El Acento

Paul Radford

24.10.17 | 09:59. Archivado en Sobre el autor

Dijo el maestro que la soledad es peligrosa y adictiva. Los oídos del niño, atentos, creyeron comprender desde la infancia. Y esas palabras, hilvanadas en el silencio del aula, se le clavaron al pequeño en lo más profundo del alma. Así llegó a crecer. Convencido de que lo mejor era eso, la distancia con todos y con todo. De forma que nació al mundo un ser extraño. Melancólico, a ratos. Indiferente. A veces, apático. Aunque no siempre. Porque la inocencia, esa fuerza tan vasta y vigorosa, también puede lo suyo. Los demás apenas comprendían sus maneras. Sus padres le observaban en silencio, cuando entonces. Luego, en un amor encerrado en las vidas paralelas, también ellos se miraban, como si tal cosa, y torcían a veces el gesto, en una busca del camino certero y voluble. Una busca anclada a la pasión por ese hijo que había comprendido, desde muy pequeño, las enseñanzas del maestro. El hijo cambiaba su aspecto con el paso del tiempo. La mudez de las cosas. De los sentimientos arrugados, escapando en la veladura de los años, que se sucedían sin que los padres pudiesen hacer nada. También esos padres cambiaban. Envejecían. Pero seguían creyendo que la tristeza de su hijo era como era, una cierta ironía de la vida, una impasible cochura del alma. Un día el hijo llegó tan alto que tuvo que confesar sus verdaderas emociones. La gente no le atraía. Notaba en ellos, en esos extraños de la vida, que todos mentían. Como una fachada herida. Ingrata. Soez. Maleducada. Los padres, en el calor tibio de la estufa, con las enaguas sobre las piernas, sólo tuvieron fuerzas para callar comprendiendo. A veces era mejor el silencio que una respuesta inoportuna. Nuestro hijo es como es. No hay más. Así las cosas, los días transcurrieron a la velocidad del rayo. Días fugaces, repetitivos, cansinos. Y en ese tiempo la soledad se le fue clavando en la mente cada vez con más firmeza. Una soledad encarnada, hecha vida, que le vencía los nervios, doblándolos, volviéndolos sumisos. Paul comenzó a notar, de pronto, que sus padres habían encanecido. Y sintió una pena y un dolor intensos. Muy fuertes. El alma se le partía. Y la voluntad se le dividía entre su padre y su madre. ¡Tanto esfuerzo en la vida!

En el barrio el niño de los Radford seguía siendo el solitario. Sólo los mayores pasaban de lado, pero los otros jovenzuelos dedicaban a Paul toda la carga de injusticia que anida en los corazones de los niños. La soledad pugnaba con la inocencia. Una lucha sin par y atroz, tal vez desmedida. De dos enormes sentimientos enloquecidos por el trasiego de los días. Paul creció. Un bozo sobre el labio, apuntando hacia adelante. Una ligerísima sombra bajo la nariz. Y todo el amor para sus padres, que seguían con las enaguas sobre las piernas, en otro invierno, apurando el amor que se escapaba, como la vida, del cuerpo, de toda el alma. Su madre en un suspiro pensando en el hijo. Pronto se encontraría de frente con el verdadero desierto, pensaba. La mujer no deseaba un campo yermo y despoblado para su hijo. Pero, ¿qué hacer? El padre, sumido en la inconsciencia que otorgan los años, amaba a su mujer y trataba de ocupar en ella el vacío. Llenar con su amor de hombre esa cordura desleída, ese cuajarón de sangre. Y así pasaban las tardes, mirando a través del cristal empañado, acariciándose las manos sobre el tapete escogido, en el salón que gozaron desde que su hijo, por aquel entonces, les vino al mundo.

Por la calle la gente caminaba sin detenerse. Siempre las mismas caras, en su tediosa envoltura de inopia, en su terrible ignorancia, gentes temerosas de Dios que por las noches rezaban en silencio, casi en un murmullo, bajo las cálidas sábanas de sus hogares.

Paul había quedado por vez primera. En el puente. O sobre él, encima de la clave, como él había supuesto. Se agarró el cuello, y se abrochó hasta el último de los botones del abrigo. El viento estalló al mediodía. Y por la tarde podía oírse aún el grito del aire chocando con las esquinas. Los árboles, acostumbrados a esas bravuconerías, doblaban sus tallos creando siluetas inclinadas. Era otoño. ¡Ya el frío tan cerca! Paul cerró la puerta después de haberse despedido de sus padres. El mundo, ante él, con la misma soledad que cuando niño. Sonaron las palabras del maestro en la mente del joven. “La soledad es peligrosa, adictiva”. La última palabra se le trastabillaba. Y volvía a pensar en ella. “Adictiva”. Pero el joven llevaba consigo una ilusión comprensible y apabullante. Nunca antes hubo imaginado que algún día… Pero sí, ese día había llegado. Ella estaría ahora saliendo de su casa. Debía darse prisa. En alguna ocasión, recordaba, alguien le dijo que nunca se debe llegar tarde. Y hoy se trataba de una cita. Con ella. Su primer encuentro. A solas. El mundo y él. Ella y él. Desde el colegio los ojos de ambos. Siempre cruzando unas miradas cómplices. Y unas sonrisas eternas. Por el aire, sin que nadie, salvo ellos, notase la ausencia de sus voluntades y de sus corazones. Clara siempre se le había clavado. Era hermosa. Rubia y alta. Distinta. Con un algo muy dentro que nunca pudo ni supo ni quiso explicarse. Hasta ese momento la vida se le había mostrado a través del aspecto más vulgar de la materia. Lo otro, lo que sus padres afirmaban en esas horas pasadas al fuego, aún no lo había llegado a conocer. ¿Qué sería eso otro de que ellos tanto hablaban? Paul pensó en sus padres. Mientras tanto, avanzaba por las calles conocidas, con el cuello bien alto. Con las manos encerradas en los bolsillos de su abrigo, soportando el soplo violento del aire de otoño, anticipo de las primeras nevadas. Clara en su pensamiento. Nítida esbeltez. Definida locura de su amor. Amor hinchado en un pecho todavía demasiado joven. Demasiado acostumbrado a las antiguas palabras de su maestro.

Alcanzó la vista que le arrastraba como si fuera un perro de tiro. Llegó jadeando. Nervioso. Su cuerpo tiritando bajo la ropa adherida. Una silueta definida. Sobre el pretil de piedra. Dentro del apartadero. Protegida con un abrigo grueso. El gorro le cubría la cabeza. Luego, Paul junto a ella. Había llegado a la hora exacta. Una campanada sonó violenta en el cielo plomizo. Las siete y media. La hora en que comienza el sol a escurrirse por el horizonte. Tras él. Viajando a no se sabe qué lugar misterioso. Las nubes lloraban débilmente sobre los dos jóvenes. Clara le miró con sus ojos verdes, en un destello desconocido y profundo. Paul se quedó paralizado por la hermosura de la joven. Recordaba la gracia de sus manitas de niña, cuando entonces. ¡Hacía tanto! Ahora, esa niña de ojos vivos se había transformado en una tierna mujercita. A Paul el corazón le palpitaba. Y se cubrió el pecho con las manos para ocultar ese atroz golpeteo, sordo y cadencioso. Con la mirada se dijeron muchas cosas. Hasta que ella soltó su dulce sonrisa y le pasó la mano por la cara para quitarle unas gotas caprichosas. Habían quedado citados allí pero la tarde, el día, la lluvia… Paul estaba feliz. Clara estaba feliz también. El joven había descubierto una abertura en su vida, a través de su corazón que chorreaba ilusión y esperanza. Sacó del bolsillo interior un bulto pequeño cubierto con un papel colorido, de flores. Ella lo tomó, sorprendida. Al abrirlo, el papel crujió bajo sus dedos nerviosos. Un pequeño y primoroso librito de versos. De Carolin Schwab, la poetisa que a ella siempre le había fascinado. La chica se quedó observando el obsequio y no fue capaz de levantar la mirada. Sus ojos, acuosos. También el amor viaja en los libros. Pronto decidieron apartarse de allí. Pero antes…

…Antes necesitaba el joven confesarle algunos secretos. Pesares que siempre había llevado prendidos en el sosiego de su desprendimiento. Y la duda. Esa eterna y angustiosa duda de la confianza y de la amistad. Pensaba Paul en esa dichosa palabra que le martillaba el cerebro. Y de pronto, en un arranque inesperado, casi de furia y de amor excitado, aprovechó la lluvia que les caía sobre los hombros y la invitó a continuar junto a la senda, donde la esquina separaba el puente de la calle cercana. Entraron en el restaurante. Desde siempre a los jóvenes como ellos The Fox Den les había subyugado. Por la atmósfera creada en el interior. Como una caldera que aviva los corazones. Así el lugar escogido. Paul, adelantado, eligió una de las mesitas más apartadas, lejos del bullicio del principio, donde la gente, de pie, tomaba cervezas y reía y cantaba. Más allá, sobre el cuadrado verde, un filo aterciopelado formaba un paisaje de madreselva. Se sentaron. Clara enfrente de él. Con sus miradas al suelo, por la timidez y porque los dos eran conscientes de que de esta cita podía depender no sólo sus destinos, sino el propio devenir de sus vidas, el azaroso fluir de todo el mundo.

Paul pidió una cerveza. Clara hizo lo mismo. Y luego, cuando el camarero desapareció, un hundimiento de las voluntades, un precipicio entre ambos que solamente la luz de la joven alumbraba en silencio. Clara, sin saber qué hacer, abrió el librito y comenzó a leer mirando a Paul de vez en cuando. Había elegido uno de los poemas más hermosos: “Green is the colour of hope”.

Layin´ down
In the Green Green grass
Eyes closed
Darkness in your mind

Hopes’s only in
The colour around you
But not for your own…

Calló. Cerró el libro y lo volvió a poner sobre la mesita. No fue capaz la joven de continuar declamando unos versos con tanta belleza. Paul acercó su mano a la mano de Clara. Los dos comprendieron de inmediato. No en vano un gesto y un propósito gestados en el calor de la estancia. Adivinaba en su rostro una emoción desconocida. Profunda. Sincera. Y le dio miedo al joven. Un terror oculto desde siempre y que ahora nacía, resuelto, y se colaba entre ambos, como una daga bien afilada, como una lengua sedosa y húmeda sobre la piel fría.

Adictiva. La palabra, envuelta en su verdadero significado, alcanzó la frente de Paul. Y se acordó de nuevo cuando en el aula sus ojos volaban a los ojos acristalados e infantiles de la amiga, sobre los rostros apáticos y vulgares del resto, cruzando el espacio como hilos que enlazan las voluntades. Allí, en esa aula espaciosa, se sentía enorme el pequeño. Enorme y libre. Sumido en una paz en remanso, como la calma de un día sin viento. Ahora, sin embargo, al oír los versos de la joven traspasando el velo que les cubría, apareció en su pecho el horror a perder esa libertad y esa calma soñadas. Simple cuestión de saber, de poder y de estar dispuesto a la renuncia definitiva. El encanto del principio dio paso, lentamente, a una indiferencia disfrazada de pereza, de temor, de miedo a perderlo todo, a perderse él mismo, miedo a dejar de ser una persona inopinada, un individuo ramplón y solitario, un ser acomodado en su colchón de ignorancia, bajo el manto fugaz y necesario del amor de sus padres. Paul observó la candidez y la encantadora figura de Clara. Sin el abrigo, la muchacha había eclosionado en un estallido primaveral de hermosura, mostrándose ante él en toda su esencia, casi desnuda, abierta al hombre que pronto surgiría rabioso de la carne. Y se alejó el joven de esa lujuria que le estaba apuñalando, notando en sus gestos que el cuerpo y los sentimientos se le iban de allí, muy lejos…
La noche apareció ante ellos en una cúpula de cristal. Fría. Silenciosa. Tremendamente cercana. A peso sobre las espaldas de los jóvenes que salieron a la calle cuando ya sus corazones habían enloquecido. Se despidieron reconociendo cada uno en el fondo de su alma que se trataba de una separación para siempre. Clara apretó el librito muy fuerte, aprisionándolo entre sus dedos. El amor empaquetado siempre volaría con ella por muy lejos que ambos se encontrasen. Era lo que le quedaba de esa noche transparente y cruda, bajo las estrellas, cuando ya el viento del otoño moribundo había huido de la ciudad.

Paul llegó a su casa bastante tarde. Anduvo luchando con el tiempo, paseando por las calles desiertas, meditabundo, reflexionando en el sentido de sus actos, intentando comprender los motivos, los sucesos, los fracasos, los temores, sus propias ausencias y vaguedades. El joven debía madurar. Los años le esperaban, pacientes, más allá de su vida. Al otro lado de la adolescencia cuando el amor te llega o cuando te quedas esperándolo sin esperanzas.

Pero había decidido...

Alcanzó de nuevo el puente, después de una vuelta alrededor de la ciudad. Se quedó allí parado, mirando la piedra exacta sobre la que Clara había colocado sus manos. Y pensó en ella con una pasión exacerbada y extraña, como si el arrepentimiento le hubiese abrasado, de pronto, la garganta. Se llevó los dedos a los ojos. Respiró hondo. Giró su cuerpo y dirigió sus pasos hacia la casa donde sus padres seguramente estarían aún despiertos.

La salita ardía. Los dos esposos sobre la mesa, con sus manos inquietas. Esperaban al hijo con los ojos perdidos, en una mudez compartida. Paul, al entrar, besó a la madre sobre la frente. Luego el padre cruzó con él una leve sonrisa. Y los esposos, a su vez, cruzaron sus pensamientos. Habían sospechado que el hijo sufría. Por sus maneras de andar, por sus gestos sombríos. Se sentó junto a ellos y guardó un silencio respetuoso. La madre le sirvió una taza de caldo y el joven lo tomó suavemente, sumido en sus propios temores. Luego les dio las buenas noches y subió las escaleras hasta su cuarto. Sobre la cama sin deshacer el joven yacía a todo lo largo. Miraba al techo con los ojos cerrados, envuelto en una especie de cordura que se le escapaba lentamente. Clara sobre el puente. Clara sentada frente a él, con sus labios apretados, bajo unos ojos verdes que le seguían atrayendo. Volvió sobre sí mismo, doblando la voluntad. De pronto la palabra anclada desde siempre. Soledad. Cada vez el sonido más violento, más diáfano en la hechura del cuarto, vibrando en sus oídos, en su piel, en su mente. Adictiva. Otro sonido que golpeó las paredes como si la tormenta de antes hubiese penetrado hasta él, sin permiso. Más tarde la paz, la separación exclusiva, el odio al resto del mundo. Paul gemía sobre la colcha desnuda. Y sintió un frío tremendo en sus miembros. Arrugado, con los brazos rodeando sus rodillas, el joven continuó pensando en la terrible decisión de cuando entonces, frente al carácter tibio y elocuente de la joven. Soñó que estaban casados. Con sus vidas donadas. Extraños en sí mismos. Casados y felices, pero con la cortadura de la prisión que a veces ese estado suponía. Creyó que era feliz. También le pareció ver en la frente de Clara ese dibujo suave que nace cuando la felicidad te ha desnudado. Paul buscaba la paz. Ansiaba el joven alejarse del mundo. Desprenderse del ansia, del deseo, de la carne, de sí mismo si esto último era posible. Pero Paul era tan joven…

Sus padres subieron los escalones tratando de no hacer ruido. Pero el hijo les conocía tan bien, les amaba con tanta potencia, que no pudo evitar un temblor en el alma. Ellos envejecían. Pronto, sobre sus rostros, apenas unas arrugas de amor, en una piel adelantada en el tiempo. Y Paul comprendió que llegado ese momento debería vivir sólo con los recuerdos prendidos, con ese amor de niño sobre la falda de su madre, con ese juego fugaz alrededor del padre que corría tras él y reía y reía.

La noche crujió sobre la ciudad. La fina llovizna de la tarde se convirtió, de manera insospechada, en un aguacero, en una tremenda corriente que arrastró todo cuanto encontró a su paso. Paul se había quedado dormido, en su tierna envoltura de hombre, en su tibia inocencia. Se había dormido pensando en la chica. Y Clara, con sus enormes y bellos ojos verdes, se le apareció en los sueños eternos de una noche sin fin, clavando el puñal de su amor sobre la carne blanda y decisiva.

Los últimos salieron del restaurante con las esperanzas y los temores renovados, esperando la llegada de un nuevo día.
The Fox Den apagó las luces y cerró.


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