El Acento

Diferencias entre neurociencias anglófonas y neurobiología iberoamericana, por Mario Crocco.

17.04.17 | 18:59. Archivado en Sobre el autor

Mis temores: Este es un texto de divulgación, del subgénero que la industria editorial llama “alta divulgación”. Se dirige pues a lectores con formación sólida pero de otros campos. Su mayor reparo es que la transdisciplinariedad también es alta. Ello obliga a aclarar divulgatoriamente tópicos que por lo común no se explican juntos – o que para juntarlos se puerilizan, falseando la prometida exposición del vínculo entre cerebro e interioridad. Por ejemplo, en esta divulgación se hallará una serie de comentarios relativamente cortos y sencillos. Pero una de esas viñetas puede traer tema biomédico, la siguiente hablar de física… enseguida otra se preguntará adónde buscar efectos del libre albedrío en la naturaleza, seguirán otras sobre historia de las ideas, evolución del sistema nervioso, descripción de algún microbio parecido a los paramecios, algo de epistemología, cuestiones de psicología… No estoy seguro de haberlo logrado. Sueltas, el lector inteligente entenderá todas esas viñetas y cada una de ellas; lo que temo como autor es que no haya logrado mantener siempre a la vista el hilo conductor. Créame el lector que existe, y consiste en comparar tradiciones académicas mientras repasamos las cuestiones del vínculo entre cerebro e interioridad, o nexo psicofísico. Le ruego preguntarse permanentemente sobre ese hilo conductor mientras lee viñetas al parecer remotas del preciso tema que nos ocupa, porque su ilación es lo que brinda unidad y consistencia al trabajo.

Para qué sirve este compendio: Este texto de divulgación vino de un diálogo que procuraba enriquecer la relación de una persona concreta con su hermana gemela al explicarle, con rigor y sin tecnicismos de más, qué es persona (son “las realidades que residen en hiatos causales”, concepto que comprende también a toda persona no humana), y qué determinaciones les imponen los vínculos interpersonales biológicos. El relato de esas explicaciones forma el capítulo que principiaremos después de este. Allí expondremos con buen humor los hechos y cuestiones más difíciles de la interfaz neurocientífico-filosófica. Pero ahora, antes de empezarlo, en este transdisciplinario compendio conceptual de la narrativa, tales hechos y cuestiones serán indicados secamente. No necesariamente de mal humor; sólo un poco “en difícil”, para poder hacer corto al compendio, plagado ya –a fuer de divulgación– de inevitables analogías literarias y forzosos silenciamientos de asuntos científicos.
Para retener mejor esos hechos y cuestiones y a la vez destacar su importancia, los contrastaremos con algunas de sus exposiciones inexactas, bastante difundidas. Estas proceden no sólo de malos divulgadores sino del enfoque neurocientífico que surge de las bases culturales y conceptos tradicionalmente compartidos en la sociedad angloestadounidense — hoy, sin duda, globalmente preeminente.

¿Por qué marcar las diferencias? “¡Qué comparancia tan fiera!”, diráse con las palabras del Segundo Sombra de Güiraldes. Pero no; no se trata de agrandarse en el trillado recurso del parangón hiperbólico –el del indigente que se confronta con un magnate, por ejemplo–, sino de prestar un servicio.
Es obvio que la investigación neurocientífica mundial se ha beneficiado de forma colosal con la tecnología de aplicación neurobiológica costeada y desarrollada dentro de esa sociedad anglófona. Esta, desde la segunda guerra mundial, le aportó recursos de magnitud incomparablemente superior a otras. Pero la disponibilidad de tecnologías caras y siempre renovadas encauza por demás los hallazgos. La técnica abre perspectivas utilitarias, especulativas, axiológicas y afectivas, pero cierra otras. Restringe los descubrimientos a lo que continuamente se va revelando sólo por medio de ellas — aun cuando las tecnologías neurobiológicas del siglo XIX, de artesanal sencillez, no han todavía agotado sus posibilidades de seguir produciendo descubrimientos (sus posibilidades heurísticas), y aunque, para esta investigación académica, hasta pasada la mitad del siglo XX no había diferencias regionales en el tipo de tecnología disponible, y en la anglofonía no se lograba abrir mayor número de caminos nuevos que aquí. Sus programas educativos, empero, como parte de la diferente producción de valor en las diversas geografías culturales, y su prensa simplemente como parte de las llamadas “culture wars”, silenciaban los nuestros.
Por eso, y sobre todo ahora que es tan habitual representar la práctica científica como dependiente de la historia y la cultura, es posible prestar un servicio tal vez significativo marcando (acá, además, las numeraremos) las diferencias en asuntos fundamentales, o básicos, en la esperanza de que la academia hoy más rica del mundo, que en general las olvida, vuelque su interés asimismo sobre ellas. Tópico a tópico, por tanto, iremos contraponiendo aquel enfoque, y sus resultados, con los de la tradición neurobiológica más antigua y antaño más próspera, desarrollada en Íberoamérica.
Para no escribir un libro entero nos ceñiremos a los tópicos de interés fenomenológico, es decir, científico-observacional, con la única excepción de la comprensión del ser de las entidades, con frecuencia diferente en estas tradiciones neurocientíficas. (A esta particular diferencia, por no ser observacional, la despacharemos con harta brevedad, pese a su influencia para conceptuar la relación cerebro-psiquismo). Variados motivos –didácticos, históricos, y heurísticos o que fomenten descubrir más– hacen pues oportuno que mientras repasamos tales hechos y cuestiones quede sentado el contrapunto.


Las diferencias

1. Diferente objeto de investigación. La disciplina científico-natural con más incidencia humanística es la neurobiología. En la América anglófona la neurobiología se centra en estudiar los mecanismos con que el cerebro da respuesta a las exigencias del medio. En cambio, en Iberoamérica se enfoca en los aspectos naturales del nexo psicofísico; o sea, en los aspectos físicos de la conexión entre cada determinado psiquismo y su cuerpo.
2. Diferente abordaje epistémico (o sea, de método científico). El enfoque con que mira su objeto la primera tradición –las neurociencias anglófonas– consiste en profundizar en la naturaleza por sectores ya separados según el common sense (en la práctica, esto significa que su idioma, la lengua inglesa, de antemano discernía esos sectores con locuciones específicas) y luego unir sus descripciones interdisciplinariamente, buscando unificar terminologías y conceptos. Investigan primero en compartimientos estancos o bien intercomunicados sólo por unas pocas áreas afines, de ideas directamente traducibles; buscan la integralidad después. Por eso en la última década algunas de sus voces alzaron autocríticas parciales, indicando carencias. Una, reciente, apremia “hasta hoy ha faltado la conexión entre física y neurociencias, de modo que es hora de encontrar ese eslabón perdido”[1]; otra confiesa que "el éxito al estudiar la actividad [en el cerebro] evocada [por los sucesos del ambiente] nos ha hecho perder de vista la posibilidad de que nuestros experimentos revelen sólo una fracción minúscula de la real actividad funcional que nuestro cerebro lleva a cabo /.../ La semblanza es incompleta pero preñada de oportunidades para la investigación futura, que será de lo más productiva si se la condujere en un ambiente de recíproco respeto hacia los diferentes niveles de análisis"[2]. Otras estudian cotos de posibles síntesis.[3] Pero no producen perpectivas panorámicas como la que intentaremos en el presente compendio, y nuestra literatura en inglés, alemán y francés pareciera haber perdido entre ellos la inteligibilidad de la que gozaba hace un siglo.
En cambio, la aproximación de la tradición iberoamericana a su objeto es tener presente, por cierto, los distintos sectores discernibles (aunque sin conferirle a ninguna lengua particular ningún particular valor de descubrimiento –o heurístico– para distinguir sectores; no tronó aquí el llamado giro lingüístico) pero, a la vez, tiene también presente –¡desde el principio!– el plexo completo de los hechos por describir; o sea, el posible “todo” que orientará la investigación interna de aquellos sectores y el trabajo de articularlos entre sí. Y estima de antemano que ningún método a priori, ni hilo conductor lingüístico o lógica investigativa, asegurará que no olvidemos algún ángulo de relevancia para la investigación empírica. Por eso, para no dejar en el tintero elementos pertinentes de ese plexo se lo delimita prudencialmente, sin seguridad metódica, tratando de recordar y considerar todas sus facetas: repasando y repasando, siempre en borrador, algo así como un atlas de todo lo que estimamos real. Y mientras repasamos nos empeñamos en interpretar a fondo conceptos poco traducibles entre sí, por ejemplo los aportes de muy diferentes culturas y épocas sobre la complexión psicosomática. Esto es, mientras las neurociencias angloestadounidenses son anglocéntricas, la neurobiología iberoamericana –aun sobrándole con qué hacer lo propio– por concepción y vocación siempre fue abierta, disciplinaria y culturalmente. Lo que sobre cada tema neurobiológico hayan aportado todas las ciencias naturales, los abordajes culturológicos y humanísticos, y la misma historia de las ciencias entendida como medio de investigación, se analiza antes de diseñar cualquier observación controlada[4], o trabajo experimental[5], o búsqueda anatómica[6], o investigación fisiológica[7], o indagación en la historia de las ideas[8]. Conjugados desde el principio terminología y conceptos, ponemos la integralidad primero y el desarrollo sectorial después. Con ello nos dejamos persuadir de la inmensidad de nuestra incerteza e ignorancia — forjando así, para abordar cada cuestión, la “amplitud renacentista” que, en encomio o menosprecio[9], suele subrayarse en la neurobiología iberoamericana.
3. Diferencias al observar la semoviencia. Asimismo, mientras la tradición neurocientífica anglofona en general no reconoce que los individuos puedan tomar reales iniciativas, la neurobiología iberoamericana encuentra que sí pueden llegar a superar creativamente los condicionamientos del medio y de su historia. En otras palabras, aquella tradición neurocientífica anglofona en general sostiene que la función volitiva –la voluntad– está corporalmente predestinada a tomar las decisiones que toma; o sea, que está constreñida a no superar nunca sus bases biológicas preoperantes. O sea otra vez: que la función volitiva no toma decisiones; que nos engaña simulando tomarlas.
Esos neurocientíficos en general consideran a la genuina autodeterminación, y a la libertad decisoria, como mitos de utilidad social — mitos de que somos libres, utilizables en el mercado para que los consuman los consumidores pero, supuestamente, no los neuromercaderes; utilizables en política y politiquerías para halagar gobernados, en derecho civil para fundar la doctrina de los actos propios y en derecho criminal para respaldar la imposición causalista de las penas, articulándose tales mitos para construir cosmovisiones filosóficas y moral privada y pública, así como letras de himnos nacionales y doctrinas de diversos cultos… pero mitos. Que, estiman[10], carecerían de realidad y hasta de la posibilidad de existir en la naturaleza. En general las declaran físicamente imposibles, quimeras.
Debido al preconcepto, en esa tradición anglofona a ningún laboratorio académico de neurociencias se le ocurriría exponer la independencia volitiva como algo más que mera apariencia, o delusión; jamás se le ocurriría ponerse a investigar la posibilidad de que alguna soberanía volitiva exista de hecho. No es que asumirlo sea sólo inconveniente para mantener manando sus fuentes financieras: el escollo es sobre todo conceptual. De antemano y al dedillo “saben” que eso violaría la supuesta imposibilidad de que surjan series causales nuevas en la naturaleza. Que violaría la clausura de la ley física, para decirlo tal como se lo planteaba precuánticamente, a fines del siglo XIX.
En cambio, la tradición neurobiológica iberoamericana lo hace, lo investiga, y observa en dicha naturaleza que algunos organismos individuales superan los límites de Turing. O sea, que superan las limitaciones que a las máquinas les vedan tener picardía. Este desempeño empíricamente descubierto –pura cuestión observacional– no sólo acredita que no existen los estados pasados y futuros del cosmos: además, es por principio impracticable si esos organismos contaran sólo con aquella predestinación maquinal y, físicamente, no pudieran cortar la cadena causal para ponerla, por sí mismos, a empezar de nuevo.


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