El Acento

Un tango para los dioses africanos (2)

01.12.17 | 20:38. Archivado en Sobre el autor

Al final del pasillo había una butaca vieja, acolchonada, enorme, y allí se sentó el mulato. “Yo soy sacerdote”, dijo. “Soy un babalawo de la religión Yoruba”, dijo, quizás a modo de presentación. Pero luego no siguió hablando, no le dio continuidad a estas ideas. Se durmió y sus ronquidos estremecían la casa. Era un sueño pesado, seguramente largo, y ya de regreso en mi departamento recordé, una y otra vez, la profusión interminable de su morada. Como si él fuera el centro de un cofre que se expandía en hallazgos al igual que la cueva de Alí Baba. En contraste mi casa era de una frialdad y un minimalismo que conducían al vacío. A la no fe. A descreer de todos los dioses. De cualquier esencia. Y en ultimas instancias, a negar el ser. Eran paredes blancas y limpias, donde a veces la vista encontraba fotografías de desiertos, o de mares solitarios.
Desde las alturas donde estaba mi departamento miraba la ciudad y sus luces impersonales. Pensaba a menudo en el Gran Omò Sachè. Pasaron dos semanas y volví a tener una noche tranquila. Sólo me salió un reportaje. Una banda que se disfrazaban de payasos. Hacían malabares y chistes en los cruces de las avenidas, luego se acercaban a los automovilistas que no sospechaban la trampa. Cuando estaban junto a la ventanilla, en lugar de extender una mano por una moneda, extendían una pistola, y se llevaban el coche entre risotadas y bromas. Con tan mala suerte que en una ocasión le apuntaron a un comandante de la policía que iba vestido de civil en su carro particular…pero armado y escoltado. El viejo gendarme sacó una ametralladora y le voló los sesos a dos payasos. Las narices rojas cayeron al suelo junto con el reguero de sesos. Los otros cuatro arlequines fueron capturados. Los payasos delincuentes antes habían sido choferes de microbuses. Tomé las imágenes y los datos y me fui. La noche siguió tranquila, y como a las dos de la madrugada me dirigí al antro en el que cantaba el Gran Omó Saché.
Me recibió el calor aceitoso, la mezcla de perfumes baratos con el humo de los cigarros, los rostros de aquellas mujeres humildes ajados por la desgracia. Esas damas que eran sus fanáticas y que ahora escuchaban embelesadas otro tango. “Vieja calle de mi barrio, donde he dado el primer paso, vuelvo a vos, gastado el mazo, es inútil barajar con una llaga en el pecho…” Y las mujeres lo interrumpían con aplausos discordantes, y voces, “te amamos, Gran Omò Sache, te amamos”, y él saludaba lento con una mano, y entonaba otra vez. “…sé del beso que se compra, sé del beso que se da, del amigo que es amigo siempre y cuando se convenga…” Y entonces lo interrumpían los aplausos de los hombres. Camioneros, vendedores ambulantes, malabaristas de las esquinas, que habían ido a gastarse sus pocos pesos escuchando aquel dolor que representaba el suyo.
Volvía a agradecer con la mano Omó Saché, y repasaba las primeras sílabas del tango “Vieja calle de mi barrio, donde he dado el primer paso…” Y entonces pensé que de todos los presentes yo era el único que podía compartir con él las calles olvidadas que le vendrían a la mente. Eran vías llenas de baches, que salían a un malecón recién amanecido, húmedo, con alguna fonda sucia y vieja, junto al mar, antiguo tugurio de pescadores, que sólo ofrecía café con leche y pan con mantequilla. En un lugar así, hace muchos años, había desayunado yo con varios amigos después que habíamos pasado toda la noche despiertos en una tertulia literaria en la casa de Jhonny, el nieto del general Juan Gualberto Gómez, que ofrecía sus jardines a los jóvenes escritores disidentes del socialismo.
Esa imagen de barrio era quizá la que también venía a la mente del Gran Omó Saché, mientras seguía masticando silaba por silaba: “La vez que quise ser bueno, en la cara se me rieron, cuando grite una injusticia la fuerza me hizo callar…” Y esta vez no paró por los aplausos, sino porque le faltó el aire. Escuché sus resoplidos, como de un cachalote emergiendo del océano. Los chorros de sudor rodaban por su cara, y casi se hubiera podido oír el plas plas del aceite bañando el suelo. Pero no se escuchaba ese ruido, ese plas, plas, porque la vieja platinada de la vez anterior aplaudía con todo lo que daban sus manos flacas y huesudas, y gritaba unos “bravos” destemplados, que asombraban al auditorio, que admiraban todo lo relativo a Omò Sachè, excepto sus resoplidos.
Me dio un mal presentimiento, como si un gran elefante bueno estuviese a punto de ser mordido por un gusano blanco, sin sangre, ponzoñoso. Me acerqué al cantante. Cerca ya de la vieja, olfatee su perfume caro mezclado con sudor rancio. Gastaba mucho en aromas, pero no se bañaba. Se repuso el Gran Omò, volvieron a rodar las melancolías desde sus labios gruesos: “…y si la murga se ríe, uno se debe de reír, no pensar ni equivocado…” Y fue arrastrando la letra, hasta entre resoplidos y lágrimas, terminar, y quedarse en aquel mutismo, esa inmovilidad, que ya había observado yo antes.
Entonces la vieja con tetas y nalgas de plástico saltó al escenario a gritarle delante sus destemplados “bravos”. Mucho tiempo tardó el cantante en girar su cabeza, pues esta era redonda y grande, y se movía muy lento, como si el cuello estuviera en el centro de la gran esfera universal, a donde los acontecimientos de la periferia llegan con extrema pasividad y lentitud.
No sé que intercambiaron los ojos intensamente azules del Gran Omó Saché con las pupilas turbias de la vieja escandalosa, pero al cabo de un rato, o quizás de un segundo, escuché que ella le decía “Quiero conocerlo, conocerlo a fondo, conversar con usted, lo admiro, lo admiro, Omò…” En ese momento sentí un escalofrío en el estómago. Como si estuviera viendo una película en la que una bruja se inclina sobre la cuna de un niño. El Gran Omó la miraba, y vi que asentía con la cabeza. Cantó otro tango más, tuvo ese largo momento de recuperación que observé la vez anterior. Y luego se incorporó pesadamente. La mujer lo tomó del brazo ayudándolo. Volvió a mi mente la película imaginaria: la bruja se acercaba al niño, lo engañaba con dulces, lo tomaba de la mano para cruzarle una calle, y después destrozarlo. ¿Y a mi qué me importaba si destrozaban al Gran Omó Saché?, me dije de pronto. Después de tantos años de soledad, sin ejercitar mis sentimientos, de meses en que la única mujer era una prostituta alquilada, de horas y horas, de minutos multiplicados por un millón sin ver el sol, ¿qué rayos podía importarte el Gran Omó Saché?, me pregunté con rabia hacia mi mismo. ¿Qué me unía a él? ¿Acaso no me había jurado a mi mismo no solo abandonar el mundo de la luz, sino también el de los afectos? ¿Sería porque el Gran Omó era cubano como yo? No sé, no creo, pues nunca me acercaba yo a compatriotas. Para mí era sensiblería barata la patria. Quizás, me dije, me cae mal esa vieja de tetas de plástico, esa falsedad ambulante. Y entonces, al dirigir la ebullición que sentía en la sangre contra aquella arpía cloqueante, me sentí mejor.
Ella y El Gran Omó Saché caminaban por el pasillo hacia la salida. Los seguí. Nos aprisionaba el humo de los cigarros, nicotina y marihuana mezclados. El aire de la noche fue un alivió. Entonces escuché una conversación llena de lugares comunes. “¿Cómo es posible que una estrella como usted cante en este tugurio? Merece algo mejor. Yo tengo muchas relaciones, trataré de ayudarlo” la mujer intentaba imprimir a su voz gran entusiasmo, pero algo la traicionaba. Algo decía que debajo de ese acaloramiento no había una felicidad real. Sobre todo el tono, trataba de ser muy aniñado en una señora que tendría por lo menos sesenta años. Y además, tamaña estupidez… ¿quién le decía a ella que el Gran Omó Saché no era feliz en aquel humilde escenario? Él no conocía otra cosa. Y si no era feliz, en todo caso, ¿por qué imaginaba la vieja que era ella la idónea para ayudarlo? Me acerqué y saludé con un seco “Hola”. Omó pareció alegrarse al verme, y me presentó como su amigo periodista. La señora hizo un gesto zalamero, como si imitara las caritas de Marilyn Monroe, y dijo llamarse Urbeka Larrù. Nombre desagradable, sonaba a graznido de urraca. Pero le venía muy bien. No tenía ninguna causa lógica, pero no quise decir mi nombre, y me presenté con mi clave: Drakus. “Típico de periodistas”, graznó Urbeka, queriendo congraciarse conmigo. “Yo soy psicoanalista, pero escribía para El Universal, y muchos en ese periódico tenían clave”. Quizás esperaba una respuesta amable de mi parte, pero me mantuve callado. Ninguno de los tres volvimos a hablar.
Caminábamos rumbo a casa de Omó Saché, o más bien lo seguíamos, pues él no había invitado a ninguno de los dos. Andaba lento, al ritmo de su pesada respiración. Y en la densa oscuridad de la calle sólo se escuchaban sus resoplidos rebotando contra los muros. Llegamos a la puerta vieja, con figuras talladas, hollín y telarañas. Yo me quedé como a un metro de distancia. Mientras la llave giraba oí a Urbeka chillar: “Ay, ¿puedo entrar? No le quito más de diez minutos”. No sé si él dijo que no o que sí, pero ella se metió. Yo estaba como petrificado, no los seguí. Sentí el portazo en la cara. Solo, en medio de la noche, sentía un gran desamparo. Una sensación de vacío poco acostumbrada, semejante al hueco de los adolescentes cuando una novia platónica se niega a hablarles.
Me fui a tomar unas cervezas. La espuma deshaciéndose siempre me ha llamado la atención como la total falta de significación. El café me trae recuerdos, el humo de las pipas remembranzas y conexiones literarias, pero nada la espuma de una cerveza. Había visto muchas. Seguí viéndolas cada noche, pasaron los calendarios, no sé cuantos, y volví a la casa de Omó Saché a la hora en que solía llegar del escenario. Al verme me invitó a pasar. No hablamos mientras caminábamos por aquel pasillo sólo alumbrado con velas.
Vi las grandes hachas de madera del dios Changó untadas de sangre. Olía a muerte. Al final del pasillo abrió otra puerta. Ahí no había luz, sino una oscuridad densa. Tropezaba con trastes cada segundo. Parecían sillas rotas. Cadenas. Cajas llenas de libros. Herraduras de caballo. Esculturas, no se de que tipo, pero sentía sus miradas. Y tuve la sensación de ir cayendo en otro mundo. En un pozo en cuyo fondo sólo había gritos de África. Figuras negras y susurrantes. Entonces escuché una queja, leve al principio, después se fue haciendo más fuerte. Era como el llanto de un niño. “¿Qué es eso Omó?”, le pregunté. No obtuve ninguna respuesta. ¿Estaba solo yo? ¿En que momento me habría abandonado el tanguero? Aquella oscuridad parecía infinita. Pensé que él mundo era sólo las cadenas con las que tropezaba. Que cada día, cada minuto, estaría caminando ante aquella sensación de ser mirado sin percibir nunca esos ojos ocultos en la oscuridad. Pero no fue así, lejos, o quizás muy cerca, una rendija de luz se abría. La figura gorda de mi guía salió por allí y yo me precipité a la salida.
Estábamos en un pequeño patio con piso de mosaicos amarillos y antiguos. Un foco eléctrico nos iluminaba. Era la primera señal de tecnología en aquella casa. El Gran Omó Saché giró su gran cabeza, y sus ojos azules se clavaron en mí. “Tengo que hacer un sacrificio a los dioses, pero necesito un ayudante. Tú serás mi ayudante”. Hubiera querido decir no, pero era tan sólida su figura y tan penetrante la mirada, que no abrí la boca. En aquel patio había una jaula con un búho que nos miraba atento. Una gran serpiente se desplazaba en una esquina. En una maceta, junto a la planta de grandes hojas, estaba clavado un bastón con muchas señales y signos esotéricos. Una alacena tenía toda clase de cuchillos y machetes. En la otra esquina estaba el bulto del que salían los quejidos que escuché en el pasillo. Algo vivo se agitaba dentro. El Gran Omó Saché lo puso en el centro. Y me dijo. “Tú sólo seguirás instrucciones. Quédate tranquilo frente a mi” Entonces tomó el bastón y empezó a golpear con él la tierra de manera rítmica, acompañando sus movimientos con un cántico en yoruba, el idioma de sus lejanos ancestros africanos. El sonido me iba produciendo una especie de somnolencia, un estar alejado del mundo, estar sin estar, y los pensamientos se me iban. Escuché su voz como si llegara de muy lejos. “Pásame uno de los cuchillos”, y se lo di sin preguntar nada. “Ahora abre el costal y preséntame el cuello de la víctima a los dioses”. Lo hice, y de adentro salió un chivo pequeño, de color canela, dando berridos. “¡¡¡Atrápalo, y acércamelo!!!”, gritó Omó Saché.
Incapaz de otra cosa, obedecí. El Gran Omó Saché, empezó a cantarle al animal, no un tango, sino una canción ritual y monótona. Era como escuchar el ronroneo de un león hablando con la presa. Poco a poco se calmaba el chivo. Entonces el sacerdote cogió el cuchillo y lo degolló. Luego Omó Saché hizo una ceremonia en la cual ofrendó las diferentes partes del animal a diferentes dioses. Al final el sacerdote se durmió en aquel patio, y sus ronquidos hicieron temblar toda la casa.
Tal vez ayudé al Gran Omó Saché en aquellos sacrificios cuatro o cinco veces. Me transportaba a un mundo mental extraño. Era como si yo fuera otro, como si estuviera en un balcón mirándome a mi mismo, y ese que asistía al sacerdote era alguien sin sentimientos, dirigido por una fuerza desconocida. Cuando terminaba el ritual, poco a poco volvía a mis sensaciones de siempre. Era cuando el cantante me explicaba algo de lo que hacía. Mandaba mensajes a los dioses por medio de los animales. En la canción le confiaba sus secretos, sus problemas, y así, junto al espíritu del sacrificado, llegaban a la deidad, la cual se encargaba de resolverlos.
Omó tendría unos cincuenta años, en su juventud había sido soldado en África, cuando las guerras cubanas en Etiopía y Angola. Y colegí que no siempre habría sido tan gordo. Que tal vez tuvo una vida normal en Cuba. Esposa, hijos... Ahora era esa gran masa de misterio, tan inescrutable como la ballena Moby Dick. Sin embargo, como monstruo marino había logrado una vida en ese océano llamado La Caverna: abismo de lágrimas, de nostalgias, de vidas perdidas, de desgracias, de gente sin esperanza. Allí lo querían, allí había logrado ser feliz por momentos.
Sin embargo, en las últimas semanas lo empecé a notar muy nervioso, olvidaba letras de los tangos, no dormía bien, y empecé a insistirle, a preguntarle, hasta que me dijo que había tenido sesiones de psicoanálisis con Urbeka. Le dije que desistiera. Que ella no me parecía profesional, tan solo una burguesa fracasada que necesitaba oír, de si misma, o de los otros, palabras de aliento. Sobre todo, frases que la colocaran como una mujer con preocupación social por los más jodidos. “Quién sabe que culpas tiene que lavar”, le dije a Omó. Estábamos en el pequeño bar de La Caverna, tomando un ron con cola, y él, medio borracho, me dijo: “Soy hijo de una negra y un irlandés, pero mi padre me quería matar, llevó a mi madre a abortar a la fuerza, ella tuvo que escapar corriendo” Traté de consolarlo. Le dije que todos teníamos historias malas en la vida, pero que nos compensábamos con otras cosas que nos sucedían. “A ti el público te quiere mucho, debes dejar de ver a esa Urbeka, es una estafadora”. “No lo sé, pero a ella le estoy contando todo. Dice que estoy tan gordo porque tapo mis traumas con grasa, que he tapado con grasa el desamor de mi padre, lo que ví en las guerras de África, y muchas cosas más”. Entonces me alarmé, la vieja urraca estaba conduciendo al Gran Omó Saché a una crisis. “Ella es la que más sabe de mi, en ella he puesto todos mis problemas, o casi todos”.


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