Más de 100.000 asesinatos al año en España
22.11.09 @ 21:40:51. Archivado en El acento político
Al menos esto es lo que se desprende de los datos que el propio Ministerio ofrece. En el año 2006 se llevaron a cabo 101582 abortos. Diez años antes no llegaron a cincuenta mil. Es decir, el aborto crece a una media del 10% anual. Además, hay referencias que hablan por sí solas: la píldora del día después no ha conseguido animar a las mujeres para que no aborten, al contrario, desde que comenzó a usarse el asesinato de niños ha aumentado; la anticoncepción tampoco ha reducido el número de abortos; muchos de los bebés nacieron vivos y tardaron más de una hora en morir; más de 9000 mujeres abortaron por tercera vez o más…
El aborto en España es un drama. Un genocidio consentido donde el Estado mira hacia otro lado para no tener que vomitar la porquería que buena parte de esta sociedad del consumo y del ocio ha creado. Habrá quienes estén en desacuerdo con el uso de la palabra genocidio. En sentido prístino este término significa el “exterminio o eliminación sistemática de un grupo social por motivo de raza, de etnia, de religión, de política o de nacionalidad”. No diría yo que la mujer que aborta lo haga por los primeros motivos de la definición, ni incluso por los últimos. Más bien creo que es la mujer la que es llevada por la intención espuria de un Estado y de un Gobierno que, usando la política en sentido lato, la conducen a la decisión de eliminar una vida.
No entro en consideraciones éticas, personales, ni incluso en cuestiones de conciencia porque estos son sustentos que conforman el fuero interno de cada ser. Pero es un hecho que muchas mujeres toman la decisión de abortar en un estado de indefensión promovido por intereses ideológicos desde los centros que manipulan a las personas desde las altas esferas.
El Estado del Bienestar supuso avances incuestionables en cuanto a alcanzar derechos necesarios para el conveniente desenvolvimiento de la voluntad individual. Pero este mismo Estado del Bienestar o la interpretación o derivación que su primitivo significado ha ido tomando es el mismo que, so pretexto de garantizar y coadyuvar a la mayor libertad de la mujer, la hace tomar decisiones execrables como la de eliminar la vida de otra persona para que la suya siga indemne “gozando” de este falso Bienestar.
No se es más libre por tener al alcance de las manos más medios materiales, como tampoco se es más libre por el hecho de renunciar a sumir determinadas responsabilidades.
En la mayor parte del mundo, esto es, en el mundo paupérrimo, donde los valores, las necesidades y las prioridades son distintas y diferentes a las de occidente, la vida, el ser, lo natural, constituye la cúspide de la pirámide de lo vital, del todo, de lo que realmente importa. En occidente, conseguidos ciertos privilegios considerados modernos, podemos considerar a la vida como parte del ocio y por eso, cuando este ocio está amenazado, asesinamos impunemente.
Desde el punto de vista religioso el aborto es inadmisible, sea cual sea la religión que la mujer profese (más que religión me refiero al sentido religioso, natural en la persona y reconocido como tal en la ius naturale).
Abortar es eliminar, exterminar vidas sistemáticamente sobre todo por causas políticas y aquí entiendo lo político como lo humano, apegado a lo social y connatural al ser.
Entiendo que el ser humano es malo por naturaleza y mis reflexiones parten de esta idea, no por otro lado original, sino pensada y matizada a lo largo de la historia del desarrollo humano. Pero es extremo el apropiarnos de la capacidad de anular e impedir la existencia de una vida. No valen aquí argumentaciones reglamentistas del legislador, asunto que podemos abordar en otro momento.
¿Es que no podemos levantarnos sobre nosotros mismos para dejar de ser meras excrecencias humanas y finitas? ¿Debemos ser los jueces supremos que traten la vida de manera arbitraria? ¿Cuándo abandonaremos nuestra postura arrogante, vanidosa, engreída y petulante, creyendo que somos los dueños de nuestros destinos? ¿Y si estamos equivocados?
Vale.
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Antonio Florido Lozano
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