El Acento

Embriaguez (2) - Novela por entregas.

03.05.18 | 18:06. Archivado en Sobre el autor

Es triste el silencio, lo único que nos queda cuando alguien amado nos deja. Faltan aún varias horas para que salga el tren. Me queda tiempo para vomitar la mierda de vida que engendré en mi interior sin yo saberlo. ¿Por qué pienso tanto? Quizás la solución de todos los males es mirar hacia otro lado, adonde las luces fosforescentes acrecientan la falsa alegría de los demás, en un tumulto que nos hace a todos sentirnos acompañados. Es posible. Pero ahora que noto los huesos doloridos lo único que deseo es tragar un poco más de alcohol. Miro al viejo Michel y le señalo la botella. Tal vez mis ojos suplicantes han enternecido el corazón de este hombre. Me la pasa y bebo. Bebo sin parar, como si al líquido le pesara la gravedad de salir por el extremo. Me sacio. La vista se me ha apagado un poco. Imágenes veladas, blancas, densas, aparecen en mi cerebro y creo que es la noche que me cayó encima sin avisar. El Viejo sonríe. Comprende que me estoy mareando, pero lo que no sabe este pobre hombre, ¿o sí lo sabe?, es que el vértigo que me acaricia es por saber que no te veré en lo que me resta de vida. El dolor, anticipado, me ha bañado el cuerpo, la mente, los sentimientos crueles y estúpidos que me acompañaron desde niño. El pesar de saber que te vas, amor mío, hermosa mía, que te irás pase lo que pase. Sólo un milagro podría retenerte. Y aun ni eso. Tú estás por encima del bien y del mal. El amor de tu carne lo puede todo. Si estuvieras aquí conmigo, sentada a mi lado, apagarías la sonrisa idiota de ese remedo de hombre que no deja de mirarme. Odio las sonrisas dulces, sin motivo, las sonrisas mecánicas que algunas personas llevan prendidas en la cara igual que si vistieran de fiesta. ¿Es que no ven el dolor del mundo?
Michel se levanta, arrastra los pies y se sienta a mi lado. Echa un trago, me ofrece, le imito, y mientras le devuelvo la botella pienso lo extraño de la situación.
El moreno no habla, es mudo por decisión propia, me dice con una voz melodiosa, infantil y afrancesada.
Ya, es lo único que me sale de la boca. Y agrego:
Comprendo.
No, usted no comprende nada, añade con aire un poco insolente.
Usted, joven, no puede saber nada. No se ofenda. Le habla un viejo al que le falta poco para irse al otro lado. Usted no puede saber nada porque… Y el fin inacabado de la frase me deja el corazón temblando. Porque se le nota que está enamorado.
Me desplomo. El alma que llena mis músculos, mis nervios, mis tendones, se viene abajo de golpe y experimento la sensación de que la tierra me puede, me llama y que ya no pertenezco al reino de la verticalidad. Me vuelvo hacia él. Le miro a los ojos. Y veo una imagen conmovedora, acristalada, un retrato en sepia con el brillo y el fulgor de las lágrimas que están deseosas de salir para evaporarse en este mundo real. El Viejo llora en silencio. Me siento acongojado por lo que me ha dicho y porque no comprendo la angustia que remueve las fibras de este hombre.
No se preocupe, dice al cabo de unos segundos tensos, inacabables, fieros. No se preocupe porque esto me suele pasar de vez en cuando. Antes que acabe el día, antes que llegue la próxima noche, habrá comprendido lo que quiero decirle.
Y se levanta, alza su espalda encorvada y comienza a arrastrar los pies, alejándose de los tres que aún permanecemos sentados bajo la capa helada de la madrugada.
A partir de ese día Marina Maldonado abrió su corazón y su sonrisa a Modesto Cruz. Le gustaba llamarme de usted y al principio los rasgos ásperos de sus palabras me confundían porque no encontraba ni la forma ni el momento para hablarle. Sólo de vez en cuando se levantaba, acudía a mi lado cargada de papeles y me preguntaba algún detalle técnico de la obra que llevaba entre manos. Pero eso no bastaba. Al acercarse tanto olía su cuerpo desmayado, sus cabellos caídos acariciaban mi piel, erizándola, sus tenues curvas dibujaban imágenes vaporosas y sus ojos, sus increíbles ojos, asaeteaban mi alma sin que ella se diese cuenta de nada. La oficina se fue tornando calurosa, las paredes cambiaron sus tonalidades, la alegría transfiguró el escenario de trabajo como en una terrible catarsis donde lo único que importaba eras tú, Marina, sólo tú y tus encantos, tus silencios, tus pausas, tus arranques definitivos y esa manera tan peculiar de mirar, afilando los párpados, apuntando las pupilas hacia el objetivo final, decidiendo el sentido último del mundo con tu sola respiración. Un suspiro puede más que cualquier seísmo terrestre, un anhelo tuyo es capaz de remover los mares y causar la muerte de miles de hombres. No te dabas cuenta, ¿verdad?, de que lo único que me hacía vivir cada día era la llegada de tu luz a la oficina. ¿Qué importaban los ensayos, los apuntes, qué sentido tenían para mí los manuscritos de esos seres anónimos? Los corregía, los amasaba, pasaba las hojas muertas oyendo los lamentos de tu cuerpo, espiando cada movimiento de tu bella existencia y todo ello sin hacer maldito caso a mis obligaciones. Me convertí en un mecánico, casi en un autómata que decía “Este trabajo es una mierda”, o “Aquí hay algo que vale la pena”. Luego volcaba los folios sobre la mesa y aprovechando la inútil importancia que da el oficio te decía “Vamos”. Así pasaban los días. En la soledad me removía por dentro pensando la manera de decirte que me gustabas. ¿Pero dónde?, ¿cuándo?, ¿de qué forma inocente confesarte lo mucho que me atraías? Hablé con mi alma, a ver si ella me inspiraba. El éxtasis, en un arrebato de valor, me impulsó una mañana a dejarlo todo por ti, a dedicar mi vida a adorar a mi pequeña Marina. Recuerdo que trabajaba en la obra inédita de un autor joven, casi inteligente, un autor que narraba la historia de un desdichado a punto de suicidarse por la locura de un amor imposible. Me causó tanta envidia la forma elegante, delicada, verdadera, de expresar los sentimientos de este escritor desconocido, que a punto estuve de coger el tomo y tirarlo a la papelera con la excusa de que era otro más. Pero no pude. Algo me afirmaba en la obra de este joven que intentaba descubrir los sinsabores de la vida. Lo aparté a un lado. Pensaba retomar su lectura después de paladear la caricia de tu rostro. Salimos a la calle. Hacía frío. Recuerdo que dijiste “¡Vaya día, Cruz!” y que te arropaste en el abrigo para cruzar al otro lado. En un acto indigno te tomé del brazo, profanando tu ser. Sentí tu carne trémula bajo la gruesa capa de algodón. Tus latidos me atravesaban los dedos, atormentándome, y tus cabellos, caídos a un lado, dejaban a la luz la tersura de un cuello de cuento de hadas, blanco, tierno, sedoso. El vértigo hizo que me apoyase con más fuerza sobre tu brazo lánguido y en ese momento, justo en ese instante, fue cuando me miraste de cerca y comprendí lo absurdo de una vida solitaria.


Domingo, 19 de agosto

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