La guerra en Libia
22.03.11 @ 20:30:30. Archivado en El acento político
Los últimos vientos que soplan por las tierras de Libia vienen inflamados de torticeras fórmulas internacionalistas. Ya no se usan ideas similares a las de la extinta Sociedad de Naciones, con la pléyade de intelectuales a favor de un diálogo insulso e ineficaz, amparados o legitimados por el grupo del Comité de Cooperación Intelectual; tampoco florecen los aromas del realismo político, cuando se defendía la supremacía de una nación en el marco internacional, defensora y garante del orden impuesto y casi por todos deseado. Han pasado los tiempos de la guerra fría y de las fórmulas conciliadoras. Ahora toca el turno, ya desde comienzos de los noventa, de mirar hacia la ONU y de pedirle como favor que consideren tener a bien reunirse para decidir lo que todo el mundo ya ha demandado: la actuación eficaz y directa contra aquellos regímenes dictatoriales que tratan a sus pueblos como si el tiempo no hubiese pasado.
Lo hemos visto dos veces en Irak. La región centroeuropea lo vivió igualmente. Ahora le toca el turno a los libios. Se busca una excusa. Dicha excusa se adorna con la capa de legitimidad que otorgan las resoluciones del Consejo General de las Naciones Unidas, que más que resoluciones podríamos llamar indecisiones. De tal manera que la Indecisión 1973 de las Naciones Unidas “autoriza a los Estados miembros a tomar todas las medidas necesarias para proteger a los civiles, y las áreas habitadas por civiles, en Libia, incluyendo, a tal fin, el establecimiento de una zona de exclusión aérea”. Se arguye, además, la “responsabilidad de proteger”. Nuestro presidente dijo recientemente que: “la comunidad internacional, a través de su más alta instancia, ha sabido estar a la altura de sus responsabilidades para hacer frente a un hecho siempre grave: en este caso, el empleo de la fuerza contra la población civil por parte de las autoridades libias, mediante ataques generalizados y sistemáticos a la misma”. Añade a esto nuestro ínclito gobernante que las actuaciones de la OTAN se realizan en el marco de una “misión humanitaria”.
No caben más mentiras ni más sarcasmo. Si no supiésemos la boca que lanza estas palabras diríamos que no damos crédito a lo que oímos. Nadie se cree nada de lo que está pasando. ¿Por qué ha tardado tanto tiempo en producirse la acción sobre las fuerzas militares libias?, nos podemos preguntar. ¿Cuáles son los verdaderos intereses de estos ataques desconcertados, sin mando único y sin coordinación? ¿Qué esperan los estadounidenses sacar de esta situación? ¿De verdad alguien cree que a algún país, a algún mandatario, le interesan ciertamente los destinos de los libios? ¿O todo es por el petróleo?
Y yendo para otro sitio, ¿por qué se empeña el presidente Zapatero en vender que las acciones son humanitarias? ¿Es acaso, esto, el comienzo de su afamada Alianza de las Civilizaciones?
Yo no sé, pero la corriente que en estos últimos meses corre por los países del medio oriente, o el oriente cercano (cercano a nosotros, claro) es más rápida que los propios pensamientos sobre la misma. Desde la distancia da gusto pensar que son los ciudadanos, lo que los políticos llaman la sociedad civil, los sufridores y los que ya no aguantan más una situación de penuria y de secuestro. Secuestro de su propia libertad, de su cultura, de sus ideas, de sus personas y de sus destinos. Es hora ya de que los dictadores caigan, de que los pueblos se muevan y avancen en la disparatada historia de las civilizaciones, para que ellos mismos, con su propio esfuerzo, encuentren la senda que mejor les convenga. ¿Es verdad que la guerra es la partera de la Historia? Yo creo que no y que lo único cierto en este mundo de globalizaciones es el dolor humano y la soledad, el sufrimiento y el arduo trabajo de levantarse todos los días sabiendo que no tienes a nadie que te pise el cuello. Con saber aquello, basta; con evitar esto, me conformo. Vale.
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Antonio Florido Lozano
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