El Acento

DESTINO DE AMOR

13.09.17 | 00:06. Archivado en Sobre el autor

AUTOR: HÉCTOR CACHO

Dulcemente, por entre las hojas del rosal espinado vestido de otoño, vestido de agonía sin celaje, miro tus ojos asomándose por encima de una espina, erguida como tu eternidad, que con tiranía sojuzga los vacíos de mi tiempo finito, transcurrido como un torrente venenoso cuyo caudal arrastra los infortunios, desde mis manos agrietadas hasta la sonrisa desaparecida que juega en mis labios y que a pedazos se cae sin reverencia.

Los años, multiplicados por las mil oraciones de un devocionario fallido, se volvieron la interminable tiranía de un cielo sordo y sarcástico cuyos gestos cierran los pestillos herrumbrosos para quemar mi ruego en el fuego de un infiernillo a las puertas del cielo, y cautivo quedé entre los cuatro ángulos afilados de una habitación que giraba con porfía como la Luna alrededor de la nada, ¿cómo sería la Luna si fuera libre?, ¿buscaría girar alrededor de una estrella azul o se perdería feliz en el universo?, pero nadie piensa siquiera en liberarla de su signo cruel de girar esclavizada en torno al hediondo pantano.

En una liturgia de horas interminables alzaba al inefable creador de los mil dolores una hirviente rogatoria, ¡que mi mirada se muera en el rosal de tu casa para no volver a verte y que ciego quede para volar libre en mis laberintos, sin reflejarte en el recuerdo más remoto y que, ahogando mis rodillas en el fondo de las arenas húmedas, pueda quitarme la hierba mala crecida sobre mí, hierba mala que tus ojos sembraron en mi alma y en nuestra habitación de ventanas abiertas al azar, en esa habitación repleta del aroma de las rosas de tu jardín!

ANÁLISIS RÁPIDO PERO CON CARIÑO DE TU HERMANO ESPAÑOL ANTONIO FLORIDO

Primer párrafo

Equipara el narrador el otoño a su agonía mientras ansía una escena-vida de celajes, es decir, de suaves contrastes y movimientos, apariencias sutiles, tal vez mullidas en un amor que no llega, o no llegó, aún.
Aparece una timidez del alma escondida en la acción de comprender que la otra (esta otra no tiene que ser forzosamente una amada) no percibe su vigilancia. El protagonista escondido tras una pared áspera, separadora, ingrata y casi inamovible (representada por las espinas del rosal).
Sin embargo, esos otros ojos son capaces de destruir la fuerza del dolor o de las convenciones sociales (recuerda la figura imperecedera de Oscar Wilde).
El lector posiblemente encuentre confusión con la palabra “erguida”. ¿A quién corresponde ese vocablo, a sus ojos? Esta parte debería pensarse, tal vez.
Evocación de un vacío existencial (Camus, Sartre, Beckett…) y un infortunio que viaja infinitamente junto al Tiempo angustioso del narrador.
Yo reflexionaría mucho más sobre la expresión “sonrisa desaparecida que –añades- juega en mis labios”. Puede resultar extraño, desajustado.

Segundo párrafo

El empeño en NO creer, pese a su historia vital de unión con la fe; fe en la Palabra (aunque esta Palabra no ha de ser, evidentemente, la de un Dios más o menos canonizado o secularizado, sino tal vez la suya propia elevada místicamente a través de la experiencia).
Emerge un sentimiento decadente y de abandono, que lastima al lector y le obliga a centrarse en sí.
El cielo (esperanza) lo niega TODO. Desaparece cualquier línea figurativa que indique la presencia de un horizonte de aliento, y todo es llenado con el desengaño, la impotencia, el derrumbe…
El narrador es consciente del cautiverio del mundo sensorial, esto es, trascendente. Surge aquí la figura enorme de Platón con su ser y no ser, con su doxa y su episteme. ¿Rememoración del Mito de la Caverna?
El vate sufriente recurre al icono poético de la Luna que gira y gira, estúpidamente, acentuando de esta forma otro mito muy antiguo que Nietzsche, Borges, Galeano…, se encargarían de recordarnos, el del Eterno Retorno.
Continúa el poema con la certidumbre de ser esclavo del destino, con el alma encarcelada (monólogo de Segismundo).
Y, por fin, (yo lo esperaba con ansia, era algo preterido pero nevitable), llega la DUDA, la terrible duda de Azorín, que le acompañó durante toda su vida (como a muchos de nosotros, todo hay que decirlo). El verbo nace como embrión de la espantosa experiencia de tener que decidir. Decidir qué hacer con la vida, con su vida, ya a una edad casi sin pasado, que se olvida, y con un futuro encadenado a las convenciones de las que antes hube hablado. Drama angustioso por el que casi todos los seres humanos pasamos o estamos en ello (o lo estuvimos).
Acaba este párrafo descubriendo y quizás asumiendo (esto último nadie lo sabe, es secreto del autor) que el ser humano es algo despreciable, vil, ominoso (ideas ancladas en la Inglaterra de Locke, por ejemplo) y, cómo no, de nuevo se representa en acuarela la figura y las ideas de Platón y de tantos otros que le siguieron.

Tercer párrafo

El autor forja en su interior un protocolo, un molde, una carcasa creadora donde colocar su propia creencia, ya que dejó, a estas alturas, de creer en Dios. Dios no es que NO exista, no. Es que es el creador del dolor. Por tanto, debemos abandonarle.
Reconoce que la busca barojiana de su destino no la va a encontrar jamás en el acercamiento voluntario a la divinidad (sea cual sea la idea que cada cual tenga de ese concepto).
Se ha producido ¡YA!, la transformación. Estamos ante otra vuelta de tuerca (nos sacude ahora la obra de Henry James). Es Nietzsche adelantado. La última fase de este gigante del pensamiento al que el autor se acerca y, entre ambos, se preguntan: ¿Para qué, el Hombre?
Pero la DUDA, la terrible y grotesca DUDA anterior ya ha desaparecido, desvanecida en ese celaje inicial del poema. Dejemos, por tanto, a un lado el determinismo, aplastémosle. Confiemos solamente en el puro juicio humano, en la solidaridad. Acercamiento claro a las ideas de Rousseau: evolución del poema que va buscando y buscando su fin, su destino.
El Hombre, se puede leer entre líneas, debe tener otra oportunidad, mas ha de ser fruto de la propia sinergia humana, concurso nacido de la unión de voluntades, voluntades inquebrantables (me acuerdo ahora de esa firme convicción de los padres fundadores, en su tiempo, de los Estados Unidos de América), atrevimientos y ardores de los que tanto nos habló el querido Azorín.
Por tanto, ese DESTINO DE AMOR existe, es posible, pero sólo si soy yo, como persona (máscara), individuo o ser vivo (nunca ciudadano, por supuesto), el que lo domina y lo conduce.

NOTA FINAL: Querido Héctor, debes saber que he tratado de analizar desde mi modesto y limitado punto de vista, tu poema. He intentado olvidar que tú eres el autor. No sé si lo habré logrado.

Ya me contarás tu parecer y si te ha servido o no de algo. Espero que sí.

Un fuerte abrazo.


Miércoles, 20 de septiembre

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