El Acento

Doctor Mario Crocco (I)

29.01.17 | 11:49. Archivado en Sobre el autor

Neurobiólogo ítalo-argentino, jefe desde 1988 del Laboratorio de Investigaciones Electroneurobiológicas del Hospital Borda en Buenos Aires y director desde 1982 del Centro de Investigaciones Neurobiológicas del Ministerio de Salud de la República Argentina. Después de haber realizado diversos aportes a su especialidad, en diciembre de 2006 determinó la existencia de una nueva especie de organismo vivo en el planeta Marte como responsable de ciertas observaciones de la Misión Viking en 1976, clasificándolo como Gillevinia straata.

Bichólogo

Mario Crocco creció en Santos Lugares de Rosas pulsando la naturaleza, que la miopía le permitía registrar en detalle. Pastizales, gallineros, un bosquecillo cercano, húmedos muros derruidos, óxido y erosión en las balas desenterradas del solar de la batalla, componían su edén. Se extasiaba contemplando el trajín de avispas, hormigas y moscones, brincaba con un tul sostenido a una caña con alambre, cazando langostas, libélulas e isocas que soltaba alegremente al terminar de examinarlas; buscaba parásitos en estiércoles caballares y deyecciones de perros, gatos – o lo que fuera; juntaba larvas, musgos, hongos, chinches, cascarudos, garrapatas, lombrices, lagartijas, víboras, escuerzos… y desde antes de aprender a leer los comparaba con las figuras de zoologías francesas del siglo XIX, de los Souvenirs entomologiques de Fabre, y del Tratado de Biología General y Especial para uso de la Enseñanza Elemental, Media y Superior en la República Argentina – en fascículos, de Christfried Jakob. Cuando cumplió cuatro años sus padres le compraron un cuentahilos de dos aumentos, que cuadruplicó las aventuras en aquellos vergeles. La Argentina, poco poblada, era entonces potencia, cultural y económica. Más de la mitad de su ingreso se distribuía en salarios para una sociedad laboriosa. No trabajar era una vergüenza. A los ingleses se les había comprado la red ferroviaria, la industria creció, el comercio se había diversificado. Los mejores científicos no eran escasos (alguno fue ministro por ocho años, otros elegían vivir en hospitales y manicomios), y las ocasiones para que niños y jóvenes lograsen formación moral e intelectual de altísimo nivel las ofrecían el clima social general, las instituciones, excelentes programas y textos escolares, hasta las revistas infantiles. Taxidermia, experiencias en química, ondas, mecánica y electromagnetismo, eran accesibles desde la primera niñez junto con noticias de viajes y de historia, vernáculos y exóticos, presentadas bastante seguido en historieta: el clima insoslayable para una potencia que ni imaginaba dejar de serlo.
Al cumplir cinco años le obsequiaron un microscopio pequeño, que al fin le mostró en detalle las cilias con que nadaban las intrigantes criaturas que venía contemplando, tardes enteras, centelleantes bajo un rayo de sol en las gotas de agua de florero. Su enigma le flechó: ¿Dónde van? ¿Dónde van? ¿Dios las empuja? Al perseguir la presa, ¿cómo se guían? ¿Cómo podían dirigir su natación? A tratar de fotografiarlas y filmarlas dedicó más de la mitad de su niñez, cada vez con equipo menos rudimentario y mayor anhelo de explicarse cómo vivían. Recién ocho años después de catarlas al microscopio, adolescente ya de trece años, logró enlentecerlas (añadiendo al agua mucílagos) como para analizar las filmaciones y vislumbrar cómo las relaciones, de cada ciliado (un protozoo) con los demás moradores de la gota de agua, se reflejaban en el control del batido de las cilias. Un control inexplicable, global, que salía a la vez desde toda la superficie del infusorio. Emergiendo a la vez desde toda ella, tal como Jakob apuntaba que el estado mental, aunque mueve el cuerpo a través de vías específicas, sale a la vez desde todo el volumen disponible de materia gris cerebral.


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