El Acento

Entrevista a Antonio Florido Lozano

26.06.18 | 11:43. Archivado en Sobre el autor

Grupo Tierra Trivium entrevista a Antonio Florido Lozano tras su reciente presentación de su novela Perro Inmundo en Lima (Perú).
Madrid, 26/06/18

«Me inspira mucho la vida de Michel de Montaigne. Fue un tipo interesante y peculiar».

Nuestro escritor Tierra, Antonio Florido Lozano, ha estado en Lima (Perú) presentando su novela Perro inmundo: un thriller psicológico que se sirve de una visita inesperada, aparentemente perpetua, para desarrollar una trama asfixiante que aborda situaciones tan actuales como la corrupción que ejerce el consumismo sobre la intimidad.
El autor de novelas como Ojos de pez o Jardines imposibles, o relatos como Aún puedo vomitar, nos invita a reflexionar sobre la alienada sociedad del siglo XXI mediante el uso magistral de paralelismos y metáforas narrativas.
Florido Lozano, ingeniero de formación, ha compatibilizado su pasión por la enseñanza con el periodismo cultural. Actualmente colabora con periodistadigital en su columna El acento.
GTT. Cuando eras niño, ¿qué querías ser de mayor?
AFL. No pensaba en ello. Pero recuerdo que cuando comencé a leer todos los días el diario ABC (a los seis años) noté una sensación humillante porque no entendía muchas palabras y frases. Me dije que debía leer mucho y que debía hacerlo al menos hasta que llegase a comprender todo eso y a llenar mis enormes lagunas de ignorancia.

GTT. ¿Qué opinan tus seres queridos de tu pasión por la escritura?
AFL. Siempre lo han aceptado. Pero, mientras viví con mis padres llevaba colocada la etiqueta de el niño raro. De casado no. En mi propia familia se ve como algo normal: que su padre (y esposo) es así.
GTT. Profesor de tecnología. ¿No es extraño encontrar un escritor no formado en humanidades?
AFL. No es extraño. Estudié Ingeniería para comprender mejor el mundo físico que me rodea (esto lo conseguí, creo). Después estudié Ciencias Políticas para comprender mejor el mundo de las relaciones humanas (creo que también lo conseguí). Y no es extraño precisamente porque a una formación excesivamente técnica le falta ese complemento. Recuerdo que entre clases tenía que aislarme para leer poesía, (necesitaba desintoxicarme de tanta abstracción y cálculo). Mi doble preparación, técnica y en humanidades, me ha dado la información necesaria para entender que mi existencia es puramente efímera, sin ninguna importancia.

GTT. ¿Qué libro te hubiera gustado escribir, pero se te adelantaron?
AFL. Pedro Páramo. Pero lo hizo Rulfo. Y me conformo con leerlo de vez en cuando, para que no se me vaya de la cabeza qué significa escribir como Dios manda.
GTT. Pronúnciate. ¿Qué autor no consigues leer a pesar de lo mucho que lo recomienda la crítica?
AFL. Hay muchos. Todos esos que se venden por las cubiertas y la imagen. Y otros como Muñoz Molina, Reverte, Coelho… Aunque debo aclarar que a este tipo de autores casi no los conozco porque jamás me interesé por sus obras.
GTT. ¿Qué le recomendarías a alguien que quisiera ser escritor?
AFL. Que se deje los ojos leyendo. No hay más. No existen secretos. Y después mucho esfuerzo y dedicación.
GTT. ¿Cómo animarías a leer a un alumno?
AFL. Parto de la base de que no es obligatorio leer. La Cultura no solamente está en los libros. Pero le diría que intentase con algún libro divertido, lleno de magia e imaginación. Sí, eso le diría.
GTT. ¿Crees que tus novelas están al alcance de todas las mentes despiertas?
AFL. No soy yo quien deba afirmar o negar eso. Sólo confieso que escribo para mí y soy muy exigente. Si luego un lector entiende lo que digo o no, no es mi asunto.
GTT. Perro inmundo. ¿Cómo surge esa idea?
AFL. Surgió de una situación cotidiana y común. Cuando me di cuenta de que, lo queramos o no, hemos sido invadidos por la nadería de los medios digitales. Una situación irreversible. Sólo cabe la rebelión en el estadio individual. Pero mucho mejor que yo lo explicó Orwell en 1984. Recomiendo volver a leerlo. Acertó de pleno.

GTT. Voy a ponerte en un compromiso. ¿Por qué escogiste Grupo Tierra Trivium?
AFL. Imaginé que lo formarían un grupo de personas con ilusión e iniciativa, y que publicarían cada libro depositando mucho compromiso con el objeto y con el posible autor. Creo que acerté. Y me alegro.
GTT. ¿Cuál es tu próximo proyecto?
AFL. Varios en mente. Ahora trabajo en una novella sobre el concepto de la intolerancia. Y luego posiblemente escriba una novela histórica sobre la figura del hereje. Es decir, del librepensador. Me inspira mucho la vida de Michel de Montaigne. Fue un tipo interesante y peculiar.
GTT. Confiesa la anécdota a la que más cariño tienes de Perro Inmundo, editado por Grupo Tierra Trivium.
AFL. Cuando me encontré de nuevo con Modesto Cruz. El pobre está siempre dispuesto para todo. Lo uso cuando me parece oportuno y nunca me lo reprocha. Es así, humilde. Ya tenemos cierta confianza.
GTT. Una última cosa… ¿cuál de tus novelas ha sido la que más te ha costado escribir? ¿Por qué?
AFL. La primera, Las tierras de Melampó. Aparecen muchos personajes. Tres generaciones que abarcan un siglo en el tiempo novelado. Tuve que elaborar y rehacer varios árboles genealógicos para que todos los hechos fuesen encajando. Me llevé más meses en eso que en escribir la historia.
Muchas gracias, Antonio, por formar parte de Grupo Tierra Trivium.


Entrevista a Antonio Florido Lozano

26.06.18 | 11:42. Archivado en Sobre el autor

Grupo Tierra Trivium entrevista a Antonio Florido Lozano tras su reciente presentación de su novela Perro Inmundo en Lima (Perú).
Madrid, 26/06/18

«Me inspira mucho la vida de Michel de Montaigne. Fue un tipo interesante y peculiar».

Nuestro escritor Tierra, Antonio Florido Lozano, ha estado en Lima (Perú) presentando su novela Perro inmundo: un thriller psicológico que se sirve de una visita inesperada, aparentemente perpetua, para desarrollar una trama asfixiante que aborda situaciones tan actuales como la corrupción que ejerce el consumismo sobre la intimidad.
El autor de novelas como Ojos de pez o Jardines imposibles, o relatos como Aún puedo vomitar, nos invita a reflexionar sobre la alienada sociedad del siglo XXI mediante el uso magistral de paralelismos y metáforas narrativas.
Florido Lozano, ingeniero de formación, ha compatibilizado su pasión por la enseñanza con el periodismo cultural. Actualmente colabora con periodistadigital en su columna El acento.
GTT. Cuando eras niño, ¿qué querías ser de mayor?
AFL. No pensaba en ello. Pero recuerdo que cuando comencé a leer todos los días el diario ABC (a los seis años) noté una sensación humillante porque no entendía muchas palabras y frases. Me dije que debía leer mucho y que debía hacerlo al menos hasta que llegase a comprender todo eso y a llenar mis enormes lagunas de ignorancia.

GTT. ¿Qué opinan tus seres queridos de tu pasión por la escritura?
AFL. Siempre lo han aceptado. Pero, mientras viví con mis padres llevaba colocada la etiqueta de el niño raro. De casado no. En mi propia familia se ve como algo normal: que su padre (y esposo) es así.
GTT. Profesor de tecnología. ¿No es extraño encontrar un escritor no formado en humanidades?
AFL. No es extraño. Estudié Ingeniería para comprender mejor el mundo físico que me rodea (esto lo conseguí, creo). Después estudié Ciencias Políticas para comprender mejor el mundo de las relaciones humanas (creo que también lo conseguí). Y no es extraño precisamente porque a una formación excesivamente técnica le falta ese complemento. Recuerdo que entre clases tenía que aislarme para leer poesía, (necesitaba desintoxicarme de tanta abstracción y cálculo). Mi doble preparación, técnica y en humanidades, me ha dado la información necesaria para entender que mi existencia es puramente efímera, sin ninguna importancia.

GTT. ¿Qué libro te hubiera gustado escribir, pero se te adelantaron?
AFL. Pedro Páramo. Pero lo hizo Rulfo. Y me conformo con leerlo de vez en cuando, para que no se me vaya de la cabeza qué significa escribir como Dios manda.
GTT. Pronúnciate. ¿Qué autor no consigues leer a pesar de lo mucho que lo recomienda la crítica?
AFL. Hay muchos. Todos esos que se venden por las cubiertas y la imagen. Y otros como Muñoz Molina, Reverte, Coelho… Aunque debo aclarar que a este tipo de autores casi no los conozco porque jamás me interesé por sus obras.
GTT. ¿Qué le recomendarías a alguien que quisiera ser escritor?
AFL. Que se deje los ojos leyendo. No hay más. No existen secretos. Y después mucho esfuerzo y dedicación.
GTT. ¿Cómo animarías a leer a un alumno?
AFL. Parto de la base de que no es obligatorio leer. La Cultura no solamente está en los libros. Pero le diría que intentase con algún libro divertido, lleno de magia e imaginación. Sí, eso le diría.
GTT. ¿Crees que tus novelas están al alcance de todas las mentes despiertas?
AFL. No soy yo quien deba afirmar o negar eso. Sólo confieso que escribo para mí y soy muy exigente. Si luego un lector entiende lo que digo o no, no es mi asunto.
GTT. Perro inmundo. ¿Cómo surge esa idea?
AFL. Surgió de una situación cotidiana y común. Cuando me di cuenta de que, lo queramos o no, hemos sido invadidos por la nadería de los medios digitales. Una situación irreversible. Sólo cabe la rebelión en el estadio individual. Pero mucho mejor que yo lo explicó Orwell en 1984. Recomiendo volver a leerlo. Acertó de pleno.

GTT. Voy a ponerte en un compromiso. ¿Por qué escogiste Grupo Tierra Trivium?
AFL. Imaginé que lo formarían un grupo de personas con ilusión e iniciativa, y que publicarían cada libro depositando mucho compromiso con el objeto y con el posible autor. Creo que acerté. Y me alegro.
GTT. ¿Cuál es tu próximo proyecto?
AFL. Varios en mente. Ahora trabajo en una novella sobre el concepto de la intolerancia. Y luego posiblemente escriba una novela histórica sobre la figura del hereje. Es decir, del librepensador. Me inspira mucho la vida de Michel de Montaigne. Fue un tipo interesante y peculiar.
GTT. Confiesa la anécdota a la que más cariño tienes de Perro Inmundo, editado por Grupo Tierra Trivium.
AFL. Cuando me encontré de nuevo con Modesto Cruz. El pobre está siempre dispuesto para todo. Lo uso cuando me parece oportuno y nunca me lo reprocha. Es así, humilde. Ya tenemos cierta confianza.
GTT. Una última cosa… ¿cuál de tus novelas ha sido la que más te ha costado escribir? ¿Por qué?
AFL. La primera, Las tierras de Melampó. Aparecen muchos personajes. Tres generaciones que abarcan un siglo en el tiempo novelado. Tuve que elaborar y rehacer varios árboles genealógicos para que todos los hechos fuesen encajando. Me llevé más meses en eso que en escribir la historia.
Muchas gracias, Antonio, por formar parte de Grupo Tierra Trivium.


Cambio de rasante, nueva novela de Jimena Tierra

15.06.18 | 08:48. Archivado en Sobre el autor

El despacho A & V Rojo, Detectives Privados, recibe el encargo de localizar el paradero de una anciana desaparecida en extrañas circunstancias. No hay ningún hilo del que tirar, a excepción de un suceso de similares características ocurrido hace años en la misma zona de influencia. Las pesquisas les llevarán a un peligroso entramado en el que, su mejor baza, será la honestidad de sus conciencias. Desde que Daniel Careaga ha llegado a Albahaca para realizar un curso de formación en la universidad, la ciudad le ha puesto la zancadilla. El entorno es hostil y anómalo. Tanto, como la enigmática compañera a la que acaba de conocer y a la que no quiere dejar escapar. Involuntariamente, se verá inmerso en un ciclón absorbente de crímenes y engaños que le alejará progresivamente de la vuelta a casa. Después del éxito cosechado con Equinoccio, la autora nos sorprende con una trama actual y asfixiante, que juega con la concepción del envejecimiento desgranando los avances de la ciencia y ahondando en un abismo de graves conflictos éticos y morales.

Leer no es obligatorio (aún), pero disfrutar de una gran historia es muy recomendable. Usted mismo.


Cambio de rasante, segunda novela de Jimena Tierra

10.06.18 | 14:19. Archivado en Sobre el autor

Jimena Tierra (Madrid, 1979) nos atrapa con una nueva novela. La polifacética autora, conocida por su manuscrito Equinoccio (Grupo Tierra Trivium, 4º Edición), nos sorprende con una trama actual y asfixiante que juega con la concepción del envejecimiento, desgranando los avances de la ciencia y ahondando en un abismo de graves conflictos éticos y morales.
Cambio de rasante no es solo un thriller de ficción. Se trata de una crítica feroz hacia un sistema capitalizado en el que los valores inherentes al ser humano se han perdido.
Con prólogo de Rosario Curiel, finalista en los Premios de Novela Nadal en 2006 y Fernando Lara en 1996, y la colaboración orientativa de María Blasco Marhuenda, Directora del CNIO, Cambio de rasante se convierte en la segunda novela negra de Jimena Tierra. Situando a algunos de los personajes de su primera trama, como son los detectives privados Anastasio y Verónica Rojo, en la Universidad de Albahaca, perfectamente reconocible como El palacio de la Magdalena de la ciudad de Santander.
Jimena Tierra cultiva, también, relato corto y poesía. Ha sido galardonada en los siguientes certámenes: AVINESA (2013) con Mi marido es perfecto; Ediciones Saldubia (2014) con Escombros; Atrévete a Rimar Aragón con Sueño (2014) con La vida es Aragón, la vida es sueño; y el certamen Don Manuel (Moralzarzal, 2017) con No fue un verano cualquiera.
Asimismo, es una de las coordinadoras del Grupo Tierra Trivium. Un nuevo modelo de editorial joven, comprometido con valores sociales, emprendedor e innovador, que trata de aportar una perspectiva diferente al proceso empresarial actual.

La autora madrileña firmará ejemplares de Cambio de rasante y Equinoccio en la Feria del libro de Tres Cantos, en la caseta nº 12 destinada a Grupo Tierra Trivium, el día 16 de mayo, de 17:30 a 20:00 h. Además, tiene concertadas presentaciones en la librería Burma (Madrid, 9 de junio) y la Universidad Menéndez Pelayo (Santander), entre otras.
Más información en www.tierraeditorial.com.


Embriaguez (7) - Novela por entregas

06.06.18 | 08:59. Archivado en Sobre el autor

“Es una mujer especial”, fueron las primeras palabras que salieron de mis labios. “Hablarte de ella es resumirte la historia del mundo en una sonrisa, en una mirada, en un desvío presumido y coqueto, donde lo infinito se pone al alcance, donde lo caduco se eterniza”. “Hablar de ella es vivir y morir. Todo a la vez, en una mezcla confusa y mágica donde tratar de encontrar la solución al enigma se me torna imposible”. Continué expulsando de mi interior las venas marchitas, la sangre coagulada, el pavor al mañana, la incomprensión que me servía de sostén diario. Dije: “Marina es hermosa, la belleza encarnada, lo divino presente. Es el completo aditamento que a todo hombre le falta y que te hace preguntarte cómo los demás han podido vivir sin su presencia. Cómo la Historia sucedió sin ella incorporada, me pregunto, lanzando al viento la eterna cuestión del ser o no ser, tan antigua por otro lado”. “¿Marina?”. “Marina Maldonado simplemente se fue. Ausencia diaria. Espera angustiosa. Se fue…”. “Marina, mi adorada Marina traspasa con sus ojos la piel más curtida. Cuando sonríe las nubes se apartan, demostrando a todos que la luz existe. Que no es un engaño, sino real, fantástica, transparente. Cuando enmudece el silencio se aviva y remueve la alegría de tenerla a tu lado. Simplemente observar su rostro. Enmarcar en tus recuerdos esa luz cegadora que humilla cuando la encuentras. Marina es todo. Es ella, yo mismo, deshumanizado, deshecho, un todo confundido en una preciosa armonía que embriaga. Y cuando la conoces entiendes el sentido de eso que algunos llaman la Nada, el vacío, el éter de los antiguos metafísicos. Es cuando descubres de una vez el motivo de haber nacido”. Michel guardaba silencio mientras yo, beodo de mis palabras, hablaba y hablaba en medio de esta Sala del Recuerdo. “Sólo así, recordando, atrayendo hacia ti los sentimientos ruines, los pesares densos y el sufrimiento odiado, serás capaz de llegar hasta el olvido”, dijo el viejo arrugando el ceño y mostrando con serenidad que intentaba ser convincente. “La paz sólo llena el espacio cuando éste se ha formado. Y ahora tú, Modesto, lo mantienes rebosante de amargura. Por eso el sosiego y la confianza en que crees, en tu conciencia liberada, no alcanzará tu mente hasta que lo hayas logrado”. “Muchos de nosotros, al principio, evacuábamos aquí mismo, frente a este huerto y estos árboles hermosos, los miasmas que roían las carnes, los hedores que formaban la esencia de nosotros mismos. Pero todo llega. Y cuando superes esta etapa –una de las más difíciles-, conocerás que tu desencuentro es poca cosa comparada con la repugnancia que muchos de estos tullidos siente aún hacia el mundo de fuera”.
Después de haber soltado todo estos sentimientos, me sentí calmado. Y recordé mi época de niño, cuando lloraba por cualquier cosa. Cerré los ojos y vi a ese pequeño cansado de gimotear, con el pecho convulso, tiritando y con los pómulos ardientes. Y luego, en otra imagen, le vi jugar en la calle, alrededor de los otros niños, como si en realidad nada hubiese pasado. ¿Y no es así, de veras? ¿No será que la verdad, lo que nosotros llamamos verdad, lo absoluto, lo inmanente, no es nada, realmente nada, sino más bien un engaño, un ardid, una simple locura del alma? Me levanté. Dejé a Michel allí sentado, echado hacia atrás, con la espalda y los hombros apoyados sobre el respaldo mullido. Me sentía exhausto, sediento, con los labios resecos y el corazón dolorido. Miré al ventanal. Los hermosos y enormes árboles seguían moviendo sus ramas como si la vida no fuera con ellos, ajenos a todo. Algunos ciegos acababan sus hoyos, echaban en ellos las hebras que sacaban de unos bolsos que llevaban colgados y luego se acercaban a la pared más cercana para tocarla y sentir en sus yemas las asperezas que les indicaban el camino de vuelta. Todo continúa. Aunque no estés aquí, hermosa Marina, aunque tus olores de hembra se esparzan por otras zonas del mundo, nada importa, porque todo sigue igual. Y esta certeza, arraigada muy dentro de mí, era lo que me dolía y lo que rizaba mis nervios y mis pesadumbres. Miré a Michel. El viejo estaba dormido. Echado sobre el asiento de nuestros vacíos, el pobre hombre se había quedado dormido como un niño inerme. Y esa imagen tierna del viejo pequeño en los brazos de la somnolencia conmovió mi alma y sentí, por primera vez, compasión no de mí, sino del hombre que se sabe solo, enfermo y abandonado.
Me llevé varios días sin pisar La Casa. Me dije a mí mismo que debía seguir viviendo, a pesar de todos los obstáculos, enfrentándome a los nuevos amaneceres con el ánimo y la gentileza de espíritu de uno más. Modesto debía ser otro más, otro ignorante descubierto en medio de la planicie, desnudo, aterido, sincero, pero en cualquier caso, otro hombre más, con sus miedos y sus sonrisas, con sus silencios y sus palabras engañosas. De forma que al poco tiempo aparecí por la Oficina y me senté de nuevo en la mesa, rodeado de papeles atrasados que esperaban unos ojos y unos pensamientos que les filtrasen. Me enteré que el desconocido opulento y vanidoso había logrado sacarle al jefe un contrato nada desdeñable. Poco me importaba, sin embargo, esa noticia, sabiendo como sabía el contenido enmarañado y viscoso de su manuscrito. El gusano que correrá sobre sus hojas con las patitas peludas será un asqueroso ser viviente puesto ahí por mí. Y cuando los demás lean esas páginas inventadas, sentirán sobre sus dedos la tersura de la piel de estos animalitos. Entonces yo me reiré en lo más hondo y la alegría que experimentaré no tendrá límites.
Pasaban los días con lentitud. El tiempo ralentizaba el baño de las sombras, las horas de lectura, las de análisis riguroso. Incluso la luz del día, en la calle, entre el gentío que se movía anárquicamente, era una luz más tenue, así como azulada. No tanto como los ojos de un niño recién nacido, o como las aguas mansas de un riachuelo, zarcas, agradables, transparentes. Era un albor, una llamarada, un inquietante principio que me daba un miedo espantoso porque parecía emanar de las tumbas antiguas. ¿Fósforo? ¿Anuncio del devenir, que se acerca? De vez en cuando me apresuraba en acabar el trabajo para salir antes de la Oficina. Aprovechaba las horas muertas, esas en las que los cadáveres parecen ponerse de acuerdo en no invadir las aceras. Y me iba adonde Michel. Alguna vez le cogí dormido. Otras El Viejo deambulaba de pasillo en pasillo, entrando en las habitaciones, charlando, arrastrando sus pies gastados, auscultando el sentir de los allí presentes. Pero siempre que notaba mi presencia dejaba las cosas y se arrimaba a mi cuerpo para hablar de las desgarraduras mutuas que nos helaban las entrañas. Pronto fui entre ellos uno más. El ciego de la entrada abría las puertas cuando creía intuir la llegada de mis pasos. Recuerdo que sus ojos eran blancos, apagados, viscosos. Y que al principio, la primera vez que los vi, me produjeron unas náuseas tan profundas que noté removerse todo mi cuerpo. Pero después, al mirarle, esa sensación de asco se fue atenuando con el paso del tiempo. La miseria necesita tiempo, mucho tiempo para ir acomodándose en nuestros pensamientos, volviéndonos inmunes ante la tristeza, ante todo pesar y desconsuelo. La miseria es paciente y sabe esperar a que tu cuerpo y tu mente estén maduros. Cuando sabe llegado el instante definitivo, fugaz, eterno, todo a la vez; cuando concluye que tu cerebro se ha adormecido entre misterios insondables, tiernos, compasivos, entonces la desgracia aparece y ya no puedes hacer nada. Comprendes que estás atrapado en las redes de lo ignominioso. Es cuando ves al hombre como un ser mezquino, indefenso, atávico. Lo ves y te da asco su presencia y entonces deseas morir cuanto antes.
Por las noches continué caminando como si fuera un lobo desterrado de la manada. Anduve por toda la ciudad, arrastrando mis pies por los suelos empedrados y por el barro de las casas de tolerancia. A veces me gustaba transitar junto al Neva mudo y eterno, flujo de aguas heladas donde muchos desgraciados buscaban la solución a sus desdichas. El gran río de la ciudad es hermoso. Profundas sus aguas en el centro, onduladas sus olas que mueren en la orilla casi plana. Y largo como una serpiente que recorriera los barrios de la gran ciudad buscando a las presas despistadas y errabundas. El frío del invierno daba paso lentamente a un aire soportable. Las noches se vieron invadidas de mendigos que salían de los hospicios porque ya no corrían tanto peligro de morir empedrados de hielo, con los huesos anclados al agua solidificada. Sus caras, su piel y sus cabellos aparecían desmayados por el hambre, demacradas sus facciones, retorcidos sus anhelos. Pero los mendigos, los ancianos ambulantes, los viajeros que habían dejado salir el último tren mirando al fondo infinito sin atreverse a cogerlo, desamparados que dejaron atrás sus empleos o sus familias, todos los enamorados y enloquecidos por los amores huidizos, nos encontrábamos de vez en cuando en medio de la nada. Un grupo humano, de carne podrida, de sentimientos tumefactos y deshechos, éramos los que a estas horas de la madrugada nos cruzábamos por las calles tristes. Seguí visitando la glorieta. De vez en cuando le miraba la cara a la estatua del centro y me decía que ese tocho de bronce, de piedra, o de cualquier otro material, que en el fondo es lo mismo, tiene más sentido común que yo. Y a ella le duelen menos las cosas de la vida. Me sentía en esos momentos fuera de lugar y del tiempo. Como si yo no perteneciera a esta zona del mundo. A esta Historia que más tarde contarán los libros. Me sentía un pequeño ser vulgar, agusanado, embebido en la pléyade de materias inertes de las que sentía unos celos tremendos.
En la glorieta de los desamparados había aquella noche un grupo numeroso de hombres perdidos. Yo también acudí. Necesitaba hablar con El Viejo, sanar aún más mi desconsuelo, y sabía que sólo él era capaz de absorber toda la porquería que me sobraba. Sin embargo Michel no llegaba. La luz muerta de la noche, a pesar de los reflejos que las aguas del Neva lanzaban hacia nosotros, llenaba el espacio y hacía más fría aún la estancia en ese lugar. El Mudo nos miraba, hierático, con sus pómulos salientes. El Idiota movía la cabeza adelante y atrás, en un movimiento rítmico y acompasado, y mientras lo hacía su cara abría la sonrisa estúpida, bobalicona, y las babas se le salían por los labios, brillantes y acuosas. Esa noche también acompañó la comitiva el ciego de la entrada. Éste permanecía sentado, agarrándose el cuerpo con sus brazos diminutos, en un intento infructuoso por darse calor a sí mismo. En medio de todos habían encendido un fuego que ardía y se deshacía, humeante y fugaz. Las llamas prendían, subiendo sus penachos tan altos como el viento del norte les dejaba. El fuego, con sus llamas avivadas, lamiendo el vacío compacto entre los idiotas y los tullidos, embelesaba las mentes y todos estábamos en silencio, mirando sus movimientos, vislumbrando en su cuerpo amarillo las esperanzas que el mundo nos negaba. ¿Qué misterio encierran las llamas encendidas, que todo ser humano se queda embobado mirándolas? Gaspar, un viejo de setenta y tantos años, atizaba de vez en cuando las ascuas rojizas, y con el único brazo que le queda en el cuerpo, removía con la punta de una rama las lumbres que intentaban huir del calor insoportable. Era feliz el hombre con su cometido, porque en su rostro se había acoplado una sensación de placidez y de templanza, como cuando te sientes radiante sin saber el motivo. Al otro lado, sobre un banco negro de piedra insensible, estaba Demetrio, el sordomudo encargado de alimentar a todos los residentes de su galería. Demetrio es un hombre alto, casi un gigante. Desde pequeño no oye ni habla y sólo ve las cosas de este mundo torcidas y disimuladas. Es como ir al teatro con los ojos tapados. O como intentar avanzar a lo largo de un camino desconocido sin oír el crujir de tus pasos ni ser capaz de gritar cuando la desgarradura destroza tus fibras. Las llamas continuaban escalando al cielo, agarrándose a las moléculas invisibles del aire. Todos presenciábamos las penumbras, los rizos, los bailes de las lenguas de fuego y todos lo hacíamos en silencio. El crepitar de los troncos macizos, cuando crujen y se desgarran, formando una masa calcinada y revoltosa, el sonido de las chispas saltarinas, el olor al humo blanquecino, hasta el calor que recibíamos en nuestros cuerpos, todo ello fundía lo simbólico con lo misterioso, lo totémico con lo ancestral. Y ese ambiente mágico me gustaba tanto que por nada del mundo me lo hubiera perdido. Sólo faltabas tú, Marina, a mi lado, abrazada a este pobre diablo que yace sobre el banco aterido de frío. ¿Es esta heladura real, quiero decir, sólo física? ¿No es alimentada, acaso, por la desnudez del amor, que me dejó huérfano de equilibrio? No sé lo que pienso, sólo que no hago otra cosa que mirar a mis compañeros y sentir lástima de ellos. Imagino aquella noche como si estuviese sucediendo ahora mismo. Y veo a Gaspar levantándose del banco, abriendo su boca desmesuradamente, arqueando la espalda y volviéndose a sentar, dueño ya de su propia vigilia, que se le iba. Y a Demetrio con su lengua atrapada y sus oídos vagos, indolentes y tumefactos. Le veo y siento resignación, pena, asco de la vida y un anhelo brutal porque venga Michel a salvarme. Pero aún tardaría un buen rato. El Viejo camina muy despacio y siempre suele alcanzar la glorieta cuando todos sus compañeros llevan allí un buen tiempo bajo la noche eterna. “¿Cómo estás hoy?”, me dice Michel cuando se sienta a mi lado. “Ya ves, amigo, como siempre, pensando y recordando a Marina…”, le respondí quedamente, para que los demás no se enterasen de mis palabras. “Una vez te dije que me ocurrió algo parecido en el mismo lugar, en el mismo asiento de listones curvados, ¿recuerdas?”, me dijo Michel, tomándome la mano con sus huesos derrotados. A Michel le gusta tocar la piel de la persona con la que habla porque quizás se sienta así más tranquilo y más acoplado a la naturaleza. Yo le miraba y veía en sus ojos el velo blanco de las cataratas, las mil fisuras de su rostro encendido y olía el aroma típico de los ancianos. “Ese día dejé marchar el último vagón. Estuve tragando la angustia de la decisión. La duda me roía por dentro. Si lo tomaba, mi vida sería a partir de aquel momento una vida, digamos, normal, adaptada a las convenciones, ajustado el devenir; todo se sucedería según una reglas conocidas que nadie ha escrito jamás. Si, en cambio, le dejaba marchar…si le dejaba marchar sólo me quedaría el ocaso, la contracorriente, el río impetuoso de la discordia, de las mentiras adornadas, la lucha diaria desde que te levantas hasta que te adormeces…Fue una noche horrible. Y no pienses, o mejor dicho, no me preguntes quién iba en el interior del tren cuya ausencia tanto dolor me causaba. Es en vano. Al contrario que tú, yo no tenía ninguna Marina que me dijese adiós con sus manos pegadas al cristal. No había ningún amor de ese tipo, encarnado, físico, material. Yo estaba solo. Al final del camino, cuando el tren nocturno llegase a la última parada, me esperaban unos muros especiales de donde es difícil escapar. Sobre todo porque al entrar debes hacerlo con varios compañeros que luego no te abandonarán nunca: la confianza, el amor y la abnegación total. Sí, yo iba a un Seminario. Mi destino: la religión. Mi trabajo de por vida: engañar a los demás haciéndoles creer en un mundo ficticio, lleno de esperanzas y de simulacros. Un mundo en el que ni yo mismo creía, por mucho que me esforzaba, entiéndeme. Por las noches pensaba en eso que llaman Dios. Le imaginaba omnipotente, elevado, majestuoso…”. En ese instante Michel dejó de hablar con su típica voz aguda y pastosa y se llevó el pañuelo a la nariz, sonándose varias veces. Continuó: “Pensaba en Él, ciego, confuso, hastiado por todo lo que me rodeaba en esos días de desconsuelo y de pérdida. Luego, por la mañana, cuando miraba las caras entristecidas de los hombres, en la calle, en los jardines, en el trabajo, me preguntaba constantemente por qué de tanta desgracia. Si Dios es, por qué permite tanta crueldad entre nosotros. La duda se encarnó a partir de entonces en mi interior torturándome día y noche. Dejé de dormir, pensando en la oscuridad lo que a la luz del día se iba, desvaneciéndose. Y todo esto me volvía loco. Loco dentro de un mundo en desacuerdo con mis propios anhelos. La contradicción más absoluta fue tomando cuerpo poco a poco, hasta que llegó a un punto en que todo en mí se tornó ridículo. Y me sentí indigno de vivir entre vosotros, los seres humanos. Había dejado escapar el tren. Me encontraba en el mismo banco, sentado, en el mismo lugar donde te encontré la noche fugaz en la que Marina, tu Marina, se iba. Y desde ese día en que me reconocí huérfano de toda alegría cambié los días por las noches, y comencé a caminar cuando ya todos habían desaparecido de la ciudad, conformándome con la compañía de las piedras, de las mujeres tolerantes y de las aguas eternas del río que tanto conoces”.


Martes, 14 de agosto

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