La Democracia, esa gran mentira
12.10.09 @ 12:29:48. Archivado en El acento político
La mayoría de los que confiesan con orgullo e hinchando el pecho ser demócratas son unos verdaderos radicales que no ven más allá de sus propias narices. Cuando hay gente delante lucen su “amor a la libertad” defendiendo a capa y espada este sistema de gobierno, pero cuando se quedan solos, ellos mismos son incapaces de mirarse al espejo y decirse en voz bajita aquello que instantes antes vociferaban en medio del pasillo.
La democracia que tenemos es perversa. Han hecho de ella un sistema hermético e inquebrantable impidiendo que las personas ejerzan su libertad de opinión con plena confianza. Porque todos saben que quien se atreva a proclamar en público que no es demócrata es rechazado por los que afirman lo contrario. La diferencia es que quien así lo reconoce expone abiertamente no sólo su sentir sino también su valentía y su templanza, enfrentándose a un conjunto de papanatas a quienes el sistema les ha comido el coco con la idea de que ser demócrata es algo verdaderamente incuestionable.
Confieso que cuando algo es o lo califican de incuestionable, irrefutable o axiomático, se me encienden las alarmas.
Un poné. Los que por dentro defienden las políticas acertadas de Franco, se acojonan cuando en público han de hablar de estos temas. Y los que (si los hay) rumian por dentro en otra posibilidad que no sea la democracia, miran para abajo, tragan saliva y se amilanan de tal manera que de sus bocas apenas brota un leve sonido vergonzoso.
Un comunista puede decir en este país lo que le venga en ganas aunque defienda, sin saberlo, las atrocidades que los de su misma ideología cometieron y cometen en todo el mundo. Pero, como es comunista, de izquierdas, tiene carta de libertad. Un chaquetero de izquierdas igual. De un anarquista (aún hay alguno) ni hablemos. Un liberal dice lo mismo y es crucificado. (Deseo aclarar que estúpidos e imbéciles los hay en todas las ideologías).
Recordemos que “El gobierno del pueblo” ignoraba a los esclavos y a las mujeres. Esto en la Grecia de hace mucho tiempo, cuando las ciudades-estado. Sin embargo, ¿cuándo había más esclavos, en aquella época o ahora? Si la esclavitud “es la situación en la cual un individuo está bajo el dominio de otro, perdiendo la capacidad de disponer libremente de sí mismo”, me pregunto, ¿no persiste ésta aún? ¿O es que la gente de a pie piensa de verdad libremente? ¿O es que no tenemos metidos en el coco un montón de gilipolleces -las que los poderes quieren-, que modifican nuestros valores, democratizándolos?
Quienes argumentan la tontería, la estupidez y la necedad de que los derechos humanos son incompatibles con los grupos o clases sociales (así viene recogido en la Declaración Universal de los Derechos Humanos), ¿ es que no pertenecen a una determinada clase, con unos privilegios, con unas prerrogativas, y no son los mismos que cuando ven a un gitano o a un negro se echan para un lado?
Todos aquellos con quienes he pretendido hablar de esto salen con lo mismo: que es el mejor de los sistemas posibles. Pero yo no me resigno. Siempre que haya ladrones que se queden con lo de los demás, como muchísimos políticos; siempre que haya caraduras, descarados y desvergonzados que, so pretexto de defender unos valores, nos engañen y nos estafen y siempre que haya desigualdad de oportunidades para todos pensaré que vivimos en un sistema perverso. No perverso por sí sino pervertido, depravado y desmoralizado por la mano de los chorizos que medran en este país.
Defiendo la libertad de pensamiento y de expresión. Deseo que cada uno lo cuestione todo, absolutamente todo. Para cuestionar, para dudar, hay que hacerse preguntas y desconfiar de los que aparentan saberlo todo de pe a pa. Desconfiar también, por qué no, del propio sistema de gobierno que nos hemos dado. Ver y apreciar sus fallas, que son múltiples, y tratar de crear otro sistema más justo. Voy en contra de los que afirman que todo está inventado. No es cierto. Lo contrario sería un ejercicio de vanidad bochornoso. Y menos en política, donde las piezas a encajar y los mecanismos a mover no son de acero precisamente, sino formados por una materia rara, extraña, una mezcla de egoísmo, hipocresía, vanidad, afán de protagonismo, perfidia, doblez…
El que desea dar un gran impulso hacia delante no tiene más remedio que echar primero un pie atrás para tomar distancia y fuerza. Quizás deberíamos hacer lo mismo y recordar las palabras de un viejo sabio de hace mucho mucho tiempo quien afirmaba que el fin del ser humano debería ser perseguir con afán el altruismo, la sinceridad y el bien.
¿Hay algo de cierto en lo que me pregunto y en lo que escribo? No sé.
Vale.
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Antonio Florido Lozano
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