Rubalcaba entrevista a Mariano Rajoy
08.11.11 @ 19:32:08. Archivado en El acento político
El pasado día 7 de noviembre del 2011 tuvo lugar uno de los espectáculos televisivos más esperados en España. El debate, cara a cara, entre los dos candidatos a la Presidencia del Gobierno con más posibilidades, es decir, de los dos partidos mayoritarios, a saber: el PSOE, cuyo candidato es el señor Alfredo Pérez Rubalcaba y el PP, con Mariano Rajoy como líder del mismo. El acto, sin embargo, comenzó, en realidad, muchos días antes, con la preparación, acuerdos y compromisos de cada uno de los partidos, representados en su caso por el correspondiente Comité. Pero el hecho fundamental se produjo el día 7, a las diez de la noche, y fue transmitido en directo por numerosos canales de comunicación: televisiones, emisoras de radio e Internet.
Se tasaron los momentos de llegada, la forma de los saludos, las veces que cada uno tenía que sonreír, de qué manera. Uno de ellos, por lo visto, adelantó su llegada un minuto. Fue el señor Rajoy, impaciente, sin duda, por dar comienzo al festival. El otro, Rubalcaba, bien amaestrado por sus violentos callejeros, llegó exacto como un reloj, ni un segundo más tarde ni un segundo antes.
El plató vacío. Nada de periodistas con preguntas molestas. La gente como usted o como yo, en la calle, o frente al televisor de su casa. Los temas: tres. Un primer bloque de, digamos, la cosa económica, un segundo bloque de lo social y el último sobre asuntos descafeinados. Un saludo inicial, una despedida final y ya está.
El moderador (y lo pongo en cursiva porque ni moderó ni nada) uno de la vieja guardia, archiconocido en toda España, Campo Vidal. (He dicho Campo Vidal, no Nacho Vidal).
Cuando comenzaron a hablar les noté nerviosos (sería por los huecos tan profundos del patio de butacas). Uno de ellos, ¿adivinan?, se dedicó a intentar hilvanar un discurso coherente y continuado en el tiempo, mostrando meridiana claridad tanto en los argumentos como en los matices. El otro, ¿aciertan?, sacó el dóberman de debajo de la mesa y escupió sus babas sobre la tarima y sobre los papeles. Rubalcaba preguntaba a Rajoy sin desmayo (habría sido no un mal periodista). Éste respondía, el otro volvía a preguntar, y éste, de nuevo, respondía. ¿Cuántas veces? El tiempo de fumarme un par de cigarrillos, de levantarme para ir al servicio, beber un poco de agua, etc. Cuando vuelvo encuentro a Rubalcaba exacerbado preguntando a Rajoy lo mismo de antes, y éste, ¿lo saben?, respondiendo de igual manera. Rubalcaba insiste, insiste e insiste e insinúa, insinúa e insinúa. Hasta la extenuación. ¿Cambio de canal? No. Aguanto un poco más. ¿Dinamismo, improvisaciones, grandes soluciones a estos grandes problemas? No sé, ellos sabrán. Hay un intermedio para los anuncios que nadie ve. Estiro las piernas. Me levanto, me siento de nuevo. Se reanuda el espectáculo. Y todo sigue lo mismo de vergonzoso que al principio. Me canso, subo a mi habitación. Decido seguirlo por la radio. Me pongo el pinganillo. Así la cosa parece, cómo les diría, más ridícula, porque ahora imagino sus rostros, sus maneras, veo inflamarse los pómulos de Rubalcaba, que siente que está perdiendo, su calva brilla en la oscuridad de mi cuarto. “Niña, apaga esa luz”. Mi mujer ni se inmuta. No es la luz de la mesilla, es la calva de Rubalcaba que luce pringosa porque por ella resbalan las vergüenzas que perdió en tantos años dedicados a eso de la política. Ya falta poco. “Ahora”, pienso, “vendrá la famosa niña rayjoniana”. Pero pasa el tiempo y la niña no sale. ¡Vaya timo! Rajoy habla pomposamente de “La Nación Española”. El calvo (porque lo es) cambia por la expresión “El País”, queriendo referirse a España, claro es.
Y después de todo esto, ¿qué? ¿A quién voto, a un socialista que habla de adelgazar el Estado ¡habráse visto…!, o a uno que sigue siendo tan prudente y caballero que se niega a sacarle las verdades al otro?
La tarea es difícil. Si decido no votar vendrá el conocido de turno a decirme que no soy demócrata. Si voto a Rajoy, seré un fascista y un derechón. Si me decido por el calvo (porque lo es), me dirán…
Ustedes mismos. Vale.
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Antonio Florido Lozano
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