El Acento

PERRO DE LAS TINIEBLAS (Fragmento de novela)

08.09.17 | 11:07. Archivado en Sobre el autor

Por Roger Vilar


Antonio sintió el cambio en el momento exacto en que empezaba a ocurrir. Emergía un contenido extraño en su vida. Una duda que jamás había tenido. ¿Debía ponerle un nombre o no a un perro callejero? El animal estaba cerca. La insignificancia del acto contrastaba con la urgencia de llevarlo a cabo. Era como si en el cuadrúpedo hubiera un vacío que Antonio debía de llenar con un sustantivo, de lo contrario la vacuidad innombrada pesaría demasiado. Bueno, un nombre. ¿Rocky? No, es estúpidamente gringo. ¿Campeón? Demasiado común. ¿Cerbero? Si, Cerbero. Le venía muy bien. Aquel perro tenía la apariencia de un engendro infernal.
Cerbero echó a andar. Antonio lo alcanzó. Tuvo cerca el espinazo del animal. Los huesos parecían salirse de la piel. Su lomo estaba jorobado. Marchaba tambaleándose un poco, a ratos trastabillaba a la izquierda o a la derecha, pero luego volvía a andar hacia adelante. Llegó a la esquina. Era el cruce de Reynosa y Benjamín Hill, en la Colonia Condesa. Se detuvo. Olfateó. Cerbero por fin decidió el rumbo. Continuó derecho por Benjamín Hill.
Antonio tuvo la segunda duda. Era más peligrosa que la primera, porque implicaría cambios en su propio destino. ¿Seguía a Cerbero o doblaba a la derecha, por Reynosa, hacia su casa? Se asombró de sí mismo. La idea era totalmente errática. Hizo lo razonable. Caminó hacia su casa. Apenas el animal dejó de estar a la vista Antonio se preguntó qué había sucedido con éste. La falta de respuesta le causaba una gran ansiedad. Regresó a Benjamín Hill. Cerbero ya iba lejos. Antonio corrió hasta estar a unos pasos del perro. Sus zapatos hicieron mucho ruido, pero el animal ni siquiera lo miró. Era molesta esa falta de atención. Antonio tosió, resoplo, pateó la acera. El perro parecía no oír. “Cerbero, Cerbero”, llamó Antonio. Y luego se asombró. ¿Cómo pretendía que el perro prestara atención si seguramente nadie lo había llamado nunca por ese nombre? Pero Cerbero se detuvo. ¿Entendía? No, se trataba de algo más común: alzó la pata y meó contra un árbol. Ese animal no podía despreciarlo de esa manera. “¡Cerbero!”, gritó Antonio.
El perro siguió su camino. Una interrogante surgió con fuerza inusitada. ¿Por qué le importaba la atención del perro? ¿Qué representaba el animal? Esa última cuestión asustó a Antonio, como si de pronto avistara, en sí mismo, insinuado tras la niebla, un continente desconocido, una masa de ideas, de emociones, de deseos… Un cuerpo oscuro, soterrado, pero que quería cobrar forma, que tenía voluntad propia, y le imponía una dirección. Se vio impelido a llamar otra vez. “¡Cerbero! ¡Cerbero!” El animal seguía ignorándolo. ¿Y si Cerbero era sordo? Dio unas fuertes palmadas junto a las orejas puntiagudas. El perro lanzó un mordisco y ladró con rabia.
Apenas Antonio tuvo tiempo de esquivar los dientes y colmillos. No, no era sordo. Había visto de cerca la faz de Cerbero. Estaba llena de cicatrices y excoriaciones. Un par de ojillos enrojecidos brillaban en aquella fea cabeza. Cerbero probablemente era un perro de pelea. No entendía de cariños ni de mimos. A la menor provocación respondía con violencia y sangre. Su vida, tal vez, había transcurrido en un frío cobertizo, con poca comida, de donde sólo lo sacaban para que se destrozara a mordidas con otros perros. ¿Había escapado? ¿O lo habían lanzado a la calle por viejo e inservible? Antonio imaginó las noches solitarias y llenas de heridas de Cerbero.
Cerbero llegó a la esquina de Benjamin Hill y Ensenada. Allí cambió de rumbo. Se fue por Ensenada hacia la izquierda. Era raro. El perro no parecía perdido. No cruzaba de un lado para otro la calle. No retrocedía. No intentaba entrar a ningún negocio. Marchaba seguro Cerbero. Como si cada metro fuera de su propiedad. ¿Qué era lo que movía a aquel vagabundo?, se preguntó Antonio. Aquel ser miserable y solitario parecía estar animado por una fuerza inexorable.
Antonio debía marcharse a su casa. Comería con su amante, Albertina, y luego se iría a su oficina: un despacho de investigación de mercados que dirigía en sociedad con una amiga. Se daba cuenta: era peligroso para el espíritu seguir al perro. Cerbero era el anuncio de un mundo oscuro que Antonio mantenía a raya, sin dejar que invadiera su vida. Pero la oscuridad, lo intuyó, estaba ahí, cerca. Tuvo un miedo irracional, imaginó que lo atacaban en plena calle. En eso sonó el teléfono celular. Era Albertina. Antonio se sintió como una brújula que pierde el norte. La aguja lo mismo quería guiarlo hacia Cerbero que hacia Albertina. El perro ya era un punto lejano en Ensenada. Pero su poder de seducción no cesaba. Su imagen había hecho contacto con alguna motivación extraña y ominosa en lo más profundo de Antonio. Ya no lo alcanzaré, mejor me voy con Albertina. El celular volvía a sonar. Ahora si contestó.
--¿Qué pasó?
Ella estaba en los bajos del edificio donde vivía Antonio.
--Ahora voy, estoy cerca, espérame. ¿Quieres pasar? ¿Tienes la llave?
No, la había olvidado en la otra bolsa.
--Bueno, ahí voy.
Y Antonio se encaminó a su casa. Pero no dejaba de pensar en Cerbero. La perspectiva de comer con Albertina la veía ahora, más que nunca, como una oportunidad para aburrirse. Era una mujer bella, pero eso no bastaba. Albertina se concentraba en cosas que él consideraba triviales. Había visto a una mujer con un bebé en la calle pidiendo limosna y le había dolido. O bien se había deslumbrado con una lámpara minimalista que quería poner en su casa. O pretendía comprar un cuadro de alguna escena romántica, y se soltaba a hablar como sería aquella escena entre un hombre y una mujer, describía a cada uno, se detenía en los rasgos.
De Albertina, Antonio sólo apreciaba su cuerpo, sus magníficas nalgas, sus gemidos cuando él la poseía. Lo demás era una especie de leyenda cursi: Albertina esposa de un millonario inválido de sesenta años, Albertina y las musarañas, Albertina y sus amigos del mundo de la moda, Albertina y un colmillo de elefante en la sala de su casa, Albertina y las obras de beneficencia, Albertina y una máscara africana de una tribu de sodomitas, Albertina y su plática de jardines y flores, conversación interminable que conducía al bostezo.
Ahora, en el estado de ansiedad en que lo había dejado el encuentro con Cerbero, conversar con Albertina requeriría un gran esfuerzo. Lamentaba profundamente haber perdido al perro. Y a la vez tenía miedo de que un animal vagabundo lo hubiera impactado de tal manera. En Cerbero estaban los signos de colmillos y dentelladas que Antonio no quería ver.
Llegó a su casa. Allí, junto a la puerta del edificio, estaba Albertina, que lo recibió con una gran sonrisa. Subieron al departamento y pidieron pizzas por teléfono. Antonio sirvió vino a Albertina. Ella empezó a hablar de su sobrino. No entendía que al chico le gustara la música heavy metal. Antonio asentía. Luego Albertina habló de su jardín. Las dalias empezaban a florecer. Había comprado el abono perfecto para los rosales. Antonio escuchaba como se escucha una música lejana. Albertina movía las manos para acentuar su relato. Él sintió que la tarde se diluía, perdía consistencia, y era tan solo el leve dibujo de esos dedos en el aire. Como si no hubiera pasado ni presente, sino tan solo el sol filtrándose por la ventana. Claridad placentera. Tuvo una erección. Le dieron ganas de azotar el trasero de Albertina. Dejarle las nalgas rojas y luego penetrar su ano hasta ensancharlo.
La tomó de la mano, la puso de pie, y le dio tres sonoras nalgadas. Ella protestó. Pero no se movió. Ahí dejó el trasero. Antonio se lo acarició. Recorrer aquellas curvas era olvidar el mundo, entrar en contacto con esa sensación placentera de los niños que maman la leche sin pensar en otra cosa. Un trasero firme y saludable. Le volvió a pegar. Ella lo paró. Antonio le subió el vestido. Las nalgas enormes y paradas surgieron como un canto a la vida. La recostó contra la mesa. Sus ojos miraban a través de la ventana las nubes y sus formas mientras Antonio la penetraba.
--Que suave, que caliente… Albertina.
Albertina no respondió. Se convulsionaba en un intenso orgasmo. Antonio terminó y fue a vestirse. Miraba de soslayo a Albertina. El sol cobraba diferentes tonos de dorado en su pelo rubio. A cualquiera que hubiera leído la Ilíada podía recordarle a Elena de Troya. Era una diosa. A veces había pensado en lo emocionante que hubiera sido transformarse en el sacerdote de aquella deidad, entrar hasta sus misterios. ¿Tendría misterios? ¿No sería una princesa monótona? ¿O tal vez Antonio no podía descubrirlos porque no se interesaba lo suficiente en ella? Suspiró Antonio y terminó de acomodarse la corbata.
Albertina se fue. Asistiría a un desfile de modas. Una amiga la había invitado asegurándole que la nueva colección del diseñador Ostrovsky era una verdadera obra de arte. Y además, el dinero de la entrada sería para un buen fin: una casa que albergaba a personas desamparadas. ¿Le importarían estas cosas realmente a Albertina?, se preguntó él.
Antonio tomó un taxi hasta la colonia Narvarte, donde tenía su despacho. Volvió a sentirse intranquilo. Pensó en Cerbero. Era un animal maligno, acostumbrado a destrozar con sus dientes. ¿Y eso le atraía? Le extrañaba haber constatado que en Cerbero había una clave extraña que le hablaba. ¿Qué era? ¿Su aspecto miserable? ¿O aquel impulso de retarlo todo desde su condición repulsiva? Paria de parias, paria aún entre los animales, Cerbero era lo que nadie quería ver ni aceptar. Antonio lamentó haberlo perdido. Hubiera querido mostrarle un poco de amor. ¿Y para qué? Cerbero tal vez no lo entendería, respondería con violencia a la mano que quería ayudarlo...


Roger Vilar nació en Cuba, en 1968. Es escritor y periodista. Emigró a México en 1993. En este país fue incluido en la antología “Martirologios del siglo: homenaje al Marqués de Sade”, publicado por la Universidad Autónoma Metropolitana en 2000. En México también publicó los libros “La era del dragón”, cuentos, Edamex, 1998; y “Habitantes de la noche”, premio de novela negra de la editorial mexicana De Otro Tipo, en 2014. Su novela “Una oscura pasión por mamá”, salió editada por De Otro Tipo, el pasado mes de septiembre de 2016. “Reino de dragones” es su único libro dirigido a un público adolescente y juvenil. A finales de agosto de este 2017 la editorial española Planeta-Alvi publicó su colección de relatos de fantasía y terror “Brujas”.


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