sincero, pero en cualquier caso, otro hombre más, con sus miedos y sus sonrisas, con sus silencios y sus palabras engañosas. De forma que al poco tiempo aparecí por la Oficina y me senté de nuevo en la mesa, rodeado de papeles atrasados que esperaban unos ojos y unos pensamientos que les filtrasen. Me enteré que el desconocido opulento y vanidoso había logrado sacarle al jefe un contrato nada desdeñable. Poco me importaba, sin embargo, esa noticia, sabiendo como sabía el contenido enmarañado y viscoso de su manuscrito. El gusano que correrá sobre sus hojas con las patitas peludas será un asqueroso ser viviente puesto ahí por mí. Y cuando los demás lean esas páginas inventadas, sentirán sobre sus dedos la tersura de la piel de estos animalitos. Entonces yo me reiré en lo más hondo y la alegría que experimentaré no tendrá límites.
Pasaban los días con lentitud. El tiempo ralentizaba el baño de las sombras, las horas de lectura, las de análisis riguroso. Incluso la luz del día, en la calle, entre el gentío que se movía anárquicamente, era una luz más tenue, así como azulada. No tanto como los ojos de un niño recién nacido, o como las aguas mansas de un riachuelo, zarcas, agradables, transparentes. Era un albor, una llamarada, un inquietante principio que me daba un miedo espantoso porque parecía emanar de las tumbas antiguas. ¿Fósforo? ¿Anuncio del devenir, que se acerca? De vez en cuando me apresuraba en acabar el trabajo para salir antes de la Oficina. Aprovechaba las horas muertas, esas en las que los cadáveres parecen ponerse de acuerdo en no invadir las aceras. Y me iba adonde Michel. Alguna vez le cogí dormido. Otras El Viejo deambulaba de pasillo en pasillo, entrando en las habitaciones, charlando, arrastrando sus pies gastados, auscultando el sentir de los allí presentes. Pero siempre que notaba mi presencia dejaba las cosas y se arrimaba a mi cuerpo para hablar de las desgarraduras mutuas que nos helaban las entrañas. Pronto fui entre ellos uno más. El ciego de la entrada abría las puertas cuando creía intuir la llegada de mis pasos. Recuerdo que sus ojos eran blancos, apagados, viscosos. Y que al principio, la primera vez que los vi, me produjeron unas náuseas tan profundas que noté removerse todo mi cuerpo. Pero después, al mirarle, esa sensación de asco se fue atenuando con el paso del tiempo. La miseria necesita tiempo, mucho tiempo para ir acomodándose en nuestros pensamientos, volviéndonos inmunes ante la tristeza, ante todo pesar y desconsuelo. La miseria es paciente y sabe esperar a que tu cuerpo y tu mente estén maduros. Cuando sabe llegado el instante definitivo, fugaz, eterno, todo a la vez; cuando concluye que tu cerebro se ha adormecido entre misterios insondables, tiernos, compasivos, entonces la desgracia aparece y ya no puedes hacer nada. Comprendes que estás atrapado en las redes de lo ignominioso. Es cuando ves al hombre como un ser mezquino, indefenso, atávico. Lo ves y te da asco su presencia y entonces deseas morir cuanto antes.
Por las noches continué caminando como si fuera un lobo desterrado de la manada. Anduve por toda la ciudad, arrastrando mis pies por los suelos empedrados y por el barro de las casas de tolerancia. A veces me gustaba transitar junto al Neva mudo y eterno, flujo de aguas heladas donde muchos desgraciados buscaban la solución a sus desdichas. El gran río de la ciudad es hermoso. Profundas sus aguas en el centro, onduladas sus olas que mueren en la orilla casi plana. Y largo como una serpiente que recorriera los barrios de la gran ciudad buscando a las presas despistadas y errabundas. El frío del invierno daba paso lentamente a un aire soportable. Las noches se vieron invadidas de mendigos que salían de los hospicios porque ya no corrían tanto peligro de morir empedrados de hielo, con los huesos anclados al agua solidificada. Sus caras, su piel y sus cabellos aparecían desmayados por el hambre, demacradas sus facciones, retorcidos sus anhelos. Pero los mendigos, los ancianos ambulantes, los viajeros que habían dejado salir el último tren mirando al fondo infinito sin atreverse a cogerlo, desamparados que dejaron atrás sus empleos o sus familias, todos los enamorados y enloquecidos por los amores huidizos, nos encontrábamos de vez en cuando en medio de la nada. Un grupo humano, de carne podrida, de sentimientos tumefactos y deshechos, éramos los que a estas horas de la madrugada nos cruzábamos por las calles tristes. Seguí visitando la glorieta. De vez en cuando le miraba la cara a la estatua del centro y me decía que ese tocho de bronce, de piedra, o de cualquier otro material, que en el fondo es lo mismo, tiene más sentido común que yo. Y a ella le duelen menos las cosas de la vida. Me sentía en esos momentos fuera de lugar y del tiempo. Como si yo no perteneciera a esta zona del mundo. A esta Historia que más tarde contarán los libros. Me sentía un pequeño ser vulgar, agusanado, embebido en la pléyade de materias inertes de las que sentía unos celos tremendos.
En la glorieta de los desamparados había aquella noche un grupo numeroso de hombres perdidos. Yo también acudí. Necesitaba hablar con El Viejo, sanar aún más mi desconsuelo, y sabía que sólo él era capaz de absorber toda la porquería que me sobraba. Sin embargo Michel no llegaba. La luz muerta de la noche, a pesar de los reflejos que las aguas del Neva lanzaban hacia nosotros, llenaba el espacio y hacía más fría aún la estancia en ese lugar. El Mudo nos miraba, hierático, con sus pómulos salientes. El Idiota movía la cabeza adelante y atrás, en un movimiento rítmico y acompasado, y mientras lo hacía su cara abría la sonrisa estúpida, bobalicona, y las babas se le salían por los labios, brillantes y acuosas. Esa noche también acompañó la comitiva el ciego de la entrada. Éste permanecía sentado, agarrándose el cuerpo con sus brazos diminutos, en un intento infructuoso por darse calor a sí mismo. En medio de todos habían encendido un fuego que ardía y se deshacía, humeante y fugaz. Las llamas prendían, subiendo sus penachos tan altos como el viento del norte les dejaba. El fuego, con sus llamas avivadas, lamiendo el vacío compacto entre los idiotas y los tullidos, embelesaba las mentes y todos estábamos en silencio, mirando sus movimientos, vislumbrando en su cuerpo amarillo las esperanzas que el mundo nos negaba. ¿Qué misterio encierran las llamas encendidas, que todo ser humano se queda embobado mirándolas? Gaspar, un viejo de setenta y tantos años, atizaba de vez en cuando las ascuas rojizas, y con el único brazo que le queda en el cuerpo, removía con la punta de una rama las lumbres que intentaban huir del calor insoportable. Era feliz el hombre con su cometido, porque en su rostro se había acoplado una sensación de placidez y de templanza, como cuando te sientes radiante sin saber el motivo. Al otro lado, sobre un banco negro de piedra insensible, estaba Demetrio, el sordomudo encargado de alimentar a todos los residentes de su galería. Demetrio es un hombre alto, casi un gigante. Desde pequeño no oye ni habla y sólo ve las cosas de este mundo torcidas y disimuladas. Es como ir al teatro con los ojos tapados. O como intentar avanzar a lo largo de un camino desconocido sin oír el crujir de tus pasos ni ser capaz de gritar cuando la desgarradura destroza tus fibras. Las llamas continuaban escalando al cielo, agarrándose a las moléculas invisibles del aire. Todos presenciábamos las penumbras, los rizos, los bailes de las lenguas de fuego y todos lo hacíamos en silencio. El crepitar de los troncos macizos, cuando crujen y se desgarran, formando una masa calcinada y revoltosa, el sonido de las chispas saltarinas, el olor al humo blanquecino, hasta el calor que recibíamos en nuestros cuerpos, todo ello fundía lo simbólico con lo misterioso, lo totémico con lo ancestral. Y ese ambiente mágico me gustaba tanto que por nada del mundo me lo hubiera perdido. Sólo faltabas tú, Marina, a mi lado, abrazada a este pobre diablo que yace sobre el banco aterido de frío. ¿Es esta heladura real, quiero decir, sólo física? ¿No es alimentada, acaso, por la desnudez del amor, que me dejó huérfano de equilibrio? No sé lo que pienso, sólo que no hago otra cosa que mirar a mis compañeros y sentir lástima de ellos. Imagino aquella noche como si estuviese sucediendo ahora mismo. Y veo a Gaspar levantándose del banco, abriendo su boca desmesuradamente, arqueando la espalda y volviéndose a sentar, dueño ya de su propia vigilia, que se le iba. Y a Demetrio con su lengua atrapada y sus oídos vagos, indolentes y tumefactos. Le veo y siento resignación, pena, asco de la vida y un anhelo brutal porque venga Michel a salvarme. Pero aún tardaría un buen rato. El Viejo camina muy despacio y siempre suele alcanzar la glorieta cuando todos sus compañeros llevan allí un buen tiempo bajo la noche eterna. “¿Cómo estás hoy?”, me dice Michel cuando se sienta a mi lado. “Ya ves, amigo, como siempre, pensando y recordando a Marina…”, le respondí quedamente, para que los demás no se enterasen de mis palabras. “Una vez te dije que me ocurrió algo parecido en el mismo lugar, en el mismo asiento de listones curvados, ¿recuerdas?”, me dijo Michel, tomándome la mano con sus huesos derrotados. A Michel le gusta tocar la piel de la persona con la que habla porque quizás se sienta así más tranquilo y más acoplado a la naturaleza. Yo le miraba y veía en sus ojos el velo blanco de las cataratas, las mil fisuras de su rostro encendido y olía el aroma típico de los ancianos. “Ese día dejé marchar el último vagón. Estuve tragando la angustia de la decisión. La duda me roía por dentro. Si lo tomaba, mi vida sería a partir de aquel momento una vida, digamos, normal, adaptada a las convenciones, ajustado el devenir; todo se sucedería según una reglas conocidas que nadie ha escrito jamás. Si, en cambio, le dejaba marchar…si le dejaba marchar sólo me quedaría el ocaso, la contracorriente, el río impetuoso de la discordia, de las mentiras adornadas, la lucha diaria desde que te levantas hasta que te adormeces…Fue una noche horrible. Y no pienses, o mejor dicho, no me preguntes quién iba en el interior del tren cuya ausencia tanto dolor me causaba. Es en vano. Al contrario que tú, yo no tenía ninguna Marina que me dijese adiós con sus manos pegadas al cristal. No había ningún amor de ese tipo, encarnado, físico, material. Yo estaba solo. Al final del camino, cuando el tren nocturno llegase a la última parada, me esperaban unos muros especiales de donde es difícil escapar. Sobre todo porque al entrar debes hacerlo con varios compañeros que luego no te abandonarán nunca: la confianza, el amor y la abnegación total. Sí, yo iba a un Seminario. Mi destino: la religión. Mi trabajo de por vida: engañar a los demás haciéndoles creer en un mundo ficticio, lleno de esperanzas y de simulacros. Un mundo en el que ni yo mismo creía, por mucho que me esforzaba, entiéndeme. Por las noches pensaba en eso que llaman Dios. Le imaginaba omnipotente, elevado, majestuoso…”. En ese instante Michel dejó de hablar con su típica voz aguda y pastosa y se llevó el pañuelo a la nariz, sonándose varias veces. Continuó: “Pensaba en Él, ciego, confuso, hastiado por todo lo que me rodeaba en esos días de desconsuelo y de pérdida. Luego, por la mañana, cuando miraba las caras entristecidas de los hombres, en la calle, en los jardines, en el trabajo, me preguntaba constantemente por qué de tanta desgracia. Si Dios es, por qué permite tanta crueldad entre nosotros. La duda se encarnó a partir de entonces en mi interior torturándome día y noche. Dejé de dormir, pensando en la oscuridad lo que a la luz del día se iba, desvaneciéndose. Y todo esto me volvía loco. Loco dentro de un mundo en desacuerdo con mis propios anhelos. La contradicción más absoluta fue tomando cuerpo poco a poco, hasta que llegó a un punto en que todo en mí se tornó ridículo. Y me sentí indigno de vivir entre vosotros, los seres humanos. Había dejado escapar el tren. Me encontraba en el mismo banco, sentado, en el mismo lugar donde te encontré la noche fugaz en la que Marina, tu Marina, se iba. Y desde ese día en que me reconocí huérfano de toda alegría cambié los días por las noches, y comencé a caminar cuando ya todos habían desaparecido de la ciudad, conformándome con la compañía de las piedras, de las mujeres tolerantes y de las aguas eternas del río que tanto conoces”.


Viernes, 19 de octubre

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