El inefable Garzón
19.11.08 @ 19:50:38. Archivado en El acento político
El tercer Estado, el de la justicia, el Estado del contrapeso del ejecutivo y del legislador, anda en España con las puñetas sucias de tanto papel como hay suelto por los pasillos. Y es que parte de nuestras señorías se dedica a meter las narices en asuntos que no son de su competencia, así como parte de los jueces (alguna vez nos explicarán a qué viene esa separación entre jueces para la democracia y Francisco de Vitoria) dedica sus esfuerzos no sólo a ejercer de políticos sino también a remover asuntos disparatados.
El adalid de la justicia en nuestro país es Garzón. El mismo que salió de juez para enrolarse en el soe; el mismo a quien el soe le dio la espalda y el mismo que se quedó esperando una plaza de ministro que nunca llegó. Garzón es el juez que pidió entrevistarse con uno de los líderes terroristas hispanoamericanos. El juez Garzón es quien le metió mano a Pinochet cuando Pinochet babeaba echado en la dormilona de cuero y de los tiempos podridos de la dictadura. También fue el juez de los casos sonados y bienvenidos (Nécora fue, quizá, el más conocido). Es decir, un hombre extraño. Pero un hombre humano y como tal con todos los defectos que nos adornan. Un ser arrogante y vengativo, un juez presumido y altanero, a quien una cámara y una portada de periódico le gusta más que a un tonto un lápiz.
Llevóse un tiempo el juez Garzón discursando en los foros intelectuales sobre cómo arreglar el mundo. La audiencia (no precisamente la Nacional) le miraba ensimismada y en una pose teresiana de éxtasis y arrobamiento, mientras Garzón parafraseaba a éste prócer de los derechos humanos y a aquél defensor a ultranza del medio ambiente. Mientras tanto ponía la mano y cobraba. Se le acababa el chollo y volvía como hijo pródigo a la Audiencia. De vez en cuando sacaba un libro por la honrilla de hacerse escritor, total, ya puestos. Ahora a Garzón, aburrido, antojósele tomar el pico y la pala para irse al monte o a la cuneta a desenterrar cadáveres. El juez busca delitos imprescriptibles, busca sin descanso a Franco, no se cree que Paquito haya muerto y le busca por cielo y tierra. Garzón pretende desenterrar a los asesinados y desaparecidos durante la guerra civil. Pero al juez le han dicho que Franco murió hace treinta y tres años, que la noticia salió en la prensa. A Garzón le ha llamado uno que manda mucho en esto de los jueces y le ha dicho que las salas de los palacios de justicia de España están atiborradas de papeles y que los pleitos de ahora, del día a día, pues hombre, que también interesan, y total, que se dedique a otra cosa. El juez ha reconocido que sí, que es cierto eso que dicen de Franco, que sí murió en el 75, que sí le pusieron una losa de aquí te espero y que sí, que ahora sí se lo cree.
Pero algunos españoles se preguntan a qué vienen tantos disparates. Cuando llega mediado de mes y se ha fundido la nómina qué puñetas le interesa a los españoles lo de la memoria histórica. Todavía vemos a Carrillo, el de Paracuellos, en la tele, hablando y fumando, que hay que ver lo que fuma el tío con la edad que tiene. Y nadie sienta en un banquillo al irredento comunista.
Echamos de menos a aquel juez que atrapaba a los traficantes de droga, que se dedicaba a alegrarnos la comida cuando una noticia de ese jaez salía en el telediario. “Hoy Garzón ha dirigido una operación antiterrorista y han capturado a diez, a doce ratas de alcantarilla”; “Hoy Garzón ha desmantelado una red de chorizos que jugaban con la vida de muchos adolescentes”: esas eran noticias agradables y que llenaban de gozo a muchos españoles. Lo de ahora no. Lo de ahora sólo puede ser visto como la vanidad y el engreimiento encarnados en una persona que se cuelga la justicia por montera. Vale.
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Antonio Florido Lozano
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